PASAJES DE “CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA”(120)
CAPÍTULO
XI
La
Tertulia
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Ya no tuve valor para preguntarle por otra de las
dudas que me carcomía como era la de conocer su opinión acerca de que si
después de pasado un tiempo no se sentiría cansado y defraudado con la decisión
tomada. Era una cuestión que también me afectaba a mí, cuando me preguntaba si
los años no acabarían por apagar la belleza de Cécile y, consiguientemente, mi
amor por ella. Prudentemente, y teniendo en cuenta que se trataba de su propia
hermana, permanecí en silencio. Esa cuestión que me inquietaba, la tenía
reservada para don Julián.
Cerca de la plaza de la Universidad, Daniel me
sorprendió con una invitación sorprendente:
―Acompáñame a casa. Quiero mostrarte aquello que
supuso un verdadero obstáculo antes de dar el paso definitivo y comunicar al
Padre Oquendo mi vocación.
En su casa, en aquellos momentos deshabitada,
Daniel, muy desenvuelto y seguro de lo que iba a hacer, me condujo a su cuarto
y me mostró de nuevo su colección de soldaditos de plomo, perfecta-mente
alineados en una de las estanterías, y las mariposas, soportando estoicamente
el alfiler que las mantenía sujetas a su soporte de corcho.
―Te puede parecer una gran tontería, pero estas pequeñeces
―dijo señalando a los soldaditos y a las mariposas― me impidieron por un tiempo
decidirme a abrazar mi vocación. Suponían para mí horas y horas dedicadas a
ellas, y sentía un nudo en la garganta cada vez que imaginaba desprenderme de
su compañía. Hoy quiero des-hacerme de todo afecto material, para que su
recuerdo no me invada de nostalgia. Me harías un gran favor aceptándolas como
regalo. He pensado en tu hermano Tinín, para que juegue con los soldaditos, y
para ti he reservado las mariposas. Siento no darte también el violín, pero el
Padre Oquendo me ha dicho que con él puedo amenizar las eucaristías en el
noviciado. También quiero que tu hermana Margarita tenga un recuerdo mío. Dale
este libro de “Las Cien Mejores Poe-sías de la Lengua Castellana”. Su lectura
la aliviará del enorme vacío que siente. Es un regalo que, conociendo tu
afición por la poesía, querrá compartir contigo.
En dos grandes bolsas realicé el transporte de los
encargos hasta mi casa. El peso soportado no era pequeño, pero caminaba alegre,
sabiendo que por primeras vez hacía un favor a Daniel, librándole de la carga
que durante un tiempo constituyó el obstáculo más importante para entregarse a
Dios.
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