jueves, 16 de agosto de 2018



LA DANZA DEL VIENTRE



(Obra teatral en tres Actos)

ACTO PRIMERO
(El matrimonio en la cama)

La Maruja— ¡Jai, Antonio de mi vida! He esperao a que estuviéramos solicos en la cama para comentarte un asunto que me preocupa.
El Antonio— ¡Madre del Amor Hermooso! Mu grave ha de ser la cosa pa’ que me molestes ahora que sabes que vengo reventao del mercadillo.
La Maruja—Sí, chacho, estoy preocupá por la Trini.
El Antonio— Pues, antonces, ¿qué le ocurre a la Trini?
La Maruja— Se está poniendo mu gorda. Con lo joven que es, le da vergüenza a la muchacha hasta de salir a la calle y eso que me paice que ahora, anda tras ella el jalatero.
El Antonio— Maruja, por mi santa maadre, no me quites el sueño por esas chorraadas. En cuanti deje de zampar bollos, eso se arregla soolo. A mayores, que coja la fragoneta y que se venga pa’ el mercadillo conmigo y en dos semanas se pone de fina como una Gipsy Kings de esas.
La Maruja— ¡Qué bruto eres, Antonio! Lo que la niña necesita es hacer ginasia. La voy a apuntar a la Academia de Dolores la del “Tostao”, para que haga “danza del vientre” y baje tripa.
El Antonio— ¡Madre mía de lo que me enteero! No sabía yo que Dolores recetaba pastillas para mover los entestinos.
La Maruja— ¡Qué animal eres, Antonio! Está visto que en sacándote del calzao, no entiendes de nada. Tú déjame hacer a mí y ya verás cómo la chiquilla adelgaza.


ACTO SEGUNDO
(Dos meses más tarde, el matrimonio en la cama)

La Maruja— ¡Antonio, Antonio…! No te quedes dormido, mi arma, que en la cama es el único sitio en donde podemos parlar sin que se enteren los churumbeles.
El Antonio— ¿Y qué te se ofrece ahora, Maruja de mis entraañas?
La Maruja— Es sobre la Trini, Antonio. Que no adelgaza, Antonio; que no adelgaza. En la Academia me dice la del “Tostao” que se mueve mucho, pero a luego la veo yo en la cocina mover más la boca. ¡Me se está quedando sin galletas! Y luego no veas los plataos de legumbre que se zampa a mediodía.
El Antonio— ¡Válgame el Señoor! Tenemos que hablar con la niña antes de que nos apoden “los toneleeros”.
La Maruja—Sí, Antonio. En lo tocante a los hijos, pa’ luego es tarde, En cuanti antes se hable con ellos, mejor. Esta hija de mis entrañas me preocupa. ¡Ay, Dios mío, no hago más que pedir en el Culto por ella!



ACTO TERCERO
(Pocos días después, en el comedor)

El Antonio—Vamos a ver sinus aclaramos toos:Trini ¿Se puede saber por qué no te contienes y te pasas el tiempo comiendo como si acabaras de llegar en patera?
La Trini— Padre, que no es pa’ tanto.
El Antonio— ¡Mecagúendiela! Pues no me dice la mama que te has  comido hoy un platao de lentejas que más que platao era una fuente
La Maruja—Tiene razón el papa, que yo lo he visto.
La Trini—Es que me ha dicho el jalatero que las lentejas tienen mucho hierro.
El Antonio—Chacha, pero ¿pa’ qué quieres el hierro? ¿Es que te vas a hacer chatarreraa?
La Trini (comenzando a dar hipidos) — Es que… Es que…
El Antonio—Vamos atragantaa; di que te pasa, que no te voy a comer que no soy el tío Tragaldablas
La Trini— Pues que… Pues que…A mí no me se quita la gordura con la danza del vientre, porque el vientre me danza solo.
La Maruja— ¿Y cómo es eso, chiquilla?
La Trini (gimoteando) — Que estoy preñada madre. Que ya tuve la danza hace tiempo con el jalatero y ahora la criatura parece que va a salir al padre, sigún se mueve.
La Maruja (empuñando la escoba) — ¡Acabáramos! ¿Y la honra? ¿Y el pañuelo con sus bordadicos y too? Me dan ganas de darte con la escoba y esmoñarte.
La Trini— No me se ponga así madre. Que el pañuelo es grande y ya me encargo yo de hacer media docena de moqueros.
El Antonio—Tie razón la niña, Maruja. A grandes males… ¿No t’acuerdas cuando de sotro día me se rompió el tenderete? Pues llamamos al jalatero y arreglao.
La Trini(abrazando a su padre)— ¡Ay papa! ¡Qué abuelo más grande vas a ser!
El Antonio—Maruja, vete partiendo el pañuelo que me se cae la baba.

FIN





domingo, 12 de agosto de 2018


ARIADNA

Acabo de despedirme de Ariadna. A propósito, la llave parecía no encontrar su lugar en la cerradura: un beso. Nuevo intento aposta fallido: otro beso, esta vez más prolongado y cuando por fin se abrió la cancela, la imagen de su mano, lanzándome besos, me ha acompañado hasta llegar a mi apartamento. Cogidos de la mano habíamos caminado por la larga avenida sin apenas darnos cuenta de que las farolas nos iluminaban intermitentemente a intervalos constantes. Casi no habíamos hablado, tan solo miradas, muchas miradas, complacientes miradas de enamorados. En cada una de ellas, una sonrisa de aprobación y un agradecimiento implícito a la vida que nos deparó aquel primer encuentro inolvidable en la boda de amigos comunes.

¿Eres amiga de Marta?— le pregunté. Y tú de Alfredo, ¿verdad?—me respondió con la seguridad de haber acertado.

Quizás hubiera bastado este pequeño intercambio de palabras para darme cuenta de que algo nuevo, delicadamente sugerente, acababa de comenzar. Pero el convite, los brindis, el baile y la tarde misma siguieron su curso. Al despedirnos, nos pedimos los números de teléfono. A los pocos días, ya sabía el suyo de memoria de tanto repetirlo.

He comenzado a contar mi personal historia de amor por el final. Quizás no debería haberlo hecho así, porque las historias, sobre todo si son de amor, deben terminar felizmente y no comenzar de esta manera. Culminar un bello proceso, requiere pasar, generalmente, por varias etapas anteriores: muchas tardes de espera, alguna que otra noche de desasosiego e incontables parciales fracasos…

A la memoria acuden los melancólicos momentos que me proporcionó aquella esbelta profesora de Historia del Arte, no sé cuántos años mayor que mis recién cumplidos dieciséis, que parecía no percatarse de mi desaforado interés por preguntar y preguntar sobre la escultura etrusca en la que ella era una experta. Contestaba a mis preguntas con la mirada esperanzada de haber encontrado un futuro seguidor de sus complejas teorías sobre la materia y yo esperaba de manera absurda, una simple caricia que me gratificara, al menos, de la preparación exhaustiva de mi fingida preocupación por un tema que me resbalaba.

¡Y qué decir de Maribel! Una monada veinteañera que en pocos días rebosaba de amor por mí al conocer que había concluido la carrera y que se desinfló en menos tiempo al saber que mi Ingeniería era de Grado Medio. ¡Demasiado poco para ella! El día en que concluí el Grado Superior me dieron ganas de escribirle una carta que contuviera una sola palabra: ¡Necia! Pero pensé que bastante trabajo tenía con pasearse calle arriba, calle abajo, en busca de un hombre al que amar por lo que tenía y no por lo que fuera.

Entre tanto, Nunchi, Reyes,Sélene…con sus pros y contras, las que deseché y las que me desecharon… Pero hoy, todo eso es solo recuerdo. Bastó la mirada de Ariadna en aquel dichoso día, para reconocer que era ella a quien esperaba. Ahora, a punto de llegar a casa, sé que su mirada me seguirá acompañando, incluso cuando  cierre los ojos antes de dormirme, porque lograré soñarla.

Fotografía de Santos Pintor Galán.

jueves, 9 de agosto de 2018



ENTERRARON BAJO EL AGUA EL SOL DE NUESTRAS VIDAS

La mayoría de las novelas editadas cuentan historias fabuladas que pueden sustentarse en hechos más o menos verosímiles o reales. Sin embargo, la que da pie a este reportaje se basa en un hecho acaecido en 1929 como fue la construcción  de la presa de Ricobayo que sumergió bajo las aguas del pantano a varios pueblos, entre ellos, a San Pedro de la Nave. Las familias que lo habitaban fueron desalojadas y lanzadas en diáspora en busca de nuevos acomodos en donde poder subsistir.

Una de esas familias era la formada por los abuelos de la escritora que, junto a sus hijos, recalaron en un primer momento en Andavías, para luego aposentarse definitivamente en El Cubo de la Tierra del Vino, pueblo zamorano al igual que los anteriores.

La autora, Encarni Alonso Rodrigo, relata con indudable acierto, la tragedia sufrida por sus ancestros, poniéndose en su piel, recopilando documentos orales o escritos con los que ha recompuesto el dolor del desarraigo. Si del antiguo pueblo sólo se salvó la iglesia, reconstruida piedra a piedra en el término de El Campillo (Zamora), este libro recupera del olvido cuanto sucedió desde entonces para que el paso del tiempo no anegue, definitivamente, la historia de su familia. En este esfuerzo por revivir el pasado radica uno de los pilares en los que se sustenta la novela; el otro, es la descripción minuciosa del acontecer del pueblo en donde se asienta definitivamente la familia; El Cubo de la Tierra del Vino, lugar de nacimiento de Encarni.

Las normas de la época, los avatares familiares, vida y descendencia de algunos miembros del clan, así como Cancioneros de transmisión oral dejan constancia imperecedera de los primeros años del obligado destierro, mientras que la descripción de cuanto ocurre en el pueblo de acogida definitiva como el ferrocarril, la iglesia, los lavaderos, las labores del campo, las Fiestas…, el anecdotario de los acontecimientos ocurridos o ligeramente fabulados que constituyen la entrañable historia de este sin par pueblo zamorano, vertebran la segunda parte del relato.

Su lectura me  ha ilustrado, distraído y, en ocasiones, emocionado. Encarni, cubina de nacimiento y yo de adopción, fuimos convecinos cuando ella era una niña de pocos años y yo, rondaba la adolescencia. En aquella ocasión no nos conocimos, sin embargo, años después y gracias a las redes sociales, mantenemos una estupenda relación de amistad. Agradezco su deferencia al incluir en la novela junto a las composiciones poéticas de la autora, uno de mis sonetos dedicado a Zamora.

Felicito públicamente a Encarni, por su bello empeño hecho realidad y deseo una gran difusión y éxito a esta publicación que, en muy poco tiempo, ha alcanzado la 3ª edición.





domingo, 5 de agosto de 2018

AIRE ABRASADOR
Apenas se escuchaban tus respiros.
La tensa calma se extendía
como lengua de fuego abrasadora
entre el sofá de las dulces caricias,
en donde leías,
y el sillón
desde el que te contemplaba.
De vez en cuando, levantabas la vista
mirándome indiferente,
sabiendo que me herías.
Por el rabillo del ojo, te observaba.
Me pareció, que más que asimilar la escritura,
meditabas...
Un aire abrasador, penetró por la ventana
y tu cuerpo se estremeció acusando el calor
que por fuera y por dentro, te embargaba.
Cariño ¿quieres que hablemos?—dije—.
Silencio. Una ligera variación de tu postura lectora
me indicó que había sido escuchada mi propuesta.
Me levanté para cerrar el ventanal y aproveché
el momento para deslizar la mano por tu nuca.
Una sacudida violenta derribó
el puente de amistad tendido
y, entonces, sentí una bocanada de
viento seco,
ardiente, tórrido.
Todo el ardor de la calima
traspasó los muros del salón
en el que ahora leías complaciente,
vencedora del primer asalto,
segura de que lo intentaría de nuevo,
mientras, sentado en el sillón,
con la garganta seca por el aire sofocante,
humillado, repensaba la siguiente estratagema.

Fotografía del autor. Villanueva de los Infantes (Valladolid)




jueves, 2 de agosto de 2018


LA REFORMA
Crónicas de mi Periódico                    2 de agosto de 2018

PESADILLA EN LA COCINA

Como un Quijote culinario que quisiera poner orden y creatividad gastronómica en una variopinta relación de establecimientos dispensadores de comida que pueblan lo largo y ancho de nuestra geografía patria, Chicote, un excelente chef, bonachón y comprensivo con las flaquezas de sus compañeros de profesión, se ha lanzado a una empresa tan laudable, como dudosamente eficaz a largo plazo.

Luchar solo contra un mal hasta ahora poco difundido, pero, por lo visto, tan extendido, es casi reinventar otra cultura, otra forma de pensar, y esto es una tarea de gigantes. Poner ante los ojos de los televidentes toda una serie de descuidos, por no decir de mala praxis profesional en algo tan delicado como es el mundo de la hostelería, es una tarea sumamente ingrata, pues pone al descubierto fallos imperdonables que no todos sus compañeros de profesión están dispuestos a admitir. No me extraña que, en algún que otro establecimiento, le hayan impedido filmar y, por tanto, negado la posibilidad de arreglar, el nunca mejor dicho, desaguisado imperante.

Las imágenes nos muestran cómo, en las cocinas de los restaurantes por él visitados, la limpieza no suele ser una práctica que se siga con asiduidad; otras veces, las viandas carecen de la refrigeración necesaria y las salsas o preparaciones que acompañan a las comandas, parecen estar liberadas de fecha de caducidad. Por otra parte, el personal no da la impresión de estar lo suficientemente preparado tanto en la elaboración de comidas como en la atención al cliente. Puede que parte del problema proceda de que, así como en otras actividades, el propietario se prepara y se lo piensa antes de lanzarse a una aventura empresarial, en el campo de la hostelería parece que toda persona es válida con tal de estar dispuesta a ponerle voluntad y a echarle horas.

Por supuesto, que son más los establecimientos del ramo que además de tener un personal cualificado, cumplen a rajatabla con las medidas higiénicas establecidas dando además un trato exquisito a sus clientes, pero a mí el programa me ha servido para ser más escrupuloso y elegir con más cuidado el lugar en donde pienso realizar una consumición.

Les puedo asegurar que, en calidad de sabueso, he podido comprobar cómo hasta en locales de cierto prestigio, se pueden ver las tapas o pintxos en el mostrador sin ninguna protección que los libre de los inevitables perdigones de saliva que cada uno de nosotros expulsamos al hablar. Tampoco es infrecuente que la cocina esté situada al final de un pasillo en donde se encuentran los servicios (generalmente con las puertas abiertas cuando no están ocupados) y que más de una vez sea preferible beber directamente de la botella, ante la sospechosa mancha del vaso que nos ofrecen.

Creo que las autoridades sanitarias tienen mucho que decir en su labor inspectora. Con la salud no se juega. Si en este apartado las normas se cumplieran, la labor de Chicote quedaría limitada a aconsejar  cómo dar un aspecto más atractivo al local. Él se sentiría aliviado de su agotadora tarea y los clientes consumiríamos sin recelo.




domingo, 29 de julio de 2018


REFLEXIONES CAROLINGIAS XXVII

¡No llores por cualquier cosa! ¿No ves que luego se ríen de tus lágrimas? —Exclamó el papá cocodrilo.

Se sentía perseguido: De día, por su sombra, de noche por los recuerdos.

Me parece un dispendio llevar huevos a las Claras para que no llueva durante una boda. Con llevar las yemas valdría y así se evitarían los excedentes.

Alardeaba de ser un gran cantante. Lo mismo entonaba rock que ópera. Cantaba todos los géneros en el gran teatro... de la ducha.

Cuando Remigio se compró una cosechadora de remolacha, en el pueblo nadie puso en duda, de qué se había radicalizado.

Siempre creyó que la añoranza consistía en no perder durante el año la esperanza.

Parece confirmarse que, en la primera Sinfónica de la Humanidad, Adán tocaba el contrabajo.

Puede que: “pelele” sea uno de los primeros insultos en lenguaje inclusivo.

Dedicar diariamente cinco minutos a la higiene bucal, evita la caries en la dentadura postiza.

Todavía no tengo decidido en dónde pasaré las vacaciones. En días venidores, es posible que lo sepa.

“Lo que me pasa a mí es muy corriente—dijo el río—. La mar de corriente, si voy a desembocar.

Ilusión es montarte en un caballito de un tiovivo y creer que llegarás muy lejos.





jueves, 26 de julio de 2018




FÁBULA DE LA CALIZA HUMILDE

u gestación fue costosa, hubo que esperar varios millones de años a que la Corteza terrestre se enfriara y los materiales que la componían se consolidaran. Hasta ese momento permaneció oculta en el subsuelo, hasta que una clara mañana del siglo XII la hicieron aflorar a la superficie. Tomó conciencia de que era un hermoso bloque calizo cuando se percató de la interesada mirada de los canteros, que hacían cábalas sobre el destino que le darían. Por ellos supo que el lugar de su nacimiento era una localidad llamada Hontoria y por apellido “de la Cantera”, lo cual era marchamo de calidad y excelencia.

Sabía que alguna vez sería fragmentado, pero el impresionante, lejos de apenarse, se alegraba de que con su división pudiera contribuir a consolidar el hogar de una gran cantidad de lugareños. Soñaba con ser, cuanto antes, útil a los demás. Pero el tiempo pasaba y nadie se atrevía a trocear su impresionante tamaño, y empezó a creer que no poseía ninguna calidad y que, por tanto, no se realizaría su sueño de poder ser benefactora de la humanidad.

Hubieron de pasar tres siglos más para que, ¡por fin!, el bloque fuera convenientemente partido y trasladado a la capital, concretamente a los pies de una catedral que se estaba construyendo en Burgos. La alegría de todos los fragmentos del bloque fue enorme cuando supieron que formarían parte de un edificio tan colosal; alegría que aumentó cuando sintieron cómo el cincel del cantero los modelaba para ser parte integrante de las agujas caladas con que se remataban las torres de la fachada principal.

Desde ese momento, la piedra caliza vio recompensada su humildad, atisbando desde lo más alto, día y noche, una ingente cantidad de personas que quedaban maravilladas al contemplar la belleza de la catedral, de la que ella era una parte visible e importante.


Moraleja
…” El que se humille será ensalzado” (Lucas 14:11)
Acuarela de Manuel Malillos Rodríguez


domingo, 22 de julio de 2018



PASAJES DE " CECILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (48)
CAPÍTULO VI
La ilusión
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La calefacción, la comida y el vino, con toda seguridad de Cigales, sonrosaron las mejillas de mi padre, alegraron sus ojos y desataron la lengua, tan correcta y comedida en ausencia de alcohol. Haciendo alarde de una habilidad para nosotros desconocida, descorchó con un espectacular giro de muñeca una botella de champagne, llenó las copas y nos pidió le imitáramos en un brindis que, cuando menos, resultó pintoresco e inédito:
―Brindo por el nuevo año, por la salud de todos, por Nacho y su familia, por su santidad Pío XII y sobre todo por nuestro invicto Caudillo, al que Dios conserve la vida muchos años.
Tenía la impresión de que después de incluir tan amplia gama de personalidades en un mismo brindis, cualquier cosa podía suceder, y así efectivamente aconteció.
De pie, con la segunda copa en la mano, mi padre llamó a las tatas para que junto a nosotros compartieran la sobremesa.
―Tenemos por costumbre ―dijo, dirigiéndose a Nacho― compartir fraternalmente con el servicio muchos momentos de nuestra vida cotidiana. Somos así de sencillos, ¡qué le vamos a hacer! Al que entra a servir en mi casa se le trata con la campechanía con la que se recibe a un pariente, y sólo su apellido desvela que no pertenece a nuestra familia.
El que hablaba no era mi padre, estaba convencido de que no podía ser la misma persona que establecía muros infranqueables con todo aquel que consideraba de rango inferior al suyo. Pero lo más chusco estaba por llegar...
Petra se deshizo de la cofia y se desabrochó el cuello duro del uniforme. Se sentó a mi lado y, sin poner reparos, bebió de un trago el champagne que mi padre le acababa de servir.
―¡Qué rico es este vino! No lo conocía. Póngame otro poco, señorito, que me paice que me gusta más que la “isidra”.
Tata Lola también se sentó a la mesa y no dejaba de mirar estupefacta a mi padre y luego a Petra, que con la bebida había cogido carrerilla y tomó el mando de la conversación:
―¡Madre del Amor Hermoso! Se me alegran las tripas al imaginar la cara de “la diabla” cuando se entere de cómo me lo paso en la ciudad. Porque esto se lo escribo mañana mismo a mi vecina Herminia y escapao irá a contárselo a esa mal nacida.
―Ten caridad, Petra, ten caridad. Hay que saber perdonar las ofensas como hizo nuestro Señor ―intervino, mi madre, en un deseo de reconducir la conversación.
Pero para entonces, Petra era dueña de la palabra y de la botella, de la que se servía cada vez que notaba seco el gaznate. Con mi padre adormilado por la abundante comida y por los efectos del alcohol y con mi madre temerosa de que una brusca interrupción del discurso causara una mala impresión en Nacho, Petra no dejó títere con cabeza. Lamentó la muerte de María, la Perdiz, y no tanto la de Cirilo, el Alpargata. Relató la debacle de Faustino, enriquecido con el estraperlo en los años cuarenta, pero venido a menos por el juego y las reiteradas visitas a Susana, la Gata, y compañeras. “Se creyó que nunca se le acabaría el dinero, pero... ¡Le pilló la artesa! ―comentó― y ahora está más desplumado que el pavo que nos hemos comido”. 
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jueves, 19 de julio de 2018



 PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (48)
CAPÍTULO III
La casa del abuelo

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Fue entonces cuando Jeremías se quedó quieto como una estatua, clavó su mirada en la pared desnuda y, con una voz que le salía de lo más hondo, me dijo:
―No entiendo por qué el mundo está tan mal hecho. La mayoría de los hombres somos pobres y sólo unos cuantos tienen cuanto desean, y encima no están contentos y suspiran por tener más, como pasó con Damián, tu bisabuelo, que a fuerza de explotar y explotar a los obreros, construyó esta casa y compró cantidad de fincas.
―¿A qué vienes ahora con eso? ―le interrumpí, un tanto molesto―. Más respeto para mi bisabuelo, que está muerto, y además has de saber que hace años daba de comer a mucha gente.
―Seguramente daba de comer, ¡pero más comía él! Lo mismo pasa ahora con el veterinario, que cuando llegó al pueblo, no tenía ni una gallina para hacer caldo y ya va por el segundo gallinero, además de otras naves con vacas, puercos y la madre que le parió. Se está quedando con medio pueblo.
―Bueno, y a mí, ¿qué me importa lo que me estás contando?
―A ti nada, ya lo sé, pero tú no sabes cómo me suenan las tripas cuando me voy a la cama con un mendrugo, y al día siguiente, si quiero desayunar, tengo que salir al corral, haga frío o calor, y ordeñar la cabra, y luego al mediodía comer patatas, patatas y todos los días patatas, hasta acabar el perol ―hizo una pausa, como si se hubiera tomado la última cucharada del dichoso perol, y continuó―: Lo que más rabia me da es que mis padres estén tan conformes. Cuando me quejo, mi padre, siempre dice: «¡Mecagüen… la «hospiricueta»! Para no aportar nada, bien protestas. ¡Jódete! y si no, haber nacido rico». Y si a mi madre la digo antes de acostarme: «¿No hay más?» después de haber engañado el estómago con un trozo de pan con tocino, ella, empleando un tonillo que suena a justificación, me recuerda: «De banquetes y grandes cenas, están las sepulturas llenas».
Jeremías, pareció volver en sí y, mirándome fijamente, me hizo una pregunta que se me quedó grabada durante mucho tiempo:
―Alvarito, ¿en qué pensaba Dios cuando me trajo al mundo?
En un primer momento no supe qué contestarle. Hasta ese día no había conocido a nadie que tuviera la imperiosa necesidad de comer, ni me había percatado de mi situación privilegiada: yo comía y cenaba todos los días y aún ponía pegas si el huevo frito no tenía «puntillas», o si se repetía la legumbre más de la cuenta. Me acordé de lo que nos había dicho mi padre en la estación de Salamanca: «En estos tiempos, muy pocos pueden comer carne como vosotros». Al oír por primera vez el comentario me pareció una pesadez, pero había que reconocer que, aunque fuera una advertencia paterna… ¡tenía razón!
Compungido por la situación de Jeremías, no se me ocurrió mejor cosa que decirle:
―¡Claro que Dios pensaba en ti! Hoy te quedas a comer con nosotros.
 Y aunque me apetecía descansar del viaje, le propuse:
―A la tarde vamos al regato y me enseñas a coger ranas.
                                                                        …………………………………………..


domingo, 15 de julio de 2018


BERTA  ISLA

Este es el título de la última novela del excelente escritor Javier Marías que junto a “Todas las almas” “Negra espalda del tiempo” y “Tu rostro mañana” cierra la tetralogía del llamado Ciclo de Oxford.

La trama gira en torno a la agitada vida de Tomás Nevinson, un hombre hijo de española e inglés que domina perfectamente ambas lenguas y que además es un aventajado en la imitación de acentos. Estas cualidades no pasan desapercibidas para los Servicios Secretos británicos que le incorporan a sus filas como espía. A partir de este momento, Tomás, aparecerá y desaparecerá de la vida que comparte con su mujer, Berta Isla, haciendo que la convivencia entre ambos sea intermitente, e inesperados su encuentros, puesto que el secreto que preside la vida del espía, así lo justifica.

Berta, se convierte, pues, en una nueva Penélope que ha de acomodar su primitiva idea de gozar de un matrimonio convencional hasta vivir en la incertidumbre de los espaciados encuentros. Por su parte, Tomás, que desempeña un trabajo que no desea realizar, se convierte en un fantasma con necesidades amorosas que tiene que probar su identidad cada vez que se reúne con su esposa, mientras que esta acepta el rol que la vida le depara, admitiendo que el hombre que la visita es realmente su marido y que pese a la fragilidad de la relación, entre ocultaciones y secretos, es una mujer paciente y fiel, como si el vivir en continua espera le hubiera hecho adicta a esta situación.

Las Malvinas, el Ulster, son escenarios en donde  se desarrolla la acción de este espía que, como otros, debe ganarse la confianza de aquellos a los que más tarde traicionará. Este modo de actuar hará que Berta se plantee la moralidad  de su esposo, con quien tiene en sus encuentros, conversaciones en las que él no puede revelar nombres de personas ni situaciones. El destino ha sido cruel con él: se ha fijado en su persona por sus cualidades y le ha abocado a una vida semiclandestina, con continúas desapariciones.

El relato, que se ve salpicado con la aparición de personajes presentes en novelas anteriores de la tetralogía, no impide conocer lo esencial de la novela, aún sin haber leído las anteriores.

La utilización de la narración de la vida del espía en tercera persona, es un buen recurso, como también resulta muy efectivo, el relato en primera persona que Berta hace sobre su peculiar modo de vivir, siempre en vigilia. A destacar el placer que produce la lectura de un texto muy bien redactado por uno de los mejores escritores con los que cuenta nuestro país en el momento actual. De aquí deducirán ustedes que, encarecidamente, recomiende esta publicación.

jueves, 12 de julio de 2018


ABDUCIDA

Elisa se quedaba siempre mirando a las estrellas. Habíamos hecho nuestro un banco del parque desde el que se contemplaba el río encajonado en su cauce y el discurrir tranquilo del agua bajo el puente romano. Era una costumbre que iniciamos apenas unos días después de confirmar nuestro noviazgo. El fulgor de su cara y el brillo de sus ojos, parecían transmutarse cuando, desde el privilegiado mirador, alzaba su vista hacia el cielo y se quedaba absorta, sin palabras, hechizada por el espectáculo de un cielo cuajado de estrellas.

Mientras ella elevaba su mirada, yo, más carnal, no osaba molestarla y distraía mi vista entre los carrascos de la ribera por si tenía la fortuna de divisar alguna pieza de caza, mientras aspiraba los aromas de la lavanda y, pacientemente, esperaba que la oscuridad me ofreciera la posibilidad de estrecharla entre mis brazos.

Cuando eso ocurría, en los momentos más íntimos, me confesaba: “Me siento atraída por el brillo azulado de un lucero. Me gustaría poder subir por una escalera mágica hasta sentir el calor de sus rayos y desentrañar la enigmática llamada de sus destellos”. “Sería bonito—contestaba yo, más interesado en esos momentos, en probar la tibieza de sus labios”. Al abandonar  el banco, dirigía una última mirada hacia el lucero y se despedía de él, lanzándole besos y agitando las manos.

El baile o el cine no atraían mucho la atención de Elisa,en cambio, le apetecía coger mi mano y pasear por la Ronda que circundaba la ciudad hasta llevarme, sutilmente, hacia su lugar preferido de observación. Hasta en los días nublados mostraba esa querencia,  aunque la circunstancia de no poder ver su estrella favorita le acarreara el consiguiente enfado.

Poco a poco, me di cuenta de que, en ese lucero, tenía un serio competidor, máxime cuando, a medida que pasaban los días, dedicaba más tiempo al lucero que a mí. La gota que colmó el vaso de mi paciencia fue un día que respondió a mis requerimientos amorosos, apartándome y susurrándome con voz entrecortada: “No puedo evitarlo. Aunque sé que te enfada, ese lucero me tiene enamorada. Todo en él me parece bello y el hecho de no poderlo alcanzar me sume en un sinvivir en el que me gozo esperanzada”. Me quedé sin palabras y acompañé a Elisa hasta su casa por última vez.

En mi habitación  he  repasado muchas veces los dulces momentos que viví con ella y mi frustrante impotencia al no poder competir con un rival tan diferente a mí y tan extrañamente idealizado.    

De vez en cuando, a hurtadillas, seguí acudiendo en los meses siguientes hasta el parque de la Ronda. Allí la encontraba absorta, mirando fijamente el celaje sobre el que destacaba el lucero. Incluso alguna vez me pareció escuchar  palabras de enamorada.

Un mal día, el banco se quedó vacío y desde entonces no he sabido nada de ella. Su casa  parece estar abandonada y nadie responde cuando intento contactar con ella por teléfono. Me pregunto si no habrá sido abducida por el lucero o, tal vez, acogida en alguna institución en donde siga alimentando el sueño del encuentro con su amado.

domingo, 8 de julio de 2018


LA REFORMA
Crónicas de mi Periódico                 8 de julio de 2018
                                                                                                              SANFERMINES

Cuando se cumplen dos días del  tradicional chupinazo con el que se iniciaron los sanfermines, las Fiestas seguramente más internacionales de España, un halo de preocupación y muchas cuestiones pendientes envuelven tanto, al desarrollo de la programación como a la actuación del personal participante en esta macrofiesta.

Para empezar, varios colectivos feministas habían propuesto que en el “chupinazo”, se luciera un pañuelo negro para mostrar su descontento con el resultado del juicio (aún pendiente de los recursos) contra los componentes de "la Manada". Las feministas navarras no han aprobado tal sugerencia externa, alegando que ellas son las primeras en luchar contra las agresiones machistas y que la Fiesta, ni tocarla. Primer desencuentro.

A pesar de la homogeneidad en la vestimenta, no todos tienen claro en qué consiste la libertad de expresión y cuando unos cantaban: “que viva España”, un grupo de independentistas se han enfrentado a los que osaban loar a su Patria. Segundo desencuentro.

Cada vez es mayor el número de personas que se suman a las protestas del colectivo Animalista, no solo por la celebración de corridas de toros, sino por el espectáculo que proporcionan los madrugadores encierros. Escudándose  en la tradición, se sigue permitiendo que un gentío enorme corra delante de las afiladas defensas de los morlacos con indudable riesgo de perder la vida. ¿No caben más opciones? ¿La tradición es inamovible? — Se preguntan. Siendo una cuestión difícil de abordar por constituir la esencia de la Fiesta, no sería descabellado ir dando pasos hacia una progresiva humanización de este sinsentido, que por mucho que le gustara a Hemingway, es una loca carrera con un desenlace que tiene un gran parecido con el de la ruleta rusa de la muerte.

Por otra parte, el dios dinero hace que, en estos días, se permita multiplicar por cinco la población de Pamplona, que no cuenta con infraestructura capaz de poder prestar adecuado servicio a semejante aluvión humano, de manera que los parques se convierten en improvisados dormitorios y cualquier lugar, por noble que sea, se utiliza como mingitorio. Con las calles abarrotadas y excesivo alcohol en vena, son frecuentes los altercados, las exhibiciones indecorosas  o amorales, etc., etc., con protagonistas de ambos sexos, es decir, un caldo apropiado para cometer cualquier tropelía.

¿Se piensan abordar estos espinosos problemas? ¿Alguna medida distinta de congregar a más y más policía? Me temo que no y, en estas condiciones, no resulta aventurado suponer que hechos como los protagonizados por los impresentables componentes de “la Manada” o muy parecidos, puedan repetirse.

Ojalá sea yo el equivocado, pero tengo la impresión de que sin modificar las reglas por las que se rige esta Fiesta, la sombra de la tragedia planea sobre ella. ¡Ah! Y habrá que ir pensando en no utilizar a San Fermín como fetiche protector; los Santos, creo yo, atienden otras peticiones.

Fotografía de JOSE JORDAN  (AFP)