ATARDECER
Está el cielo plomizo,
falto de vida, cansado de calentar
campos y ciudades, después de agostar
toda brizna de hierba y de derretir
el asfalto sudoroso de la urbe.
Resguardados de los rigores estivales,
pocas aves trinan en los amaneceres
como cruel realidad de que este año,
apenas salidos del nidal
mis jóvenes amigos, no han podido soportar
el calor que quemó sin llama su estructura.
Las flores blancas de las truhanas
no han atraído con su dulce aroma,
legiones de avispas y abejorros
que el año pasado zumbaban de continuo
avisándome de la posible picadura.
¡Mal presagio!
Dicen los lugareños que la ausencia de estos
insectos
es una advertencia de la Naturaleza de que
el próximo año la cosecha cerealista será floja.
¡Pobres agricultores!
Los que van quedando
son auténticos poetas del Medio Ambiente.
El precio de la maquinaria y los insumos
crecen vertiginosamente y el valor de su producción
apenas experimenta variación.
La febril actividad de este mundo
camina por otros derroteros
de lucha y destrucción.
La luz se pierde en la bóveda celeste
y una paloma torcaz busca refugio
al otro lado
de la carretera
asustada por unos faros deslumbrantes.
En el silencio del paraje en calma,
respiro profundamente y pienso
en que mañana tampoco vendrán pardales a mi ventana.
Una duche me vendrá bien para alejar pensamientos
del calor infernal y sus consecuencias.
Fotografía
del autor.
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