domingo, 25 de diciembre de 2016

EL PASTOR Y EL ÁNGEL

En la noche blanca, luna de plata,
mirando el cristal helado del río,
un pobre pastor, temblando de frío,
busca acomodo junto a una fogata.

¿Cómo puede ser—para sí relata—
que escuche el cantar de tanto gentío
quedándose el pueblo casi vacío
hoy que las casas se visten de nata?

No temas nada y vete deprisa,
—un ángel pronuncia desde la altura—
lleva el rebaño que temple la brisa,

sabes que la lana quita friura,
y así dormirá con una sonrisa
Dios hecho Niño, y la Virgen pura.




domingo, 11 de diciembre de 2016

PASAJES DE “CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS…” (31)

CAPÍTULO V
La Acogida

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A pesar de que la talla era la apropiada, las pocas carnes y la falta de costumbre de Petra a llevar uniforme, hacía que pareciera vestida para carnavales. A cada paso que daba, la cofia se ladeaba, pues no se sujetaba en su cabeza a la que el paso de los años había dejado escasa de pelo.
―¡Ay señorito! ¡que me vea yo de esta guisa! ―argumentaba Petra, al verse en el espejo del aparador―. Desde que me casé, no he gastado más que sayas, salvo cuando enluté por mi difunto marido, en que cumplí la promesa de llevar dos años el hábito de la Dolorosa.
―Date cuenta, Petra, de que ahora no estás en el pueblo, sino sirviendo en casa de un notario, y has de vestir conforme a lo que exige nuestro rango. Con el tiempo, te irás sintiendo cómoda con el nuevo atuendo, y luego no querrás llevar otro. Al lujo enseguida se acostumbra hasta el más desarrapado ―sentenció mi padre, con la exquisita delicadeza que le caracterizaba.
―¿Y si me mancan los zapatos? ―preguntó con todo fundamento Petra, que caminaba ya ligeramente escorada.
―¡Imposible! ―afirmó, mi padre―. Me han costado doscientas pesetas. Por ese precio, el tafilete es de tan alta calidad que se adapta a cualquier pie, aunque, como los tuyos, hayan estado pisando boñigas toda la vida.
Mi madre hizo un gesto de reprobación a las duras palabras de su marido y, más compresiva, trató de calmar las inquietudes de Petra.
―Hazme caso y comienza por ponértelos media hora el primer día y luego vas aumentando la postura progresivamente. Ya verás como así no te rozarán. Lo importante es que cuando venga Nacho, los lleves con soltura.
                                                                                     
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domingo, 4 de diciembre de 2016


PASAJES DE LAS “LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (31)
CAPÍTULO I
El Viaje
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Mi padre, en su quehacer cotidiano, tenía ocasión de trabar amistad con gran cantidad de gentes de toda edad y condición, y con el pretexto de que las escrituras reflejaran fielmente lo que deseaba el cliente, procuraba enterarse de toda la vida y milagros, tanto del protagonista como de familiares y amigos. Sabía muy bien, en cada ocasión, con quién estaba tratando, y si el sujeto era de condición sencilla, empleaba con astucia algunas muletillas que le daban un juego increíble:
―¡Hombre, don Menganito! ¡Así que es usted de Mayorga! ¿No conocerá a don Fulanito? Es muy buen amigo mío.
Ante un trato tan campechano, el cliente se sentía halagado y no paraba de hablar. Se creía un confidente necesario, deseoso de entablar amistad con el notario, por lo que, bajando el volumen de voz, en un tono confidencial, pormenorizaba todo lo que sabía acerca del tal Fulanito, comenzando por su estado civil actual, siguiendo por sus posesiones y terminando por: «Esto es lo que se dice de él en el pueblo; yo, ni entro ni salgo, usted ya me entiende…». Todos estos datos quedaban incorporados al increíble archivo mental de mi padre, que lo sacaba a colación, si era menester, en las tertulias del Círculo de Recreo; eso sí, con una elegancia exquisita:
―Es vox populi que don Fulanito tiene una barragana y anda un poco pillado de cuartos ―decía mi padre, al tiempo que ojeaba el periódico―, pero nunca hemos de hacer caso a rumores ¡La gente es tan mala!
En la sala de lectura, entre el humo de los habanos, las mentes preclaras de la ciudad, daban la impresión de no haber oído el comentario y continuaban deslizando la vista sobre los periódicos locales. Yo permanecía callado cerca del ventanal, repasando las odiosas declinaciones latinas, observando de soslayo el ajetreo callejero y con el oído atento a cualquier comentario. Al cabo de unos segundos, alguno de los contertulios, rompiendo el silencio afirmaba:
―Tiene usted razón, don Álvaro; no hay que hacer mucho caso de lo que se diga por ahí.
La sala recuperaba de nuevo la quietud, apenas perturbada por algún carraspeo, hasta que otro miembro de tan distinguido club, leía en voz alta la reseña completa de una esquela. Más silencio y, de nuevo, alguien que presumía conocerle muy bien, aseguraba:
―¡Pobre don Sixto! últimamente estaba muy malito. Pero ¿Qué se puede esperar de un hombre de setenta y cuatro años?
―Pero, ¿este don Sixto es el de los ultramarinos? ¿El padre de Marcial? ―preguntaba el curioso de turno.
―El mismo ―confirmaba el enterado―. Seguro que le has visto alguna vez; era bajito, calvo y un poco tartaja.
En un alarde de imaginación, el curioso sentenciaba:
―«El muerto al hoyo y el vivo al bollo», ha sido siempre una verdad como un templo. ¿Qué les parece a ustedes, si para alejar malos pensamientos, tomamos un cafelito?
Y todos, ordenadamente, iban a la cafetería, dejándome solo, minutos que aprovechaba para recitar en voz alta: «Amo, Amas, Amare….» haciéndome la ilusión de que Cristina estaba a mi lado, escuchándome.
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