domingo, 10 de mayo de 2015


SUEÑOS Y...SUEÑOS

Ensimismado en la conclusión de un poema dedicado, como siempre, a la mujer que le tenía obnubilada la razón, no se percató de que faltaban tan sólo diez minutos para llegar al despacho. Rápidamente, se enfundó los pantalones , deslizó el peine sobre el cabello y agarrando la americana, bajó precipitadamente las escaleras. Por el camino, extrajo de uno de los bolsillos la corbata y se la anudó al cuello mientras mentalmente repasaba las estrofas de su reciente composición. Reconoció, que tampoco hoy, había sabido plasmar sus sentimientos con la profundidad de los grandes poetas y presintió que aquella tarde no ilusionaría a su amada con la lectura de unos versos treméndamente lánguidos e inexpresivos. Habían pasado tan sólo unos meses desde que se conocieran. El bufete donde él trabajaba, distaba muy poco de un comercio dedicado a la venta de colchones y somieres, en donde ella prestaba sus servicios. Así, la proximidad hizo, que ambos coincidieran en una cafetería cercana. Desde el primer momento sintió por la muchacha una atracción irresistible y cuando tuvo ocasión de entablar conversación con ella, le manifestó su inclinación por la poesía, recitándole cada tarde, como prueba de su afición y del creciente deseo de conquistarla, la lectura de unos versos. En su encuentro diario, ésa era la excusa perfecta para iniciar la conversación. Sin embargo, a medida que agotaba el caudal de su exigua producción poética, tenía cada vez más dificultades para cumplir con el ritual de bienvenida. Aquella tarde, para salir del paso, no tuvo más remedio que copiar unos versos de Neruda. Al leérselos, notó un brillo especial en los ojos de su amada.
—Son exquisitos—dijo, ella—.Sigue componiendo para mí. ¡Quiero seguir soñando con tus versos!
Viendo nuestro joven abogado, que le sería imposible continuar con la farsa, no tuvo más remedio que confesar sus carencias poéticas.  
—En realidad, los versos no son míos. Pertenecen a Neruda. He agotado el caudal de mi parca inspiración. Sólo quiero hacerte feliz y he buscado unos versos que estuvieran a la altura de mis sentimientos.
La muchacha sonrió, agradeciendo la sinceridad del pretendiente, y mirándole a los ojos, le comentó;
—Agradezco tu franqueza. ¡Ojalá yo pudiera sincerarme como tú, con mis clientes! Mira: cuando tengo que vender un colchón, pondero de tal manera su elasticidad y textura, haciendo tanto hincapié en sus bondades, que  los futuros compradores acaban creyendo que, con tan sólo descansar en él, sus sueños  superarán a los de los demás mortales. ¿Ves? Yo también falseo la verdad, para conseguir mis objetivos.
Luego, mirándole con dulzura añadió:
— Regálame cada día un poema, aunque no sea tuyo. ¡quiero seguir soñando! ¡quiero que juntos soñemos!— Y, bajando el tono de voz, casi en un susurro, concluyó diciendo con una pícara sonrisa:— Cuando llegue el momento, yo te garantizo los otros sueños.

Fotografía: Santos Pintor Galán







2 comentarios:

  1. Me ha gustado el relato, Carlos. Me gusta todo el entramado del relato. Y, desde luego, el final. Ella a lo suyo, le vendería el colchón, sin duda... (por aquello de los sueños, claro). Un saludo.

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  2. Sí. Lo cierto es que no se sabe si acabaría vendiéndole el colchón, quién lo pagaría o si alguno de ellos sería alérgico al látex. Es lo que tienen estos pequeños relatos, que de ellos, pueden surgir segundas o terceras versiones. Gracias, J.Javier por la molestia tomada en leerlo y gracias, también por el gracejo de tu comentario. Abrazos.

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