CURSILLO ACELERADO
(Obra teatral en tres Actos)
ACTO PRIMERO
(En casa de los Rodríguez)
RICARDA—
No sé cómo puedes pasarte todo el día ante el televisor. Cinco horas viendo
Teledeporte y otras tantas escuchando insulsas charlas de políticos que dicen
una cosa y luego hacen otra.
SEGIS—
Mujer, no hago mal a nadie. Estuve cuarenta años esperando estos momentos.
Ahora jubilado, puedo hacer lo que me dé la gana.
RICARDA—
¡Que te crees tú eso! Sentado, engordas, te sube el colesterol y pierdes
agilidad física, y estoy más que segura, que también mental. Lo que tienes que
hacer es empezar a ayudarme en las tareas domésticas y aprender algo más de
cocina que no sea hacer unos tristes huevos fritos. Ahora mismo te voy a
enseñar a cocinar algo sencillito, para que si a mí me pasa algo, te puedas
defender.
SEGIS—
Quiera Dios que tal cosa no suceda, pero si tuviera esa desgracia, nunca me
faltaría alguna vecinita dispuesta a echarme una mano.
RICARDA—
¡Calla, desgraciado! ¿Quién crees que cocinaría para un viejo de dentadura
postiza? Mira, Segis, déjate de tonterías y vamos a empezar haciendo patatas
con níscalos "al estilo de la abuela".
SEGIS—
Por favor, no me mientes ahora a tu madre que creo que me ha sentado bien el
desayuno.
RICARDA—
Pues era una santa, que lo sepas. Si estuviera aquí otro gallo te cantaría.
SEGIS—
En eso tienes razón, porque a las siete de la mañana ya estaba dando guerra.
RICARDA—
Dejemos a mi madre en paz y gloria y apunta esta receta de patatas con níscalos:
En una cazuela se echa aceite y las patatas cortadas en dados, y se rehoga
junto con cebolla y ajos. Una vez rehogadas, añades pimentón y viertes los
níscalos, bien limpios y cortados en trocitos, junto con la sal, perejil y un
vasito de vino blanco. Se deja cocer media hora a fuego lento y ya está. ¿Ves
que fácil?
SEGIS—
¡Facilísimo! ¿Dónde están los níscalos, la sal la cebolla, los ajos y todo los
mejunjes que tengo que añadir?
RICARDA—
Pues los buscas y si ves que no hay, los vas a comprar como he hecho yo toda la
vida. ¡Madre mía, qué hombres! ¡Estos maridos de antes son unos inútiles!
SEGIS—
Bueno, Ricarda, aunque solo sea por no oírte renegar, haré lo que me pides.
RICARDA—
Claro, Segis, por algo tienes que empezar y así tu cariñín se coge el portante
y se va a la peluquería, y luego con Pachuqui se toma un café, que desde el
ultimo teñido no la veo. ¡Si es que una vive como una esclava! Ya es hora de
que vaya poniendo en práctica lo que vi en "Espartaco".
ACTO SEGUNDO
(Segis en la cocina)
SEGIS
(hablando entre dientes)— Esta mujer se cree que todo es tan sencillo. He
tardado dos horas en encontrar la cazuela apropiada. Las patatas las tenía
escondidas en el trastero y encima me he cortado el dedo con el cuchillo. Menos
mal que creo que los níscalos son rojizos y no se notará el colorcillo rosa. En
cuanto rehogue todo lo que he podido encontrar en el frigo, me bajo a comprar
los níscalos y una garrafa de vino, porque siempre es bueno que sobre algo para
el cocinero. En cuanto a la sal, creo que con cuarto kilo tendré suficiente. En
esta vida hay que ser saleroso. Tampoco estará mal que compre alguna cebollas
más y lo que se me vaya ocurriendo. Causaré sensación con mi plato. Cuando lo
tenga hecho, lo bautizaré como: "Níscalos al estilo Segis".
ACTO TERCERO
(En el hospital)
RICARDA—
Segis , ¿qué me has hecho que estoy tan malita?
SEGIS—
Nada, cariño. Creo que tomaste demasiadas patatas con níscalos o con lo que
fuera.
RICARDA—
¿Cómo que con lo que fuera?
SEGIS—
¿Tú sabes qué precio tenían los níscalos? Aprovechando que el ‘súper’ está en
la autovía, cerca de un pinar, recogí todas las setas rojizas que asomaban
entre la tamuja.
RICARDA—
¡Ay de mí, desgraciado! ¡Me has envenenado!
SEGIS—
Que no, mujer, que no es para tanto. Total sólo has ido diez veces al servicio,
y dice el doctor que eso te irá limpiando. Además piensa que tu maridito te ha
ahorrado un montón de dinero.
RICARDA—Juro
que si salgo de esta te mataré. Pero... ¿cómo es que a ti no te ha pasado nada?
SEGIS—
Pues porque no las comí. Llegué tan cansado de andar por el pinar, que en
cuanto las rehogué me bebí media garrafa de vino y me quedé dormido.
RICARDA—
¡Te mato! ¡Juro que te mato! Ahora ayúdame, que parece que tengo ganas de ir
otra vez al baño. Los dolores de vientre no se me pasan.
SEGIS—
¡Qué poco sufridas y escandalosas sois las mujeres! Cada vez te pareces más a
tu madre.
(Vuela
una zapatilla por el aire, mientras cae el telón)
FIN





.jpg)



.jpg)




