PASIONES QUE NO CADUCAN
(Obra
teatral en tres Actos)
ACTO PRIMERO
(Dos amigas se encuentran casualmente por la calle)
LOURDES—
¡Cuánto me alegra habernos encontrado! Desde esta mañana temprano he estado
pensando en llamarte, pero no he querido hacerlo, no fuera a despertarte.
FLORA—
¿Y eso...?
LOURDES—
Bien los sabes, Florita. A mí no se me olvidan los cumpleaños.
FLORA—
¡Calla, chica! Saber que he cumplido los setenta y cinco me deprime, y más en
mi situación, pues desde que me dejó mi pobre Eulogio, vivo sola.
LOURDES—
Eso nos sucede a muchas, y cada una pasa las penas como puede. Yo me entretengo
mucho haciendo ganchillo.
FLORA—
A mí no me ocurre lo mismo. Hacer ganchillo no me divierte. Sin embargo, se me
hace muy cuesta arriba no tener un hombre a mi lado. Pienso que todavía estoy
de buen ver y que me quedan unos años para disfrutar del amor. Ya no va a ser
como antes, pero el postre, aunque no sea tan abundante como el primer o
segundo plato, siempre te deja un buen sabor de boca.
LOURDES—
Pues estando tan apurada, la solución es que escribas a una Agencia Matrimonial,
especificando las características que ha de poseer el aspirante.
FLORA—
No sería una mala idea. Pero soy tan
tímida. Si tú me ayudaras...
LOURDES—
Sí, mujer. Eso está hecho. A ver, ¿cómo te gustaría que fuera el hombre de tus
sueños?
FLORA—
Nada del otro mundo, no te vayas a creer que estoy para gigolós. Basta que sea
de mi edad. Ni muy alto ni muy bajo. A ser posible, hogareño y sobre todo muy
cariñoso.
LOURDES—
Casi ná, hija. Si lo encuentras y tiene un hermano gemelo, me lo presentas y
puede que nos arreglemos las dos. Ja, ja, ja.
FLORA—
No estaría mal. Vamos, date prisa en escribir. ¡Es tan triste pasar las noches
en soledad!
ACTO SEGUNDO
(Las dos amigas se vuelven a encontrar dos meses más
tarde)
LOURDES—
Flora, cariño, ¡qué ganas tenía de verte!
FLORA—
Y yo a ti, Lourdes. Tengo muchas cosas que contarte.
LOURDES—
¿Recibiste contestación de la Agencia? Cuenta, cuenta...
FLORA—
Ya lo creo que me escribieron. El primero que conocí era un jubilado que por
tener tres años menos que yo, me dijo que no quería salir con viejas. ¡Él se lo
perdió! El segundo pasaba de los ochenta y tenía un resuello tan profundo al respirar
que si lo abrazaba, puede ser que le asfixiara. Así es que a ese lo despaché
yo. Se ve que lo mejor estaba por venir.
LOURDES—
Me tienes en ascuas. Dime, ¿qué pasó con el tercero?
FLORA—
Pues que conocí a Tomás, un tío de los pies a la cabeza que, a las primeras de
cambio, me agarró por la cintura y me dijo: "Tienes cuerpo de diosa. Como
no consiga que me quieras, la vida para mí ya no tendrá razón de ser."
LOURDES—
¡Madre mía! ¿Eso te dijo? ¡Vaya tío! ¡Qué poderío!
FLORA—
Una fiera, hija, una fiera. Aquel mismo día me llevó a bailar. En cada
pasodoble me dejaba sin respiración, y en los tangos no sé cómo se las apañaba
para besarme en la nuca. Como comprobé que con la bachata tampoco perdía
energía, me ilusioné de tal forma que hasta la imagen de mi Eulogio, a quien
Dios tenga en la Gloría, se me desvaneció de repente.
LOURDES—
¿Entonces, hubo lío?
FLORA—
Pues sí, querida Lourdes. No estamos para perder el tiempo. Al poco ya nos
fuimos a vivir juntos.
LOURDES—
¡Qué suerte, Florita! ¿No le preguntaste si tenía un hermano?
FLORA—
¡Anda ya, golosona! Haz como yo. Si quieres que te toque la lotería, tienes que
jugar.
LOURDES—
Pues creo que aún no es tarde. Escribiré a la Agencia.
FLORA—
Que tengas mucha suerte, Lourditas.
ACTO TERCERO
(Las mujeres se vuelven a encontrar en Fase 3)
LOURDES—
¡Flora!
FLORA—
¡Lourdes, cariño! Por fin nos vemos después del confinamiento.
LOURDES—
Cuéntame, ¿qué tal te va con Tomás?
FLORA—
Una maravilla. Hemos estado tres meses como si estuviéramos en viaje de novios.
Como ha hecho calorcito, todos los días nos tomábamos el aperitivo en la terraza
y luego, por la tarde, salíamos a cantar para animar a los sanitarios. ¡Qué
vozarrón tiene! Mi Tomás es una fuente de energía y estos tres meses se nos han
pasado en un suspiro. ¡Cómo le gusta retozar! A veces hasta sacábamos tiempo
para echarnos un julepe o un parchís, porque decía, con razón, que también
había que tener activa la mente. Bueno y
tú, ¿escribiste a la Agencia?
LOURDES—
Escribí y conocí a un tal Fermín. Por seguir tu ejemplo, nos fuimos a vivir
juntos enseguida, no fuera a ser que se me escapara, pero con tan mala suerte
que Fermín se puso enfermín y comenzó a toser. Le llevé al hospital y dio
positivo en el bicho ese, pero como no estaba grave y con el estado de Alarma,
le he tenido todo este tiempo en casa, cuidándole hasta que se ha recuperado. Quiera
Dios que a ver si ahora podemos salir y divertirnos un poco.
FLORA—
Anda que se te habrá quedado un cuerpo...
LOURDES—
El cuerpo lo conservo intacto. Lo que sí que me han dicho es que tengo
anticuerpos. Ese es el regalo que me he ganado a pulso.
FLORA—
De lo malo, malo, algo has sacado de positivo. De todas formas, juega a la
Primitiva que ya se puede. Ya verás como en eso tendrás suerte.
LOURDES—
Te haré caso. Adiós, guapa.
(Mientras
baja el telón, se oye a Lourdes decir en voz baja: "Te odio")
FIN






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