domingo, 10 de mayo de 2026

 

FÁBULA DE EL RELOJERO INTRANSIGENTE

 

 

Algo o mucho debía tener que ver su profesión de relojero con la forma en la que Néstor llevaba su vida. Pendiente de lo que dictaban las inexorables manecillas del reloj, estaba siempre atento a que la exactitud rigiera su andadura. Néstor había distribuido el organigrama de su quehacer diario de forma que todo tuviera que suceder en la hora y el minuto prefijado. Ya fuera invierno o verano, se levantaba a la misma hora, siempre comía al mediodía, en la siesta invertía quince minutos, treinta a la lectura, una hora exacta a pasear y cuarenta minutos a comprobar el funcionamiento de los relojes que reparaba y, por supuesto, la cena tenía que estar a las nueve para poder acostarse a las diez en punto. Todo, absolutamente todo lo demás ―aseo, relaciones personales, etc., etc.― tenía que ocurrir siempre en su momento y a tiempo tasado.

De haber estado soltero, la cuadriculada forma de vivir su existencia no hubiera pasado de una excentricidad personal, que reafirmaría el conocido dicho: "Hago de mi capa un sayo"; lo malo es que Néstor tenía familia, a la que exigía el mismo horario, controlando cronómetro en mano las entradas y salidas de mujer e hijos. Si alguna vez la comida no estaba lista a la hora preestablecida o algún hijo llegaba tarde a casa, la intransigencia de su carácter descargaba sobre el transgresor una bronca de efectos contundentes. Eso sí, la reprimenda duraba exactamente diez minutos.

Un día recibió del Sr. Obispo un encargo importante: con motivo de la limpieza llevada a cabo en la torre de la Catedral, se quiso reparar el reloj, que llevaba varios años parado, y el prelado pensó en Néstor para llevar a buen fin esta tarea. A ella nuestro relojero dedicó dos horas justas durante tres semanas, tiempo que le pareció suficiente. Pero, ya fuera por la complejidad de la maquinaría o porque ésta estuviera muy desgastada, el día de la inauguración, ante autoridades y público, convocados para escuchar los toques de las doce de la mañana, el reloj no sonó más que once veces. Néstor quedó corrido, lamentando no haber dedicado más tiempo a la reparación. Rojo de vergüenza fue el hazmerreír de sus conciudadanos y destinatario del comentario jocoso del Obispo: "No se preocupe, señor relojero, este reloj vale perfectamente para dar las horas en Canarias".

MORALEJA: No seas intransigente con los demás. Tú también cometes errores.



 

 

 

 

 

jueves, 7 de mayo de 2026

 

LA FOTO DESEADA

 

(Obra teatral en tres Actos)

ACTO PRIMERO

(Ernesto y Pepe, se encuentran por la calle)

 

ERNESTO— ¡Qué alegría, Pepe! ¡Cuánto tiempo sin verte!

PEPE— Lo mismo te digo, Ernesto. Creo que la última vez que nos vimos fue en la comida de Empresa, por Navidades.

ERNESTO— Sí, me acuerdo perfectamente, porque allí fui donde conocí a Mayte.

PEPE— Los amigos también lo recordamos. ¡Vaya manera de acapararla!

ERNESTO— La verdad fue que me dio muy fuerte al principio...

PEPE— ¿Qué me dices? ¿Ya no sales con ella?

ERNESTO— Bueno, seguimos saliendo, pero no con aquella pasión. Ya sabes que en la disco había poca luz y yo estaba un poquitín bebido. Me dejé llevar por el calentón y tomé una decisión un pelín apresurada. En días sucesivos pude comprobar que Mayte, a pesar de ser una mujer que me agradaba, tenía el cutis de la cara un poco... ¿cómo te diría yo?, imperfecto. Además ahora con la llegada de la primavera, le han aflorado unos granos que para qué.

PEPE— ¿Y?

ERNESTO— Pues que, en estas condiciones, evito besarla y ni siquiera me atrevo a presentarla a mis padres.

PEPE— Entonces, ¿qué piensas hacer?

ERNESTO— Si alguien le hiciera una buena foto y luego la retocara, tal vez se la mostraría a mis padres y tendrían una primera buena impresión de la chica.

PEPE— Tú verás. Yo creo que con eso no vas a arreglar el problema, pero de todos modos ya sabes que tengo una gran afición por la fotografía, y si es por hacerte un favor... pues cuenta conmigo.

ERNESTO— Gracias. Pepe. No se hable más. Ahora te doy su teléfono y mañana mismo le hablo de ti. Pretextaré que no me encuentro bien y te presentas por mí.

PEPE— Vale. A ver si tenemos suerte y sale un día luminoso.

ERNESTO— Casi es mejor que esté nublado. A menos luz, menos tendrás que retocar. Digo yo.

PEPE— No seas cruel, Ernesto. No creo que sea para tanto.

ERNESTO— Se ve que todavía no la has visto. Bueno, ya me dirás que tal se te ha dado.

PEPE— Descuida. Te tendré informado.

 

ACTO SEGUNDO

(Mayte y Pepe, pasean por el Parque)

 

PEPE— ¡Están las flores preciosas! ¿Verdad, Mayte?

MAYTE— Sí. La primavera viste los campos de colores y es muy romántica. Claro que a mí no me favorece.

PEPE— ¿Por qué dices eso?

MAYTE— En esta época del año, la cara se me pone imposible con multitud de granitos. Afortunadamente, solo me duran unos días. Menos mal que el dermatólogo me ha asegurado que en cuanto me case y tenga descendencia, es posible que no padezca esta fastidiosa alergia.

PEPE— Pues yo, la verdad, es que no te veo mal. Para mí la belleza radica en el interior y tú me pareces un rato hermosa.

MAYTE— Gracias, Pepe. Eres muy amable al acompañarme ahora que Ernesto está un poco pachucho. Lo que me ha sorprendido de ti es que hayas acudido a la cita con una estupenda máquina fotográfica.

PEPE— Te resultará extraño, pero siempre la llevo conmigo. Hay que estar preparado por si te encuentras con encuadres imprevistos.

MAYTE— ¿Te gustaría hacerme una foto?

PEPE— Me encantaría, pero hoy está el cielo nublado y no saldrías del todo bien. ¿Y si salimos mañana? Tal vez tengamos suerte y haya mayor luminosidad.

MAYTE— Mañana a lo mejor Ernesto se encuentra bien.

PEPE— ¡Quia! Le vi muy desmejorado. Ha debido coger un catarro fuerte y menos de una semana... ¿Te parece que salgamos estos días en busca de nuevos parajes? Así tendremos más oportunidades de obtener buenas fotografías; además, para ser sincero, me agrada tu compañía.

MAYTE— A mí también me resultas simpático y muy detallista.

PEPE— No se hable más, Mayte. Vamos a seguir paseando y mañana probamos suerte con la luz. Aunque para mí la suerte es charlar contigo.

MAYTE— ¡Adulador...!

 

ACTO TERCERO

(Una semana después, Ernesto y Pepe toman café en una terraza)

 

ERNESTO— He querido quedar contigo para poder ver las fotos que te encargué. Han debido de quedar muy bonitas, porque unas veces por estar el cielo nublado y luego cuando Mayte me dijo que también estaba acatarrada, se me ha hecho el tiempo eterno.

PEPE— Desde luego, está mal que yo lo diga, pero las fotos han quedado francamente bien. Mayte es muy fotogénica.

ERNESTO— A ver, a ver...

PEPE— Mira ésta qué preciosidad. Y aquí en esta otra de primer plano, está de ensueño.

ERNESTO— Pues es verdad, apenas se le notan los granos.

PEPE— A mí tampoco me molestaron cuando juntando nuestras mejillas nos hicimos un selfie. Mira qué bien salimos.

ERNESTO— Oye, oye, que es mi novia. No te pases.

PEPE— Era tu novia, amigo Ernesto. Ahora está loca por mí y yo por ella. No te he querido enseñar la mejor, una en la que nos estamos besando con pasión.

ERNESTO— ¡Pero tú eres un... robanovias! ¡Has traicionado mi confianza! ¡Te voy a...!

PEPE— No soy nada de eso, Ernesto. Simplemente he descubierto que Mayte es una mujer de una gran sensibilidad a la que despreciabas por su aspecto externo. Tú te la has perdido. Ahora voy a verla, me estará esperando. ¡Ah! He dejado la consumición pagada en compensación por los daños ocasionados.

 

(Mientras cae el telón, Ernesto se retuerce en sus asiento sin dejar de pronunciar improperios)

FIN

 


 

 

 

domingo, 3 de mayo de 2026

 

HAIKUS DEL PROMETEDOR MAYO

 

 

Nada más lindo

que oír el arrullo

de las palomas.

 

Llegó renuevo

al árbol florecido.

¡Es primavera!

 

Verde vereda

tantas veces soñada

en el invierno.

 

Nubes oscuras:

empapad las simientes

más rezagadas.

 

Buen amigo:

un nuevo mes comienza

sin darme cuenta.

 

Fotografía de Agostinho Coelho

jueves, 30 de abril de 2026

 

HÁBLAME DE AMOR



 

 

Me hablas de amor y estoy perdido

en la inmensa selva de tus ojos verdes,

cada recodo de tu piel es un suspiro 

sobre lechos de aromas olvidados,

frágil memoria para mantenerme vivo.

 

Me hablas de amor y el sol vencido

deja el testigo a la luz primera

brillante y renacida de la luna

iluminando caminos de plata,

sendas de ensueño, que son ríos.

 

Solo cuando me hablas de amor

comprendo todo, lo imposible también,

incluso el modo de detener la noche,

y no volverme loco al probar

¡oh delicia!, de tu cuerpo el bebedizo.

 

Háblame otra vez de amor, antes que el alba

diga que sueño fue y se deshizo.



domingo, 26 de abril de 2026

 

SUEÑOS (V)

 

Por las miradas que dirigí al reloj que tengo en la mesilla, puedo asegurar que este sueño se produjo entre las 7 y las 9 de la mañana, aunque al despertarme, tuviera la sensación de haber durado mucho más tiempo.

En el sueño, no tendría más de veinte años y junto a unos amigos íbamos en coche a Madrid a una boda que debía de celebrarse por la tarde. Por una extraña razón decidimos esa misma mañana dirigirnos a una ciudad cercana (¿Aranjuez?, ¿Toledo?) a pasar momentos de disfrute.

Tampoco puedo aclarar el motivo por el que cerca de esa ciudad me bajé del vehículo a comprar algo, quedando en reunirme, más tarde, con mis amigos. Solo y en la ciudad transité por calles estrechas abarrotadas de público durante un buen rato sin poderles encontrar. Fue entonces, cuando comenzó mi desasosiego. Ante la imposibilidad de localizarles decidí buscar indicadores que me señalaran la salida hacia Madrid y regresar a tiempo para la boda. ¡Vano intento! Me había perdido en algún barrio periférico y era imposible encontrar alguna calle o avenida que me señalara la dirección correcta. Al fin, después de mucho andar golpeándome con los transeúntes, divisé una barriada de edificios de moderna construcción y sospeché que hallaría la solución fácilmente, pero mi decepción fue máxima al comprobar, que la avenida en la que se encontraban esas edificaciones, se interrumpía bruscamente con una montaña.

Tuve que dar la vuelta y de nuevo sumergirme en las calles antes pateadas buscando, desesperadamente, una salida a mi preocupante situación.

Poco menos que llorando me encontré con un matrimonio y un hijo de corta edad a los que pedí auxilio. El hombre, muy atento, se ofreció a sacarme del embrollo, pero cuando me las prometía muy felices, el hombre pareció desconcertado y tan perdido como yo. Completamente angustiado pensé que de ningún modo llegaría a tiempo a la boda.

Fue un alivio despertarme y comprobar que todo había sido un sueño.

Como en otras ocasiones, se admiten interpretaciones a este sueño. Gracias anticipadas.

 

jueves, 23 de abril de 2026

 

PASAJES DE “CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA” (115)

CAPÍTULO X

La Ambición

   

 

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    El discurso debió de dejar agotado a don Julián, que volviendo a su postura inicial, llenó repetidamente sus pulmones con el veneno del humo de su habano, que para él suponía aspirar vida, y me invitó cortésmente a que le dejara en la soledad de su estancia. Lo que me acababa de comunicar debía pertenecer a su “yo” más íntimo. Era prueba evidente del aprecio que sentía por mí, y por su respiración agitada noté que para él no había resultado fácil comunicármelo.

―Por hoy ya es suficiente. En otra ocasión continuaremos hablando del tema. Asimila lo que te he dicho y comienza desde hoy mismo tu nueva andadura poética. ¡Suerte! ―me dijo, dándome una cariñosa palmadita en la espalda.

Ya en la calle, aspiré con fruición el aire primaveral y me senté en un banco frente al edificio de Correos. Allí me pregunté la extraña coincidencia existente entre madame Stéphanie y don Julián. Además de haberme citado expresamente a santo Tomás, en su conocido “de lo sencillo a lo complicado”, ambos me presentaban modelos a seguir, tanto en el mundo de la literatura como en el de la música, que eran “el ayer”, y otros más cercanos, que eran “el hoy”, y me citaban, como medio para poder superarme en la tarea diaria, la palabra “evolución”. Este vocablo, que hasta la fecha sólo conocía de mis clases de Biología, atribuido a Darwin en su teoría sobre las variaciones anatómicas de las especies, venía a ser ahora la clave para que mi mente fuera pasando desde estadios primitivos a otros más complejos. Y comprendí en aquel instante por qué mis gustos habían cambiado desde los anteriores de niño a los actuales de adolescente, y también explicaba que mis primeros poemas me parecieran ahora un tanto pueriles. La evolución era la clave por la que un día me fijé en Cécile, y la razón por la que cada instante que pasaba me sentía más atraído por ella, y seguramente también, la evolución jugaría un papel importante en el futuro desarrollo de mi devenir como poeta.

Una duda, sin embargo, estremeció mi cuerpo cuando reanudé mi marcha, camino de casa. ¿Sabría mi mente evolucionar para admitir que, con el tiempo, Cécile no fuera tan sugerentemente atractiva? ¿Llegaría a amarla con tanta intensidad cuando su cuerpo fuera semejante al de las ancianas del asilo? Estas dudas existenciales no me dejaron conciliar el sueño aquella noche y me hice el propósito de preguntárselo a don Julián en cuanto tuviera ocasión. La evolución de la mente me parecía totalmente necesaria, pero la evolución del cuerpo, hasta alcanzar la decrepitud y la muerte, se me antojaba un castigo demasiado cruel, imaginando el ocaso de la belleza de mi amada.

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domingo, 19 de abril de 2026

 

CANTO SEGUNDO

LA VIDA DE MAGÍN PUERRO

-XXXI-

 

 

El tiempo no corre, vuela.

Después de casi seis años

siguen manando los caños

de la fuente en que María

me dijo que me quería

a la sombra de castaños.

 

Hemos pasado momentos

de alegría y de tristeza,

no conocimos riqueza

ni tampoco desencanto

por eso sigo mi canto

sin humillar la cabeza.

 

La familia se completa

cuando ves que la comida

en cada plato servida

no te cubre el cucharón

y esta fue la razón

del folgar la despedida.

 

Después de nacer Rufino

llegó la niña Constanza,

en un año de bonanza,

por lo que al poco tuvimos.

el tercero y le pusimos

Sancho, por buena crianza.

 

Al cabo de unos diez meses

llegaron Froilán y Elvira.

Me parecía mentira

que no teniendo yo dote

me dijera el sacerdote

que Dios por niños suspira.

 

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jueves, 16 de abril de 2026

 

LA DUDA DE ALBERTO

 

 

Siete años siendo el apoyo incondicional de Elvira, habían modelado el espíritu de Alberto hasta convertirlo en un hombre completamente diferente de aquel otro que había iniciado diez años atrás una relación que se prometía feliz y llena de proyectos.

La primera vez que Elvira detectó en uno de sus pechos un pequeño bulto, nada hacía presagiar que, primero el quirófano, más tarde la quimio y después las incontables estancias en el hospital, arruinaran los viajes, las excursiones y las gozosas veladas de los primeros años de su  matrimonio. En todo este tiempo,  la rabia mal disimulada y la frustración fueron socavado el alegre carácter de la pareja, hasta que el gesto grave y la expresión preocupada, daban pocas oportunidades al diálogo distendido y a la esperanza de jornadas sin sobresaltos.

En todo este calvario de preocupaciones, Alberto se mostró cercano y dispuesto a complacer cualquier requerimiento de Elvira, aun a riesgo de transformar sus gustos personales en beneficio de la persona amada.

El tiempo pasaba lento y la enfermedad progresaba hasta que un fatídico día se produjo el desenlace. Alberto sintió desmoronarse sobre él la inmensa torre de recuerdos y de momentos compartidos y una incipiente depresión le mantenía aislado del mundo, encerrado tras las paredes de su casa, con la mente empeñada en recordar los tristes momentos pasados.

Con ayuda de familiares y amigos fue venciendo la indolencia y como vía de escape se apuntó a una Asociación que realizaba excursiones domingueras a diferentes enclaves en los que poder admirar parte de nuestro vasto Patrimonio Cultural.

En las primeras salidas, Alberto permanecía distante del animado grupo de acompañantes y esta circunstancia pronto fue detectada por María José, una mujer encantadora que aparentaba una edad próxima a la suya y que se interesó por su voluntario aislamiento.

—Me llamo María José—le dijo. He observado que no viene acompañado y que no intercambia palabra con el grupo. Eso no es bueno. El poder comunicarse y opinar sobre lo que vemos, aumenta nuestro bagaje cultural y nos hace disfrutar más de estas salidas.

Alberto asintió, pero apenas intercambió unas cuentas palabras con la joven. Sin embargo, al reemprender la marcha, no tuvo más remedio que entablar una fluida conversación  con María José, que, estratégicamente, se había situado en el asiento contiguo.

A partir de entonces, ella le guardaba sitio a su lado en todas las excursiones y, como era de esperar, de los intranscendentes temas pasaron a otros de mayor calado, sintiendo ambos que un hilo de empatía cada vez más potente se establecía entre ellos. De las salidas en días festivos a citarse en días laborables solo mediaron semanas y de ahí a que entrelazaran sus manos e intercambiaran sus primeros besos, apenas unos días. La relación se iba afianzando y como los dos habían doblado la esquina de la cuarentena, se plantearon qué camino tomaría su relación. Enamorados como estaban, empezar una vida juntos parecía para María José la única alternativa posible, sin embargo para Alberto suponía una decisión de no fácil respuesta. Apenas había pasado un año desde su viudedad y la relación con sus ex suegros y ex cuñados permanecía tan afectiva e intacta como años atrás.

—Déjame que lo piense—comentó a María José— . Necesito meditarlo. Supone para mí un gran dilema la decisión que debo adoptar. Si te parece bien, esta semana no nos veremos; estaré sopesando los pros y los contras sobre la postura a tomar. Si el domingo voy a la excursión, es que deseo pasar el resto de mis días junto a ti. En caso contrario... Espero que en ambas situaciones comprendas mi postura.

—Te amo y lo comprenderé—respondió María José.

El domingo amaneció con una luminosidad y temperatura impropias de principios de abril...

 

 

 

domingo, 12 de abril de 2026

 

PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (115)

CAPÍTULO VIII

La Fiesta

 


 

Ni una sola nube se atrevió aquella mañana a perturbar con su presencia el esplendor de la Fiesta. Tras un año de espera, por fin había llegado la fecha tan deseada por todos, en la que, haciendo un alto en las tareas del campo, se podía disfrutar de familia y amigos, divirtiéndose con ellos en el baile o en los toros, sin que nadie que se tuviera por buen cristiano dejara de asistir, como era natural, a la Misa en honor del Santo patrono. Uno de los vecinos tenía, sin embargo, un aliciente más que añadir a la lista de buenos deseos para que el día le resultara redondo; ese hombre era Pedro, el Repiques; porque justamente en fiestas y desde el campanario, tenía la oportunidad de demostrar a paisanos y forasteros que la buena fama conseguida en tierras zamoranas y salmantinas, tras muchos años de oficio, estaba bien ganada. Aunque era hombre de pocas palabras, al decir de las beatas, las campanas con sus tañidos, hablaban «de más» por él cuando congregaba al pueblo en las grandes solemnidades.

 Como tenía por costumbre desde hacía varios años, la impaciencia hizo que aquella mañana se encaramara al campanario bastante antes de las diez, con la única compañía de un botijo. Tras remangarse la camisa, comenzó repicando con suaves toques que fueron creciendo en intensidad a medida que sus músculos se tonificaban con el ejercicio; prosiguió con toques más ajustados y floreados de intensidad creciente hasta desembocar, al filo de las doce, en todo un alarde de virtuosismo, que culminó en un estallido de sonidos en donde los agudos continuos y los graves espaciados se contrapunteaban, haciendo gala de tan amplia variedad de recursos que, con razón, las entusiastas seguidoras del campanero, seguras de las portentosas facultades de Pedro, decían de él: «Podría estar repicando un día entero, sin tener que repetir secuencias y sin necesidad de comer». Y cuando algún foráneo se admiraba de su destreza, no faltaba alguna que, muy orgullosa, añadía: «¿Qué te creías, que el pueblo sólo era famoso por la fuente el Chagaril? Has de saber también que el Repiques, es mucho repiques». Y el buen Pedro, como era de esperar, tampoco este año defraudó a sus admiradores. En las dos horas que permaneció en el campanario, convocando a los parroquianos a la Misa Mayor, tan sólo se concedió dos breves descansos entre «primeras», «segundas» y «las todas», con la única finalidad de enjugar el sudor y reponer del botijo los líquidos perdidos. Al terminar, remató su actuación con la firma, consistente en tres toques muy seguidos, y a continuación otro espaciado, tras los cuales bajó precipitadamente a la iglesia para encender las velas del altar y la pastilla de carbón del incensario, comprobando de paso que los concelebrantes se revestían sin ningún contratiempo. Un trabajo agotador para un día especial en el que su experiencia le ayudaba a que todo estuviera a punto en el momento adecuado y, sobre todo, a gusto de don Matías.

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jueves, 9 de abril de 2026

 

FÁBULA DEL GRANJERO MALNACIDO



En el pueblo tenía fama de trabajador, pero muchos opinaban que su celo por aumentar la producción del ganado de su propiedad, excedía con creces los límites de lo sensatamente permitido, hasta el punto de que era considerado por sus vecinos como un auténtico maltratador de animales. En su avaricia, ordeñaba repasando hasta dos y tres veces las ubres de las sufridas vacas y ovejas, para conseguir que la cantidad de leche extraída alcanzara límites de récord. Si no lo conseguía, les disminuía su ración de pienso o les fustigaba con un mimbre que tenía para la ocasión, mientras, entre juramentos, se dirigía a las bestias como si pudieran entenderle: "Malditas criaturas —decía—; no valéis para nada. Ya os enseñaré a que dupliquéis el valor de cuanto coméis".

El discurso y el enfado continuaba en su casa, donde su mujer tenía que seguir soportando una retahíla de absurdos razonamientos: "Mientras yo viva, ningún animal tendrá cabida en mi granja si no produce en relación con lo que come, y me importa un pito si está preñada o no".

En su misma casa vivían su hija y su yerno, que le habían hecho abuelo de tres hermosas criaturas, las dos últimas nacidas hacía muy pocas fechas de un parto doble, al año de que hubiera venido al mundo la primera. Dada la juventud de la madre y el escaso tiempo habido entre embarazos, de sus pechos no brotaba  leche suficiente para alimentar a los recién nacidos. Una tarde, cuando nuestro granjero regresaba de los establos, escuchó la voz rotunda del yerno, increpando a su hija, en una alocución preparada de antemano, para intentar que el granjero cayera en la cuenta de su malvado proceder: "¡Vaya mujer más enclenque que tengo! En dos años de matrimonio sólo has tenido tres hijos y no tienes leche suficiente, a pesar de que comes cuanto quieres. !No sé que voy a hacer contigo!"

Al oírlo, el granjero, enfurecido, salió en defensa de su hija: "No vuelvas a hablar así a mi hija. Si no tiene leche es porque los embarazos han venido muy seguidos y no ha podido recuperar todas las energías". "Exactamente igual. le ocurre ganado que usted explota" le replicó el yerno, que había estado esperando la ocasión para afear su despótica postura.

El granjero malnacido, a regañadientes, comprendió el razonamiento, y dicen que a partir de ese momento fue más cuidadoso en el trato con los animales de su granja.

 

MORALEJA: No maltrates a los animales. Son como tú, seres vivos.

Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez.



 

domingo, 5 de abril de 2026

 

RESUCITADO

 

 

Llegado el tercer día,

del sepulcro salía una fragancia

olor a peonía

que dejaba constancia

del Cristo que moró en esa estancia.

 

Las vendas en el suelo,

la losa de la gruta descorrida...

brillante azul el cielo

de luz desconocida

con rayos que a la muerte daban vida.

 

Abre, Señor, mi mente

y si dudo que no has resucitado,

dame fe suficiente

tú, que fuiste probado,

muriendo en la cruz sin tener pecado.

 

 

jueves, 2 de abril de 2026

 

HAIKUS DEL IMPREDECIBLE ABRIL

 

 

Abril comienza

celebrando la Cena

con el traidor.

 

Esta semana

termina con júbilo:

¡Resurrección!

 

Extremadura

encala sus cerezos

de blanca flor.

 

Verdes veredas

vean siempre mis ojos

en primavera.

 

Humilde flor,

mejor que nadie buscas

calor del sol.

 

Fotografía de Nicolás Ventosa.