PASAJES
DE " CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS..." (33)
CAPÍTULO V
La Acogida
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Los colores acudieron de inmediato a la cara de mi
madre, que como si no hubiera oído, limpiaba con una servilleta los berretes de
chocolate de la boca de Tinín, intentando que el pequeño no pensara sobre el
sistema de calefacción empleado por sus tíos en el tálamo. En cuanto a mí,
únicamente me miró y, aprovechando la entrada en el comedor de tata Lola, me
dijo a media voz: “Luego tengo que hablar contigo”.
¡Y ya lo creo que habló! Una vez que tía Gertru se
hubo marchado y las tatas pusieron en orden el comedor, me indicó que la
siguiera hasta el cuartito de plancha y costura. Me temía que mi comentario
poco afortunado sobre Goyita le hubiera enojado, y no me equivoqué. Sin
sentarse en el sillón orejero, tras cerrar la puerta, mostró todo el disgusto
que le había causado mi negativa a ser la pareja de tan simpática y rolliza
jovencita.
―Si hay algo en este mundo que me irrite, y más en
un hijo mío, es la falta de caridad. La caridad es amor. Si no amas, todo lo
demás a los ojos de Señor, no vale nada. Al igual que hace unos días te
felicité por tu feliz idea de amparar a Petra, hoy me has disgustado
enormemente. ¡No puedes mofarte de un semejante por el mero hecho de su
apariencia externa! ¡Bastante castigo tiene Goyita que no consigue bajar de
peso! Además, no has tenido en cuenta a Margarita. Para una vez que viene Nacho
a verla ―razonó― no vamos a tenerles todo el tiempo en casa sin que el muchacho
conozca la ciudad. De lo contrario, sabes bien que si les vieran pasear solos,
seríamos la comidilla de todos nuestros amigos en el Círculo de Recreo.
―Sí, mamá ―la interrumpí―; tienes tu parte de
razón, porque no estuve acertado en el comentario que hice sobre Goyita, pero
quiero que me comprendas también a mí. Estoy harto de hacer de escolta de mi
hermana. Y si mis acompañantes fueran medianamente atractivas, tal vez me
callaría, pero es que, de agraciadas ¡nada! Y en cuanto a su corpulencia, me
paso de un extremo al otro. Después de estar paseando todo el verano con
Arancha, que es el mismo espíritu de la golosina, me veo en invierno
acompañando a un fardo de cien kilos. ¡Y yo no tengo madera de santo!
―Recapacita ―dijo, mi madre, más serena―. Sé por
propia experiencia que cualquier mortificación hecha por los demás, resulta tan
agradable a los ojos de Dios que ya en esta vida recibimos la recompensa en
forma de satisfacción interior. Compruébalo tú mismo, hijo, compruébalo...
Tienes que vivir esta experiencia. Es un favor que te pide tu madre ―me
sugirió, en un tono de súplica.
―Está bien mamá, haré lo que dices para no
disgustarte.
Y abandoné
el cuarto de plancha totalmente “planchado” y con la sensación de estar siendo
utilizado.
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