FÁBULA DE LA PERDIZ ALICORTADA
En un paisaje idílico, entre la pinada y el
carrascal, discurría la vida de un gran número de especies animales y
vegetales. Ambos biotopos se encontraban encumbrados sobre dos elevaciones del
terreno y separados, el uno del otro, por unos cuantos centenares de metros y
por una nava, en cuya parte más profunda se podía percibir el sonido de las
aguas cantarinas de un arroyo, que saciaba la sed de los animales y actuaba,
para algunos de ellos, como frontera infranqueable.
En este bucólico paraje nació y creció nuestra
perdiz que, antes de abandonar la compañía de sus protectores padres, supo que
la fortaleza de sus alas le proporcionaba la facultad de atravesar la nava sin
ninguna dificultad. Contando con la compañía de sus hermanos y congéneres,
esquivaba la posibilidad de caer en manos de sus depredadores, segura de que la
juventud le proporcionaba fuerza y reflejos para escapar del riesgo que corría
cada día.
Un domingo otoñal de límpido cielo azul, ella y el
bando de sus acompañantes se sobresaltaron con el estruendo de sonidos cuya
intensidad iba en aumento, y decidieron volar repulladas, intentando atravesar
cuanto antes la nava. Escuchó, entonces, un sonido seco, al tiempo que una de
sus alas recibía un impacto que le hizo perder altura, hasta dar con sus huesos
en tierra. Sintiendo el ladrido de los perros y el griterío de los cazadores,
aún tuvo fuerzas para peonar y esconderse entre los carrascos, burlando a los
perseguidores. A partir de ese día, la vida de nuestra protagonista fue un
auténtico suplicio. No sólo tenía que soportar un agudo dolor en su extremidad,
sino que debía protegerse de los depredadores sin la ayuda del resto del bando.
Sacando fuerzas de donde no las había, peonando unas veces y en otras con pequeños
vuelos, fue reponiéndose del percance. El tiempo en que estuvo forzosamente
aislada, aprendió mil trucos para sobrevivir: agudizó vista y olfato; supo
distinguir el canto de un macho en libertad del que lo hacía como reclamo,
encerrado en una jaula; se aplicó en el conocimiento del terreno y,
escarmentada, se alejaba cuanto podía al advertir la presencia humana y los
odiosos sonidos que les acompañaban. Valiéndose únicamente de su coraje y de su
deseo de superación, consiguió poseer un vuelo casi normal, de manera que, al
finalizar la temporada de caza, con la herida cicatrizada, se unió al primitivo
bando, gozando desde las alturas del impresionante paisaje que se contemplaba a sus pies.
MORALEJA: Con tesón y constancia, puedes superar los
momentos difíciles.
Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez





.jpg)
.jpg)








.jpg)


.jpg)










.jpg)



.jpg)
