PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO
JEREMÍAS” (119)
CAPÍTULO
VIII
La
Fiesta
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A la puerta de la iglesia, los corrillos de hombres
que echaban un último cigarro antes de penetrar en el templo, nos abrieron paso,
escrutándonos con total falta de discreción. Para los lugareños, ver el empaque
y la elegancia con las que la familia del señorito Tino accedía al recinto,
resultaba un acontecimiento totalmente novedoso.
Ya dentro de la iglesia, completamente abarrotada,
pude comprobar que la temperatura era más llevadera que la soportada en el
«paseíllo», quizás porque los gruesos muros nos aislaban de la chicharrera
exterior. A simple vista, se apreciaba en el colectivo una colocación por sexos
y edades bien definida. Los niños y adolescentes éramos los primeros junto al altar;
detrás de nosotros se situaban las mujeres, y tras la separación de bancos,
obligada para dar entrada al personal, se colocaban los hombres, siendo los más
jóvenes los que seguían la ceremonia desde un nivel más elevado, en el coro.
Ése, justamente, era el lugar donde le hubiera gustado estar a Jeremías, porque
con su flamante pantalón largo tenía el paso expedito a la ubicación juvenil y
además desde ese privilegiado mirador podría contemplar a Rosita sin que la
muchacha lo advirtiera; razones más que suficientes para que no pudiera evitar
mostrar su disgusto, diciéndome:
―¡No sabes la vergüenza que estoy pasando! Me
fastidia estar rodeado de niños con las viejas rezándote a la oreja. ¡No quiero
imaginarme qué pensará de mí Rosita si me ve aquí!
En aquellos momentos comprendí la zozobra que
invadía a Jeremías. Resultaba casi imposible no distinguir su apepinada cabeza
sobresaliendo entre las de los niños e hice el propósito de compensar su gesto
de compañerismo gratificándole de nuevo con más garrapiñadas, esa misma mañana.
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