PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (120)
CAPÍTULO
VIII
La
Fiesta
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A ratos atento y a ratos distraído, seguí como pude
la santa Misa. Me encontraba tan cerca del altar que el aroma a incienso me
envolvía, como también me envolvió el sermón pronunciado por un sacerdote amigo
de don Matías, que desde el púlpito expre-só, con gran vehemencia, cómo el amor
de Dios se manifestaba aquella mañana; de la felicidad familiar que se
alcanzaba, según él, rezando el rosario; de la suerte que tenían los habitantes
del pueblo al contar con un santo patrón que era precisamente el funda-dor del
rosario, de la pobreza como una Gracia especial que el Señor concedía a la
mayoría de los asistentes, etc. etc., hasta que un ataque de tos producido por
el intenso trabajo al que había sometido a sus cuerdas vocales, hizo concluir
su alocución con el recurrente: «…hasta vernos un día todos juntos en la patria
celestial. Amén». La Misa continuó entre latines adormecedores, hasta que en el
momento de la consagración, la dulzaina y el tamboril interpretando el himno
nacional, me sobresaltaron, poniéndome el vello de punta. De este momento
dirían luego mi padre y corroboraría don Lucio, que había sido el punto
culminante de la ceremonia, porque... «Si Dios ha ayudado a nuestra Patria,
sería una ingratitud que la Patria no se hincara de rodillas ante su Salvador».
Poco después de escuchar «ite misa est», se organizó
la procesión, mientras las campanas tañían, esta vez al capricho de los
jóvenes, como una concesión que hacía Pedro el Repiques en su intento de
despertar nuevas vocaciones.
Él mismo portaba la cruz alzada, flanqueado por dos
monaguillos. Tras ellos, la mayoría de los presentes se situó a ambos lados de
la carretera, formando dos hileras, situándose los participantes con el mismo
orden que habían observado dentro del templo; procesionaban en primer lugar niños
y niñas, a continuación las mujeres y después los hombres, todos con sus
mejores galas, o como decía Jeremías: «con el traje de comer fideos». El fervor
con que acompañaban al santo, no impedía que, con discreción, no apartaran la
mirada del suelo para no hundir el elegante calzado en las boñigas que
salpicaban el asfalto. Únicamente los hombres tenían el privilegio de portar al
santo, turnándose en esta tarea; tras ellos iban don Matías y sus compañeros
sacerdotes, revestidos con capas pluviales, flanqueados por el alcalde, el
comandante de puesto de la guardia civil, don Lucio y mi padre como invitado
especial. Cerraban la comitiva los dulzaineros y el tamborilero, que tocaban
sin parar para disfrute de todos, especialmente de ancianos e impedidos que, asomados
a las puertas y ventanas de sus casas, se emocionaban al paso de Domingo de
Guzmán, que, aunque firmemente sujeto a la peana, se tambaleaba a impulsos de
los portadores. A los pies del santo, un perro con la antorcha en la boca
representaba el sueño que tuvo santa Juana de Haza, su madre, cuando le llevaba
en las entrañas. «Tu hijo ―escuchó de santo Domingo de Silos ―con su celo
apostólico, será una tea encendida que incendiará al mundo».
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