domingo, 31 de agosto de 2014

PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS"  (4)

CAPÍTULO II
La bienvenida

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Con toda sinceridad he de decir que, aunque nuestra llegada no fuera el acontecimiento social más esperado del verano, al menos la estación no estaba desierta. Además del anciano señor Rogelio, al que su nuera, la Edelina, tan pronto hubiera desayunado, sentaba todas las mañanas en un banco del andén con el pretexto de «así, se distrae», nos esperaba la embajada enviada por el abuelo. Delante del repetido edificio ferroviario, abierto a los cuatro vientos, se encontraba, banderín rojo en ristre, el jefe de estación, señor Facundo; un poco más atrás, los primos de mi padre, Lucía y Mariano, y donde el escueto piso de cemento se continuaba con la tierra, el hijo de ambos, Jeremías, que con su carta, constituía la promesa de un verano distraído e inolvidable. Con él había jugado algunos días el pasado verano y aún así, me costó trabajo reconocerle, tal era el estirón que había experimentado, y sobre todo el cambio en sus facciones, ahora más angulosas y varoniles. «Parece un hombre delgadito», pensé, mientras me aseguraba de que todo el equipaje se hubiera descargado, en espera de los inevitables saludos, que no tardarían en producirse.
El señor Facundo, impecablemente uniformado, indicó claramente al maquinista que no tuviera prisa en reiniciar la marcha; adelantándose al grupo, colocó el banderín bajo el sobaco izquierdo, agarró la empuñadura con la mano del mismo lado y aún pudo sujetar la gorra entre el pulgar y el índice, antes de iniciar una leve inclinación ante mi madre, dar la mano a mi padre y pronunciar solemnemente: «Don Álvaro… Señora… ¡Sean bienvenidos!»; dicho lo cual, se retiró discretamente, dirigiendo sus pasos hacia la cabecera del convoy, con la convicción de haber superado con nota la prueba protocolaria, amén de la función propia del cargo. Así, satisfecho, con gallarda apostura, se caló la gorra y desplegó el banderín. Al instante, el tren resopló varias veces, lanzando al impoluto ambiente impresionantes bocanadas de humo grisáceo, a las que siguieron otras de menores dimensiones, hasta que, como un coloso desperezándose del letargo, comenzó a avanzar lentamente, aumentando progresivamente el ritmo de sus latidos metálicos, al tiempo que menguaba de tamaño para, por último, desaparecer entre las encinas del «Cubeto», camino de Zamora.
El señor Rogelio, en su dilatada existencia, había visto partir muchos trenes y ahora filosofa, acordándose de los otros «trenes» que no supo coger a tiempo y que le hubieran proporcionado, tal vez, mejores oportunidades en su vida; por eso, medio impedido, repetía mañana tras mañana, la misma frase, que pude oír nítidamente: «¡Ay, Señor, Señor…! ¿Será éste el último tren que pierdo?» y se quedaba dormitando hasta el mediodía, cuando iba a buscarle la Edelina.
Lucía fue la siguiente en cumplir con el ritual de bienvenida. Con evidente alegría, corrió a abrazar y besuquear a mi madre, besó a la tata, estampó en nuestras angelicales caras dos sonoros besos por cabeza, pero, quizás por complejo de inferioridad o por respeto, se detuvo ante mi padre y musitó con un hilillo de voz: «primo…», bajando la cabeza. Detrás, Mariano, el Mecagüen, por lo común, resuelto vociferador, entrometido y mal hablado, permanecía inmóvil, sin saber qué hacer, temeroso de no dar la talla, sin duda deslumbrado ante nuestra «señoritinga» presencia. Primerizo en recepciones, con el gaznate seco por el aguardiente desayunado, la situación le desbordaba. Sujetaba, como señal de respeto, la boina entre las manos, dejando al descubierto en su cabeza torrada por el sol, un delator círculo de piel blanca. No pude por menos de acordarme de las explicaciones que el padre Olaberzábal nos hacía en clase de Ciencias, cuando señalando con un puntero las partes de que consta un volcán, declamaba, acompañando cada palabra con un ligero contoneo de su cuerpo: «Cámara magmática, cono volcánico, chimenea, cráter, lava, gas y cenizas, ¿queda claro?» concluía, mientras el extremo del puntero describía ondas en el aire al pronunciar «cenizas». El tío Mariano, llevaba en su calva dibujado el cráter de un volcán, del que salían como cenizas ondulantes, largos y escasos pelos que la brisa matutina movía sin rumbo fijo. Seguramente en su pecho, que haría las veces de cámara magmática, se fraguaban juramentos difícilmente reproducibles, que luego, por el cráter adventicio de su boca, arrojaba durante minutos, unas veces, uno tras otro, sin venir a cuento, o bien, dependiendo de las circunstancias, en un instante, propulsaba el exabrupto más contundente, pretendiendo con la fuerza del lanzamiento, alcanzar las esferas celestiales. Estas distintas formas de perturbar el santoral se correspondían fielmente con los tipos de volcán, «hawaiano» o «estromboliano», que el mismo Padre Olaberzábal me hizo aprender en otra de sus magistrales clases.


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martes, 26 de agosto de 2014

PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (3)

CAPÍTULO I
El Viaje

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Calor y mucho era lo que sentía a medida que entraba la mañana. En la estación quedábamos cuatro gatos sudorosos con el sopor propio de quien está haciendo la digestión, bostezando a cada momento e intentando no caer en las redes del sueño. Para vencer el aburrimiento, releí la carta que mi primo Jeremías me había escrito días atrás y que guardaba bastante arrugada en el bolsillo del pantalón. La caligrafía era pésima: a veces no conseguía descifrar las palabras y en cuanto a la ortografía, mejor no hablar... Se notaba que en el colegio de mi primo no daba clase «el cuervo» de Lengua, el padre Astíz, que cuando veía una falta de ortografía, rechinaba los dientes y te aplicaba un tortazo en la oreja, suficiente para oír con eco el resto de la mañana. Este buen jesuita se había ganado a pulso el apodo de «Rompe orejas».
La carta de mi primo decía así:

«Qerido primo: Malegraré que al recivo desta carta estés bien, nosotros estemos bien G. a D.
Primo: Estoi deseando que vengas, lla parecen que cantan los griyos. El qe te guarde el año pasao se murio de pena pero lla tengo echas dos griyeras . griyos y pajaros no han de faltar en el regato i mucho menos las ranas. Los pilones estan llenos dagua pa bañarnos. Lo vamos a pasar a lo grande i pa fiestas vente preparao que Rosita la de la Nicanora sestá poniendo mui guena.
Bueno lo dicho qe vengas pronto aber si este año estas mas espabilao qe te se nota mucho qe eres de capital. besos para los tios y para mi prima
Jeremias»

Jeremías era la esperanza de un verano divertido. El año pasado me había enseñado a cazar toda suerte de animalillos, demostrándome en cada ocasión que los de capital, como él decía, éramos unos pazguatos que no sabíamos distinguir una mata de tomates de otra de pimientos, y que más concretamente, yo estaba muy atrasado en el asunto mujeril.
En realidad Jeremías, más que primo, era un pariente lejano. No llevaba ninguno de mis dos apellidos, pero como quiera que existía un cierto parentesco entre su padre y el mío, me empezó a llamar «primo» y esta afinidad familiar y el hecho de ser mayor que yo, le otorgaba la responsabilidad de educarme, divertirme y protegerme de los demás chavales del pueblo, que no soportaban que un forastero «finolis» pudiera arrebatarles, de vez en cuando, parte de los pájaros, ranas o cangrejos que legítimamente les pertenecían.
Me guardé la carta y el «extremeño» seguía sin aparecer. Sobre los bultos y las maletas apiladas en el andén, Tinín dormitaba panza arriba; Mamá y Margarita daban pequeños paseos; tata Lola velaba el sueño de mi hermano y contemplaba la creciente impaciencia de mi padre, que continuamente intentaba vislumbrar en la lejanía alguna señal de humo, mientras colocaba la mano derecha sobre las cejas, a modo de visera. Por mi mente pasaron rápidamente imágenes de ese mismo día. Recordé el madrugón, la ansiada espera del taxi, el traslado a la estación del Norte, la llegada del Correo, el viaje dirección Madrid, parando en El Pinar de Antequera, Viana, Valdestillas, Matapozuelos, Pozaldez, hasta llegar a Medina del Campo; dos horas de espera y transbordo para enlazar con el expreso procedente de Irún-Hendaya que nos había traído hasta Salamanca; ahora otra parada, un buen rato de espera, y de nuevo el trajín de subir el equipaje; eso, suponiendo que el «extremeño» no hubiera descarrilado. Elevé la vista al Cielo, pidiendo al Todopoderoso que tal desastre no hubiera ocurrido. ¿Cuándo llegaríamos al pueblo?
Mis pensamientos se interrumpieron al tiempo que fueron escuchadas mis plegarias, porque un ángel con la total apariencia de mi padre nos anunció con voz desgarrada:
―¡Ya está aquí! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Coged las maletas, no vayamos a quedarnos en tierra!
No puedo contar mucho del siguiente tramo del viaje porque apenas tomé asiento me quedé profundamente dormido, y así habría pasado mucho más tiempo si no llega a ser porque el mismo ángel anunciador, ahora con la voz más contenida, me despertó indicándome:
―¡Alvarito, despierta; ya estamos en Izcala!; en diez minutos habremos llegado al pueblo. ¡Qué contento se pondrá el abuelo!
Con la vista borrosa, me incorporé en el asiento y contemplé con qué velocidad desfilaban ante mis ojos encinas y alcornoques. También las vacas que, solitarias o en pequeños grupos, pastaban en los claros de la dehesa, junto a las charcas, aparecían y desaparecían como fotogramas de película de principios de siglo; «se asustan del tren» ―pensé―, y al girar un poco más la cabeza, en la última curva del recorrido, muy cerca de la estación, divisé el ciprés que indicaba el lugar exacto donde descansaban, entre otros, mis antepasados: «los González Hontañera», conocidos entre las gentes del pueblo como los muleros, aunque esta referencia disgustara enormemente a mi progenitor. Por un momento pensé en la abuela Macrina que, desde enero, alimentaba con su cuerpo el descomunal ciprés. «¡Se acabó el jamón en tacos y la propina del domingo!» ―pensé egoístamente, al tiempo que mi Certina chapado en oro, regalo de la primera comunión, señalaba inexorablemente las once y media de la mañana.





viernes, 22 de agosto de 2014

1º PREMIO DE RELATO BREVE "GÓMEZ MANRIQUE"

El Excmo. Ayuntamiento de Villamuriel de Cerrato, convocó el I Concurso Literario "Gómez Manrique", al que me presenté en la modalidad de relato breve. Corría el mes de noviembre de 2013. Días después recibí la notificación de que había resultado ser el ganador, lo que me produjo una gran alegría. El acto de entrega del Premio tuvo lugar el 13 de diciembre en el auditorio de la Casa de Cultura "Jesús Meneses",  dentro de un evento artístico-literario en donde los premiados dimos lectura a nuestros trabajos.
A continuación, junto con el momento de la entrega del premio, reproduzco parte de la nota de prensa emitida por la organización:
Ya se conocen los premiados del concurso del I Concurso Literario
 "Gómez Manrique" que se ha venido desarrollando durante todo el 2013 en la localidad palentina de Villamuriel dividido en dos modalidades: Poesía y Relato breve.

Se han presentado más de 400 obras procedentes de toda la geografía española e incluso del extranjero como Cuba, Ecuador, Bolivia, Reino Unido, Colombia o Italia entre otros.
De todos ellos el jurado hizo una selección de la que ha salido el ganador y dos accésit.
En la Modalidad de Relato se otorga el premio a:
Primer premio otorgado a Carlos Malillos Rodríguez con la obra “El hijo del pellejero”



lunes, 18 de agosto de 2014

LIBRERÍA  "EL SUEÑO DE PEPA"

Desde marzo de 2013, Valladolid cuenta con un nueva librería: "El sueño de Pepa" situada en la Plaza Mayor nº 3. Pepa, ha sido capaz en este establecimiento, de concretar su sueño y hace posible, día a día, desde entonces, que los sueños de muchos lectores también se realicen, con la adquisición de sus escogidos volúmenes.

El motivo de traerla a mi blog es, que desde fecha reciente se ha incorporado a la red de librerías en donde podéis encontrar mi novela, que luce como muestra la fotografía, en su bien decorado escaparate. Mi agradecimiento y mi bienvenida, a la que se une la editorial Galeonbooks, a quien es capaz de iniciar una aventura tan complicada como es la venta de libros en el momento en que otros dudan del poder atractivo de los mismos.


sábado, 16 de agosto de 2014

PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (2)

CAPÍTULO I
El Viaje
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Apenas se detuvo el tren, mi padre se apeó, saltando desde la escalerilla con gran ligereza. Ya en suelo firme, fue colocando sobre el andén las maletas y bultos que le suministraba la tata desde la plataforma; cogió al vuelo a mi hermano y ayudó caballerosamente a que las tres mujeres descendieran, dándoles la mano mientras éstas, por precaución, aseguraban el descenso, asiendo con firmeza el agarrador metálico del vagón. Para solventar la última dificultad, tuvo incluso que elevar una pierna hasta el primer escalón y suavizar así el aterrizaje de los noventa kilos de la tata. Yo bajé el último, porque mi misión era comprobar que se habían descargado los siete bultos, ¡siete!, que componían nuestro equipaje. La misión de Tinín, que actuaba de avanzadilla, era otra: por indicación de mi padre, debía lanzarse sobre el primer banco que encontrara vacío, tumbarse en señal de posesión y esperar a que llegáramos los demás. Actuó el crío diligentemente, escogiendo el más cercano a la salida, que por pura casualidad estaba situado debajo del reloj que, «cosas mías», sobresalía de la fachada como el ojo de un cíclope. En cuestión de segundos, la mitad del banco se revistió pulcramente con un mantel cuadriculado en tonos azules y pasó a hacer las veces de mesa-comedor; escenario más que digno para depositar la ingente comida y utensilios que salieron precipitadamente de una primorosa cesta de mimbre cerrada con dos tapas. De su interior afloraron, como por arte de magia, fiambreras, platos, cubiertos, servilletas, botellas, vasos de plástico plegables, pan y no sé cuantas pequeñeces más como palillero, salero y sacacorchos. En cuestión de comida, llevábamos la despensa a cuestas. «Más vale que sobre que no que falte», era el lema que imperaba en los desplazamientos; los olvidos, solían traer fuertes reprimendas, como le ocurrió a Margarita cuando, estando la familia merendando en La Fuente el Sol, se percató de que había olvidado en casa la mortadela. Aquella tarde mi padre no hizo bien la digestión porque según dictaminó: «La ocasión y el paraje están pidiendo al cuerpo mortadela». Y la niña se quedó dos días sin postre.
Una vez depositadas las viandas sobre el mantel y tras santiguarnos, comenzó el reparto: primero a mi padre, como estaba mandado, que tras probar el bocadillo objetó:
―Consuelo, creo que has puesto demasiados pimientos en la tortilla. ¡A ver si me van a hacer daño!
Era hablar por hablar porque siguió con su tarea, inmisericorde con los pimientos. Como no podía estarse quieto, iba destapando con la mano diestra plato tras plato, hasta dar con lo que buscaba: oculto bajo un papel de estraza parcialmente translúcido por la grasa, reposaban los filetes, amorosamente empanados y rebozados por mi madre la tarde anterior. Señalando con el índice la pitanza, indicó nuestro menú:
 ―Consuelo: a los niños hazles un buen bocadillo de filetes, que están en edad de crecer.
Y también nos obsequió con el manual de instrucciones:
―Comed despacio, masticando sin abrir la boca
Para terminar con la imprescindible moralina:
―No hagáis ostentación del bocadillo: «en estos tiempos, muy pocos pueden comer carne como vosotros».
Margarita apenas probaba bocado; medio mareada, se sentó junto a mi madre en un extremo del banco, apoyando su cabeza sobre el hombro materno, lo que no la impedía mirar con el ojo izquierdo, cómo, a pesar de la carga, mi madre continuaba afanándose para que todos estuviéramos bien atendidos. Era un continuo trasiego el que se traía «la jefa», colocando las viandas sobre el primoroso mantel a cuadros. A cada poco, tomaba porciones de queso blando, que acercaba a la boca de mi hermana, y sólo cuando ésta daba un mordisquito, ella comía el resto. Tomó la tortilla de patatas con intención de trocearla cuando, de repente…
―¡Agua! ―exclamó Tinín, lanzando al hablar una perdigonada de migas.
Tata Lola, temiendo que se atragantara, sujetándole por la nuca le dio a beber de lo que tenía más cerca: un botellín de gaseosa «Ojeda».
Las burbujas provocaron rápidamente un efecto cascada y un amasijo de algo parecido a sopas con tropezones, convenientemente babeados, nos salpicó a todos.
―¡Ay mi niño! ―exclamó mi madre―. Y tanto ella como tata Lola, provistas de servilletas a juego con los manteles, se afanaron en limpiar las improvisadas «condecoraciones» de nuestra ropa. y también las fauces de mi hermano, que entre lloro y lloro repetía:
―¡No era agua! ¡No era agua!
Afortunadamente para él, el incidente no afectó a mi padre que se encontraba un poco apartado, pero atento como siempre a la jugada, y que no pudo por menos que comentar:
―¿Agua? ¿Aguaaa…? ¡Qué poco sacrificados sois! Cómo se nota que no estáis faltos de nada. A vosotros os quería yo haber visto en la batalla del Ebro.
El crío terminó por callarse, y tras acabar el bocadillo, se animó, palillo en ristre, a zamparse unos cuantos pinchos de tortilla.
―Alvarito, pica tú también ―dijo tata Lola, mientras atacaba magro de cerdo en aceite.
―Estoy desganado ―dije, contemplando el mantel y las salpicaduras. Y luego para que no siguieran ofreciéndome más comida, pelé un plátano con la seguridad de que era de lo poquito que se había salvado del «asperges». Tan mal me sentó quedarme hambriento que cuando fui a tirar la cáscara del plátano en la papelera, me acerqué sigilosamente al pequeñajo, y acariciándole el cogote, le susurré al oído: ¡Marrano!
 Regresé al banco, bostezando de hambre y sueño, y encontré acomodo junto a tata Lola. Desde esta posición, observé la techumbre que cubría la estación, las puertas de entrada y salida, que parecían hechas para gigantes, el reloj, a juego con la grandiosidad de la estancia, el ir venir de los viajeros, el sol iluminando la mañana, y a una mujeruca abrigada con toquilla, que proclamaba a los cuatro vientos, a intervalos regulares de tiempo: «¡Hay churros! ¡Hay churros!» Dirigí la vista otra vez hacía el ojo ciclópeo, interesándome por la hora, y éste pareció entenderme; al menos, me hizo un guiño, dejando caer la temblona manecilla del minutero hasta atravesar el número cuatro. «Todavía las ocho y veinte», pensé, y acepté de buen grado el chicle de fresa que la tata me ofrecía.
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jueves, 14 de agosto de 2014

PRESENTACIÓN EN LA BIBLIOTECA PÚBLICA DE ZAMORA


Tan sólo unas fechas después de la entrevista concedida al periódico "La Opinión", concretamente el 19 de octubre, tuve la suerte poder presentar la novela en la Biblioteca Pública de Zamora, gracias a las facilidades concedidas pos su directora Doña Concepción González Díaz de Garayo. Maravillosamente atendidos por la bibliotecaria Doña Asunción Almuiña, tuve ocasión de exponer ante el no muy numeroso, pero entendido público que acudió al recinto, las claves seguidas para construir una novela que relatara de manera fabulada mis veraneos en el Cubo del Vino, visitas incluidas a la capital, Zamora. En la foto de  Ana Granadilla, se recoge un momento de mi intervención en el edificio de la plaza de Claudio Moyano, en el que estuve acompañado por mi editor, Ángel  María González

HEMEROTECA: "La Opinión". Zamora. 20 de octubre de 2012

sábado, 9 de agosto de 2014

ENTREVISTA EN EL DIARIO "LA OPINIÓN" DE ZAMORA

El 30 de agosto de 2012, el diario "La Opinión" de Zamora publicaba una entrevista realizada por la periodista Natalia Sánchez, en la que se hacía eco de la difusión de mi novela en su ciudad. Reproduzco íntegramente el texto.

He ambientado la novela en la Zamora que conocí en mis veraneos»
«El texto acerca a las diferencias que existían antes entre un muchacho de la capital y otro del mundo rural»
N. S. Carlos Malillos Rodríguez ha escrito una novela ambientada en la Zamora rural de mediados del siglo XX. «Las lamentaciones de mi primo Jeremías», además de descripciones de parajes de El Cubo del Vino menciona el colegio del Amor de Dios.
-Es un hombre de ciencia. ¿De qué manera llega al mundo de la escritura?
-Respondo al término de escritor vocacional. Siempre he colaborado en las revistas del colegio o en publicaciones de carácter local de Valladolid. A raíz de mi jubilación, hace un año, me presenté al concurso que organiza la Cofradía de las Siete Palabras para elegir el soneto del Sermón y resulté ganador. En ese momento todavía no había concluido la novela. Había escrito relatos de mi niñez totalmente fabulados. He apostado por un texto a caballo entre la realidad y la ficción. He modificado lugares y los nombres.
-¿Por qué ha querido ambientarlo en Zamora?
-Dicen que los recuerdos de la infancia son los que más persisten y se recuerdan con más cariño. Estuve veraneando en Zamora, en concreto en El Cubo del Vino, desde que tenía diez años hasta que cumplí la mayoría de edad. A mi memoria vienen momentos como cuando íbamos a coger cangrejos por la noche a coger ranas. He creado el personaje de Jeremías, que es un compendio de varios parientes que como yo era el forastero me invitaban a jugar con ellos. En la novela he querido plasmar cómo era el mundo rural, cómo se celebraban los festejos y también por boca de un personaje totalmente ficticio expreso parte de mi pensamiento y explico la manera de vivir en aquella época en donde se consideraba normal echar de misa si no se iba con manga larga, por ejemplo. Además, casualidades de la vida, el patrono de El Cubo es Santo Domingo y yo me coloqué en un colegio de los dominicos, donde he trabajado como docente durante 40 años.
-¿Alguno de los personajes tiene algo de usted?
-Sí, tiene de mí el protagonista, el forastero. Alvarito soy yo, aunque mi familia no es como aparece en el texto. Siento un gran afecto por Zamora de hecho ya mi apellido está unido a la provincia de Zamora.
-En el libro menciona el colegio del Amor de Dios.
-Lo cito porque las chicas que tenían posibles acudían a estudiar a este colegio porque tenía internado. También menciono Fuentesaúco porque El Cubo pertenecía al partido judicial de Fuentesaúco, pero en ningún momento aparece el nombre del pueblo. Lo he omitido conscientemente, aunque doy bastante datos sobre parajes cercanos a la localidad.
-Este texto es su primera novela y ya va por su segunda edición.
-Realmente he tenido mucha suerte. Además, el texto lo han cogido como libro de lectura obligatoria en el colegio donde yo trabajé y también en otros centros educativos de Valladolid y en varios de Palencia. Creo que haber ganado el soneto de las Siete Palabras ha hecho que la novela se comercialice en grandes librerías y en establecimientos que habitualmente no venden textos de autores locales.
-¿Qué supone para usted, que ha sido docente, que el texto lo hayan elegido como texto de lectura obligatoria?
-Una gran ilusión. Me parece que es un libro sencillo de lectura y con un contenido enriquecedor porque acerca a las diferencias que existían a mediados del siglo pasado entre el capitalino y el pueblerino. Ahora la cultura y los conocimientos de un muchacho de la capital y otro de un pueblo son los mismos, pero entonces existía una gran diferencia. También me he ofrecido a los colegios de Zamora para presentar mi libro en los centros porque es una manera de explicar a los alumnos cómo se vivía antes. Incluso un lector me ha dicho que en esta novela le recuerdo a Delibes. Con esta publicación doy rienda suelta a una necesidad de escribir mi forma de pensar sobre la vida y deseo continuar.
-¿Ha empezado la confección de una segunda novela?
-Sí, pero sería una continuación del personaje de Alvarito, que sería un joven estudiante. El texto, del que tengo ya un bosquejo, se desarrollaría en la década de los 50 e incluiré distintas tramas fuera de Castilla y León.







HEMEROTECA:"La Opinión". Zamora. 30 de agosto de 2012





jueves, 7 de agosto de 2014

PREMIO AL MEJOR RELATO SOBRE “RIOS DE LUZ DE VALLADOLID”

En el IV Concurso de relatos “Campo Grande” organizado por el diario “El Norte de Castilla” con el patrocinio del Ayuntamiento de Valladolid y de la Fundación La Caixa, resultó ganador en el apartado “Ríos de Luz de Valladolid”, el relato que presenté bajo el título:
“El influjo de Sherezade”.
El acto de entrega de este galardón, junto al concedido en la categoría general, tuvo lugar en las dependencias del periódico el día  27 de enero de 2014, y al mismo asistieron: el director del periódico D. Carlos Aganzo, el alcalde de Valladolid, D. Javier León de la Riva y D. Fernando Lores  en representación de La Fundación Caixa, además de periodistas, familiares y amigos de los galardonados.

La foto muestra a los galardonados y organizadores del Certamen en la hemeroteca del diario, espacio en el que se desarrolló el acto. 


domingo, 3 de agosto de 2014

D. JOAQUÍN DÍAZ ELOGIA  MI NOVELA

En mi último post, reseñaba que D. Joaquín Díaz había tenido la gentileza de presentar mi novela. Este magnífico escritor y cantautor que además de dirigir su Cátedra de Estudios de la Tradición, es miembro de de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Valladolid, director de la Revista Folklore, del Centro Etnográfico Joaquín Díaz con sede en Urueña (Valladolid), de la Fundación que lleva su nombre y un largo etc. de cargos y reconocimientos, posee la sencillez de la gente realmente sabia. Se prestó a acompañarme  en la presentación de la novela, sin apenas conocerme y tuvo la gentileza, días más tarde, de recensionar "Las lamentaciones de mi primo Jeremías" en "El Norte de Castilla", titulando el escrito: "Un manual de antropología". En él, dedicó toda suerte de piropos a mi obra, haciendo de ella una crítica muy positiva, elogiándola como un buen trabajo, teniendo en cuenta de que se trataba de una obra de iniciación.
Gracias, Joaquín.  Desde entonces, siento estar en deuda contigo. Estoy convencido de tener en ti a un buen amigo y siempre estaré a tu disposición para lo que me necesites.


HEMEROTECA: "El Norte de Castilla". Valladolid. 7 de julio de 2012.