LA VIDA DE MAGÍN PUERRO
-XXXV-
De
aquella fiesta salí
con
Rufino comulgado,
el
ahorro evaporado
dispuesto
a comenzar
para
muy pronto tratar
de
deuda no estar cargado.
“Debemos
poner remedio
a
gastos innecesarios,
dejarnos
de comentarios
de
amigos y compañeros
que
no saben qué dineros
en
comer son necesarios.
—Dijo
mi mujer, María.
hartándose
de razón—.
Siete
son siempre legión
hambrientos
en una mesa
y
a mí lo que me interesa
es
que coma el escuadrón”.
Lloró
mi niña Constanza
sabiendo
que la siguiente
le
tocaba a ella, en su mente
pensó
que se quedaría
sin
regalos y quería
no
ser la pobre pariente.
Se
me ablandó el corazón
al
ver la niña hecha fuente
y
le dije de repente
que
para mí son iguales
todos
los hijos, caudales
de mi paternal simiente.














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