PASAJES DE “CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA” (117)
CAPÍTULO
XI
La
Tertulia
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―¡Valiente paparrucha! De la mente de un rojo no
puede salir nada que merezca la pena. Miguel Hernández, Alberti y Lorca no han
escrito sino mariconadas. ¿Crees que tu padre es un ignorante que no ha leído a
esa gentuza?
Atusándose el bigote, quizás para tomar aire, mi
padre se puso en pie y, levantado la mano derecha hasta casi rozar con el
índice la lámpara del salón, me conminó diciendo:
―¡Recoge ese libro del diablo y devuélveselo a don
Julián! Pide dinero a tu madre para pagarle las clases que le debemos y hoy mismo
te despides de él. Prefiero que suspendas la Lengua y diez asignaturas más,
antes de que un rojo frustrado te arengue hasta convertirte en un miliciano.
―¡Pero, papá ―dije suplicante―; don Julián es el
mejor profesor que he tenido en mucho tiempo!
―¡Hasta en eso te ha convencido! Está escrito que
los hijos de las tinieblas son más listos que los hijos de la luz. Estoy seguro
de que ese hombre te habrá ido ganando con halagos para su causa. ¡Menos mal
que creo haber llegado a tiempo de que sus enseñanzas no te hayan convertido en
un hereje! Lo dicho ―concluyó diciendo―; devuelve el libro y despídete. No
quiero verte más por casa de ese pervertido.
Y abandonó el salón, dejándome confuso, con un
triste encargo que cumplir y con el gran poeta Neruda, y todo el genio de su
poesía, a mis pies.
Lleno de rabia, me dirigí aquella tarde a casa de
don Julián, el cual se sorprendió al verme tan disgustado, extrañado, sin duda,
de que hubiera acudido a su hogar en una hora en la que nunca antes me había
presentado.
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