jueves, 21 de mayo de 2026

 

PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (116)

CAPÍTULO VIII

La Fiesta

 

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A mí me pareció aquella mañana que las campanas me despertaban como al príncipe de un cuento de hadas. Los tañidos armónicos y lejanos, que interrumpieron el sueño ilógico del que disfrutaba como durmiente, dieron paso al sueño fantasioso de quien deja volar la imaginación, despierto. Sería maravilloso ―pensé― que el día de mi boda, las campanas de todas las iglesias repicaran con sonidos tan claros como los que sonaban en aquellos momentos. Cristina, esa muchacha rubia que me tenía cautivado, bajaría de un hermoso coche, con un vestido de novia espectacular de larguísimo velo y, sonriendo, me daría el brazo, para subir escalinatas arriba a la Catedral, hasta alcanzar el altar, antesala de la felicidad completa. Si no fuera porque mi padre deseaba que fuera notario, tal vez el uniforme de cadete de la Armada resultaría más apropiado para la ocasión, aunque ése era un pequeño detalle que iría perfilando con el paso del tiempo, tal vez cuando volviera a pensar en ella. Ante este panorama de felicidad desbordante, me acordé de Jeremías y de Rosita. ¿Cómo decía mi primo que las mujeres sólo piensan en el dinero? ¿Por qué me aconsejaba ejercitarme con el saco de trigo para adquirir musculatura? ¿Acaso no existía el amor desinteresado? A mí, al menos, no me importaba que Cristina fuera un poco mayor que yo y, tal vez, algo más alta, como tampoco resultaba un obstáculo que su padre fuera tan sólo un humilde empleado de Correos. ¡El amor siempre triunfa! En eso estaba de acuerdo con Jeremías, aunque me asaltaran dudas cuando venía a mi mente la figura de Felipe, ese grandullón petulante y engreído que acosaba a Cristina dejando entrever su estúpida mirada semioculta tras el humo del cigarrillo. ¡Qué plastón de tío! repetí varias veces para mis adentros, sin que los dulces tañidos de las campanas consiguieran, en ese momento, llevarme al séptimo cielo.

―Vamos, niños, levantaos ―apremió tata Lola desde el pasillo―; no os olvidéis de bañaros antes de desayunar.

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