PASAJES DE “CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA” (118)
CAPÍTULO
XI
La
Tertulia
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―¡Pasa! ¡Pasa! ¿Qué te ocurre? ―me dijo, al verme
con el rostro encendido y las lágrimas a punto de surcar mis mejillas.
Como pude y, suavizando la filípica de mi padre, le
conté lo ocurrido, aunque no pude obviar la razón por la que debía interrumpir
las clases:
―Mi padre no quiere que tenga un profesor
republicano ―afirmé, con los ojos perdidos en la tarima del pasillo.
Don Julián trató de consolarme en un primer momento,
aunque a continuación, tras ofrecerme una silla, dio rienda suelta a lo que
pensaba acerca de la situación por la que atravesábamos.
―Estate tranquilo y no te preocupes por mí. No es la
primera vez que soy rechazado por mis ideas políticas. La Guerra Civil está aún
muy reciente y todavía es difícil convencer a los vencedores de que no todos
los republicanos somos asesinos ni quemamos iglesias. Ya sabes que en mi caso
sólo ostentaba un cargo administrativo, y esa fue la única razón esgrimida para
apartarme de mi Cátedra. He sobrevivido hasta ahora gracias a mi mujer, en
espera de que se me haga justicia y pueda algún día incorporarme al puesto del
que fui desposeído. En cuanto a ti y pese a la prohibición ―continuó diciendo―
puedes seguir viniendo a recibir clase siempre que lo desees y tengas ocasión;
a partir de ahora serán gratis. Seguiré prestándote libros de mi biblioteca y
resolviendo tus dudas con la misma dedicación con la que lo he venido haciendo
hasta ahora. Quiero que llegues a ser un gran poeta, y para ello te aconsejo
que, venciendo las dificultades, dediques cada día parte de tu tiempo a la
creación literaria, siendo constante en tu composición cotidiana. Recuerda lo
que dijo Picasso al respecto: “La inspiración existe, pero te tiene que
sorprender trabajando”. Por otra parte, quedas invitado a visitarme los sábados
por la tarde, acompañado de Cécile, si lo deseas. Te presentaré a un grupo de
intelectuales con los que me reúno semanalmente para tener una pequeña tertulia
literaria. Aunque somos gente de edad, podéis permanecer con nosotros el tiempo
que creáis conveniente. ¡Todo menos aburriros! ―recalcó.
No supe cómo agradecer a don Julián su gesto de
generosidad. Tan sólo, al despedirme, le estreché la mano y le prometí que en
alguna de mis visitas me acompañaría Cécile. Así se lo hice saber minutos más
tarde a la propia Cécile, que se sintió muy apenada al conocer el proceder de
mi padre.
―En Francia esto no habría ocurrido. Hay mucha más
libertad de pensamiento.
Pero viendo que el disgusto me impedía articular una
sola palabra, procuró caminar a mi lado en silencio para no ahondar más la
herida.
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