sábado, 20 de septiembre de 2014


PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (7)

CAPÍTULO III
La casa del abuelo
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No había que haber estudiado en Salamanca, como mi padre, para darse cuenta de que la casa del abuelo era el edificio más noble de la Plaza Mayor del pueblo, y aún me atrevería a decir de todo el partido judicial de Fuentesaúco. Con dos pisos y desván abuhardillado, competía en altura con el Ayuntamiento, pero a diferencia de aquel, tenía el empaque de una casa solariega. La fachada, construida en piedra de Villamayor, guardaba cierta semejanza en su arquitectura con la de algunos edificios neoclásicos de Salamanca. La puerta principal estaba enmarcada por dos columnas, culminadas por sendos capiteles jónicos, soportes decorativos de un frontón entrecortado que albergaba, en una pequeña hornacina, la imagen de la Virgen María. Las ventanas se remataban primorosamente con motivos florales, predominantemente, hojas de vides, entre las que emergía la cabeza de Dioniso, rodeado de ninfas. Pero quizás, lo que daba un mayor realce a la edificación, era el balcón central, amplísimo mirador de forma circular con un enrejado espectacular, que el bisabuelo Damián se hizo fabricar y traer desde el País Vasco en 1.905, en una demostración ostentosa de su gran poder adquisitivo. Eran años de prosperidad económica, de los que su propietario quiso dejar constancia para las generaciones futuras, grabando en un sillar de la fachada la siguiente inscripción: «Propiedad de Damián González del Pozo. Año 1.905.»
Alguien sobrado de envidia, queriendo mostrar al visitante el origen de la fortuna, había rayado con un punzón la piedra contigua a la de la inscripción, figurando junto al nombre de mi bisabuelo, la palabra «MULERO», escrita en letras mayúsculas de desigual tamaño.
La puerta, de madera noble, no había soportado con la misma entereza que la fachada el paso de los años. Estaba un tanto vencida, agrietada y reseca; pedía a gritos una buena mano de barniz, después de que un carpintero suficientemente experto, la nivelara y la limpiara, restituyéndola al esplendor de antaño, sin mancillar la fortaleza del roble.
Al traspasar el umbral, tuve la impresión de adentrarme en una gruta, dada la extensión del zaguán y la temperatura del recinto, al menos diez grados inferior a la del exterior; la segunda impresión no era más agradable: el habitáculo estaba desprovisto de muebles, a excepción de dos sillas fraileras y un escaño, presidido por un retrato empolvado de mi augusto bisabuelo. A mano izquierda, en la alcantarera, reposaban tres cántaros, protegidos del polvo por tapaderas de corcho. Del artesonado pendía una minúscula lámpara de seis brazos, flotando en las alturas, a poca distancia del techo: su luz iluminaba levemente una figura humana vestida de luto riguroso, a juego con la sobriedad de la estancia; era Petra, la cuidadora del abuelo: alta, enjuta y desdentada, que salía a recibirnos. Aparentaba más edad que los sesenta años recién cumplidos el día de su onomástica, y eso que, del atuendo se desprendía que se había arreglado para la ocasión, porque tanto la saya como el pañuelo de cabeza, brillaban como el azabache, resaltando sobre el color parduzco de las medias.
 Nada más vernos, corrió a abrazar a mi padre, hablando con voz ronca, entre gemidos y sollozos, con una cantinela que parecía ensayada de antemano:
―¡Ay Señorito! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!, se nos marchó la Macrina! ―repetía entrecortándose―. ¡No semos nada, nada, nada…!
Mi padre, en posición forzada, soportó por unos instantes el abrazo con cara de circunstancias, hasta que encontró el momento propicio para traspasar, como si fuera un fardo, el conjunto de huesos andante al regazo de mi madre, que con dulzura la acogió, emocionada, sin que consiguiera acallarla.
―¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! Ya sólo quedemos yo y el abuelo.

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