jueves, 29 de agosto de 2019



EL CURANDERO POETA
      


(Obra teatral en tres Actos)
ACTO PRIMERO
(En el salón del hogar de Germán y Lupi)

Lupi—¡Qué dolor! ¡Esto es inaguantable, Germán! Estoy dolorida desde el flequillo hasta el dedo gordo del pie. Esto no hay quien lo aguante.
Germán—Cariño, ¿te has tomado el ibuprofeno?
Lupi—Ya voy por el tercero y como si nada. Me voy a intoxicar con tantos analgésicos y antiinflamatorios. Debo tener el hígado para el arrastre y no veo mejoría por ninguna parte.
Germán—Si te parece pedimos cita previa y que te eche un vistazo doña Casilda.
Lupi—A mí esa mujer ya no me vuelve a ver más. Me pide siempre un análisis de sangre y una radiografía para, al final, decirme que todo está correcto y que lo que me pasa son cosas de la edad. Que si la artrosis... que si el reuma... que si el cambio de tiempo... para acabar recetándome ibuprofeno, paracetamol y que los vaya alternando y yo, Germán, no estoy ya para tomar la alternativa ni para que me toreen. Hay que buscar otra solución.   
Germán—Dime entonces qué hacemos. ¿Se te ocurre alguna otra cosa?
Lupi— Me estoy acordando de Marisa, la cajera del supermercado. En cierta ocasión, cuando vio que casi no podía llevar el carro, me recomendó visitar al "curandero poeta", un hombre que vive como un anacoreta a dos kilómetros de "Vencedilla de la Marquesa".  Verla con náuseas y predecir que en ocho meses sería madre, fue todo uno, me dijo la cajera, y eso sin tocarla ni un pelo. Solo le dijo: "En el mundo hacen falta/que nazcan mejores hombres. /Te ruego que no te asombres/si en meses tu vientre salta”.
Germán—Pues sí que tenía buen ojo el curandero ese. Y ¿está muy lejos Vencedilla de la Marquesa?
Lupi—A dos horas en coche, pero las daremos por bien empleadas si me recompone un poco.
Germán— Que por mí no quede, Lupi. Vete pidiendo audiencia y cuando diga, nos vamos a ver a ese caballero.

SEGUNDO ACTO
(En una habitación de una casa semiderruida a las afueras de Vencedilla de la Marquesa, rodeados de multitud de estatuas de Cristos, Vírgenes y Santos, en un ambiento cargado por una multitud de velas encendidas)

El curandero—Pasen y no digan nada, / pues todo mal tiene cura/aunque la noche sea oscura/está con velas velada.
Lupi—Verá a mí lo que sucede es que…
El curandero— ¡Chsss! Solo con verla detecto/ el mal que causa sus males/ dentro de poco, los ayes/ sabrán que curo directo.
Lupi—Pero, ¿no tengo que hacer nada?
El curandero—Echa una piedra en un pozo, / reza tres avemarías/y en tan solo veinte días/ el dolor podrá ser gozo.
Lupi—Parece un tratamiento fácil de cumplir. Buscaré el pozo y haré lo que usted me ha dicho. ¿Qué le debo `por la consulta señor curandero?
El curandero—No uso medios cruentos/ sanando lo que pretendo/ pero el efecto va haciendo/ un morado de quinientos.

TERCER ACTO
(Después de echar la piedra al pozo y esperar veinte días, los dolores de Lupi no cesan y, escocidos por el alto precio de la consulta, deciden pedir explicaciones al curandero)

Lupi—Venimos enfadadísimos, porque los dolores no han cesado y creemos que hemos sido objeto de una estafa.
El curandero—Os faltó tener paciencia. /No elegisteis bien la piedra, /a veces la misma hiedra/ tarda en crecer, ¡pura Ciencia!
Germán—Ya nos está devolviendo los quinientos euros si no quiere que le denunciemos en el cuartelillo de la Guardia Civil.
El curandero—Aquí tenéis el dinero/ no soy ningún caradura/ pues mis versos son cultura/y curan, os soy sincero.
Lupi—En eso tiene razón,/ si mis males no sanaron,/ al menos en mí quedaron/ la rima de un tío guasón.
Germán—A mí me pasó lo mismo/ y aunque Lupi no curó/ noto que por fin logró/ sin querer, hacer turismo.

Contentos porque sin pretenderlo Lupi y Germán aprendieron a rimar, le dieron una buena propina al curandero y fueron en busca de una farmacia a comprar ibuprofeno.

 FIN
                 


jueves, 22 de agosto de 2019



ENCARNACIÓN ALONSO RODRIGO

Apenas un año después de la aparición de su primera novela: “Enterraron bajo el agua el sol de nuestras vidas”, y cuyo comentario hice en este blog el 9 de agosto de 2018, la escritora, Encarnación Alonso Rodrigo, vuelve a deleitarnos con la publicación de una nueva obra compuesta de dos relatos  cuyos títulos aparecen bien diferenciados en la portada de la novela “Las damas de la gran fábrica”/ “El secreto del convento”. Sobre su contenido, reproduzco lo que la autora nos dice sobre cada una de las narraciones:

La primera parte de esta historia novelada, Las damas de la gran fábrica, transcurre en la ciudad de Salamanca. En los años de la primera mitad del siglo pasado la joven María acude a fiestas y eventos propios de la época. El río Tormes, la plaza Mayor, la calle del Prior, el café Novelty, el teatro Liceo… son testigos de sus idas y venidas.
Su belleza racial hace que nunca pase desapercibida allá donde María acude.
Un ambicioso, autoritario, tiránico y dominante terrateniente se cruzará en su camino y, utilizando el gran poder que ostenta, hace que la vida de María cambie para siempre, siendo recluida en “la gran fábrica.”
La segunda parte, El secreto del convento, son hechos históricos, leyendas y sucesos acaecidos a lo largo del tiempo en diferentes conventos de monjas de clausura.
El milagro de la Virgen del Tránsito en el convento del Corpus Christi, hace ahora cuatrocientos años, marcó para siempre la vida conventual de las hermanas Clarisas en Zamora y también la de miles de fieles zamoranos que siguen, día a día, mostrando su veneración a la Señora del Tránsito.

Encarnación, es natural del Cubo del Vino (Zamora), pueblo en el que transcurrió parte de mi adolescencia y que me sirvió  de inspiración para mi novela, “Las lamentaciones de mi primo Jeremías”, no me pidáis, por tanto, que sea objetivo con su obra, porque además, Encarni (como se conoce a la cubina) es una entrañable amiga mía. Sin embargo, sí que  destacaré de esta excelente persona, que su afición como escritora se ha desarrollado en ella con extraordinaria pujanza y el éxito de sus publicaciones se pone de manifiesto en el número de ejemplares vendidos, equiparable a la de muchos autores de renombre. Son varias las ediciones que se han imprimido de su primera novela y ya se encuentra agotada la primera edición de esta segunda que hoy nos ocupa.

Felicito a Encarni por sus éxitos literarios y deseo que esta reciente publicación sea el anticipo de otras más que han de venir de su fluida pluma.




domingo, 18 de agosto de 2019

             FERNANDO SALDÓN  BARCENILLA



Tengo el honor de ser amigo de Fernando, un dibujante que domina la técnica del dibujo a plumilla como pocos, y de haber sido invitado a la exposición que inauguró el pasado día 16 en la Biblioteca Pública de Palencia. Hace exactamente un año, Fernando exponía en el mismo lugar, una cuidada selección de su saber pictórico con una temática dedicada a monumentos de  la provincia de Palencia (hecho recogido en mi blog con fecha 19-VIII-2018). En aquella ocasión ya nos adelantó que para el 2019 tenía previsto recrear castillos y fortalezas de Castilla y León. Esta promesa la ha cumplido y cuantos tuvimos la fortuna de contemplar la muestra, quedamos impresionados por la maestría de este singular artista, en el que el paso de los años no parece afectar ni a su pulso ni a su vista.
Pese “al puente”, un numeroso público asistió a este evento y escuchó con atención las palabras de doña  María José Sánchez  y del propio Fernando que, emocionado, expresó su agradecimiento tanto a la Junta de Castilla y León, como a los asistentes, llegados de diferentes localidades de nuestra Comunidad.
Hasta el 16 de septiembre se puede contemplar esta exposición que cada año bate récord de visitantes.
Enhorabuena, Fernando, por tu excelente trabajo. Esperamos anhelantes el próximo año. ¿Con qué dibujos nos sorprenderás?
Para aquellos que no puedan visitar la exposición, os hago partícipes de una pequeña muestra de tan magníficos dibujos.
1.- Arco de Santa María (Burgos)  2.- Arco de San Benito. Sahagún (León)  3.- Castillo de Arévalo (Ávila)  4.- Castillo de Granadilla  (Salamanca) V  5.- Castillo de Turégano (Segovia).


  
 
 

jueves, 15 de agosto de 2019


                                                    “VILLA ELISA”


Después de diez años de duro trabajo en Cuba, Enedina y Francisco consiguieron una posición acomodada. La fábrica de molturar caña de azúcar en donde empezaron trabajando como simple peones, era, por fin, de su propiedad y todos las amargas sensaciones, las jornadas de horas y horas de trabajo y las añoranzas de su querida Asturias, las dieron por bien empleadas. Rebautizaron el almacén y un escaso número de ruidosas máquinas trituradoras que lo amueblaban, con el nombre de “La Española” y se fotografiaron orgullosos y repeinados bajo el cartel anunciador, mirando a la máquina, abrazados y con su hija Elisa entre ambos.

Loa amores de Francisco y Enedina surgieron muy pronto, apenas salidos de la escuela de don Justo, un profesor honrado y altamente cualificado, que podía haber ejercido su profesión de enseñante en núcleos más poblados, pero que prefirió una pequeña aldea a orillas del río Eo, atraído por la belleza del paisaje que lo circundaba. En este idílico lugar, los jóvenes conocieron el amor y su halagador lenguaje e impulsados por el vigor de sus cuerpos, dieron rienda suelta a la pasión que les impulsaba a permanecer unidos. Fruto de esa relación, Enedina quedó embarazada y, cuando su estado resultó evidente, fue repudiada por familiares y amigos. En esta situación, los amantes convertidos en matrimonio con una bendición apresurada de don Martín, el párroco, decidieron embarcarse y tratar de conseguir en América la fortuna que su tierra les negaba. Por consejo de un tío de Francisco que no hacía mucho que había regresado de Cuba con el caudal suficiente para adquirir varios prados y una casa, escogieron esta isla del Caribe como destino para alimentar tres bocas, teniendo bien presente el consejo que, entre muchos, su tío les diera:”Si no vais dispuestos a trabajar a fondo, es mejor que os quedéis aquí. Los duros no caen del cielo. Deslomaros ahora que sois jóvenes y tendréis alguna posibilidad de regresar ricos. Los cementerios cubanos rebosan de emigrantes que no se esforzaron lo suficiente”.

Después de pagar el pasaje con dinero prestado, pisaron tierra con los bolsillos vacíos y la cabeza llena de ilusiones. Corría el año 1850 cuando Enedina y Francisco comenzaron ilusionados la nueva aventura. Cortando caña de azúcar bajo un sol sofocante en jornadas de doce horas, consiguieron adquirir una taína, vivienda con cierto parecido a las pallozas. Así, bajo un techo de barro y palma, el descanso era reparador y el matrimonio y su pequeña Elisa podían cobijarse de las inclemencias del tiempo.


Animados de un espíritu indomable y del deseo inquebrantable de que su hija tuviera el mejor de los futuros, ascendieron en la organización jerárquica de la empresa, siendo Francisco el encargado de que la maquinaría estuviera siempre en perfecto estado de mantenimiento y que las moledoras de caña trabajaran a pleno rendimiento. Cuando su jefe cumplió la suficiente edad como para retirarse, propuso al matrimonio la venta de la factoría, a la que estos accedieron encantados.

No resultó fácil obtener fondos con los que sustituir los viejos trapiches por otros nuevos que proporcionaran mayor producción y rendimiento, ni tampoco adquirir dos naves más para que la fábrica tuviera una producción que quintuplicara a la anterior. Con mucho esfuerzo y tesón, la pareja hizo que en pocos años, “La Española” fuera una de las más prestigiosas fábricas de molturación de caña del Caribe.

Cuando Elisa cumplió veinte años, creyeron oportuno el momento de regresar a Asturias y hacer realidad el sueño por el que habían dejado juventud y salud lejos de su patria y de su gente. No les resultó costoso vender tan próspero negocio y regresar a su tierra convertidos en ricos indianos que invirtieron en fincas y diversas propiedades,  buena parte de su considerable fortuna.

Entre los sueños que Enedina fue madurando en épocas de escasez, figuraba la construcción de una vivienda espectacular que regalaría a su hija como aval de presentación ante cualquiera de los jóvenes adinerados que pretendieran su mano. Y así lo hizo. Adquirió una finca en terreno circundante al río Eo; levantó en su centro una espectacular mansión de tres alturas y la rodeó de palmeras, castaños, abedules, fresnos y árboles de gran envergadura, en tanto que los parterres lucían en época de floración, los cálidos colores de hortensias, vincas y el azul intenso de los agapantos.

Este impresionante complejo conocido como “Villa Elisa” fue punto de encuentro de grandes celebraciones en donde se daban cita los personajes más influyentes de los Concejos cercanos. La belleza de Elisa y su hablar caribeño causaban sensación entre los jóvenes que tenían la fortuna de asistir a estos festejos. Entre ellos, Daniel fue el que cautivó a Elisa y con el que finalmente contrajo nupcias una mañana en el que el resplandor de condecoraciones y el vistoso colorido de vestidos y tocados de las damas, lucían deslumbrantes sobre el verde tapiz que rodeaba la mansión.

De aquellos tiempos felices, da fe la edificación que se mantiene en pie con el mismo esplendor de cincuenta años atrás.

Fotografías del autor.

                          

jueves, 8 de agosto de 2019



PASAJES DE “CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA” (59)
                                                                               
              CAPÍTULO IX          
La Ruptura

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Al llegar a casa para rendir noticia del encargo, me encontré con un panorama que, a pesar de no ser estridente, no difería mucho del que había presenciado la noche anterior. Un silencio, interrumpido por el constante gemir de Margarita, lo envolvía todo. Tata Lola y Petra distribuían los desayunos, procurando con alguna frase suelta que Tinín no se percatara de la crudeza del drama. Mi madre parecía haber perdido el apetito, y sentada en una butaca, rezaba el rosario, intentando comprender por qué en aquella ocasión la voluntad de Dios Padre no coincidía con la suya. Mientras, mi padre remojaba uno tras otro los bizcochos en el café, mirando de tanto en tanto a Margarita, la cual no cesaba de sollozar. Por la determinación con la que daba cuenta de los bizcochos, podría asegurar que soportaba el dolor de su hija como un mal menor, convencido de que su decisión había sido oportuna, correcta y necesaria. Por si fuera poco, todavía incrementó el llanto de Margarita al pronunciar.
―¡De buena te has librado! ¿Sabes las consecuencias que te podría acarrear haberte casado con ese desgraciado? Eso suponiendo que su sangre no tuviera, como un gran porcentaje de los vascos, el rH negativo, y en vez de nietos tuviéramos abortos.
En este ambiente tan poco recomendable para poder expresar mi satisfacción interior, pensé de nuevo: “Cuando unos ríen, otros lloran”, y salí de casa dispuesto a ponerme a bien con Dios. Para ello nadie mejor que mi ocasional confidente: el dominico de San Pablo. Me costó trabajo que en el convento me dieran razón de él, en un día tan propicio a la meditación y al recogimiento, y cuando al fin me saludó en el recibidor, no pudo ocultar su sorpresa al verme:
―¡Álvaro! ¿Cómo por aquí? Hoy no recibimos visitas. La comunidad se encuentra en sus celdas en completa meditación. Recuerda que hoy es el día en que Nuestro Señor va a morir por todos nosotros.
―Lo sé, Padre ―respondí―. Perdone mi atrevimiento pero es que, en las últimas horas me ha ocurrido de todo, comenzando por haber sido infiel a Cécile, con el agravante de haberlo hecho contemplando mientras tanto las procesiones de Semana Santa.
Y sin detenerme a pensar el tiempo que mi confesión haría perder al predicador, le conté minuciosamente los hechos y las sensaciones experimentadas en los últimos días junto a Arancha. No supe el impacto que mis palabras le produjeron, pues permaneció todo el tiempo de escucha con la capucha de la esclavina recubriéndole la cabeza. Cuando hube concluido, aún tuve que esperar unos segundos antes de que, vuelto hacia mí, me reconviniera.
―Álvaro ―comenzó diciendo―. Esos episodios que me has relatado no prueban sino que el mal nos rodea y hemos de estar siempre atentos a combatirlo. Estas proposiciones deshonestas con frecuencia se disfrazan de apariencia amorosa para confundirnos, y a la postre, para que sucumbamos a sus halagos. Sé que tu amor por Cécile es puro y estos acontecimientos escabrosos pasarán al olvido de Dios en cuanto te dé la absolución. Procura mantenerte vigilante para que situaciones parecidas no vuelvan a repetirse.
 Me arrodillé y recibí la absolución.
―Reza tres Padrenuestros para agradecer la confianza que el Señor tiene puesta en ti y pide a Santo Domingo por todos los pecadores, sin excluir a los miembros de la Orden.
                                                               ………………………

Fotografía de Suzel Jardines Palacios



domingo, 4 de agosto de 2019


PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (59)

CAPÍTULO IV
Conociendo el pueblo



…………………….
Se notaba que Jeremías tomaba muy en serio la tarea de profesor que se había impuesto, con el noble fin de hacer de mi persona un ser apto para bandearme por la vida y quitarme de una vez la pátina de capitalino que me impregnaba, y por eso me hablaba con la preocupación de darme en pocos días todo un cursillo acelerado de galanteos y tácticas amorosas.
―¡Mira! ¡Fíjate! Aquí viene Pili, la hija de Melquíades, el de los ultramarinos. ¡Ya verás cómo se liga!
Y sin más preámbulos, se dirigió resueltamente hacia la muchacha.
―Pili, date prisa y a la vuelta nos das un poco de agua fresca, no siendo que mi primo con la calor, se me muera de sed.
―Pues tomáis el montante tú y tu primo y, si queréis beber, vais a la fuente, que tenéis buenas patitas ―respondió Pili, empleando un tono despectivo.
El primer intento fallido no supuso ningún contratiempo para Jeremías, que justificó el fracaso diciendo:
La Pili no da la prueba. Es muy recia y está crecida porque al Melquíades le va bien la venta. Es un maestro en eso del peso corrido y en poner papel grueso encima de la balanza, aunque te venda cien gramos de fideos finos. La muchacha ahora se ve con posibles y le ha pedido a su padre que la saque de la escuela y la lleve al «Amor de Dios», en Zamora. Estará pensando en echarse novio en la capital y con el paso del tiempo, ya verás cómo reniega del pueblo y nos dice que ha nacido a la sombra de la estatua de Viriato. Yo con esta chica para el próximo año ya no cuento.
No pasaron ni diez minutos cuando, calle abajo, tres muchachas con sus respectivos cántaros avanzaban lentamente hacia nuestra posición, dejándose ver. Parándose cada poco, cuchicheaban mientras nos lanzaban miradas insinuantes.
Esta vez no fue necesario que Jeremías les dirigiera la palabra, pues la más alta y desenvuelta, sintiéndose arropada por la presencia de sus compañeras, al llegar a nuestra altura, dijo a mi primo con un cierto retintín:
―Qué calladito tenías lo de tu primo; si no es por la Encarna, no sabemos que había llegado esta «joyita» ―dijo, señalándome.
―Pues eso, como es una joyita, pasa de largo, que tú con cualquier bisutería ya vas bien apañada ―contestó Jeremías, casi sin mirarla.
―¡Uy madre, vaya humos! ¡Quién fue a hablar! ¿Quién te has creído que eres? ―contestó, soliviantada, la muchacha.
―Pues quién va a ser: el hijo del Mecagüen ―respondió otra de las acompañantes―. Y las tres, entre risas, reanudaron la marcha.
                                                                                              ………………………………….
 Fotografía del autor. Fuente “El Chagaril” Cubo del Vino (Zamora)

jueves, 1 de agosto de 2019


LA LLAMADA




Te llamé por tu nombre,
y enmudeció el silencio.
Te invoqué en mi interior,
cerré los ojos, respiré profundo
salmodiando un rosario
de plegarias, y apareciste sonriéndome
como la primera vez en que vi
tus ojos centelleando
en la oscuridad de mi noche.
Luché por retener tu sonrisa
atrapada en el tiempo,
pero se desvaneció como sombra
herida por la luz.

¡Feliz recuerdo que me traslada al pasado!
¡Milagrosa decisión de no dejar escapar
la contemplación del rostro,
que alegró y alegra mi vida!

En el fondo del dichoso sentir,
intento perdurar el tiempo gozado,
plantando en los balcones
colores de gitanillas,
mientras un temblor me emociona
cuando sumisas o enhiestas
me muestran su variado ropaje.

Con lágrimas emocionadas,
me asomo al precipicio del resto
de mis días contigo, y te llamo, y te invoco, de nuevo,
como un demente atrapado en
su inconsciencia, soñando con que
el trino del pájaro moribundo
alcanzará tus oídos y vendrás, como siempre,
a  abrazarme como antaño.

Fotografía del autor.