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domingo, 13 de septiembre de 2026

 

 FÁBULA DEL BOXEADOR NOQUEADO

 

 

Un crochet de izquierda después de dos directos a la mandíbula, fueron más que suficientes para mandar a Edmundo a la lona. El mundo se le hizo de noche después de aguantar una tremenda lluvia de golpes en los cuatro asaltos y minuto y medio que se mantuvo en pie, ante un rival que le aventajaba en envergadura y experiencia.

Como muchos de sus amigos, Edmundo, un chaval que habitaba en uno de los barrios periféricos de la ciudad, encontró en el gimnasio y, más concretamente en el boxeo, la válvula de escape para soñar con un futuro que le proporcionaría fama y dinero a raudales. Movido por este deseo, más que por una verdadera afición, se entregó a un entrenamiento diario agotador. Sus ansias de gloria se vieron reforzadas cuando, en los primeros combates de aficionados, resultó vencedor. No le faltaron cantos de aduladores que le hicieron saber, una y otra vez, que llegaría a ser el rey de los cuadriláteros. Tan sólo Tomás, un entrenador serio y competente, le hizo saber, en la intimidad, que por mucho que se entrenara, sus cualidades y sus reflejos no poseían el ADN de los campeones. Edmundo hizo caso omiso a esta recomendación y prosiguió su triunfal carrera, enfrentándose a rivales de escasa entidad, arropado por los incondicionales fans que le aclamaban en cada actuación. Los vítores quedaron tan impresos en su subconsciente, que terminó por creer que el nuevo nombre con el que fue bautizado, "Edmon Rock", era un talismán que amedrentaba a sus oponentes.

Tras dos combates amañados, "Edmon Rock" fue designado aspirante al título nacional de su categoría. Para ese combate se preparó a conciencia, no descuidando, en sus ratos libres, la visita a concesionarios de automóviles de gran potencia, a donde acudía acompañado por una cuadrilla que decían ser sus amigos; cuadrilla en la que no faltaban bellas mujeres.

Celebrado el combate y tras el K.O., que le produjo una hemorragia cerebral importante, permaneció varios días en coma, debatiéndose entre la vida y la muerte. Afortunadamente para él, salvó la vida, aunque las secuelas le apartaron definitivamente del mundo pugilístico. Durante la larga convalecencia en el hospital, tan sólo recibió la visita de Tomás, que no cesaba de animarle, y que se comprometió a ayudarle a encontrar un trabajo acorde con las mermadas facultades físicas con las que el púgil tendría que aprender a convivir desde entonces.

MORALEJA: Haz caso de los consejos de quien bien te quiere y desecha los de los aduladores.



 

domingo, 23 de agosto de 2026

 

FÁBULA DE LA MODELO JUICIOSA



 

Nació Renzo en la Florencia de los Médici y, desde muy pequeño, dibujaba de manera precoz y con gran gusto, todo aquello que  atraía su atención. Le bastaban una cuartilla y un carboncillo para trazar siluetas o plasmar en retratos la expresión exacta de quien ocasionalmente se prestaba a ser su modelo.

Pronto sus padres comprendieron que la inclinación y la habilidad de su hijo para el dibujo, era excepcional, y decidieron enviarle a las academias de los más prestigiosos maestros de pintura de la época. El muchacho, llevado de su afición, puso tanto interés y esfuerzo que, al cabo de unos años, en plena juventud, era ya un artista muy reputado que se ganaba la vida retratando a quien tenía el poder adquisitivo suficiente para permitirse este capricho. A su taller acudían artistas, próceres de la política y de la banca, nuevos ricos, miembros de la realeza y todo  abad u obispo que se viera obligado por su rango a que su retrato se añadiera a la larga lista de sus predecesores.

Un día solicitó sus servicios un riquísimo comerciante, para que inmortalizara en un lienzo el retrato de su joven hija. La muchacha, sin ser excesivamente hermosa, poseía un rostro agraciado y era muy sensata y juiciosa. En los días en que posó para Renzo, le cautivó con su conversación, pues demostraba tener, pese a su juventud, una madurez impropia de su edad, y lo que era más importante: transparentaba un alma noble y una gran pureza de intención. Auxiliadora de pobres y visitadora de enfermos, la dulzura de su voz encantaba al pintor, que dilataba cuanto podía la frecuencia de sus pinceladas para poder disfrutar el mayor tiempo posible de aquel fascinante coloquio con su modelo, mientras notaba que, día a día, iba ganando su corazón.

Cuando ya no le fue posible prolongar por más tiempo los encuentros, mostró a la joven el retrato, quedando ésta sorprendida porque, según sus propias palabras: "La mujer del cuadro supera con creces en hermosura a la que me mira cada mañana en el espejo". A lo que Renzo respondió:  "Intento captar no sólo el cuerpo, sino el alma de quien retrato. Así veo yo a la mujer del cuadro que me ha enamorado".

Cuentan las crónicas que el comerciante, sumamente satisfecho con el buen trabajo del pintor, no tuvo inconveniente en otorgarle la mano de su hija.

MORALEJA: La verdadera hermosura de las personas, radica en su interior.


Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez



 

jueves, 16 de julio de 2026

 

FÁBULA DE LA CALIZA HUMILDE



 

Su gestación fue costosa, hubo que esperar varios millones de años a que la Corteza terrestre se enfriara y los materiales que la componían se consolidaran. Hasta ese momento permaneció oculta en el subsuelo, hasta que una clara mañana del siglo XII la hicieron aflorar a la superficie. Tomó conciencia de que era un hermoso bloque calizo cuando  se percató de la interesada mirada de los canteros, que hacían cábalas sobre el destino que le darían. Por ellos supo que el lugar de su nacimiento era una localidad llamada Hontoría y por apellido “de la Cantera”, lo cual era marchamo de calidad y excelencia.

Sabía que alguna vez sería fragmentado, pero el impresionante bloque, lejos de apenarse, se alegraba de que con su división pudiera contribuir a consolidar el hogar  de una gran cantidad de lugareños. Soñaba con ser, cuanto antes, útil a los demás. Pero el tiempo pasaba y nadie se atrevía a trocear su impresionante tamaño, y empezó a creer que no poseía ninguna calidad y que, por tanto, no se realizaría su sueño de poder ser benefactora de la humanidad.

Hubieron de pasar tres siglos más  para que, ¡por fin!, el bloque fuera convenientemente partido y trasladado a la capital, concretamente a los pies de una catedral que se estaba construyendo en Burgos. La alegría de todos los fragmentos del bloque fue enorme cuando supieron que formarían parte de un edificio tan colosal; alegría que aumentó cuando sintieron cómo el cincel del cantero los modelaba para ser parte integrante de las agujas caladas con que se remataban las torres de la fachada principal.

Desde ese momento, la piedra caliza vio recompensada su humildad, atisbando desde lo más alto, día y noche, una ingente cantidad de personas que quedaban maravilladas al contemplar la belleza de la catedral, de la que ella era una parte visible e importante.

MORALEJA: …” El que se humille será ensalzado”  (Lucas 14:11)

Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez

 


 

 

jueves, 25 de junio de 2026

 

FÁBULA DE LA PERDIZ ALICORTADA


En un paisaje idílico, entre la pinada y el carrascal, discurría la vida de un gran número de especies animales y vegetales. Ambos biotopos se encontraban encumbrados sobre dos elevaciones del terreno y separados, el uno del otro, por unos cuantos centenares de metros y por una nava, en cuya parte más profunda se podía percibir el sonido de las aguas cantarinas de un arroyo, que saciaba la sed de los animales y actuaba, para algunos de ellos, como frontera infranqueable.

En este bucólico paraje nació y creció nuestra perdiz que, antes de abandonar la compañía de sus protectores padres, supo que la fortaleza de sus alas le proporcionaba la facultad de atravesar la nava sin ninguna dificultad. Contando con la compañía de sus hermanos y congéneres, esquivaba la posibilidad de caer en manos de sus depredadores, segura de que la juventud le proporcionaba fuerza y reflejos para escapar del riesgo que corría cada día.

Un domingo otoñal de límpido cielo azul, ella y el bando de sus acompañantes se sobresaltaron con el estruendo de sonidos cuya intensidad iba en aumento, y decidieron volar repulladas, intentando atravesar cuanto antes la nava. Escuchó, entonces, un sonido seco, al tiempo que una de sus alas recibía un impacto que le hizo perder altura, hasta dar con sus huesos en tierra. Sintiendo el ladrido de los perros y el griterío de los cazadores, aún tuvo fuerzas para peonar y esconderse entre los carrascos, burlando a los perseguidores. A partir de ese día, la vida de nuestra protagonista fue un auténtico suplicio. No sólo tenía que soportar un agudo dolor en su extremidad, sino que debía protegerse de los depredadores sin la ayuda del resto del bando. Sacando fuerzas de donde no las había, peonando unas veces y en otras con pequeños vuelos, fue reponiéndose del percance. El tiempo en que estuvo forzosamente aislada, aprendió mil trucos para sobrevivir: agudizó vista y olfato; supo distinguir el canto de un macho en libertad del que lo hacía como reclamo, encerrado en una jaula; se aplicó en el conocimiento del terreno y, escarmentada, se alejaba cuanto podía al advertir la presencia humana y los odiosos sonidos que les acompañaban. Valiéndose únicamente de su coraje y de su deseo de superación, consiguió poseer un vuelo casi normal, de manera que, al finalizar la temporada de caza, con la herida cicatrizada, se unió al primitivo bando, gozando desde las alturas del impresionante paisaje que se contemplaba a sus pies.

MORALEJA: Con tesón y constancia, puedes superar los momentos difíciles.

Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez




 


domingo, 10 de mayo de 2026

 

FÁBULA DE EL RELOJERO INTRANSIGENTE

 

 

Algo o mucho debía tener que ver su profesión de relojero con la forma en la que Néstor llevaba su vida. Pendiente de lo que dictaban las inexorables manecillas del reloj, estaba siempre atento a que la exactitud rigiera su andadura. Néstor había distribuido el organigrama de su quehacer diario de forma que todo tuviera que suceder en la hora y el minuto prefijado. Ya fuera invierno o verano, se levantaba a la misma hora, siempre comía al mediodía, en la siesta invertía quince minutos, treinta a la lectura, una hora exacta a pasear y cuarenta minutos a comprobar el funcionamiento de los relojes que reparaba y, por supuesto, la cena tenía que estar a las nueve para poder acostarse a las diez en punto. Todo, absolutamente todo lo demás ―aseo, relaciones personales, etc., etc.― tenía que ocurrir siempre en su momento y a tiempo tasado.

De haber estado soltero, la cuadriculada forma de vivir su existencia no hubiera pasado de una excentricidad personal, que reafirmaría el conocido dicho: "Hago de mi capa un sayo"; lo malo es que Néstor tenía familia, a la que exigía el mismo horario, controlando cronómetro en mano las entradas y salidas de mujer e hijos. Si alguna vez la comida no estaba lista a la hora preestablecida o algún hijo llegaba tarde a casa, la intransigencia de su carácter descargaba sobre el transgresor una bronca de efectos contundentes. Eso sí, la reprimenda duraba exactamente diez minutos.

Un día recibió del Sr. Obispo un encargo importante: con motivo de la limpieza llevada a cabo en la torre de la Catedral, se quiso reparar el reloj, que llevaba varios años parado, y el prelado pensó en Néstor para llevar a buen fin esta tarea. A ella nuestro relojero dedicó dos horas justas durante tres semanas, tiempo que le pareció suficiente. Pero, ya fuera por la complejidad de la maquinaría o porque ésta estuviera muy desgastada, el día de la inauguración, ante autoridades y público, convocados para escuchar los toques de las doce de la mañana, el reloj no sonó más que once veces. Néstor quedó corrido, lamentando no haber dedicado más tiempo a la reparación. Rojo de vergüenza fue el hazmerreír de sus conciudadanos y destinatario del comentario jocoso del Obispo: "No se preocupe, señor relojero, este reloj vale perfectamente para dar las horas en Canarias".

MORALEJA: No seas intransigente con los demás. Tú también cometes errores.



 

 

 

 

 

jueves, 9 de abril de 2026

 

FÁBULA DEL GRANJERO MALNACIDO



En el pueblo tenía fama de trabajador, pero muchos opinaban que su celo por aumentar la producción del ganado de su propiedad, excedía con creces los límites de lo sensatamente permitido, hasta el punto de que era considerado por sus vecinos como un auténtico maltratador de animales. En su avaricia, ordeñaba repasando hasta dos y tres veces las ubres de las sufridas vacas y ovejas, para conseguir que la cantidad de leche extraída alcanzara límites de récord. Si no lo conseguía, les disminuía su ración de pienso o les fustigaba con un mimbre que tenía para la ocasión, mientras, entre juramentos, se dirigía a las bestias como si pudieran entenderle: "Malditas criaturas —decía—; no valéis para nada. Ya os enseñaré a que dupliquéis el valor de cuanto coméis".

El discurso y el enfado continuaba en su casa, donde su mujer tenía que seguir soportando una retahíla de absurdos razonamientos: "Mientras yo viva, ningún animal tendrá cabida en mi granja si no produce en relación con lo que come, y me importa un pito si está preñada o no".

En su misma casa vivían su hija y su yerno, que le habían hecho abuelo de tres hermosas criaturas, las dos últimas nacidas hacía muy pocas fechas de un parto doble, al año de que hubiera venido al mundo la primera. Dada la juventud de la madre y el escaso tiempo habido entre embarazos, de sus pechos no brotaba  leche suficiente para alimentar a los recién nacidos. Una tarde, cuando nuestro granjero regresaba de los establos, escuchó la voz rotunda del yerno, increpando a su hija, en una alocución preparada de antemano, para intentar que el granjero cayera en la cuenta de su malvado proceder: "¡Vaya mujer más enclenque que tengo! En dos años de matrimonio sólo has tenido tres hijos y no tienes leche suficiente, a pesar de que comes cuanto quieres. !No sé que voy a hacer contigo!"

Al oírlo, el granjero, enfurecido, salió en defensa de su hija: "No vuelvas a hablar así a mi hija. Si no tiene leche es porque los embarazos han venido muy seguidos y no ha podido recuperar todas las energías". "Exactamente igual. le ocurre ganado que usted explota" le replicó el yerno, que había estado esperando la ocasión para afear su despótica postura.

El granjero malnacido, a regañadientes, comprendió el razonamiento, y dicen que a partir de ese momento fue más cuidadoso en el trato con los animales de su granja.

 

MORALEJA: No maltrates a los animales. Son como tú, seres vivos.

Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez.



 

domingo, 8 de marzo de 2026

 

FÁBULA DEL RICO ENGREÍDO

 


 

Era inmensamente rico. Con su dinero, estaba convencido de que podía disponer de todo lo que se le antojase; y de hecho, así era. Caprichoso en extremo, creía que la felicidad buscada residía en almacenar objetos propios de coleccionistas, por el mero hecho de que los demás no pudieran acceder a ellos. En su lujosa mansión almacenaba vasijas de oro, jarrones antiquísimos, y toda suerte de joyas recamadas con piedras preciosas, perlas y corales. Estos últimos eran su debilidad, por eso, estuvo muy atento a una conversación entablada por varios marineros en un bar de un puerto pesquero.

En ella, se hacían elogios de la belleza de unos corales que se encontraban en las proximidades de unas pequeñas islas, situadas a doscientas millas de la costa.

"Son de una belleza increíble", decía, uno. "Más transparentes que las lágrimas" añadía, otro. "Esta misma semana traeremos los más bellos" acordaron todos.

Al escuchar este comentario, nuestro hombre no se lo pensó más. Decidió ganarles la delantera y ser el primero en hacerse con los corales. Para ello, compró un velero en el puerto y se pertrechó de un equipo de buceo y de unos pocos víveres, porque estaba convencido que en muy poco tiempo lograría su objetivo. Sin embargo no fue así: sin brújula ni una idea clara de a dónde debía dirigirse para encontrar las islas, estuvo a merced de las olas y del viento durante varios días, en los que agotó víveres y paciencia, hasta el punto de temer por su vida. Menos mal que unos marineros, al ver el velero a la deriva, consiguieron rescatarlo.

Se dice que, a partir de entonces, el rico modificó su proceder.

MORALEJA: Ser rico y creer que con el dinero puedes conseguirlo todo, es un grave error.


Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez.




 

jueves, 5 de febrero de 2026

 

FÁBULA DEL LINCE ASAMBLEARIO


 

 

Por primera vez, manantiales, árboles y matorrales, escucharon un llamamiento general,  promovido por una de las especies moradoras de aquel idílico paraje. Los linces, apremiados por una necesidad vital, quisieron congregar en un claro del bosque a los más diversos animales de la zona. La convocatoria resultó un éxito, pues en la citación se decía expresamente: "Se trata de una reunión de amigos para solventar un problema que en la actualidad afecta a nuestra especie. Nadie ha de temer por su vida, pues mientras dure la reunión, se suspenderán las acciones depredadoras. Más adelante, cada uno tendrá la oportunidad de convocar asambleas para que conozcamos los problemas que les afectan".

En el día fijado, un hermoso lince tuvo ocasión de exponer la difícil situación por la que atravesaba su especie: de poco tiempo a esta parte, había disminuido de tal manera el número de conejos, que pedía encarecidamente un aumento de la capacidad reproductora de éstos para no tener que recurrir al asesinato de campesinos, lo cual, a su entender, significaría la pérdida de su condición de especie protegida y, consiguientemente, su extinción. Los presentes se comprometieron, por unanimidad, a no hostigar a los conejos para que, en tranquilidad, pudieran llevar a buen término el aumento de su población.

Poco tiempo después, fueron los zorros los convocantes. Al parecer, trataban de solucionar un litigio suscitado con los lobos, a los que acusaban de que, al matar a ovejas, habían aumentado las batidas de los ganaderos. Los lobos prometieron no ser tan agresivos. A esta reunión no acudieron los linces.

En las siguientes semanas, los convocantes fueron ardillas, jabalíes y hasta una colonia de buitres leonados. A todos ellos les afectaban distintos problemas de supervivencia. Después de ser escuchados, amigable y asambleariamente, se encontró solución para sus demandas. En ninguna de las reuniones los linces hicieron acto de presencia.   

No habían pasado ni seis meses cuando, de nuevo, los linces propusieron otra  reunión. Al parecer, su primitivo problema no acababa de solucionarse.

Llegada la fecha, ninguno de los animales del bosque acudieron a su cita, en justa respuesta a la falta de asistencia de los linces, cuando el problema no les afectaba a ellos.


MORALEJA: Escucha a los demás, si quieres que a ti también te escuchen.




 Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez

 

 


domingo, 11 de enero de 2026

FÁBULA DEL RISCO QUE QUERÍA HABLAR

 

 

Sustentado sobre la base de una espléndida montaña, el risco sobresalía esbelto sobre la cordillera de la que formaba parte. Su figura, gallarda y arrogante, constituía, por su difícil accesibilidad, un reto imposible de conseguir para cuantos alpinistas soñaban con poder alcanzar su cima. A tan gran altitud, pensaban, el espectáculo que se podría divisar sería inigualable, pues sin tener que llegar a tan elevada altura, el paisaje de prados y de riachuelos que corrían a sus pies por la falda de la montaña, componían un paisaje de una plasticidad bucólica.

En invierno, como rey coronado,  la nieve le vestía de armiño, otorgándole una belleza sin par, como inigualable era su resplandor cuando en los días de fuerte calor, refulgía como piedra preciosa.

Pese a este cúmulo de cualidades, el risco no era feliz; añoraba el don que poseían otros: poder emitir sonidos. Envidiaba el chillido de las águilas que merodeaban en sus proximidades, el acompasado susurrar de los cencerros del ganado que pastaba a sus pies, o el débil tañido emitido por el campanario de una lejana ermita. Él no se contentaba con el bufido del viento al golpear sus salientes y a cada momento pedía al Ser Supremo la facultad que no poseía.

 

El destino quiso que un día, un movimiento sísmico sacudiera la cordillera con notable intensidad, haciendo que el risco se desprendiera y en su caída emitiera ―¡por fin!― sonidos en cada colisión que sufría contra otras rocas: ¡Crakkk!, ¡Broomm!, ¡Troommm!, a costa de irse dividiendo. Su último estruendo se produjo cuando una pétrea muralla frenó en seco su descontrolada caída. Desde entonces, enmudeció mientras contemplaba desolado cómo parte de su estructura eran fragmentos desperdigados  a medio camino entre el valle y la cúspide privilegiada que ocupara. Ya era tan sólo un pequeño promontorio de la montaña, sin que nadie reparara en su presencia.

 

MORALEJA:  No quieras poseer los dones que la Naturaleza no te otorgó.

 

Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez

 





domingo, 7 de diciembre de 2025

 

FÁBULA  DE LA FUGAZ CONVERSIÓN DE UN ESCRITOR

 

 


La fama de la que gozaba don Agapito Martínez de Coslada y Pérez de Armentería era incuestionable. Doctor en Filología, poeta,  ensayista y director de un periódico local, era la viva estampa del éxito literario que él mismo se encargaba de alimentar, ocupando su fotografía la primera página del periódico si asistía al acontecimiento al que se le invitaba. En su ciudad no había suceso cultural de cierto prestigio en que no fuera solicitada su presencia, y de paso, era homenajeado. Los organizadores de esos eventos, en un prodigio de imaginación, sabían que premiar a don Agapito era ensalzar su acontecimiento literario a los altares  de la actualidad gráfica, con lo que ello suponía de difusión y autobombo.

Tampoco le faltaban a nuestro ilustre escritor ofrecimientos para que presidiera jurados de certámenes y justas literarias, a las que don Agapito se prestaba gustoso porque, entre otras razones, le daba oportunidad de exhibirse, una vez más, en el diario, y lo que era mucho más importante: de esa manera podía corresponder a compañeros y amigos que previamente le habían distinguido con algún Galardón. La forma de actuar en estas ocasiones era bien sencilla: dejaba a una lado el montón de ilusiones en forma de escritos de los participantes y abría directamente los sobres que contenían las plicas. El resto es fácilmente imaginable. Otras veces, el procedimiento era mucho más sencillo: sobre la mesa de su escritorio figuraba el seudónimo que él mismo indicara días atrás al colega con quien estaba en deuda. Su trabajo se reducía entonces a escribir una frase rimbombante con el que justificar tal decisión: "La poesía de ...... es de una altura tal que leyendo sus versos uno cree deambular en espacios celestiales...."

Un día, sintiendo remordimientos de su injusto proceder, decidió obrar en conciencia. Leyó cada uno de los manuscritos de un concurso literario y decidió otorgar el premio al mejor trabajo, que correspondió a un autor desconocido. Sus corifeos, como siempre, aplaudieron la decisión, pero el fallo del certamen no debió agradar a quien lo esperaba, puesto que, en los meses siguientes no recibió invitaciones ni plácemes. Compungido, sobrado de desvergüenza, pero falto del halago humano, nuestro escritor decidió volver a las andadas. "A partir de ahora, obraré como siempre se ha hecho", pensó. Y la injusticia continúo...

MORALEJA: La conversión si no es total, no es válida.




 

jueves, 6 de noviembre de 2025

 

FÁBULA DEL ÁRBOL ENVIDIOSO

 

 

Era diferente a los demás. Había nacido, por una extraña casualidad, a partir de una semilla, en la parte superior del talud que formaba una de las paredes de un valle fluvial. El destino determinó el lugar: alejado del cauce del río, con escaso sustrato del que alimentarse y, para colmo de males, y dada la fuerte inclinación del terreno, sin muchas posibilidades para poder aprovechar el agua de lluvia. En estas condiciones, nuestro arbolito tuvo serias dificultades para elevarse sobre el terreno, creciendo tan lentamente que maldecía su mala fortuna agitando su escaso ramaje, sin que el viento que le rozaba produjera en él los rítmicos contoneos y el silbido evocador con el que los árboles frondosos de la ribera celebraban la llegada de ese agente atmosférico.

Sentía envidia al observar cómo sauces y alisos crecían hundiendo sus raíces en el agua, que nunca les faltaba. Contemplaba desolado cómo, ladera arriba, chopos, álamos y fresnos, pugnaban arrogantes por descollar entre sus congéneres. Él, un humilde pino, jamás conseguiría alcanzar su altura. Envidiaba, incluso, la robustez y el porte de los olmos y robles que le circundaban...

Una tarde de verano, en que se desencadenó sobre la ribera una fuerte tormenta con gran aparto eléctrico, uno de los rayos cayó sobre la fronda inferior. Tras el estrepitoso trueno percibió el chasquido de un árbol mortalmente herido. No hizo caso a este incidente, sino que continuó lamentándose de que la abundante escorrentía  no se detuviera en la base de su tronco y fuera a abastecer, precisamente, a quien gozaba de más potencial hídrico.

Sin embargo, cuando meses después descubrió semihundido en la orilla del río, postrado, yerto y seco el tronco del árbol  que el rayo había alcanzado durante la tormenta y que era, precisamente, uno de los que envidiaba, se alegró de no ser un árbol esbelto. A partir de ese momento, cambió de actitud y se consideró un árbol afortunado.

MORALEJA: No es bueno envidiar a nadie. Cada uno de nosotros es un ser único e irrepetible.


Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez.





 

domingo, 21 de septiembre de 2025

 

FÁBULA DEL PIANISTA ENGAÑOSO

 




Desde una de las estancias del  patio de luces de un edifico, se escapaban cada tarde acordes musicales procedentes de un piano. Eran suaves, interrumpidos y reiterados. Correspondían a partituras de autores bien conocidos, de dificultad no muy elevada, cuya finalidad era conseguir la destreza de estudiantes de piano. Uno de ellos era  nuestro protagonista, que se esforzaba tarde tras tarde en intentar que su interpretación tuviera la cadencia y la sonoridad precisa en cada composición. Resultaba curioso comprobar cómo, a medida que transcurrían las tardes, apenas se patentizaban sus progresos, pero, de repente, un día, aproximadamente a las dos semanas de haber comenzado el ensayo, la partitura resultaba de una altura musical tan elevada que parecía ser interpretada por un consumado pianista.

 

Este hecho no pasó desapercibido para una joven inquilina del inmueble, que permanecía atenta escuchando los ensayos, y quedaba embelesada con la interpretación del día anterior al que se produjera el cambio de partitura, seguramente, pensaba ella, al haber conseguido el pianista su objetivo.    

No pudiendo vencer la curiosidad de conocer al perseverante músico, una de las veces, prendada con el dominio con que el pianista interpretara un "Nocturno", exclamó con la ventana abierta: ¡Bravo! ¡Bravo! A los pocos segundos pudo ver cómo un apuesto joven se asomaba dos pisos más abajo y saludaba con la reverencia propia de un concertista. Aquello fue el principio de una relación amistosa. La muchacha no sentía ningún rubor en comunicarle su admiración por los rápidos progresos con los que conseguía dominar las partituras. Él parecía no dar importancia a este hecho, y modestamente comentaba: "El trabajo continuo y un poco de talento siempre dan los frutos apetecidos. Con el tiempo llegaré a ser un buen solista".

 

Las charlas entre los jóvenes, de ventana a ventana en el patio interior, a lo Romeo y Julieta, adquirieron cierta continuidad y, progresivamente, pasaron de la admiración musical a la personal. "Me gustas ―decía ella―, pero ¿te esforzarás de igual modo para conseguir mi amor?" "Tú, también me gustas ―respondía él―. Poco a poco, con el mismo tesón e interés que pongo en el piano, conseguiré ganar tu corazón; lo sabrás cuando interprete para ti, la más difícil de las partituras".

Poco tiempo después, el muchacho le anunció: "He conseguido interpretar sin fallos el Estudio "Revolucionario" de Chopin. Mañana lo escucharás. Ésa será la prueba de mi amor".

 

Llegado el momento, la muchacha y parte del vecindario escucharon entusiasmados los primeros y complicados compases del Estudio nº 12 de Chopin, interpretados de forma magistral. Sin embargo, la casualidad quiso que un vecino empujara sin querer un tiesto colocado en el alféizar de la ventana, precipitándose en el vacío. Un ¡¡Ohhhhh!! se escapó de las gargantas de los improvisados oyentes, que sacaron la cabeza por la ventana al escuchar el estruendo, curiosos por comprobar los daños. Nuestro intérprete hizo lo mismo, mientras la melodía, sorprendentemente, proseguía...

Al comprobar que los prodigiosos sones procedían de una grabación, nuestra Julieta dio "calabazas" al apuesto Romeo.

 

MORALEJA: Nunca aparentes lo que no eres.

 Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez




jueves, 21 de agosto de 2025

 

FÁBULA DEL POTRO ESFORZADO

 

 

Después de venir al mundo, nuestro potrillo tardó un tiempo en tomar conciencia de que la vida no le iba a regalar nada. Contó desde un principio con el alimento y los consejos maternos, aunque no comprendía muy bien por qué, antes de cada "toma",  su madre le obligaba a correr tras ella si quería obtener el premio del alimento. Tampoco llegaba a descubrir la razón por la que el hocico materno le molestaba, incitándole a ponerse de pie y a abreviar la siesta, para seguir correteando en la inmensa llanura en donde pacía junto con cientos de sus congéneres.

A los pocos días de que un hermoso alazán enamorara a su madre, notó menguar la cantidad de leche y supo el esfuerzo que suponía buscar el alimento y lo costoso que resultaba digerir la celulosa. Pero lo más triste estaba aún por venir... Ocurrió una mañana en que fue bruscamente separado de su madre y llevado, junto con otros potros de edad similar a la suya, a otra zona de la finca alejada del lugar en que nació.

Allí la alimentación era abundante y cada quien podía a hacer lo que le apeteciera. Unos pasaban el tiempo comiendo y descansando, otros corrían todo el rato de aquí para allá, fortaleciendo sus músculos, a la par que, con cabriolas de dificultad creciente, intentaban estar siempre en forma. Nuestro potrillo dudaba, sin saber a qué grupo imitar.

La respuesta la obtuvo cuando comprobó que aquellos que se esforzaban en correr eran domesticados y entrenados por unos jinetes elegantemente vestidos de jockey, en tanto que a los perezosos, de mayor peso, los introducían en un camión y nunca volvía a saber de ellos.

Fue entonces cuando comprendió y agradeció los esfuerzos maternos por conseguir que él fuera de mayor un caballo de carreras, y desde ese momento se entrenaba cuanto podía. Pasado un tiempo, resopló con gozo cuando vio alejarse el camión con algunos de sus compañeros, mientras él era elegido para competir en un hipódromo.


MORALEJA. El esfuerzo siempre tiene recompensa

Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez.

 

 

 







jueves, 24 de julio de 2025

 




FÁBULA DEL GORRINO EGOÍSTA

 

 

 

Los dueños de una dehesa, unos jóvenes emprendedores, habían puesto su ilusión en conseguir que los cerdos que en el futuro pastarían en sus encinares, fueran de la mejor calidad.

Para ello, inseminaron a una hembra ibérica, prolífica, con semen de un ejemplar que poseía en su haber varios galardones. La operación resultó muy costosa, pero pareció dar sus frutos cuando, al cabo del periodo de gestación, catorce cerditos alegraron con sus agudos gruñidos el paritorio. La alegría  inicial dio paso a una amarga frustración. En una fría noche de invierno, se interrumpió el suministro de corriente eléctrica y, con las bombillas calefactoras apagadas, tan sólo dos crías machos sobrevivieron: uno parecía fuerte; el otro, por el contrario, era seguramente el más débil y escuálido de los nacidos. En vista de lo cual, los granjeros decidieron ponerles por nombre "Mucho" y " Poco".

El grandullón era un cerdito egoísta que mamaba todo lo que podía, impidiendo que su hermano se alimentara. Tan sólo cuando "Mucho" se quedaba dormido, "Poco" aprovechaba para saciar su hambre. No varió el comportamiento de "Mucho" cuando llegó el tiempo de la montanera. "Mucho" caminaba delante de su hermano barriendo con su hocico las bellotas que podrían haber sustentado a ambos. Incluso, si observaba que "Poco" se detenía al encontrar sustento, le golpeaba en sus flancos, impidiendo que se alimentara. 
Cierto día, se presentó un tratante en la finca, y tras desestimar adquirir a "Poco", se interesó por los doscientos kilos de "Mucho", al que condujo al matadero. Ya sin su hermano, "Poco" empezó a engordar de manera sorprendente, convirtiéndose en un cerdo con una inmejorable presencia, hasta el punto de que los granjeros pensaron destinarle a semental, porque no en vano conservaba los genes de un campeón. Así, mientras los jamones de "Mucho" eran 
contemplados en una charcutería en espera de comprador, "Poco", al que cambiaron el nombre por "Sultán" disfrutaba en la dehesa con abundante comida, rodeado de un harén de admiradoras.

 

MORALEJA: El disfrute del egoísta, es pasajero.

 

Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez

 





 

domingo, 26 de enero de 2025

 

PASAJES DE “CÉCILE, AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA” (107)

CAPÍTULO X

La Ambición

 

 

 

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Don Augusto quedó tan satisfecho por la acogida que, amén de pagar la minuta, rascó con la uña la pintura del recibidor de la notaría y, queriendo agradecer a mi padre la deferencia que iba a tener con él al día siguiente, afirmó solícito:

―Don Álvaro: el tiempo y la luz solar han degenerado los colores de esta pared. Le voy a mandar unos operarios para que, en un plis-plas, esta estancia recobre el colorido primitivo. Y, por supuesto ―añadió―, no tendrá que abonar cantidad alguna.

Los datos recopilados por mi padre y la generosidad demostrada por don Augusto, hicieron que mi progenitor se esforzara, en fechas posteriores, en quedar con el pintor para intercambiar impresiones. Aprovechando la coyuntura de inscribirle como socio en el Círculo de Recreo, los salones de tan noble institución fueron testigos de las animadas charlas entre ambos. La espontaneidad y el agradecimiento de un alma sencilla, deslumbrada por las atenciones de un notario, hicieron que el soriano contara su vida y milagros. Unas veces directamente y otras dando rodeos, mi padre quedó enterado de los humildes orígenes de su interlocutor, de su trabajo incansable en los años de juventud, cuando recorría los pueblos limítrofes a lomos de una caballería, y de su posterior bonanza económica, que le habían llevado a adquirir, amén de las ya conocidas naves, varias fincas en su pueblo natal, todas ellas de gran valor al poder ser regadas por el río Manzano. También supo que tenía dos hijos, de nombre Arsenio y Severino, y que ambos estudiaban Derecho con gran aprovechamiento.

―En la actualidad les llamamos Cuco y Nino. Cuando les bautizamos, yo me empeñé en que llevaran el nombre de los abuelos, pero, aunque mi mujer, en un primer momento, consintió, al mudar de fortuna le parecieron poco finos y me obligó a nombrarles como le he dicho. Por cierto, que ella, de pila Tomasa, con la bonanza también dice a sus parientes y amistades que la llamen “Tasina”.

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