LA SOLTERÍA DE LA SEÑORITA CAMILA
Desde muy pequeña, Camila, sentía debilidad por las
flores. Su tía Amelia le había enseñado, cómo distinguir los jazmines de los
narcisos, las dalias de los crisantemos y los pensamientos de las petunias.
Casi, sin esfuerzo, fue aprendiendo en qué época del año se realizaba la
siembra y la cantidad de agua que requería cada especie para que su crecimiento
fuera el adecuado. Ilusionada con su progresos botánicos, se emocionaba, cuando
la variedad de rosa que pretendía conseguir, abría ante ella sus pétalos,
mostrando el novedoso colorido y el aroma con el que premiaba varios intentos
fallidos, resarciéndola del esfuerzo realizado hasta haber conseguido el
injerto adecuado.
Cuando ingresó en la universidad, no tuvo ninguna
duda a la hora de elegir carrera: se decantó por Biológicas, y al concluirla,
se decantó por la Botánica. Realizando diversos másteres y asistiendo a
Congresos propios de su especialidad, recorrió el mundo y conoció los últimos
avances en todo lo referente a horticultura y más concretamente en la
especialidad de floricultura, su gran pasión. Con tan buen currículo, no le fue
difícil encontrar trabajo en una de las empresas con más renombre en el campo
de las plantas aromáticas y perfumíferas.
La vida de Camila discurría plenamente feliz,
volcada en su trabajo. En sus ratos de ocio nunca le faltaba compañía. Su
carácter afable y abierto, le proporcionaba la oportunidad de relacionarse con
las más diversas gentes con las que compartir tertulia o deporte. Sin embargo,
en el campo de las relaciones sentimentales, y a pesar de que no le faltaron pretendientes,
ninguno de ellos supo transmitirle, esa sensación especial con la que soñaba y por la que sería
capaz de unir su vida a la de un hombre con el que compartir vida y afectos. El
tiempo corría inexorable y cada vez era mayor la presión que recibía de su
entorno familiar. Haber cumplido los treinta y cinco, sin atisbos de tener
intención de formar una familia, era una circunstancia que le recordaba su
madre en cuantas ocasiones se establecía un diálogo formal madre-hija. El deseo
de la primera por llegar a ser abuela y de que su hija no estuviera sola el día
que ella despareciera, era la preocupación que le obsesionaba, una vez que la
situación económica de su hija, parecía suficientemente solucionada.
Camila, decidió que, en su actual situación, lo
mejor era abandonar el hogar familiar y buscar su propia residencia en donde
meditar acerca de cómo debería enfocar su vida, ajena a criterios ajenos. No
tardó en llegar a la conclusión de que, la soltería era, por el momento, la
mejor solución. Pese a su natural instinto maternal, consideró que la grandeza
de ser madre, no debía estar supeditada a la opción de elegir a un varón, por
el mero hecho de serlo. Sin desestimar la posibilidad de encontrar el hombre de
sus sueños, y hasta que este hecho se produjera, si es que tuviera que suceder,
decidió concentrar su atención en lo que verdaderamente le resultaba gratificante.
Adquirió un precioso chalet, rodeado de un terreno, que pronto, Camila,
convirtió en un espectacular jardín. Cuidando los parterres, realizando
innovaciones florales, se sentía plenamente realizada. La libertad de la que
gozaba le permitía hacer una selectiva vida social. así como seguir conociendo
países y culturas diferentes Un precioso perro Basset- Hound, era el acompañamiento
ideal. Junto a él, Camila, desmontaba el mito de la mujer amargada por la
soltería, ya que se sentía totalmente feliz en el estado que ella había elegido
libremente.
.jpg)














