jueves, 20 de noviembre de 2014

PASAJES DE LAS "LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS " (11)

CAPÍTULO III
La casa del abuelo
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A eso de las dos y media apareció el abuelo en el quicio de la puerta. Los pellejos de su cuello, apenas rozaban el de la camisa, y el maniquí de su esqueleto se hundía entre las hombreras del traje gris de los domingos, que parecía dos tallas más grande, tal era la merma en carnes que el enfermo había experimentado en los últimos tiempos.
Cargando el peso del cuerpo en el bastón que empuñaba su mano izquierda, a duras penas levantó el brazo derecho y, con voz entrecortada, discursó a modo de saludo:
―Señores: ¡esto es lo que hay! ¡Constantino González, quién te ha visto y quién te ve! ―hizo una pausa. Con la salud que tenía hace unos años ¿quién me iba a decir a mí que acabaría siendo un hombre agoterado, a punto de derribo?
―Tino, no se fatigue y siéntese a comer ―dijo mi madre―. Lo que le conviene ahora es reponer fuerzas. La familia estamos aquí para ayudarle. Comiendo cosas de gusto recobrará el apetito y en poco tiempo se encontrará mejor.
―Gracias, hija, pero si comiera algo, ¡no iríamos mal! Lo jodido es que junto a la Macrina se me han ido también las ganas de comer y eso que la Petra se esfuerza en hacerme buenos guisos, pero, apenas pruebo bocado, la comida me da en rostro y si acaso le cojo afición al gallo en pepitoria, al poco rato me vienen las ganas y tengo que orinar; no acabo el goteo y de seguida, llegan los escozores, así que cuando vuelvo a la mesa a reemprender la tarea, para mí el gallo ha dejado de cantar.
Después de soltar esta perorata, el abuelo, estirando y encogiendo párpados y labios, se agarró a la silla, luego a la mesa, se cambió de mano por dos veces el bastón y dando un fuerte resoplido, consiguió por fin sentarse.
Como si el quejido fuera una señal de inicio, mi madre aprovechó la ocasión para bendecir la mesa, como hacíamos todos los días.

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