martes, 26 de agosto de 2014

PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (3)

CAPÍTULO I
El Viaje

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Calor y mucho era lo que sentía a medida que entraba la mañana. En la estación quedábamos cuatro gatos sudorosos con el sopor propio de quien está haciendo la digestión, bostezando a cada momento e intentando no caer en las redes del sueño. Para vencer el aburrimiento, releí la carta que mi primo Jeremías me había escrito días atrás y que guardaba bastante arrugada en el bolsillo del pantalón. La caligrafía era pésima: a veces no conseguía descifrar las palabras y en cuanto a la ortografía, mejor no hablar... Se notaba que en el colegio de mi primo no daba clase «el cuervo» de Lengua, el padre Astíz, que cuando veía una falta de ortografía, rechinaba los dientes y te aplicaba un tortazo en la oreja, suficiente para oír con eco el resto de la mañana. Este buen jesuita se había ganado a pulso el apodo de «Rompe orejas».
La carta de mi primo decía así:

«Qerido primo: Malegraré que al recivo desta carta estés bien, nosotros estemos bien G. a D.
Primo: Estoi deseando que vengas, lla parecen que cantan los griyos. El qe te guarde el año pasao se murio de pena pero lla tengo echas dos griyeras . griyos y pajaros no han de faltar en el regato i mucho menos las ranas. Los pilones estan llenos dagua pa bañarnos. Lo vamos a pasar a lo grande i pa fiestas vente preparao que Rosita la de la Nicanora sestá poniendo mui guena.
Bueno lo dicho qe vengas pronto aber si este año estas mas espabilao qe te se nota mucho qe eres de capital. besos para los tios y para mi prima
Jeremias»

Jeremías era la esperanza de un verano divertido. El año pasado me había enseñado a cazar toda suerte de animalillos, demostrándome en cada ocasión que los de capital, como él decía, éramos unos pazguatos que no sabíamos distinguir una mata de tomates de otra de pimientos, y que más concretamente, yo estaba muy atrasado en el asunto mujeril.
En realidad Jeremías, más que primo, era un pariente lejano. No llevaba ninguno de mis dos apellidos, pero como quiera que existía un cierto parentesco entre su padre y el mío, me empezó a llamar «primo» y esta afinidad familiar y el hecho de ser mayor que yo, le otorgaba la responsabilidad de educarme, divertirme y protegerme de los demás chavales del pueblo, que no soportaban que un forastero «finolis» pudiera arrebatarles, de vez en cuando, parte de los pájaros, ranas o cangrejos que legítimamente les pertenecían.
Me guardé la carta y el «extremeño» seguía sin aparecer. Sobre los bultos y las maletas apiladas en el andén, Tinín dormitaba panza arriba; Mamá y Margarita daban pequeños paseos; tata Lola velaba el sueño de mi hermano y contemplaba la creciente impaciencia de mi padre, que continuamente intentaba vislumbrar en la lejanía alguna señal de humo, mientras colocaba la mano derecha sobre las cejas, a modo de visera. Por mi mente pasaron rápidamente imágenes de ese mismo día. Recordé el madrugón, la ansiada espera del taxi, el traslado a la estación del Norte, la llegada del Correo, el viaje dirección Madrid, parando en El Pinar de Antequera, Viana, Valdestillas, Matapozuelos, Pozaldez, hasta llegar a Medina del Campo; dos horas de espera y transbordo para enlazar con el expreso procedente de Irún-Hendaya que nos había traído hasta Salamanca; ahora otra parada, un buen rato de espera, y de nuevo el trajín de subir el equipaje; eso, suponiendo que el «extremeño» no hubiera descarrilado. Elevé la vista al Cielo, pidiendo al Todopoderoso que tal desastre no hubiera ocurrido. ¿Cuándo llegaríamos al pueblo?
Mis pensamientos se interrumpieron al tiempo que fueron escuchadas mis plegarias, porque un ángel con la total apariencia de mi padre nos anunció con voz desgarrada:
―¡Ya está aquí! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Coged las maletas, no vayamos a quedarnos en tierra!
No puedo contar mucho del siguiente tramo del viaje porque apenas tomé asiento me quedé profundamente dormido, y así habría pasado mucho más tiempo si no llega a ser porque el mismo ángel anunciador, ahora con la voz más contenida, me despertó indicándome:
―¡Alvarito, despierta; ya estamos en Izcala!; en diez minutos habremos llegado al pueblo. ¡Qué contento se pondrá el abuelo!
Con la vista borrosa, me incorporé en el asiento y contemplé con qué velocidad desfilaban ante mis ojos encinas y alcornoques. También las vacas que, solitarias o en pequeños grupos, pastaban en los claros de la dehesa, junto a las charcas, aparecían y desaparecían como fotogramas de película de principios de siglo; «se asustan del tren» ―pensé―, y al girar un poco más la cabeza, en la última curva del recorrido, muy cerca de la estación, divisé el ciprés que indicaba el lugar exacto donde descansaban, entre otros, mis antepasados: «los González Hontañera», conocidos entre las gentes del pueblo como los muleros, aunque esta referencia disgustara enormemente a mi progenitor. Por un momento pensé en la abuela Macrina que, desde enero, alimentaba con su cuerpo el descomunal ciprés. «¡Se acabó el jamón en tacos y la propina del domingo!» ―pensé egoístamente, al tiempo que mi Certina chapado en oro, regalo de la primera comunión, señalaba inexorablemente las once y media de la mañana.





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