PASAJES DE "CÉCILE. AMORÍOS Y
MELACOLIÁS DE UN JOVEN POETA". (87)
CAPÍTULO XII
La Tolerancia
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Valiéndome de la llave que se ocultaba bajo el felpudo, franqueé sin
dificultad la entrada de la casa de don Julián. Encontré a mi profesor leyendo
la correspondencia de sus amigos canarios, que al parecer, estaban organizando
un homenaje en su honor.
―Los buenos amigos son los más preciados tesoros que los humanos tenemos
en esta vida ―me dijo, apenas tuvo conciencia de que me encontraba junto a él.
Para entonces, el incienso del
puro ambientaba la habitación. Su aroma se mezclaba con el del café recién
hecho, que fluía de la cocina.
―Acompáñame y toma una taza de café conmigo. Pese a ser casi las siete,
todavía no he merendado. Se ve que a pesar de la edad, conservo alguna de las
costumbres de mi vida bohemia. Hace años, leía y leía sin parar hasta bien
entrada la madrugada, y cuando me acostaba, desvelado por la frialdad de las
sábanas, imaginaba los versos que plasmaría tan pronto me hubiera levantado.
Después escribía mientras me quedara un ápice de inspiración, sin acordarme de
probar bocado. ¡Qué desbarajuste en las comidas! Y, sin embargo, ¡qué vida tan
feliz y tan plena! Pero, dime, ¿qué te trae por aquí?
Le mostré la noticia que había recortado del periódico, anunciándole que
quería presentarme al concurso y que, por ser la primera vez que acudía a una
convocatoria de tan alto rango, necesitaba sus consejos para afrontar con
ciertas garantías el evento.
―Me parece muy bien que hayas decidido presentarte a una convocatoria
poética. Eso estimulará tu poder creativo ―comenzó diciendo―. El primer consejo
que quiero darte no tiene que ver con la estructura poética, sino con tu
actitud. Debes presentarte con humildad, aceptando, si resultaras no ser el
ganador, que el fallo ha sido justo, que es tanto como admitir que tu
composición no era la mejor. No sé por qué motivo, la soberbia es un pecado
inherente a casi todos los poetas. ―Sorbió un buche de café al notar en la garganta
los primeros picores que el tabaco le producía, y continuó diciéndome―: En
cuanto a la poesía en sí, te sugiero que no hagas prosa poética sino versos con
rima consonante. Es una recomendación que te insinúo, porque supongo que el
Jurado estará formado por personalidades de gran conservadurismo académico,
apegadas a las más estrictas reglas de la sintaxis, la métrica y, por supuesto,
de la rima consonante. Escribe en versos alejandrinos que, como sabes, se
componen de catorce sílabas, divididos en dos hemistiquios de siete, porque son
versos largos y rotundos, especialmente indicados para la épica o para la
descripción, como es nuestro caso, que te permiten elegir qué sílabas acentúas,
y también si esta acentuación es la misma o diferente en ambos hemistiquios.
Yo, personalmente, me inclinaría por el alejandrino clásico. En lo referente al
tema, ensalza la ciudad desde tu sentimiento. No menciones lo irrelevante y
evita la hipérbole cuando cantes su belleza, para que su lectura no resulte
empalagosa. Haz referencia a su pasado histórico sin olvidarte de su pujanza
actual y todo ello, refiérelo de forma cronológica. No te quedes corto, pero
tampoco seas prolijo en su descripción, teniendo en cuenta que “si lo bueno breve, dos veces bueno”. Y por último, ponte manos a la
obra para que la prisa después no te agobie. Compón únicamente cuando te
encuentres inspirado y repasa: repasa continuamente, pensando que siempre es
posible hacerlo mejor. No te vaya a ocurrir que, una vez enviado el escrito, te
arrepientas de que debiste sustituir una palabra por otra o, tal vez, modificar
la rima, ¡y entonces no haya remedio! Por eso te digo que no te precipites.
Estos son mis consejos y toda mi ayuda ―concluyó, interrumpido por un golpe de
tos―. ¡Que tengas suerte! Y en cualquier caso ―chanceó― en el
mercado del Val o en el de Portugalete venden laurel para paliar tu sed de
gloria.
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