domingo, 12 de abril de 2026

 

PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (115)

CAPÍTULO VIII

La Fiesta

 


 

Ni una sola nube se atrevió aquella mañana a perturbar con su presencia el esplendor de la Fiesta. Tras un año de espera, por fin había llegado la fecha tan deseada por todos, en la que, haciendo un alto en las tareas del campo, se podía disfrutar de familia y amigos, divirtiéndose con ellos en el baile o en los toros, sin que nadie que se tuviera por buen cristiano dejara de asistir, como era natural, a la Misa en honor del Santo patrono. Uno de los vecinos tenía, sin embargo, un aliciente más que añadir a la lista de buenos deseos para que el día le resultara redondo; ese hombre era Pedro, el Repiques; porque justamente en fiestas y desde el campanario, tenía la oportunidad de demostrar a paisanos y forasteros que la buena fama conseguida en tierras zamoranas y salmantinas, tras muchos años de oficio, estaba bien ganada. Aunque era hombre de pocas palabras, al decir de las beatas, las campanas con sus tañidos, hablaban «de más» por él cuando congregaba al pueblo en las grandes solemnidades.

 Como tenía por costumbre desde hacía varios años, la impaciencia hizo que aquella mañana se encaramara al campanario bastante antes de las diez, con la única compañía de un botijo. Tras remangarse la camisa, comenzó repicando con suaves toques que fueron creciendo en intensidad a medida que sus músculos se tonificaban con el ejercicio; prosiguió con toques más ajustados y floreados de intensidad creciente hasta desembocar, al filo de las doce, en todo un alarde de virtuosismo, que culminó en un estallido de sonidos en donde los agudos continuos y los graves espaciados se contrapunteaban, haciendo gala de tan amplia variedad de recursos que, con razón, las entusiastas seguidoras del campanero, seguras de las portentosas facultades de Pedro, decían de él: «Podría estar repicando un día entero, sin tener que repetir secuencias y sin necesidad de comer». Y cuando algún foráneo se admiraba de su destreza, no faltaba alguna que, muy orgullosa, añadía: «¿Qué te creías, que el pueblo sólo era famoso por la fuente el Chagaril? Has de saber también que el Repiques, es mucho repiques». Y el buen Pedro, como era de esperar, tampoco este año defraudó a sus admiradores. En las dos horas que permaneció en el campanario, convocando a los parroquianos a la Misa Mayor, tan sólo se concedió dos breves descansos entre «primeras», «segundas» y «las todas», con la única finalidad de enjugar el sudor y reponer del botijo los líquidos perdidos. Al terminar, remató su actuación con la firma, consistente en tres toques muy seguidos, y a continuación otro espaciado, tras los cuales bajó precipitadamente a la iglesia para encender las velas del altar y la pastilla de carbón del incensario, comprobando de paso que los concelebrantes se revestían sin ningún contratiempo. Un trabajo agotador para un día especial en el que su experiencia le ayudaba a que todo estuviera a punto en el momento adecuado y, sobre todo, a gusto de don Matías.

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