domingo, 17 de febrero de 2019



 MANIQUÍES



(Obra teatral en tres Actos)

ACTO PRIMERO
(En una Cafetería)

Ernesto— He venido en cuanto he podido, Santi. Parecías muy preocupado. He deducido que algo gordo te estaba pasando; no es lógico que me cites con tanta prisa y en horas de oficina. Ya me dirás...
Santi— Perdona si te ha sorprendido mi S.O.S., pero eres mi mejor amigo y recurro a ti porque estoy pasando unos momentos muy malos.
Ernesto— ¿Momentos malos? Pero si eres el prototipo de hombre feliz: Juventud, trabajo, novia. ¡Lo tienes todo! ¿Qué te ocurre?
Santi— Pues ocurre que a Mariví le ha salido una seria competidora. Ahora somos un trío más que una pareja.
Ernesto— ¡No me digas! ¡Pero si Mariví es una chica encantadora! ¿Has encontrado alguna chica que la supere en cualidades?
Santi— En todas, no. Pero en elegancia, sí.
Ernesto— ¿Quién es ella? ¿La conozco?
Santi— En realidad, no se trata exactamente de una chica, sino de una maniquí que me sonríe cada tarde desde el escaparate de una tienda de Moda.
Ernesto— Esto es una broma. ¿Cómo puede haberte encandilado una muñeca por muy elegantemente que esté vestida? ¿Estás loco?
Santi— Eso pienso yo. Pero Mariví, a pesar de ser una buena chica no tiene gusto para arreglarse. En cambio, la figura del escaparate, no sabes con qué elegancia lleva la ropa, qué dulce mirada me dedica, con qué gracia coloca los brazos sobre su talle. Creo que Mariví está mosqueada porque siempre que puedo hago que nos detengamos en el escaparate y, viéndome tan interesado en contemplar ropa femenina ya me lanza puyitas sobre mi masculinidad.
Ernesto— ¡Pues sí que es un problema! ¿Y qué piensas hacer?
Santi— Para eso te he llamado. Dame alguna solución.
Ernesto —Lo único que se me ocurre es que sugieras a Mariví que adquiera la ropa que lleva puesta la maniquí. Tal vez así...


ACTO SEGUNDO
(Ante la tienda de Moda)

La encargada—Chisss, chisss.
Santi—¿Es a mí?
La encargada—¡Pues claro! He observado durante varios días, cómo se pasa buenos ratos delante del escaparate, unas veces solo y otros acompañado de una bella joven y quiero invitarle a que pase al interior de la tienda y me pregunte en qué puedo complacerle.
Santi— Verá, yo... Es que estoy prendado de la maniquí. La encuentro que va vestida de una forma exquisita.
La encargada— Muchas gracias, caballero. Intentamos vestir a nuestros maniquíes con las última tendencias de la moda. Para ello no solo estudiamos revistas especializadas, sino que nos fijamos en las preferencias que siguen las mujeres de nuestra ciudad. La elegancia no radica exclusivamente en la ropa con que nos vestimos, es una cualidad que algunas mujeres saben irradiar desde su interior.
Santi— Es muy interesante eso que me está diciendo.
La encargada— Y más interesante le resultará conocer que nos hemos fijado en la elegancia que posee su acompañante. Como se detiene junto a usted tanto tiempo frente al escaparate, su pose, su actitud y su serena mirada, nos parecen tan elegantes, que la tomamos como referencia a la hora de presentar el escaparate. Para nosotros, su acompañante es nuestro maniquí de referencia. ¡Enhorabuena!
Santi— Muchas gracias. La verdad es que no me había dado cuenta.
La encargada— Usted, caballero, lleva una maniquí a su lado. No obstante, si desea adquirir alguna de nuestras prendas, le atenderemos con mucho gusto.
Santi— Descuide, ya nos pasaremos por aquí con más calma. Adiós y gracias.


TERCER ACTO
(En una cafetería, una semana después)

Santi— He querido citarte en el mismo lugar en que te conté mi problema, para darte la satisfacción de decirte que ya está resuelto.
Ernesto— ¡No sabes cómo me alegro! ¿Y en qué quedó la cosa?
Santi— Pues que ahora salgo de paseo con la maniquí.
Ernesto— ¿Con la maniquí? Creo que necesitas ayuda psiquiátrica.
Santi— No te asustes. Ja,Ja,Ja.  Es una broma. Resulta que Mariví es la maniquí en la que se fijaban en la tienda para vestir a la maniquí del escaparate. Figúrate, yo como un tonto ilusionado con una figura de plástico, cuando a mi lado tenía toda la elegancia que un hombre puede desear.
Ernesto— Los encantos de una mujer siempre están en su interior.
Santi— Eso es cierto. A mí me ha costado descubrirlo, pero creo que he aprendido la lección. ¿Lo celebramos?
Ernesto— Claro que sí. Esto merece un Ribera de crianza.

(El telón cae lentamente, mientras ambos amigos alzan la copa)

FIN



jueves, 14 de febrero de 2019



PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (54)
CAPÍTULO III
La casa del abuelo
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―En todo lo que dices, tienes razón ―respondió mi madre―, pero lo importante ahora no es lo que debió hacer y no hizo, sino cómo podemos aliviar sus dolores y tratar su enfermedad. Me da mucha pena verle como está. Te propongo que uno de estos días vayamos a Zamora a consultar de nuevo con el especialista qué camino debemos tomar. Y si fuera necesario llevarle a Valladolid, nos lo llevamos; esta casa en invierno, no me ofrece garantías; además, en Valladolid conocemos a varios doctores que pueden darnos otras opiniones.
―Lo que propones, Consuelo, es harto complicado. De momento, tendríamos que habilitar una habitación, con el consiguiente gasto; contratar una asistenta, lo que elevaría más el presupuesto, porque a Petra no la arrancas del pueblo, y luego, ¿quién estaría pendiente de él todo el tiempo? Eso sin tener en cuenta que, con las múltiples idas y venidas al aseo, alteraría el ritmo de estudio de los niños; por tanto, creo que lo mejor, es que siga con Petra en el pueblo ―sentenció, y, queriendo argumentar su decisión, concluyó―: Las personas mayores si no están en su casa, se desubican y acaban por trastornarse.
Mi padre se calló cuando Petra entró en el comedor con la misma actitud con la que nos había recibido horas antes, en el zaguán, es decir, lloriqueando pañuelo en ristre.
―Está igual, igual que Alejandro, el de la Bernarda ―exclamó gimoteando, mientras se pasaba el pañuelo de un ojo al otro. Después, aspirando los mocos con una fuerza inusitada, predijo para el abuelo el mismo rápido final que ya tuviera el marido de la Bernarda:
―Estas Navidades me veo tomando las castañas, yo solita ―y rompió a llorar.
El golpeteo del bastón sobre las losetas del pasillo nos advirtió de la presencia del abuelo, y al instante, el silencio se hizo en el comedor. Apoyándose en el quicio de la puerta, agotado, casi sin fuerzas para hablar, el abuelo nos abarcó a todos con la mirada, y al poco musitó:
―Señores: me voy a tomar un poco de leche y al punto me meto otra vez en la cama.
Aunque la pregunta sobraba, mi padre, quizás para demostrar su interés, le preguntó:
―¿Qué tal le ha ido en el servicio, padre?
El abuelo en su pose característica, tomó aliento, cargó el peso sobre el bastón que sujetaba la mano izquierda, levantó el brazo derecho, como si nos fuera a bendecir, y respondió:
―Te voy a contestar con un dicho de Mayalde: «Si al mear no hace espuma, es que no tiene fuerza la pluma».
E inmediatamente se giró, camino del dormitorio.
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domingo, 10 de febrero de 2019


REFLEXIONES CAROLINGIAS (XXXII)

Mentía cuando decía haber ligado con la encargada de la óptica. La realidad era que solo la conocía de vista.

Algunas personas son como los vinos espumosos: hasta que no se destapan no sabes la fuerza que llevan dentro.

"Como tú no hay ninguna. Si me lo pides te traeré la Luna". Es que soy poeta, ¿sabes?."Yo también rimo versos—dijo ella—:Si quieres ser mi amante, cómprame un diamante".

Un sombrero de ala ancha le protegía del sol, de la lluvia y de la huída de sus ocurrencias, siempre dispuestas a anidar en las alturas.

En la lotería, jugaba siempre a un número que acabara en 85 porque esos eran los años que deseaba vivir. Si hubiera jugado a la terminación 75, al menos habría acertado la edad de su fallecimiento.

Cuando pago con mi tarjeta de crédito, no puedo dejar de pensar  lo mal que lo estará pasando. ¡Si hasta me saca la lengua...!

Siempre es mejor "ir de cráneo", que no tener cabeza.

Después del brexit, los nacidos en Libra  tendrán que cambiar definitivamente su signo zodiacal por el de Euro.

Me han dicho que si te llamas Ignacio y presentas el carnet, te hacen rebaja cuando degustas "los nachos". No sé, no sé... era un 28 de diciembre.

Se concederá un premio al entrenador que, después de que su equipo haya perdido el encuentro, no diga en la Sala de prensa: "Fútbol es fútbol".

Según los Partidos políticos moderados, el -OH. el -NO o el -Cl, son perjudiciales para la buena salud de la Sociedad, al tratarse de radicales libres.

Tan seguro estaba de que alcanzaría la cúspide que aquel escalador siempre llevaba puesto un pasamontañas.

Fotografía del autor.



jueves, 7 de febrero de 2019


EL REINO

Hace unos días se concedían los "Premios Goya" que, como todos sabemos, viene a ser la versión españolizada de los "Óscar" estadounidenses, sin que falte la consabida alfombra y un desfile de actrices y actores que exhiben con orgullo las última tendencias o extravagancias de la moda.

En esta ocasión, el premio a la mejor película recayó en "Campeones", cuya impresión dejé plasmada en este mismo blog con fecha 22 de abril de 2018. Aunque no es una película complicada sino más bien entretenida con situaciones que mueven a la sonrisa y a la profunda reflexión, el tema tratado es de tan elevada altura moral y de tal valor formador y educativo, que el Jurado ha visto con buenos ojos que fuera la ganadora. Justo premio.
Sin embargo, la película que se ha alzado con 7 estatuillas y ha resultado ser la vencedora de esta Gala, ha sido "El Reino". Creo que con gran criterio, Rodrigo Sorogoyen ha sido galardonado como mejor director entre todas las cintas presentadas, siendo también muy merecido el premio de mejor protagonista a Antonio de la Torre, así como que Luis Zahera se llevara el Goya por el de mejor actor de reparto.

"El Reino" cuenta una historia de plena actualidad en España como es la de la corrupción en los partidos políticos, fácilmente identificables, pero que el director omite, sin duda para evitar un sinfín de demandas.

Manuel (Antonio de la Torre) ostenta un elevado cargo autonómico en un partido político y sueña con llegar a serlo también a nivel nacional. Sin embargo, unas filtraciones le inculpan en una trama de corrupción junto a Paco, su mejor amigo. Esta acusación hace que Manuel sea expulsado del "reino" al que aspiraba y del que únicamente se salva Paco. Los amigos le traicionan y pretenden que asuma toda la responsabilidad, pero Manuel ayudado por su mujer e hija, luchará lo indecible contra ese hábito de corrupción que resulta ser una compleja red de favores e inmoralidades.

Como ven, un thriller actual, retrato de la vida misma, algunos de cuyos episodios hemos podido contemplar durante años, sin más que visionar los informativos.

A destacar el ritmo vertiginoso impuesto a algunas de sus escenas, como marca el guión, acompañada de una música trepidante a cargo de Olivier Arson, que fue merecedora de otra estatuilla.

En esta ocasión, no me atrevo a recomendarla a todos los públicos. Únicamente para aquellos a los que les apasione la política tienen en este film ocasión para imaginar de qué partidos se trata, aunque la adivinanza no resulta nada complicada de resolver.


domingo, 3 de febrero de 2019


NIEBLA


No existe el horizonte;
la línea que divide cielo y tierra
se ha borrado. Apenas alcanzo a ver
el contorno de tu cuerpo,
enlazado al mío,
como siempre.
Me cerca la soledad y me lleno
de todos los temores de la infancia.
Llevo mis manos a la cara
para poder palpar carne mortal
tiritando de frío, o de temor
a perderte entre la gente.
Soy un ciego provisional de tu belleza,
a pesar de que siempre creí
que, en una nube, serías más hermosa.
Me desgarra la soledad de este invierno frío y duro
del amenazante dolor que asoma el rostro
entre la niebla,
junto al de otros rostros y otras voces,
hoy, inexistentes.
La realidad se impone y los sueños
se desvanecen antes de que el tímido sol
despeje las incógnitas de mi existencia.

¡Cuántas veces lo imaginado es pura fantasía!
Parpadea cerca de mí
la luz intermitente del semáforo
cediéndome el paso, pero el miedo
sigue atenazándome y ni siquiera
me atrevo a cruzar la calle.
Siempre me he sentido cómodo en mi mundo,
y, por eso, conocer otros mundos, otras realidades,
me parecen tentaciones encaminadas a llevarme
a la otra orilla del deseo
que se me incita sugerente, ofreciéndome
lo que me falta, lo que ansío,
aunque lo tenga casi todo,
porque tú caminas a mi lado,
como siempre
aunque la pertinaz niebla se empeñe
en ocultarme tu rostro.


Fotografía de Pilari Santana Hernández





jueves, 31 de enero de 2019


RESULTADO DE UNA EXPERIENCIA

Picado de curiosidad, probé el domingo con la publicación de un microrrelato, lo bueno que sería conocer de mis lectores la continuación de una historia que bien podría haber concluido con los puntos suspensivos, perdiéndome, eso sí, cuál sería su final en cada una de vuestras cabezas.

A todos di cancha para que plasmarais vuestro propio desenlace. A los que lo hicisteis, os agradezco el esfuerzo que supone abrir vuestra íntima reflexión, exponiéndola al juicio de los demás.

Yo me mantuve como un lacónico observador que daba las gracias al colaborador con un "Me encanta", sin emitir frase alguna de la que pudiera derivarse que estuviera más de acuerdo con la opinión de unos que de otros. Pido perdón por tan escueta forma de comportarme que no es la habitual en mí, pero que en esta ocasión consideré ser la correcta.

Os quiero felicitar, porque vuestras conclusiones abrieron ante mí un abanico inmenso de posibilidades que me servirán de aprendizaje cuando, en otra ocasión, al escribir un relato, no me agobie pensando, que solo existe una única manera de provocar el desenlace. Quedé también impresionado por la excelente capacidad redactora de algunos escritos que (no me duelen prendas al decirlo) superaban en calidad literaria a la del propio microrrelato.

En cuanto a los finales posibles, he detectado una mayor inclinación al perdón y a la reconciliación entre los escritores masculinos, en contraposición a la de los femeninos, más proclives a que la protagonista diera portazo a la relación. Ni  por un momento se me ha pasado por la imaginación que seáis las féminas más rencorosas que los hombres; lo que ocurre, a mi modo de ver, es que, en este caso, la burlada era una mujer. Estoy seguro que de ser el hombre el engañado, la respuesta masculina a favor de la ruptura hubiera sido mucho más contundente.

Creo que la experiencia ha sido muy positiva para interrelacionarnos y para saber más de nosotros mismos, lo cual es un gran logro cuando el conocimiento personal en la mayoría de los casos no es posible. La diversidad de opiniones nos enriquece a todos. Ya veis, que hasta la fotografías que ilustran ambas publicaciones, realizadas sobre un mismo edificio, resultan diferentes según quién haya sido el autor,  la luminosidad del día o el ángulo elegido.

Quizás en otra ocasión repita la experiencia. Si es así, espero seguir contando con vuestra ayuda. Hasta entonces, sigamos creciendo...

Fotografía del autor.


domingo, 27 de enero de 2019


ENTRE DOS AGUAS

Vio en el retrovisor cómo los edificios de su ciudad se iban achicando, mientras la autovía se abría en canal ante él, tal vez indicándole que el futuro que le esperaba seiscientos kilómetros más lejos, era prometedor y de mejor calidad que el que abandonaba. Así se lo habían asegurado en su empresa, luego de ascenderle, a su pesar, a un puesto mejor remunerado y de mayor responsabilidad.

El corazón se le desgarraba pensando en Ana, su novia de toda la vida, que el día anterior lo había despedido envuelta en un mar de lágrimas."Es por nuestro bien"—le había dicho Ramón, a modo de consuelo". " Mi bien eres tú"—contestó la joven, entre sollozos.

Tres meses intentando aclimatarse al ritmo de trabajo y al trajín de la gran ciudad, dejan poco tiempo libre y Ramón invertía buena parte de su ocio para comunicarse con Ana, en conversaciones que, en un principio, empezaron por reiterar su enorme deseo de abrazarla, para luego convertirse en mil maneras rutinarias de decirle que la amaba, deseando que el verano llegara pronto y, con él, el momento de hacer realidad lo que constantemente soñaba: poder vivir juntos. Los nuevos compañeros de trabajo se extrañaban de la monacal vida de Ramón y más de una vez intentaron, sin éxito, que conociera nuevas amistades en noches de vino y rosas, pero Ramón se mantenía fiel a su amada.

Una tarde, después de una comida y posterior reunión de trabajo, tuvo ocasión de conocer a Rocío, una mujer despampanante y desahogada que formaba parte del oponente grupo negociador. Rocío unía a su natural belleza, un trato cercano y afable; además, sin saber el porqué, se fijó en Ramón desde el primer momento y no paró hasta colocarse a su lado y sugerirle en tono confidencial: "Los negocios con amor, siempre se ven coronados por el éxito". Un intercambio de teléfonos y dos cubatas apresuradamente bebidos, dieron lugar a que los importantes temas comerciales que se estaban ventilando, se negociaran entre las suaves sábanas de un lujoso hotel...

Desde aquel día, los guasap de Rocío se multiplicaban casi tanto como las llamadas perdidas de Ana, que, preocupada por el excesivo trabajo de su novio, pensó que visitar por sorpresa a Ramón podría aliviarle de su estrés.

Ana no hubiera imaginado jamás que, al reencontrarse con su amado, un persistente aroma de colonia femenina inundara el apartamento, ni que varias prendas íntimas de mujer aparecieran esparcidas por el dormitorio. El tartamudeo de Ramón  intentando explicar lo inexplicable, abortaron de golpe sus ilusiones y precipitaron su rápido regreso a casa. El rellano de la escalera fue testigo de múltiples improperios, entre los que "malnacido" y  "sinvergüenza" se repitieron con inusitada intensidad.

Envuelto en una pegajosa y excitante tela de araña amorosa, nuestro ejecutivo no acusó el impacto de la ruptura y continuó alternando negocios y diversión con una mujer que le garantizaba pasión y divertimento en cada encuentro, pero que cortó, sorpresivamente, cualquier comunicación, cuando las negociaciones llegaron a su término. La atenta Rocío dejó de responder a sus mensajes y la única vez que pudo hablar con ella escuchó  desde su iphone estas duras palabras:"El proceso ha culminado con éxito. Ya no hay negociación y, por tanto, el amor no tiene razón de ser".

Ramón maldijo a la que hasta entonces le había colmado con toda suerte de delicadezas y se sintió ridículo, vilmente engañado y moralmente destrozado. Buceando entre dos aguas, un amor ilusorio le había hundido hasta tocar fondo en el proceloso mar de la vida.

Buscando salir a flote, solo veía en superficie la figura de Ana y a ella recurrió en llamadas que no alcanzaban su objetivo porque su número estaba bloqueado. Sin darse por vencido, le escribió varias cartas en las que intentaba justificar su error, pretextando bisoñez y mostrando su arrepentimiento, comprobando que las cartas eran devueltas sin haber sido abiertas.

Meses más tarde, supo por un amigo común que Ana vivía recluida en su domicilio y este hecho fue el detonante que le impulsó a tomar una drástica decisión: se despidió de la empresa e inició el camino de vuelta a su ciudad de origen con la única pretensión de volver a enamorar a Ana...

Fotografía de Juan Jesús García Visa


jueves, 24 de enero de 2019


Crónicas de mi Periódico              24 de enero de 2019

 DESHUMANIZACIÓN

Los que soportamos en la mochila del tiempo unas cuantas décadas vividas, nos hemos convertido, sin quererlo, en consumados espectadores de cuanto sucede a nuestro alrededor. Las prisas por llegar a tiempo para resolver cualquier cuestión se han ido sustituyendo por la meditación, la contemplación y la inevitable comparación con tiempos precedentes.

Nunca me ha gustado el dicho:"Cualquier tiempo pasado fue mejor". Para mí, el mejor tiempo es el que vivo. Como dice Pablo Milanés en su canción: "Yo no te pido"..." El pasado no lo voy a negar y el futuro algún día llegará". Queriendo, pues, ser un hombre de mi tiempo, me es inevitable no comparar los modos de vida pretéritos con los actuales; en esta comparación, las relaciones sociales son tan diferentes que inclinan la balanza de mis preferencias a situaciones pasadas. Por ejemplo, lo que sucedía en nuestra vivienda habitual cuando cada quien conocía y saludaba a todos los miembros que compartíamos un mismo número de portal. Entonces, los vecinos formábamos parte de una pequeña comuna, que establecía lazos de comunicación constantes. Cada uno sabía la vida y milagros de los demás miembros y si existía algún problema común, se resolvía en pocos minutos en el portal del inmueble, con los más mayores sentados en sus propias sillas.

Otro tanto se podía decir del comercio, obligatoriamente, de proximidad. ¡Cuántos catarros no me habré curado con el ungüento que me preparaba el farmacéutico de mi propia calle! Bastaba que horas antes, mi madre le comentara: "Que el niño me tose, don Leonardo", para que el boticario preparara en breve tiempo una fórmula magistral con la que me embadurnaban el pecho. "En unos días no le bañe—recomendaba aquel mago de las pócimas—, el efecto del mentol es progresivo".

¿Y qué decir de la compra de comestibles? Cruzabas la calle y el tendero te proporcionaba todo aquello que tu madre te había escrito en una hojita. Jamás llevabas dinero, pues el importe de la compra quedaba anotado en un libro de tapas gruesas que, días más tarde, el propio dueño de la tienda de ultramarinos se encargaba de tachar cuando alguno de tus progenitores saldaba la deuda. La confianza y la absoluta seriedad eran la característica de la transacción comercial.

Los nuevos tiempos nos han traído junto con el innegable progreso, una deshumanización evidente. El pequeño comercio se las ve y se las desea para poder competir con los monstruos que, apostados en el alfoz de las ciudades, te ofrecen en una misma nave, productos tan dispares como alimentos, ropa, electrodomésticos, libros, menaje de cocina, utensilios de jardinería, etc., etc. Después de llenar el carrito con un surtido variado, obedientes, hacemos cola para dejar menguada nuestra cuenta bancaria cuando nuestra tarjeta de plástico queda apresada en la "bacaladera". Da igual que nos corresponda la caja 6 o la 14, nunca repetirás con el mismo empleado, ni llegarás a memorizar su nombre aunque lo lleve escrito sobre su pecho.

Mientras tanto, el centro de las ciudades se va vaciando de este comercio cercano y humano en el que saludábamos y nos saludaban por nuestro nombre.

Mención aparte merece la atención en las oficinas bancarias, que hacen ímprobos esfuerzos para que vayamos aprendiendo el lenguaje de las máquinas robotizadas, guardando celosamente a sus empleados de todo trato con la clientela. Será, tal vez, para que no te encariñes con ellos y no sufras cuando en el próximo ERE, el empleado deje de pertenecer a la Entidad. Los Bancos, ya se sabe, siempre miran por nuestro bien.

No es cierto que "cualquier tiempo pasado fue mejor", pero, sin duda, era más humano.

Fotografía de Luis Ayuso



domingo, 20 de enero de 2019


PASAJES DE "CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (53)
 CAPÍTULO VII
La sanación

Tener que volver al Colegio puede ser muy gratificante, pero sólo el primer día. Una vez que has saludado a tus compañeros, colocado en el pupitre tus pertenencias y tomado contacto con las canchas de deporte, sientes las nostalgias de los días pasados y te resulta difícil soportar las monótonas charlas de negras sotanas coronadas por rostros que pueden pasar horas y horas sin esbozar una sonrisa. ¿Hay que ser serio o tener un carácter avinagrado para explicar Matemáticas? ¿Todos los profesores de Biología padecen úlcera en algún tramo del tubo digestivo y por eso arrojan con ira de su boca palabras como: cardias, píloro, duodeno... como si fueran causantes de su malestar? De regreso a mi actividad estudiantil, solía reflexionar sobre éstas y otras cuestiones en vez de estar atento a lo que el profesor decía, hasta que el experto jesuita de turno acababa por descubrir algo sospechoso en mi mirada, que le llevaba a interrumpir mis profundas cavilaciones y de paso también su explicación, e interpelarme:
―¡Álvaro! ¿Quiere usted atender y dejar de contemplar las musarañas?
Tenía razón. Me había pillado en mi particular universo y, aunque hacía propósito de retomar la explicación, de nuevo, las musarañas, o mejor, una musarañita delicada y dulce llamada Cécile, aparecía ante mí ocupando con sus ojos todo el encerado, sin percatarme de que el jesuita se encontraba ahora cerca del luminoso ventanal, desde el que una voz con puntero amenazante me volvía a sacar de mi estado contemplativo:
―¡Por el Amor de Dios, Álvaro! ¿Quiere usted atender, de una vez?
Las risas de mis compañeros y un: “está enamorado”, nítidamente emitido por algún “gracioso”, me advirtieron de que no todos mis condiscípulos eran igual de prudentes que Daniel. Seguramente, mi cuaderno de clase, en el que aparecía escrito, en todos los estilos caligráficos, tamaños y colores posibles, el nombre de Cécile, había pasado de mano en mano. La noticia de mi “enamoramiento” corrió como la pólvora, propagándose rápidamente en mi Colegio, hasta alcanzar el cercano de las Carmelitas y llegar al poco tiempo al de las Teresianas, donde estudiaba Cécile.
Daniel, molesto porque en clase le llamaran “el cuñado” cuando le veían junto a mí, me advirtió:
―Debes ser más discreto. A mí no me importa que me llamen “cuñado”, pero piensa en mi hermana. No quiero que Cécile esté en boca de nadie. A partir de ahora procuraremos no pasar tanto tiempo juntos.
Esta conversación supuso para mí un duro revés. Pensar en el alejamiento del único amigo en que podía confiar, me angustiaba; pero mucho más me importaba que su decisión espaciara las ocasiones en que podía ver a Cécile.
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jueves, 17 de enero de 2019



PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS"(53)
CAPÍTULO III
La casa del abuelo
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Quizás hubiera continuado hablando, pero una necesidad acuciante le hizo decir:
―Y ahora con vuestro permiso, me retiro al excusado, que necesito gotear.
Petra, que venía de la cocina con una fuente de chuletas, las depositó rápidamente sobre la mesa y se apresuró a ayudarle.
―Señorito Tino, déjeme que le acompañe, no siendo que «entavía» se tropiece, se rompa un brazo y me vea en la obligación de sujetar lo que nunca llegué a tocar a mi difunto marido.
Al oír a Petra, Jeremías me propinó un puntapié por debajo de la mesa, se sonrió y, guiñándome un ojo, ocultó su cara en el plato, nuevamente vacío.
―¡Ay! ―grité, al sentir la zapatilla en la espinilla.
Margarita, que notó el trajín que nos traíamos, preguntó:
―Mamá, ¿qué es lo que pasa?
A lo que respondió mi madre, ligeramente ruborizada:
―Margarita, acábate las judías, que se te están quedando frías.
Mi progenitor, que hasta entonces había estado en un segundo plano, no pareció muy preocupado por la precaria salud del abuelo, ya que inmediatamente ordenó el reparto de las chuletas,
―A mí, Consuelo, ponme solamente dos, porque con el plato de judías que me he metido, tal vez me produzcan flatulencia.
Luego, una vez hubo probado el exquisito sabor de la ternera, tomó la palabra para indicarnos, cómo se podía haber evitado esta situación:
―Está claro que mi padre se ha descuidado ―comenzó a decir―. Tenía que haber ido al médico al notar los primeros síntomas y no poner como excusa falta de tiempo, por atender a mi madre.
Luego, levantando la cabeza, mientras troceaba el segundo filete, se dirigió a nosotros como si estuviera impartiendo una magistral conferencia en el Colegio Notarial:
―Al toro hay que cogerle por los cuernos. Un hombre resuelto como yo, hubiera afrontado el problema desde el primer momento, con la misma resolución con la que me enfrenté a esos bárbaros comunistas en el frente de Teruel. Esconder la cabeza entre las alas es propio del avestruz y no conduce a nada. Los problemas, cogidos a tiempo, suelen tener solución; dilatar en el tiempo la espera, cruzándose de brazos, soñando con que se resolverán por sí solos, es una quimera, una táctica equivocada, y no digamos si se trata de temas de salud. ¿No te parece, Consuelo?
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domingo, 13 de enero de 2019



SOL DE INVIERNO

Brillaban los alcornocales
en el rubor de la mañana, encendidos.
Sobre la grupa de lo que soy y de lo que aspiro,
desciende un escalofrío partiéndome,
súbitamente, el pensamiento.

Sol de invierno dibujado en tu rostro
confuso, casi olvidado en el recuerdo
latente, enigmático desde el encuentro
feliz, en el calor del estío,
en la amable caricia del viento otoñal.
¿Cómo pudo suceder una separación tan brusca?
Y ¿cómo puede retornar tan de repente la esperanza?
Me admira la bonanza de este invierno crudo
que me incita a la fantasía.
Apenas algunos restos de brasa candente
reavivan rescoldos que no pudo apagar
el tiempo, ni el duro bregar de la vida.
En tu llamada había ecos de otros
instantes vividos, deliciosamente vividos
cuando el ardor se hacía patente
en cada mirada.

Hoy, quisiera que fuera ayer,
disfrazado el cuerpo de juvenil cadencia
deslizando la tibia mano por el cuerpo
tendido ante mí, saciando el deseo oculto
que alimenta la esperanza del elixir perfecto.
Mientras te espero en la pradera,
cerca de los alcornocales,
me invade la nostalgia.
Nada será igual, lo sé y, sin embargo, espero.