domingo, 28 de septiembre de 2014

PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS”  (8)


CAPÍTULO III
La casa del abuelo

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Los lloriqueos se interrumpieron bruscamente cuando Petra, de repente, dando un respingo, se deshizo de los brazos de mi madre, sacó de la faltriquera un pañuelo arrebujado, se sonó a placer las narices con ruido trompetero, y lo pasó a continuación por los ojos, en un intento de secar las lágrimas.
―¿Y del abuelo, Señorito? ―continuó diciendo―. ¿Qué me dice del abuelo, que se pasa el día meando cuatro gotas a cada poco, como los perros? Asín comenzó Alejandro, el de la Bernarda, y a los dos meses ya estaba pa Pimpanilla.
―¿Dónde está Pimpanilla? ―preguntó Margarita, dirigiendo la pregunta a mi madre.
―Pimpanilla es el paraje donde se encuentra el cementerio ―le aclaró, mi madre a media voz.
Petra, volvió a la carga con sus lloros y lamentos, ahora abrazada a Lucía.
―¿Qué es la vida? ―se preguntó, tragándose los mocos. Y sin esperar respuesta, ella misma contestó―: Una porquería; sufrir para nacer, sufrir para morir y entre medias, una guerra y a pasar hambre todo el tiempo, salvo algunos buenos «cocidos» y dos bodas mal contadas.
―Mecagüen…tal; tiene razón la Petra ―corroboró Mariano.
―Tú cállate ―dijo Lucía―; ¡que sabrás de sufrimientos! Si antes de padecer una enfermedad, ya procuras vacunarte con aguardiente en la cantina.
―Dejémonos de lloros ―terció mi padre― y ocupémonos de los vivos. ¿Se ha levantado el abuelo?
No sé ―dijo Petra―; el Señorito Tino ha pasado muy mala noche y a lo mejor entavía está en la cama.
Como si se tratara de un pequeño ejército, subimos en fila india la escalera tras mi padre, que capitaneaba la comitiva. Los peldaños, no acostumbrados a tanta carga, gimieron a nuestro paso, y todos, por instinto de supervivencia, nos agarramos al pasamanos. Bueno, todos no, porque Jeremías, desafiando el peligro, saltaba los escalones de tres en tres, hasta alcanzar el rellano, con la sana intención de ser el primero en abrir la puerta y mostrarnos al enfermo.
Sentado en un butacón, despeinado, con los pantalones por encima del pijama y una bata sobrepuesta, abrigándole la espalda, encontramos a mi abuelo, recién levantado de la cama. En la mesilla de noche, un montón de medicamentos tapaban la base de una lámpara que permanecía encendida. Justo, al lado de la mesilla, en un rincón, intentando pasar desapercibido, se encontraba el orinal, oculto tras un cartón, en el que se podía leer una conocida marca de quesos. La atmósfera de la habitación estaba muy cargada por falta de ventilación, concentrándose un fuerte olor a orines que Tinín evidenció tapándose las narices; los demás intentamos disimular como pudimos.
―¿Qué hace el hombre? ―dijo Petra, descorriendo las cortinas―. ¡Ya es de día, Señorito! Voy a apagar la luz que de seguida viene el molinero con la factura ―recalcó Petra, muy en su papel de cuidadora.
El abuelo permaneció todavía, unos instantes, aturdido, hasta que al fin pareció reconocernos:
―¡Sea bienvenida toda la tropa! Creí que no llegaríais a tiempo de verme respirar ―musitó, mientras le besábamos―. Estoy aquí, hecho un trapo, jodido de la vejiga, que no acaba de destilar, y de la cabeza, que me da vueltas todo el rato.
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2 comentarios:

  1. Creo que estás haciendo una buena labor editando esos PASAJES. La novela me empieza a gustar.

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  2. Gracias, Amando. Espero que no sólo te empiece a gustar sino que acabe gustándote. Saludos.

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