FÁBULA DE LA NOVIA CAPRICHOSA
Sin causa aparente y en pocos minutos, la mar
apacible erizó las pequeñas crestas de las olas hasta convertirlas en muros de
agua que golpeaban con fuerza su débil
embarcación. Casi al momento, una espesa neblina fue oscureciendo el cielo
hasta hacer del mediodía noche cerrada. Aunque joven, en toda su vida de
pescador nunca había sentido tal sensación de desamparo. Empapado, sin rumbo,
achicando agua, temiendo por su vida, desbordado por tanta tribulación, perdió
el conocimiento. Al recobrarlo, se encontró postrado en una cama de hospital.
Una preciosa mujer, enfundada en un blanco uniforme, le miraba con dulzura.
Quiso saber dónde se encontraba, pero no pudo articular palabra. Notó la
suavidad de unas manos acariciándole la frente e invitándole a permanecer en
silencio. "Estás a salvo. Descansa, descansa", fue lo último que
escuchó, antes de que, agotado, volviera a cerrar los ojos, con la plácida
sensación de estar flotando sobre un colchón de plumas.
El amor que sentía por Susana, le había llevado a
afrontar una situación que pudo haber tenido graves consecuencias. Cuando la
conoció, creyó encontrar en ella a la mujer soñada. Se miraban y se devolvían
la mirada entre juegos de manos entrelazadas y besos furtivos, "Te
quiero" —decía él. "Yo también, te quiero a ti, Tomás —respondía
ella—. Pero el amor verdadero exige una prueba". "Y qué prueba es
ésa" —pregunto el marinero enamorado. "Tienes que conseguir pescar
para mí, un pez hermoso, que apenas pueda sostenerlo entre mis brazos". Al
día siguiente, Tomás se echó a la mar y capturó una lubina de grandes
dimensiones, que pese a su tamaño, no complació a su novia. "Más grande,
quiero un ejemplar más grande. Un pez así me lo hubiera traído cualquiera,
aunque no estuviera enamorado de mi". Esta respuesta hizo que Tomás se
arriesgara a pescar en aguas lejanas, consiguiendo una merluza de mayor tamaño
aún que el de la lubina. "No es suficientemente grande —comentó al verla,
Susana—. Si estuvieras locamente enamorado de mí, como dices, tendrías que
haberte esforzado más, y el pez hubiera sido mucho mayor". Herido en su
amor propio, Tomás lo intentó por tercera vez, adentrándose en aguas
desconocidas, con el propósito de satisfacer el capricho de su amada. Fue
entonces, cuando la tormenta le sorprendió, sin posibilidad de regreso.
En el tiempo que permaneció recuperándose en el
hospital, no le faltó la puntual visita de la bella enfermera, aún cuando no
estuviera de servicio. Esperaba su llegada con impaciencia, notando que los
sentimientos que le unían a Susana se iban difuminando a medida que crecían los
que sentía por Alicia, esa preciosa criatura a la que confundió con un ángel
cuando, al despertar, creyó estar en el Cielo, y que para su felicidad, notaba
que le correspondía.
Ya recuperado, recompuso su embarcación y, pescando
en las aguas tranquilas del verdadero amor, decidió vivir el resto de su
existencia junto a Alicia, la mujer que le había dado cariño a cambio de nada.
MORALEJA: En el amor no debes exigir
caprichosamente, sino dar gratuitamente.
Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez














