jueves, 27 de noviembre de 2014

PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (12)

CAPÍTULO III
La casa del abuelo

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Durante unos minutos sólo se oyó una sinfonía de percusión en la que las cucharas, como improvisadas baquetas, golpeaban con energía los platos, hasta que el abuelo, que asistía resignado al espectáculo, tomó la palabra para decirnos lo que seguramente había estado rumiando en los últimos meses de soledad:
―La vida del hombre ―comenzó a decir―, va de los veinte a como mucho los sesenta. Antes de los veinte, eres un ser dependiente, un mero observador de la vida; no tienes barba ni dinero, en condiciones. Apenas cumples los sesenta ya comienzan los achaques. Las bronquitis son cada vez más frecuentes, la reuma te invade manos y pies a la vez que vas perdiendo la afición por las mujeres. ¡Todo son calamidades! Si comes mucho, la gota, y si no comes, la anemia. Cuando no te duele el bazo, te duele el espinazo. El matasanos va siendo uno más de la familia y en cada visita te va añadiendo una pastilla o un jarabe a la larga lista de potingues que tienes que tomar, hasta convertirte en una botica ambulante. Llegado ese momento, que es en el que actualmente me encuentro, lo sensato es hablar con don Matías e irle encargando unas gregorianas.
Se emocionó tanto que tuvo necesidad de alcanzar el vaso de agua con su temblona mano, para beber dando sorbitos, como un jilguero en una charca.
A Tinín le hizo gracia la peculiar forma de beber del abuelo, e inocentemente preguntó:
―Abuelo, ¿por qué bebes a poquitos?
―Mira hijo: se orina como se bebe. De joven me bebía un vaso de una vez y orinaba a chorro. Ahora según me ves beber, así orino: a poquitos como dices tú.
A mi padre no le parecieron bien las explicaciones tan explícitas del abuelo sobre las diferentes formas de miccionar, y respetuosamente argumentó:
―Padre, no debería usted dar tantos detalles. Tinín todavía es pequeño para comprender la fisiología humana.
―Puede que lo sea ―respondió el abuelo―, pero los niños captan todo y el tiempo pasa tan rápido que, antes de lo que te imaginas, este mocoso será don Constantino. Lo que tenga que saber de la vida, que lo aprenda en casa, mejor que se lo enseñen de mala manera por ahí.
Quizás hubiera continuado hablando, pero una necesidad acuciante le hizo decir:
―Y ahora con vuestro permiso, me retiro al excusado, que necesito gotear.
Petra, que venía de la cocina con una fuente de chuletas, las depositó rápidamente sobre la mesa y se apresuró a ayudarle.
―Señorito Tino, déjeme que le acompañe, no siendo que entavía se tropiece, se rompa un brazo y me vea en la obligación de sujetar lo que nunca llegué a tocar a mi difunto marido.

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