FÁBULA
DEL BOXEADOR NOQUEADO
Un crochet de izquierda después de dos directos a la
mandíbula, fueron más que suficientes para mandar a Edmundo a la lona. El mundo
se le hizo de noche después de aguantar una tremenda lluvia de golpes en los
cuatro asaltos y minuto y medio que se mantuvo en pie, ante un rival que le
aventajaba en envergadura y experiencia.
Como muchos de sus amigos, Edmundo, un chaval que
habitaba en uno de los barrios periféricos de la ciudad, encontró en el
gimnasio y, más concretamente en el boxeo, la válvula de escape para soñar con
un futuro que le proporcionaría fama y dinero a raudales. Movido por este
deseo, más que por una verdadera afición, se entregó a un entrenamiento diario
agotador. Sus ansias de gloria se vieron reforzadas cuando, en los primeros
combates de aficionados, resultó vencedor. No le faltaron cantos de aduladores
que le hicieron saber, una y otra vez, que llegaría a ser el rey de los
cuadriláteros. Tan sólo Tomás, un entrenador serio y competente, le hizo saber,
en la intimidad, que por mucho que se entrenara, sus cualidades y sus reflejos
no poseían el ADN de los campeones. Edmundo hizo caso omiso a esta
recomendación y prosiguió su triunfal carrera, enfrentándose a rivales de
escasa entidad, arropado por los incondicionales fans que le aclamaban en cada
actuación. Los vítores quedaron tan impresos en su subconsciente, que terminó
por creer que el nuevo nombre con el que fue bautizado, "Edmon Rock",
era un talismán que amedrentaba a sus oponentes.
Tras dos combates amañados, "Edmon Rock"
fue designado aspirante al título nacional de su categoría. Para ese combate se
preparó a conciencia, no descuidando, en sus ratos libres, la visita a
concesionarios de automóviles de gran potencia, a donde acudía acompañado por
una cuadrilla que decían ser sus amigos; cuadrilla en la que no faltaban bellas
mujeres.
Celebrado el combate y tras el K.O., que le produjo
una hemorragia cerebral importante, permaneció varios días en coma,
debatiéndose entre la vida y la muerte. Afortunadamente para él, salvó la vida,
aunque las secuelas le apartaron definitivamente del mundo pugilístico. Durante
la larga convalecencia en el hospital, tan sólo recibió la visita de Tomás, que
no cesaba de animarle, y que se comprometió a ayudarle a encontrar un trabajo
acorde con las mermadas facultades físicas con las que el púgil tendría que
aprender a convivir desde entonces.
MORALEJA: Haz caso de los consejos de quien bien te
quiere y desecha los de los aduladores.

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