jueves, 13 de septiembre de 2018




FÁBULA DE LA PERDIZ ALICORTADA

n un paisaje idílico, entre la pinada y el carrascal, discurría la vida de un gran número de especies animales y vegetales. Ambos biotopos se encontraban encumbrados sobre dos elevaciones del terreno y separados, el uno del otro, por unos cuantos centenares de metros y por una nava, en cuya parte más profunda se podía percibir el sonido de las aguas cantarinas de un arroyo, que saciaba la sed de los animales y actuaba, para algunos de ellos, como frontera infranqueable.

                    En este bucólico paraje nació y creció nuestra perdiz que, antes de abandonar la compañía de sus protectores padres, supo que la fortaleza de sus alas le proporcionaba la facultad de atravesar la nava sin ninguna dificultad. Contando con la compañía de sus hermanos y congéneres, esquivaba la posibilidad de caer en manos de sus depredadores, segura de que la juventud le proporcionaba fuerza y reflejos para escapar del riesgo que corría cada día.

                    Un domingo otoñal de límpido cielo azul, ella y el bando de sus acompañantes se sobresaltaron con el estruendo de sonidos cuya intensidad iba en aumento, y decidieron volar repulladas, intentando atravesar cuanto antes la nava. Escuchó, entonces, un sonido seco, al tiempo que una de sus alas recibía un impacto que le hizo perder altura, hasta dar con sus huesos en tierra. Sintiendo el ladrido de los perros y el griterío de los cazadores, aún tuvo fuerzas para peonar y esconderse entre los carrascos, burlando a los perseguidores. A partir de ese día, la vida de nuestra protagonista fue un auténtico suplicio. No sólo tenía que soportar un agudo dolor en su extremidad, sino que debía protegerse de los depredadores sin la ayuda del resto del bando. Sacando fuerzas de donde no las había, peonando unas veces y en otras con pequeños vuelos, fue reponiéndose del percance. El tiempo en que estuvo forzosamente aislada, aprendió mil trucos para sobrevivir: agudizó vista y olfato; supo distinguir el canto de un macho en libertad del que lo hacía como reclamo, encerrado en una jaula; se aplicó en el conocimiento del terreno y, escarmentada, se alejaba cuanto podía al advertir la presencia humana y los odiosos sonidos que les acompañaban. Valiéndose únicamente de su coraje y de su deseo de superación, consiguió poseer un vuelo casi normal, de manera que, al finalizar la temporada de caza, con la herida cicatrizada, se unió al primitivo bando, gozando desde las alturas del impresionante paisaje que se contemplaba a sus pies.

MORALEJA: Con tesón y constancia, puedes superar los momentos difíciles.

Acuarela de Manuel Malillos Rodríguez


6 comentarios:

  1. Muy buena fábula. Creo que soy una perdiz.

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  2. Eres mucho más que una perdiz. Eres una persona capaz de utilizar la mente por encima del instinto. Volarás más alto y más lejos que cualquier perdiz. Nos vemos en los cielos, aunque desconozca tu nombre. Feliz tarde.

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  3. Linda yo también me lastime mi alita...
    Me identifiqué con la perdiz.

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    1. ¿Y quién no ha tenido alguna vez parte de su alma rota? Lo importante es que ahora ya puedas volar. Que tengas un buen día.

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  4. Linda fábula.
    Me identifiqué, soy una perdiz.

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    1. Me alegra saber que la fábula te gusto. Si te identificaste con la perdiz, ¡enhorabuena!, ya estás en periodo de curación. Feliz día.

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