PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (115)
CAPÍTULO
VIII
Ni una sola nube se atrevió aquella mañana a
perturbar con su presencia el esplendor de
Como tenía
por costumbre desde hacía varios años, la impaciencia hizo que aquella mañana
se encaramara al campanario bastante antes de las diez, con la única compañía
de un botijo. Tras remangarse la camisa, comenzó repicando con suaves toques
que fueron creciendo en intensidad a medida que sus músculos se tonificaban con
el ejercicio; prosiguió con toques más ajustados y floreados de intensidad
creciente hasta desembocar, al filo de las doce, en todo un alarde de
virtuosismo, que culminó en un estallido de sonidos en donde los agudos
continuos y los graves espaciados se contrapunteaban, haciendo gala de tan
amplia variedad de recursos que, con razón, las entusiastas seguidoras del
campanero, seguras de las portentosas facultades de Pedro, decían de él:
«Podría estar repicando un día entero, sin tener que repetir secuencias y sin
necesidad de comer». Y cuando algún foráneo se admiraba de su destreza, no
faltaba alguna que, muy orgullosa, añadía: «¿Qué te creías, que el pueblo sólo
era famoso por la fuente el Chagaril? Has de saber también que el Repiques, es
mucho repiques». Y el buen Pedro,
como era de esperar, tampoco este año defraudó a sus admiradores. En las dos
horas que permaneció en el campanario, convocando a los parroquianos a
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