domingo, 20 de agosto de 2017


 

En la pandilla de Juan, uno de sus componentes, Ceferino, siempre llevaba la voz cantante. Ya estuvieran echando la partida, viendo la tele o paseando, era raro que no diera la opinión de cualquier tema del que se hablara, por ajeno que le fuera, absolutamente convencido de que su punto de vista era el más acertado. Si la conversación atañía a temas personales, también lo suyo era, sin duda, lo mejor.

Cuando la cuadrilla iba de vinos, la voz autorizada de Ceferino, no tardaba en decir: “Este vino no está mal, pero el que tengo en mi bodega, le supera con creces. Se lo compré a un amigo que…”. Si en la conversación surgía el tema de los destinos veraniegos, Ceferino, parecía haberse recorrido el mundo entero al afirmar: “Nada es comparable al aire puro que se respira en el pueblo de mi cuñada; allí, ni siquiera los tísicos necesitan medicación…”. Tampoco se quedaba corto elogiando a su mujer: “¡Mira que he comido paellas en mi vida!, pero como las que hace mi mujer, ninguna. Yo creo que es el toque especial que da al rehogado…”. Por supuesto, tampoco olvidaba el autobombo: “Dibujo y pinto, bastante bien. Modestia aparte, he expuesto en varios Centros Cívicos con críticas muy elogiosas. No sé a dónde podría haber llegado si me hubiera dedicado en cuerpo y alma a la pintura, pero tampoco era cosa de humillar a mis compañeros de academia. Además…”

Los amigos de pandilla, escuchaban y callaban para evitar discusiones, porque en caso de contradecirle, sabían que Ceferino se alteraba, elevando el volumen con el que trataba de argumentar lo que, difícilmente, era defendible.

Un día, Juan, quiso invitar a sus amigos y esposas, para inaugurar el chalet que había  adquirido recientemente. El chalet, estratégicamente ubicado en la cima de una colina, era una edificación de dos alturas que poseía unas vistas maravillosas. En el sótano, además del garaje, Juan, había hecho construir una magnífica bodega, que causó la admiración de los visitantes. Las paredes, decoradas con cuadros al óleo, llevaban la firma de su mujer. “Son de Clara—dijo Juan, con toda sencillez— Estuvieron expuestos en Roma y París, pero estos, le parecieron tan apropiados para la bodega, que no quiso venderlos”. Al escuchar este comentario, Ceferino, enrojeció de envidia, máxime cuando el anfitrión, dirigiéndose a él le enseñó el muestrario de botellas que descansaban horizontalmente, esperando el turno de ser consumidas  y le dijo: “Cefe, tú que entiendes, elige el vino apropiado. Tienes de la Ribera del Duero, Rioja, Cigales, Toro, Rueda, Albariño… y si te gustan extranjeros, también encontrarás de Oporto, Burdeos, y aquel Tokaj de Hungría, de elaboración complicada, que por su dulzor, es pura ambrosía como vino de postre. Esas botellas, concretamente, las adquirimos en nuestro último viaje, en el que visitamos, además de los países balcánicos, aquellos otros que constituyeron el imperio austrohúngaro.” Ceferino, anonadado y abrumado, no supo siquiera cuál de ellos ligaría mejor con los entremeses y, para que no quedara al descubierto su ignorancia, prefirió que fuera Juan el que eligiera.

El plato estrella de la comida, una espléndida paella extraordinariamente presentada, hizo que un ¡Ohhhh! se escapara de la garganta de los comensales al contemplarla; exclamación que se prolongó al degustarla. El arroz estaba en su punto y los ingredientes le daban un sabor inigualable. “¿Cuál es el secreto de este maravilloso manjar?”—preguntó una de las invitadas. “No hay secreto—dijo, Clara, sin darse importancia—. Soy alicantina y lo vengo haciendo toda la vida al modo que me enseñó mi madre”. Ceferino, entre dientes, sólo acertó a decir: "No está mal", permaneciendo callado el resto de la comida y de la sobremesa, recapacitando en cómo, personas que le superaban en todos los campos en el que se creía un experto, no alardeaban de lo que poseían.

Parece ser, que lo visto y comido en esta jornada festiva, tuvo la virtud de hacer que, a partir de entonces, Ceferino, fuera más comedido en sus juicios.

 

jueves, 17 de agosto de 2017




 
PASAJES DE " LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (37)
CAPÍTULO II
La bienvenida
           Mi padre, alargando la cabeza por la ventanilla, nos aseguró que el pueblo seguía estando en su sitio. Haciendo de pregonero, leyó en voz alta el nombre del municipio, que se encontraba escrito con letras mayúsculas, impresas en el frontis lateral de la estación sobre auténtica cerámica talaverana, e inmediatamente movilizó al personal. Con suficiente antelación, había dispuesto las maletas, listas para la descarga, mientras nosotros, en fila, esperábamos pacientemente el desembarco. La maniobra fue un éxito, porque cada uno actuó según el plan previsto, entre otras cosas, porque el protocolo a seguir se repetía en cada parada y las indicaciones paternas eran muy parecidas: «Consuelo, Margarita, Lola: coged una maleta cada una sin haceros daño. Tinín: baja el primero. Alvarito: asegúrate que no nos dejamos nada en el vagón. Yo bajo con el niño, y cuando tome posición en el andén, me vais dando las maletas. ¡Deprisita! ¡No os durmáis!, el tren no espera».
 Con toda sinceridad he de decir que, aunque nuestra llegada no fuera el acontecimiento social más esperado del verano, al menos la estación no estaba desierta. Además del anciano señor Rogelio, al que su nuera, la Edelina, tan pronto hubiera desayunado, sentaba todas las mañanas en un banco del andén con el pretexto de «así, se distrae», nos esperaba la embajada enviada por el abuelo. Delante del repetido edificio ferroviario, abierto a los cuatro vientos, se encontraba, banderín rojo en ristre, el jefe de estación, señor Facundo; un poco más atrás, los primos de mi padre, Lucía y Mariano, y donde el escueto piso de cemento se continuaba con la tierra, el hijo de ambos, Jeremías, que con su carta, constituía la promesa de un verano distraído e inolvidable. Con él había jugado algunos días el pasado verano y aún así, me costó trabajo reconocerle, tal era el estirón que había experimentado, y sobre todo el cambio en sus facciones, ahora más angulosas y varoniles. «Parece un hombre delgadito», pensé, mientras me aseguraba de que todo el equipaje se hubiera descargado, en espera de los inevitables saludos, que no tardarían en producirse.
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domingo, 13 de agosto de 2017



LA INCONSISTENCIA DEL AMOR

                                                  
                             (Obra teatral en 3 Actos)

 

ACTO PRIMERO

(Discoteca. Sábado noche)

A—Me gustas mucho.

B— ¿Quéeee?

A— ¡Que me molas un montóooon!

B— ¡Ah! , ¿Sí? (No sé de qué me suena esta cara). A mí, tú también.

A—Vale. Pues si eso, luego quedamos.

B—Tú verás, antes de las cinco no me tomo el último mojito.

A—Sobre las cinco te busco y nos enrollamos.

B—O.K. Pero si ves que mis caderas resisten, te esperas un poco más.

A—De acuerdo. Ciao.

B—Ciao.

ACTO SEGUNDO

(Apartamento de los padres de uno de ellos. Domingo al mediodía)

B— ¡Ha sido maravilloso!

A— ¡Ha sido fantástico!

B—Es que el amor hay que currárselo.

A—Sí, porque como no te lo curres… ¡no te jalas una rosca!  

B—Ya ves, tanto tiempo yendo a la disco y tuvo que ser anoche cuando coincidiéramos.

A—El amor tiene estas cosas. Yo creo que es el destino.

B—Conocerte y sentir mariposas en el estómago, fue todo uno. Por cierto, que las jodias no hacen más que revolotear ¿tú no tienes hambre?

A—¡Pues claro! Desde hace dos horas tengo un hambre de la leche, pero como el amor es servicial, estaba esperando a que te levantaras y fueras al burger o al italiano. Ya sabes, los domingos no abren nada.

B— Es verdad. ¡Qué asco! ya casi nadie quiere trabajar el domingo y el burger más próximo, está a dos manzanas.

A—Bueno, si me quieres, no es tanto.

B—Ya, pero lo malo es que ya no tengo monis. La vieja me dio lo justo para el sábado. Últimamente está muy tacaña.

A—Pues a mí me ocurre lo mismo. Mis padres no se dan cuenta de que estamos en edad de divertirnos y casi no me dan ni para gasofa del buga.

B— ¿Qué hacemos?

A— Se me ocurre una idea. Decimos que hemos dormido en casa de un amigo y así por lo menos, las mariposas del estómago comen algo. Ja,ja,ja.

B— ¿Tú crees que colará? Eso ya lo he dicho otras veces.

A— ¡Claro que cuela! Con tal de ver que no nos ha pasado nada, se pondrán tan contentos.

ACTO  TERCERO

(En la calle. Domingo 14.00 h.)

A—Adiós, cielo. Ya nos llamamos y quedamos.

B—Llámame, si quieres, pero con esta sociedad tan materialista en la que nos ha tocado vivir, es muy difícil que sobreviva un amor tan puro como el nuestro.

A—Bueno, ya procuraré mover el corazón de los viejos, a ver si sueltan mas pelas.

B— No, si no es eso. Es que me gustaría conocer a otras personas. No me perdonaría haberme enrollado contigo sin tener más experiencias.

A—Pues ahora que lo dices, vas a tener razón. Yo, no me atrevía a confesártelo, pero tengo la misma sensación. Además la distancia mata el amor y vivimos en urbanizaciones alejadas.

B—Todo se nos ha puesto en contra. Ni siquiera hemos tenido suerte con la época que nos ha tocado vivir.

A—Así es, bonita. Esta sociedad está enfermiza y parece no tener remedio.

B—Adiós cariño. Fue bonito ¿Verdad?

A—Fue muy bonito. Jamás te olvidaré. Te quiero. Ciao

B— Ha sido lo más bonito que me ha ocurrido nunca. Ciao, mi vida. Ciao.

FIN

 

Nota del autor.- He señalado a los intérpretes como A y B, sin especificar sexo, ya que se trata de una obra posmoderna.  

jueves, 10 de agosto de 2017

FÁBULA DE LA GATA RICA

Nacida entre algodones, criada con leche de la mejor calidad, alimentada con exquisiteces de sabor a anchoa, ricas en complejos vitamínicos y, diariamente bañada  con champús olorosos que le dotaban de un pelo algodonoso y resplandeciente, aquella gatita disfrutaba de una vida plena de caricias y afectos. Entre siesta y siesta, siempre a temperatura uniforme, saltaba graciosamente entre cojines de seda y sillones tapizados. Ni una sola vez fue castigada ni tuvo que escuchar las reprimendas de su dueña por hacer sus necesidades en donde no debía, o por arañar las patas de algunos muebles de caoba...

Un mañana, aprovechando un descuido de su protectora, se deslizó sigilosa por la angostura de la entreabierta puerta y, escaleras abajo, consiguió acceder a la calle. ¡Todo un mundo de nuevas sensaciones se abrió ante ella! Hasta un congénere, un tanto desaliñado, pero solícito, le mostró un contenedor de basura, en cuya base, algún desaprensivo había depositado una bolsa de desperdicios. Probó con fruición sabores desconocidos y, animada por la gratificante experiencia, no se opuso a que su acompañante la hiciera suya, aunque quizás, el improvisado novio, sorprendido por el refinado olor que desprendía el pelo de su amada, se alejó rápidamente de ella una vez satisfecho su deseo.
Tiritando de frío, pasó la noche bajo el contenedor, emitiendo lastimeros maullidos que alertaron a los viandantes y a la propietaria, que la buscaba sin desmayo. Ésta, entre lloros, la acogió de nuevo, proporcionándole un baño reparador con abundante cantidad de componente antiparasitario, con lo que la gatita recobró su aspecto anterior y volvió a gozar de todos los beneficios  de gata de alta alcurnia.

Al poco tiempo, su benefactora se dio cuenta del estado de preñez, imposible de disimular entre los rizos de su pelo de Angora, y decidió aquella misma tarde visitar la clínica veterinaria y eliminar la cuadrilla de mininos sin pedigrí que amenazaban con ocupar sus estancias. Al escucharla, nuestra protagonista se apostó junto a la puerta, y en la primera ocasión en la que ésta se abrió, corrió rauda en busca de una libertad presumiblemente difícil e incierta, pero que la posibilitaría alumbrar el fruto de sus entrañas.

MORALEJA: Hasta los animales evitan el aborto.

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domingo, 6 de agosto de 2017


ROSA DE PASIÓN

¿Cuál es tu flor más hermosa?

La rosa.

¿De qué color se te antoja?

Pues, roja.

De esta elección ¿La razón?

Pasión.

 

Hoy, sólo siento emoción

al ver tu rostro encendido,

feliz, porque he conocido,

rosa roja, de pasión.

 

 

 

jueves, 3 de agosto de 2017


 
LA REFORMA

Crónicas de mi Periódico                3 de agosto de 2017

 PEATONALIZAR

Este asunto de peatonalizar calles, nos resulta altamente gratificante cuando leemos o escuchamos la noticia en algún medio de comunicación. Acostumbrados a soportar continuas subidas de todo tipo de impuestos municipales, en pro de una ciudad más habitable, nos sentimos embargados de una íntima satisfacción, al saber que nuestros dineros se emplean ¡por fin! en obras provechosas y que otra calle de nuestra querida ciudad, se incorpora a las que ya gozan del Paraíso idílico de las no contaminadas.

Luego, cuando la obra llega a su término, después de unos cuantos meses de inevitables molestias (¡qué se le va a hacer!), nos damos cuenta de que ese Paraíso soñado, no es tal. La contaminación química, aquella que todos deseamos eliminar, no comienza a disminuir hasta las once de la mañana, hora en que los camiones que abastecen a las tiendas dejan de actuar. Procure, hasta esa hora, no pasear confiadamente por esas calles, bajo grave riesgo de morir atropellado. Después, también ha de hacerlo con precaución, pues en alguna de ellas, la circulación de taxis está permitida, amén de la lógica presencia motorizada de policías o de ambulancias ¡Faltaría más! En el resto de la jornada, no acabe de confiarse, pues durante todo el día, los sufridos ocupantes de los garajes de la zona, pueden hacer uso de su legítimo derecho a utilizarlos. Posiblemente, sea este colectivo el más afectado. Ellos, han visto vulneradas las originales condiciones de compra, pues cuando adquirieron su vivienda en un emplazamiento céntrico con garaje incluido, nunca pensaron que para acceder a él, tendrían que hacer, día tras día, una yincana, a velocidad reducida, sorteando peatones de mirada sorprendida, algunos de los cuales les dedican epítetos, no necesariamente cariñosos. En su recorrido, también han de salvar el obstáculo del cada vez mayor número de terrazas instaladas. Estas, amenizan el descanso de los vecinos con las más variadas conversaciones que sustituyen (no sé si ventajosamente), la contaminación química por la acústica.


Muy a tener en cuenta es también el impacto que sobre el pequeño comercio tiene la peatonalización. Algunos comercios se ven obligados a cerrar, porque no todo el mundo tiene la energía suficiente para cargar con sus compras y así, mientras el centro de la ciudad languidece, las Grandes Superficies situadas en el alfoz, se frotan las manos.

Otra de “las ventajas” de la peatonalización, se evidencia en los días de lluvia. El pavimento de estas calles, no tiene la consistencia del asfalto y el trasiego diario de los camiones de reparto, provocan ondulaciones y baches que son charcos o piscinas, cuando la lluvia hace acto de presencia.

Con estas premisas, ustedes pensarán que soy enemigo de la peatonalización. ¡Nada más lejos de la realidad! Como a cualquier españolito, me gustan todo tipo de mejoras que hagan mi espacio vital más saludable, eso sí, siempre que las consecuencias negativas que conllevan, no me afecten y, por el momento, mi calle no figura en la lista de las que el ayuntamiento piensa dedicar a “uso exclusivo de peatones”.

Otro tanto me sucede/nos sucede, cuando se habla de nuevas zonas verdes. Hasta la plantación de un solo árbol, merece la aprobación general, aunque su ubicación se realice en un minúsculo espacio entre dos coches aparcados en batería. Lo malo es que el arbolito crece y crece y ya conozco a un amigo al que el ramaje impide conocer si es día o de noche. Todos contentos, menos él, que paga una elevada factura de consumo eléctrico que se elevará, considerablemente, cuando se vayan cerrando las centrales nucleares. Pero de este tema, ya hablaré en otro momento. A ver si para entonces, antes de opinar sobre lo que a cada uno nos conviene, somos un poco más solidarios.






 

domingo, 30 de julio de 2017


REFLEXIONES CAROLINGIAS  (XVIII)

Tomaba cada noche un kiwi para regular el intestino, hasta que descubrió que el miedo a lo desconocido le producía el mismo efecto.

Desde 2010, no se considera a la elle como una letra. Alguien se dio cuenta de que se trataba, simplemente, de una ele sorda que había que nombrarla dos veces para que atendiera.

Le atraían todas las mujeres que tuvieran por nombre, Margarita, Azucena , Rosa, Hortensia, Violeta, etc. Resolvió el problema cuando conoció a Flor.

El 12 de octubre de 1492, casi nadie hizo caso al marinero que gritó: ¡Tierra! Durante la travesía, lo había dicho varias veces cuando los arenques en conserva que comía, tenían arena.

Era un ser desafortunado. Ni siquiera ganó el Concurso de dobles de sí mismo.

Decía que moría de amor por ella, cuando en realidad era el desamor el que le estaba matando.

Si dices que te gusta el blanco, y al poco rato el negro, no eres, necesariamente, una persona sin criterio. Puede que seas mulato.

Estuvieron hablando mucho tiempo de cosas intranscendentes, hasta que fueron al grano. Fue cuando se comieron una paella.

Después de que el jefe lo llamara  a su despacho, canceló el viaje que tenía proyectado a Tailandia: ya sabía lo que era comer sapos y culebras.

Nunca entenderé por qué a una forma de llover, se le llama aguacero ¿No sería más lógico reservar este término para la sequía?

Aquella muchacha había perdido el rumbo de su vida, hasta que encontró un amigo que le enseñó a bailar rumbas.

Sumar y restar resultan operaciones sencillas, cuando son, respectivamente, a tu favor o en tu contra.

 

 

 

 

 

jueves, 27 de julio de 2017





                                                  EL RETIRO  DEL  ANTICUARIO
Aportar algunas monedas al escaso poder adquisitivo de la familia, fue para Andrés, desde bien pequeño, una obligación impuesta por las circunstancias.  Hijo de Ambrosio, el chatarrero, pronto supo lo que era rebuscar entre inmensos montones de  desperdicios, hasta encontrar algún objeto metálico con el que en engrosar la carga de su humilde carretilla. Su padre era el encargado de estimular al muchacho y a sus hermanos para que inspeccionara nuevos vertederos. ”Comer depende de vosotros— les decía—, anunciándoles, de vez en cuando, la llegada de una nueva boca a la que alimentar.
Acuciado por la necesidad, Ambrosio, se embarcó en otra actividad  ajena a su oficio de chatarrero. Comprobó que algunas personas tenían serias dificultades en desprenderse de objetos varios procedentes de herencias o, simplemente, porque al comprar nuevo mobiliario, les molestaban. Fue así como vaciaba de enseres inservibles para sus dueños, casas enteras. Entre lo que recogía, siempre encontraba libros viejos, relojes deteriorados, marcos, sillas, etc., que llevaba a los mercadillos en donde obtenía ingresos superiores a los que le proporciona  la venta de la chatarra. En este nuevo negocio se desarrolló el espíritu mercantil de Andrés, que pronto distinguió la plata de la alpaca y el volumen valioso para una biblioteca de aquel otro que, aunque maltratado por el tiempo, no tenía valor alguno.
Cumplida la mayoría de edad, y harto de pasar dificultades, Andrés, se estableció por su cuenta; primero, en un lóbrego sótano, después, en la garita de un amplio portalón, y cuando las cosas fueron a mejor, en una calle céntrica, rodeado de tiendas lujosas a las que acudían gentes de elevado poder adquisitivo. Tenía tal ansia por olvidar su mísero pasado, que con tal de obtener pingües beneficios, era capaz de atribuir a algún personaje histórico cualquier objeto del que conocía su modesta procedencia; envejecía marcos, puertas y tallas recientes, para que pasaran por piezas antiguas, al igual que maltrataba volúmenes enciclopédicos, con tal de que parecieran mil veces leídos en una prestigiosa biblioteca. El engaño era la forma habitual con la que aumentaba su patrimonio.
Un día, tasando el palacio de un miembro de la realeza venido a menos, encontró un cuadro de un pintor impresionista de incalculable valor. Siguiendo la táctica que tan buenos resultados le daba, fingió no reparar en ella, ofertando por todos los enseres palaciegos una cantidad, que el noble aceptó encantado. Con el valioso cuadro en sus manos, Andrés, creyó llegado el momento de retirarse y disfrutar del resto de sus días sin tener que trabajar. Repartió su fortuna entre sus hijos, quedándose, únicamente, con una pequeña cantidad de dinero y el famoso cuadro, calculando que con su venta, tendría para vivir más de dos vidas.
Lo colocó en el salón, frente al sofá desde el que imaginaba todos los días, las mil aventuras que le proporcionarían su venta, cuando llegara el momento.
Poco podía imaginar, Andrés, que la policía seguía el rastro de ese cuadro, robado años atrás de una pinacoteca.




domingo, 23 de julio de 2017


LA NIÑA REGALADA

Hace unos días, he acabado de leer esta interesante novela de Bona Balda, editada en el año 2013 (Sinindice Editorial), pero, que en razón de los hechos que relata, no ha perdido un ápice de actualidad.
Bona, es una magnífica escritora, además de excelente pintora, a la que he tenido la fortuna de conocer recientemente. Nacida en Logroño (La Rioja), ha vivido varios años, concretamente, desde 1972 a 1977, en Ecuador Allí, según me ha contado, encontró marcados contrastes: gente estupenda, solidaria, dulce y educada, con la que se sentía como en su propia casa. Pero lo que más le impactó, porque le dolía a tope, eran todos esos acontecimientos injustos y machacantes para los más indefensos, que ha reunido aquí a modo de puzzle y que tal vez puedan resultar, para nuestra forma de vida, tan increíbles como lo fueron para ella.
La propia escritora, nos relata la sinopsis de su novela:
Adriana llegó a Machala (Ecuador) buscando trabajo. Sólo era una de tantas jóvenes solteras embarazadas, pero ésta cargaba sobre sus hombros una dramática historia. Era una niña regalada, sin papeles, sin autonomía. Una esclava de hecho, aunque las leyes lo prohibieran. En la primera casa vivió sometimientos a trabajos inadecuados a su edad, a los caprichos de los dueños, a duros castigos. A través de Nancy, la joven dueña de la casa, se llega a conocer determinadas situaciones de la sociedad ecuatoriana: Ricos y pobres, los niños de la calle, la violación, el tema de los espíritus y los curanderos. La estancia de Adriana en La Sierra nos pone en contacto con el indio, con su conciencia de no ser nadie, y con el gran trabajo que la Teología de la Liberación hizo, en los años setenta, porque llegaran a manejaran su vida como seres adultos. Aunque el relato esté novelado, su base es real. De hecho me decidí a escribir porque Adriana, la protagonista, me contaba una historia tan inverosímil sobre ella misma, que no me la pude creer hasta que vi las cicatrices en su espalda. Me gustaría suavizar los hechos, pero… es que… son así.
Como pueden deducir por los párrafos anteriores, se trata de una novela de contenido duro, porque dura era la vida que la autora vio y vivió durante aquellos años. Un relato que agita la conciencia de los que estamos instalados en el estado del bienestar y en la sociedad de consumo y que nos impulsa a reflexionar sobre nuestros hábitos de vida, a la vez que nos anima, en la medida de lo posible, a ser solidarios con los que soportan tan duras condiciones de vida.
En cualquier caso, una lectura muy recomendable.




jueves, 20 de julio de 2017


PASAJES DE "CÉCILE.AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA"(36)

CAPÍTULO V

La Acogida

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―¿Qué planes tenéis para el año nuevo? ―nos preguntó a Daniel y a mí, para iniciar la tertulia.

Por puro azar, la pregunta acertó de lleno en el motivo de mi visita, y como era de esperar, me acordé de Goyita y contraje la mandíbula de manera involuntaria, mordiendo el bombón que, al ser de licor, derramó en mi boca su contenido, con tan mala fortuna que el líquido se me fue por la laringe. ¡Creí morir por atoramiento y por vergüenza! Parte del bombón salió despedido, salpicando los alrededores, mientras que en mi ahogamiento lanzaba sonidos extraños. Inmediatamente, todos me rodearon, ofreciéndome servilletas de papel, en tanto recibía una lluvia de consejos: “Levanta el brazo”, “Respira profundamente” o “Intenta tragar saliva”, pero que, de momento, no detuvieron los tosidos ni la sensación de estar pasándolo mal. Cuando por fin conseguí rehacerme, con voz ronca di las gracias y pedí disculpas por las molestias ocasionadas, mientras un par de lágrimas brotaban de mis ojos por el esfuerzo realizado. ¡Mi visita a los Casarell-Dupont no podía comenzar peor!

Tanto madame Stéphanie como Charlotte, me disculparon, intentando no abochornarme más de lo que estaba, alegrándose de que el incidente se hubiera pasado.

―Quédate un ratito sin hablar y ya verás cómo te recuperas ―sugirió Charlotte, actuando en el papel de hermana mayor.

No me quedó otra que hacerle caso. Charlotte era una joven muy bella de figura estilizada, que al igual que su madre, cruzaba las piernas al sentarse, mostrando unas rodillas preciosas comienzo de unas piernas interminables. Intentaba, sin éxito, estirar a cada poco la longitud de la falda tubo, en un ademán coqueto. Me dijo que se sentía encantada de conocerme. Comprendí que sus palabras eran pura cortesía y una manera de que pasara el tiempo para que me pudiera reponer de la sofoquina. Intentando que mi voz se aclarara, pidió a su hermana que me trajera un vaso de agua. Cuando Cécile me acercó el vaso, se inició en mí una súbita mejoría. Sentándose a mi lado, me lo ofreció, y mientras mojaba mis labios en él, noté como su mano se deslizaba por mi espalda en un intento de que el tránsito fuera placentero. Seguramente en la Gloria experimentaremos sensaciones parecidas a las que yo sentí en aquel momento. Al volver la cabeza para darle las gracias, me encontré con unos ojos maravillosamente azules que me miraron fijamente, envolviéndome con una luz desconocida para mí hasta entonces.

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domingo, 16 de julio de 2017


 
SAN SEBASTIÁN

Gaviotas de cristal surcan el aire tibio

con aromas de salitre.

En blanca espuma, alineadas olas

se rompen, sin estruendo, contra

escolleras de hormigonados bloques

que protegen la blanca barandilla de la costa.

¡Casco Viejo! Trajín y bullicio

ante las barras repletas de pintxos,

ramilletes de colores y sabores

del jardín de las delicias.

Navegan apacibles los veleros a los pies del monte Igeldo,

mientras sobre la arena descansan,

cuerpos tendidos al sol de la mañana.

Arriba, en el paseo, desfile de pamelas y sombreros,

 y en las terrazas, la calma y el sosiego

de mecidos soñadores de esperanza.

¡Que nadie turbe esta quietud de pájaros piando!

¡Que nadie ose alterar la hermosura del momento idílico!

Porque, hoy, los árboles se han vestido de un verdor inusitado

cuando  la paz ondea su bandera y resulta difícil distinguir,

 en la neblina, el tránsito entre mar y cielo.

En Zurriola, esperan, impacientes, los surfistas,

 el mar embravecido,

que, dulcemente entretenido,

 se besa con el Urumea,

Desde el puente del Kursaal,

observo el idilio feliz de los amantes

y vuelvo a aspirar ese olor de los recuerdos.

¡Gaviotas de cristal, surcan el aire!

domingo, 9 de julio de 2017




PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (36)

CAPÍTULO I

El Viaje

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Con la vista borrosa, me incorporé en el asiento y contemplé con qué velocidad desfilaban ante mis ojos encinas y alcornoques. También las vacas que, solitarias o en pequeños grupos, pastaban en los claros de la dehesa, junto a las charcas, aparecían y desaparecían como fotogramas de película de principios de siglo; «se asustan del tren» ―pensé―, y al girar un poco más la cabeza, en la última curva del recorrido, muy cerca de la estación, divisé el ciprés que indicaba el lugar exacto donde descansaban, entre otros, mis antepasados: «los González Hontañera», conocidos entre las gentes del pueblo como los muleros, aunque esta referencia disgustara enormemente a mi progenitor. Por un momento pensé en la abuela Macrina que, desde enero, alimentaba con su cuerpo el descomunal ciprés. «¡Se acabó el jamón en tacos y la propina del domingo!» ―pensé egoístamente, al tiempo que mi Certina chapado en oro, regalo de la primera comunión, señalaba inexorablemente las once y media de la mañana.

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jueves, 6 de julio de 2017


LA REFORMA

Crónicas de mi Periódico           6 de Julio de 2017

DESPOBLACIÓN

Según los últimos datos estadísticos, España ha ganado población, lo cual quiere decir que este ente nacional, que algunos no tienen claro, al menos, teóricamente, ha aumentado el número de contribuyentes. Sin embargo, los Castellanos-Leoneses, sentimos no ser solidarios en ese aspecto. La razón: por enésima vez, seguimos disminuyendo el número de habitantes de  nuestros pueblos y ciudades, al tiempo que seguimos siendo líderes porcentuales en ocupantes de cementerios.

Con todo respeto para los fallecidos, el estar mucho tiempo con la boca cerrada, deviene en estar callados para siempre. Castilla y León, como otras tantas Comunidades, que luego citaré,  está compuesto por personas dispuestas a aguantar lo que les echen, sin alzar la voz, sin rebelarse, siempre sumisas por el bien de la Unidad Nacional, por el bien de todos. Soporta estoicamente, que otras se arroguen el  bonito título de “Comunidades Históricas”, con todos los beneficios prerrogativas y Conciertos especiales que ello conlleva, cuando lo verdaderamente “Histórico”, nace en Asturias y se continúa con los Reinos de León, de Castilla y de Aragón.

“El que no llora no mama”, dice el refrán, y algunos, han sabido llorar en todo momento con una intensidad tal, que han acaparado “históricamente” la riqueza que generaba el país entero, con la creación de un tejido industrial notable que les asegura una renta per capita importante,  a la que han contribuido de manera decisiva, gentes procedentes del interior, que, paulatinamente, se ha ido despoblando.

Para los que la situación geográfica no nos ha dotado de costa, y que por tanto, no podemos fijar población con los puestos de trabajo que genera el turismo, sólo nos queda exprimir como un limón, nuestro impresionante Patrimonio Artístico y Cultura (el mejor de Europa), muchas veces exhibido sin contraprestación económica.

Sin industria, no hay porvenir  ¿Se imaginan lo que se podría haber hecho en Soria, Zamora o Teruel, por citar algunos ejemplos, con el dinero extra aportado al País Vasco para que dieran su aprobación a los Presupuestos Generales del Estado? Y lo que es prácticamente imposible de imaginar es lo que recibiría la Generalidad de Cataluña si, a última hora, el señor Puigdemont decidiera dar marcha atrás en su proceso independentista.

Antonio Machado dijo de los andaluces que todas las primaveras estaban buscando escaleras para subir a la cruz. Nosotros no necesitamos escaleras. En todas las estaciones caminamos con la cruz a cuestas del abandono, y lo que es peor, algunos no logran levantarse de sus caídas.

 

 

domingo, 2 de julio de 2017

REFLEXIONES CAROLINGIAS (XVII)

El avaricioso siempre tiene empachada a la gallina de los huevos de oro.

Se dice de Adán, que desde aquel día fatal, no volvió a comer manzanas ni aunque estuvieran en compota; también cuentan, de él que no se le pasó por la imaginación conocer a más mujeres.

Se dedicaba, únicamente, a las ventas al por mayor. A las ventas al por menor las tenía pánico, por si le acusaban de corruptor de menores.

Cuando se casaron hicieron separación de bienes. De separación de males no dijeron nada.

¿Habrá cosa más tonta que perder un imperdible?

Sólo una hermosa sirena, será capaz de enamorarme—decía. Y mira tú por dónde, alcanzó su sueño: ¡En el Cuerpo de Bomberos!

Sentía verdadero pavor por los topos, pero en su vestuario tenía dos blusas de topitos.

Cuando a Johann Sebastian Bach, le nombraron maestro de capilla del príncipe Leopold de Anhalt, un cortesano comentó: " ¿Ese es el nuevo maestro de capilla? ¡Bachhhh!" Desde 1717 no se conoce un envidioso mayor.

El último pez que ves en un acuario, siempre es el delfín.

A partir del día en que Mateo, estudiante de ingeniería, conoció a Sofía, dedicó todo su tiempo al estudio de la Filosofía.

Porque cojeaba de una pata, sus congéneres se reían de él. Los ciempiés son crueles.

Como era gótico, cuando murió su madre, nadie le dio el pésame.