PASAJES DE “CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA” (119)
CAPÍTULO
XI
La
Tertulia
…………………….
Hacía tiempo que con Daniel no sostenía una
conversación que fuera más allá de comentarios que intercambiábamos sobre
asuntos de estudios; entre otras razones porque mi amigo vivía cada vez más
entregado a todas las obras caritativas y a los actos piadosos que el Padre
Oquendo le solicitaba. Recordando que había sido muchas veces mi paño de
lágrimas, quedé con él para salir a charlar y para desahogarme del malestar que
arrastraba a raíz del incidente habido con mi padre. ¡Yo era así de egoísta!
Como esperaba, le encontré dispuesto a ayudarme. Me
escuchó con toda la paciencia del mundo durante varios minutos, hasta que tuvo
oportunidad de intervenir para aconsejarme con suma delicadeza que tuviera
paciencia y que no me tomara los contratiempos tan a pecho, ya que, según él,
la vida era tan hermosa que no merecía la pena estar disgustado ni un solo
minuto.
―Las preocupaciones que nos angustian en estos momentos
carecerán de sentido dentro de muy poco tiempo, porque las circunstancias
actuales y quienes las provocan, se van continuamente modificando. La vida
―filosofó― es un recorrido corto o largo, según se mire, salpicado de alegrías
y sinsabores que hemos de ir afrontando con serenidad, sabiendo que a su
término nos conducirán a un final trascendente que, estoy seguro, será
maravilloso y cuya felicidad no tendrá fin.
Animado por la profundidad y franqueza de su
razonamiento, no tuve ningún reparo en formularle una pregunta que, en otras
circunstancias, me hubiera abstenido de hacerle.
―Ahora que te veo muy animado a iniciar la carrera
sacerdotal, ¿no has pensado que estarás de por vida sin sentir el afecto de una
mujer? ¿No te preocupa el no dejar descendencia?
Daniel arqueó las cejas y me contestó, con una leve
sonrisa en sus labios:
―¡Claro que lo he pensado! El goce de tener una
mujer que te acompañe y te comprenda, debe de ser maravilloso; pero lo que
ocurre en mi caso es que todas esas posibles satisfacciones carecen de valor
ante la llamada que he recibido de Dios. “El Señor, ha incendiado mi pecho” ―me
dijo― y en cada ocasión en que tengo la oportunidad de ayudar a algún
necesitado, siento que colaboro con la labor redentora de Jesús, de manera que
afianzo mi vocación porque esa actitud me hace sentirme inmensamente feliz.
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