jueves, 2 de julio de 2020



PASAJES DE "CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (69)

CAPÍTULO X
La Ambición

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En realidad, mi padre, no pretendía tanto la amistad con unos amigos, a los que tendría que soportar y pulir, como que Margarita, al contactar con Cuco y Nino, olvidara a Nacho, aunque de éste asunto no hablara explícitamente. No obstante, sorpresivamente, nos anunció que deseaba invitar a comer en nuestra casa a “los sorianos” y a sus hijos a fin de que les conociéramos más a fondo y de que la conversación tuviera un aire más culto.

―En cualquier caso ―anunció, mi padre―, lo haremos de manera sencilla, para que no se encuentren abochornados. Nada de vajillas espectaculares ni de cristalerías de Murano. Quiero que vean en esta casa un ambiente familiar y acogedor, alejado de ostentaciones; por lo que, durante su visita, tanto tata Lola como Petra, deberán permanecer en la cocina. Margarita y Álvaro serán los encargados de servir la comida y de atender a nuestros huéspedes.

Tanto a mi hermana como a mí nos temblaban las piernas cuando, en un caluroso domingo de mayo, nos vimos en la necesidad de transportar las soperas y las bebidas desde la cocina hasta la mesa, donde nuestros nuevos amigos fueron agasajados. Nunca habíamos ejercido de camareros, aunque nuestra impericia pasó inadvertida por los comensales que, sin ningún recato, asiendo la cuchara de manera improcedente, dieron buena cuenta del primer plato: patatas con costilla de cerdo.

Doña Tasina, que acumulaba en sus dedos todos los anillos del mundo, llevaba su cabeza al plato cada vez que se alimentaba, y no al revés, según rezan los manuales de educación y buenas costumbres. En postura tan forzada, el sombrero de plumas de ganso, del que no se había despojado, rozaba los perniles del lechón, que situado ante ella en la correspondiente cazuela de barro, esperaba pacientemente a ser descuartizado. Tanto don Augusto como sus hijos, Cuco y Nino, saciaron su apetito con la misma rapidez que su esposa y madre, sin apenas intercambiar palabra. La sed que les provocaba el asado la apagaban vaciando continuamente las copas de un rosado cigaleño que mi padre aportaba para la ocasión. Tras consumir de postre la especialidad de la casa, es decir, el flan que con tanto esmero preparaba Petra, doña Tasina se deshizo del sombrero. Transformada su cara en una enorme cereza granate rebosante de calorías, pidió permiso para deslizar las medias hasta los tobillos. De esa guisa, con las ligas y medias en las canillas y repanchingada en el sofá, sorbió el café sin añadirle azúcar, pues, según ella, estaba haciendo régimen de adelgazamiento. Don Augusto se desinhibió completamente, animado por el moscatel, y solicitó tomar una copa de coñac, “para no perder la costumbre”.

―No hay mejores momentos en la vida ―afirmó― que los que se disfrutan en familia o en compañía de unos buenos amigos después de una excelente comida. Eso y una partidita de mus, es el complemento ideal de una jornada feliz. ¿No tendrá usted una barajita para pasar el rato en tanto me fumo una faria? ―preguntó.

Mi padre, haciendo de tripas corazón, pidió a Petra la baraja con la que hacía solitarios, y no tuvo más remedio que emparejarse con don Augusto para enfrentarse, durante más de una hora, a los dos vástagos, mucho más expertos que los mayores en el arte de cantar “pares” y “nones”.
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domingo, 28 de junio de 2020


PARÍS. OH, LÀ LÀ!   (1)


Al regresar de nuevo al hogar familiar, quedé sorprendido por la cantidad de cambios que se habían producido durante mis cuatro meses de ausencia. En un ambiente relajado y animoso en el que el próximo enlace matrimonial de Margarita era el principal motivo de tanta placidez, mi primera sorpresa fue encontrar mi dormitorio tan cambiado que no parecía el mismo. En años precedentes, nunca concedí importancia al factor decorativo, impidiendo cualquier modificación que alterara mi ambiente de trabajo, sin percatarme de que el paso del tiempo había ido mudando el original gris perla de las paredes por otra tonalidad más oscura y tormentosa. Un aventajado decorador se había encargado de transformar el lóbrego aspecto anterior, en otro más alegre y  luminoso. Las paredes resplandecían ahora en un brillante color crema, en el que el predominio del componente amarillo era evidente. El lugar donde esperaba encontrar mi cama, había sido ocupado por un ampuloso mueble- librería en cuyas estanterías descansaban libros apuntes y mil recuerdos, perfectamente ordenados al gusto de mi madre, de manera, que en los primeros días, me fue imposible encontrar cualquier escrito que buscara. Oculta en la parte inferior, una cama hacía su aparición cada noche, permitiendo el resto del día que el espacio disponible fuera mayor, gracias también a que mi antigua mesa se había reemplazado por una especie de península que era una prolongación de la librería. Hasta la lámpara que me acompañó durante años, había dejado su lugar a otra más moderna y funcional que arrojaba una enorme cantidad de luz. "Así podrás escribir mejor" —dijo mi madre para que aceptara la luminaria—. Y tenía razón, lo que ella desconocía era que antes del cambio, con tan solo levantar la mirada, nada me impedía ver las estrellas en las noches despejadas.

—Tendremos que comprar un flexo, mamá. Concentra más la luz.

—Cómprate el que quieras—respondió mi madre, acuchándome—. Quiero que te encuentres cómodo en la casa de tus padres.

El resto de las habitaciones parecían haber sufrido los efectos de un mismo tsunami renovador que intentaba borrar cualquier rastro de la anterior remodelación, aquella que se realizó cuando Margarita soñaba con que Nacho fuera su amor de por vida. Ahora, ese hecho era solo un amargo recuerdo y el nuevo tapizado de sillas y sillones, la adquisición de muebles auxiliares y cortinajes, marcaban una nueva era. Incluso la sustitución de las fotos de los abuelos, por otra fotografía de la boda de mis padres parecía indicar de modo subliminal, el camino que deberían seguir la pareja de tortolitos para alcanzar los veintiocho años de unión ininterrumpida de mis progenitores.

Me daba la impresión de que mi ausencia había propiciado las circunstancias favorables  para llevar a cabo esta renovación a fondo. Posiblemente, mi madre y Margarita habían urdido y puesto en práctica un plan con el que tratar de deslumbrar a la familia de su prometido, cuya visita a nuestro hogar no tardaría en producirse, dado que la boda estaba fijada para el veintiuno de junio, festividad de san Luis Gonzaga; fecha elegida para que, enlace matrimonial y  onomástica, coincidieran .

Cuando mi madre intentaba ponerme al día de todas las novedades, explicándome el porqué de cada cambio, me asombró la presencia de una joven, que al cruzarse con nosotros en el pasillo, pronunció un casi inaudible:

—Doña Consuelo... Señorito...

—Buenas tardes, Gabriela—respondió mi madre.

Al contemplar mi asombro, mi madre se apresuró a decirme:

—Se trata de Gabriela, una joven boliviana que hemos contratado hace apenas un mes y que viene a ayudar a tata Lola. Parece que el tiempo cuando pasa no hace estragos, pero no estábamos muy seguros de que tata Lola pudiera aguantar el trajín que se nos avecina. La mujer ya se encuentra torpe y necesita apoyo y parece ser que con la nueva sirvienta hemos tenido suerte. Está siempre alegre y 
muy dispuesta para lo que se la mande.

Al volver a cruzarse otra vez con nosotros en el pasillo, mi madre guardó
 silencio y pude comprobar que además de las bondades con las que la calificaba, la muchacha poseía una delicada figura con rasgos faciales que delataban su origen en un rostro que se iluminaba al sonreír

—Nació en Cochabamba—continuó diciendo— y ahí donde la ves, a pesar de su juventud, es madre soltera. Al parecer es lo que se estila en las clases humildes de aquel país. Me ha dicho que quiere hacer unas perrillas con las que comprar un terreno para cuando regrese y sacar adelante a su niño. Ya veremos. A mí, con tal de que se haga al clima y aguante hasta que se case tu hermana, me vale. Después que sea lo que Dios quiera.

Sin solución de continuidad. mi madre siguió relatándome novedades.

—Mira. Álvaro. Aquí en el hall, las cortinas hacen juego...

Poco me importaba que las cortinas hicieran juego o no con el resto del mobiliario. Mi mente se encontraba detenida en la dulce mirada y el acompasado caminar de la nueva inquilina.
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Fotografía del autor.

jueves, 25 de junio de 2020



PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (69)

CAPÍTULO IV
Conociendo el pueblo

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Cuando entré en la casa del abuelo, encontré a mis progenitores con semblantes bien dispares. Mi padre, en pijama, exteriorizaba con su peculiar gimnasia, el momento feliz que le embargaba. Sus estiramientos, sus contorsiones y sus paseos por la acera del jardín, eran la prueba evidente de que Cosme, el de la mueva no se mesa, había arreglado la cerradura y por ello, con total intimidad se había entregado «al merecido descanso de la siesta» en compañía de mi sufrida madre.
Cuando iba a la cocina para prepararme un bocadillo, a través de la entreabierta puerta del lavabo pude ver a mi madre peinándose ante el espejo. Tras picar en la puerta, le dije:
―Mamá, ya estoy aquí.
―¿Lo has pasado bien? ―respondió, volviendo la cara.
―Bien…bien… ―dije, para no disgustarla, y comprobé la tristeza que embargaba sus ojos, en una cara totalmente encendida.
Después de peinarse y disimular convenientemente con maquillaje la rojez del rostro, preguntó a Petra:
―¿Cuándo confiesa don Matías?
―A estas horas ―contestó, diligente, Petra― siempre está en la iglesia, ensayando con el coro o reunido con las Hijas de María; pero a don Matías no le importará que se le interrumpa si es menester. ―Y añadió, dando ánimos―: ¡Vaya señorita! ¡Vaya! Que con lo buena que es usted, la avía en un minuto.
―Gracias, Petra. En mi ausencia, después de atender al señorito, puedes ir haciendo la cena.
Ya en el zaguán, mientras se colocaba el velo, preguntó a Margarita:
―¿Quieres acompañarme? Necesito ir a la iglesia para ponerme a bien con el Señor. Si decides venir, coge la rebeca de manga larga y no te olvides del velo.
Asomado a la ventana, las vi alejarse. También observé, pelando patatas a la puerta de su casa, a Rosario, la Peineta, diciendo para sí:
―Es temerosa, la calor que ha hecho hoy.
                                                                                 


domingo, 21 de junio de 2020


EN EL MADRID DE LOS 60 (XI)


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Venciendo mi orgullo y la recomendación que me hiciera don Gustavo, una tarde de frío invernal, me presenté en el Café Gijón y, al no ver a mi mecenas, pregunté por él a uno de los contertulios:

—Buenas tardes, por favor, ¿me podría indicar si se espera a don Gustavo?

—¡Uy, don Gustavo! Hace por lo menos un mes que no viene por aquí. En cuanto nota los primeros fríos se refugia en casa y no regresa hasta mayo. La bronquitis crónica le tiene atemorizado.

—Muchas gracias. Ha sido muy amable—respondí.

Abandoné el local pareciéndome reconocer a alguno de los asistentes, pero ya fuera el humo de los habanos o el fragor de las entrecruzadas conversaciones, el caso fue que ninguno de los vociferantes asistentes hizo señal de percatarse de mi presencia. ¡Porca vita!

Con la derrota dibujada en mi rostro, me consolé tomando un chocolate con churros en una buñolería de calle de Góngora ¡casualidades de la vida! y desde allí hice un recorrido por el Café "El Figón" y como le viera falto de ambiente, me introduje en "La Manuela", una tasca situada en pleno barrio de Chueca. Nada más entrar tuve la precaución de despojarme de mi flamante abrigo no fuera que tan elegante indumentaria llamara la atención de los parroquianos, no tan finamente trajeados como yo. Alrededor de dos meses de madera, en parte socavadas a punta de navaja y en la que no había sitio material para escribir una sola frase más, descansaban unos porrones de tinto de los que daban cuenta a espacios regulares de tiempo, un grupo de ocho "intelectuales" de vestir estrafalario y modales ordinarios. Entre sus exabruptos, maldecían a todo aquello que hiciera mención al franquismo e incluso al sentarme con ellos me dijeron: "Pareces muy recortadín, ¿No serás facha?" . No me quedó más remedio que soltar un taco y mostrar mi carnet de afiliado a las Juventudes Comunistas que conservaba de mi época revolucionaria. Con la confianza ganada, asistí al lamentable espectáculo de tener que escuchar malísimos poemas, carentes, según mi punto de vista, de calidad literaria, gusto estético  e ingenio creativo que eran largamente aplaudidos a su término. El que yo recité, fue acogido con tímidos aplausos lo que demostró bien a las claras que pertenecíamos a concepciones expresivas muy diferentes.

Como pude, me zafé de seguir en su compañía, prometiendo que regresaría pronto. Supongo que nadie me echaría de menos en días posteriores Por mi parte, sabía que no  volvería jamás a ese antro. El frío de la tarde-noche me ayudó a olvidarme de esa pandilla de pseudointelectuales de escasa capacidad imaginativa y elevada adicción a trasegar vino de la peor calidad.

Aceptado mi fracaso en esta primera incursión por el idealizado mundo del Madrid literario, decidí regresar a mi ciudad cuando la gran urbe se vestía con las primera luces navideñas.

En una breve misiva comuniqué la fecha y hora de mi regreso y, aunque comenté que no hacía falta que fueran a esperarme, en la estación Campo Grande, mi madre y Margarita se encontraban en el andén vestidas con sus mejores galas como si fueran a recibir al ganador de los Juegos Florales de Madrid.

Apenas descendí del expreso Madrid-Irún, ya mi madre me asaetaba con toda serie de preguntas sobre mis amistades y publicaciones.

—Dinos, Álvaro, ¿con qué personajes de la burguesía madrileña has hecho amistad? ¿Has traído recortes de tus publicaciones? ¡Hasta tu padre se sintió emocionado al comentarle tus éxitos!

No deseando que se supiera la verdad de lo ocurrido, opté por una salida que no arruinara mi porvenir poético si a mi madre le diera por difundir la noticia y se llegara a saber la verdad de mi infructuosa estancia en Madrid.

—Mira, mamá; creo que a mis amistades no les haría ninguna gracia que su nombre se airee en tertulias provincianas. Por otra parte, no deseo que mis publicaciones en diarios de tirada nacional sean conocidas. Eso traería como consecuencia, celos en la profesión y, aunque tus amistades te felicitarían en un primer momento, me cerrarían las puertas a futuros Certámenes poéticos. Es mejor dejarles con la duda y así evitarles el sofoco de pensar que algunos de sus parientes o amigos no han alcanzado la cúspide a la que yo he llegado.

Tanto mi madre como mi hermana no comprendieron del todo las razones que les di, pero las aceptaron creyendo que habían escuchado a un modelo de humildad.

Cerca de la Plaza de España, con ambas mujeres asiéndome fuertemente de los brazos como si estuvieran custodiando a un prócer de la las Letras Hispanas, mi madre dijo en tono de plegaria: "Virgen de las Angustias, te pedí que ayudaras y cuidaras de mi hijo, pero además de eso, me lo has transformado en un hombre cabal y humilde. ¡Bendita seas!"

No había que ser adivino para imaginar que aquella misma tarde, la imagen de la Virgen de las Angustias luciría alumbrada con un enorme velón que mi madre se encargaría de colocar en el lampadario.  
                                     
FIN de " EN EL MADRID DE LOS 60"

jueves, 18 de junio de 2020


EL CARACOL





Después de oscuridad fue la tormenta
la que alteró el sosiego de aquel día,
entre rayos, el agua que caía
inundaba la tierra tan sedienta.

Escuchando tronar, no me di cuenta,
de proteger la tierna peonía
sembrada en el jardín al mediodía
para ser del verano vestimenta.

Cuando el cielo se hubo despejado,
vi mi planta de pálidos verdores
destrozada con otras a su lado

y un caracol con concha de colores
buscando, lentamente, su bocado,
gustosa para él sin sus olores.


Fotografía de Mayte Martín García

domingo, 14 de junio de 2020


EN EL MADRID DE LOS 60 (X)


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—En ese caso, mañana vendré con una carpeta de mis últimos poemas. Creo que son los más conseguidos.

—Te aconsejo que su número no exceda de cinco. Cuenta más la calidad que la cantidad, además don César no dispone de mucho tiempo. Ya le ponderaré tu obra a ver si tenemos suerte y algunos de tus trabajos aparece publicado en la sección literaria del ABC—don Gustavo realizó una pausa y en tono paternal me hizo una observación—. ¡Ah, se me olvidaba! Lo prudente es que después de hacerme la entrega, no vuelvas a aparecer por aquí. En nuestra Tertulia hablamos de multitud de temas, algunos tan delicados como los que tienen un trasunto político, e incluso no es infrecuente, que salgan a relucir líos de faldas y, como comprenderás, no nos gusta sentirnos espiados por advenedizos. Lo comprendes, ¿verdad?

—¡Naturalmente, don Gustavo! A partir de mañana no volveré, pero, ¿cómo seguiremos en contacto?

—Compra todos los días el periódico. Cuando veas alguno de tus poemas publicado, te pasas por aquí y dejas una nota agradeciendo a don César su deferencia.

—Así lo haré, don Gustavo. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—¡Claro, hijo! Las que quieras.

—En todos los días en que he permanecido atento a su tertulia, no he detectado la presencia de ninguna dama.

— La presencia de señoras en estos lugares públicos no estaría bien vista. Máxime por los temas que algunas veces tratamos. Ellas mismas por su propia reputación se reúnen en casas particulares. La Señora Marquesa de Fuente de la Solana acoge en su domicilio a un grupito de poetisas que, por lo que me han contado, invierten más tiempo tomando el chocolate y haciendo chascarrillo que en la propia lectura de poemas.

Aclarada mi duda, me despedí de don Gustavo con un fuerte apretón de manos y antes de abandonar el local, advertí al camarero: "Mañana únicamente vendré a entregar un encargo, pero, de ahora en adelante, ya puede disponer de la mesa. Salgo de viaje y estaré un tiempo fuera".

Mis "viajes" a partir de esa fecha, consistían en conocer cada mañana enclaves de Madrid aún no visitados, e iban precedidos de la compra del diario ABC. Con celeridad compulsiva pasaba las hojas sin leer siquiera el editorial, ni las páginas dedicadas a la política y, mucho menos, en el extenso contenido de noticias foráneas o de la Villa. Todo mi interés se centraba en las publicaciones contenidas en la "Agenda Cultural". Un día tras otro, comprobaba, desalentado, como ninguno de mis poemas aparecía impreso y yo mismo me consolaba pensando que en alguna de las fechas posteriores acabaría por sonreírme la fortuna. Como el tiempo pasaba, la temperatura descendía y ya no disponía de dinero para adquirir nuevas prendas, combatía la amenaza del seguro constipado, vistiéndome con doble capa de camisas y jerséis. Aun así, a finales de noviembre la temperatura experimentó tan espectacular caída que la ropa se vio incapaz de protegerme y la fiebre hizo su aparición. Durante una semana los analgésicos y los caldos que me preparaba la señora Justina hicieron el milagro de evitar la pulmonía. La mujer me trataba con un esmero exquisito que aumentó cuando me tiré el pegote de decirle que, de vez en cuando, aparecían en la prensa algunas de mis publicaciones, por lo que le recomendaba me comprase cada día el diario.

Cuando la fiebre cedió, confortado por el brasero de picón que calentaba mis pantorrillas bajo la mesa camilla,  me acordé, como buen hijo pródigo, de mi hogar y de que todavía no había respondido a mi madre dándole las gracias por el giro postal recibido dos meses antes. Así que tomé papel y estilográfica y después de agradecer el envío monetario, justifiqué la tardanza en contestar, arguyendo el mucho trabajo que me ocupaba la creación de nuevos poemas y el tiempo que invertía en asistir a reuniones "con la flor y nata" de la sociedad literaria madrileña. En la carta anunciaba la próxima aparición de uno de mis poemas en un diario de tirada nacional, aunque me cuidé muy mucho de indicar de qué periódico se trataba por si se descubría el pastel. Para terminar, añadía  no disponer de ropa de abrigo y de necesitar de un pequeño impulso financiero con el que vestirme de forma adecuada, dada la categoría de mis amistades. Endulzaba el final de la carta con un "Es mi deseo poder pasar con vosotros estas Navidades."

El dinero llegó de inmediato junto con una breve nota en la que mi madre decía sentirse orgullosa de que el primogénito de sus entrañas se codeara con gente de tanto prestigio y anhelaba escuchar de mi propia voz todos los éxitos cosechados y la identidad de mis ilustres compañeros. "Cuando lo cuente en el Círculo de Recreo, mis amistades, se van a morir de envidia"—añadía ufana—, y concluía deseándome un pronto y feliz regreso al hogar familiar. Gracias al generoso envío, pude comprarme un abrigo tirolés que cubría mi cuerpo con amplitud y de paso tapaba también la vergüenza que sentía tras ver frustradas mis expectativas al comprobar que, después de transcurridos muchos días, ninguno de mis poemas había visto la luz.
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jueves, 11 de junio de 2020


PASIONES QUE NO CADUCAN



(Obra teatral en tres Actos)
ACTO PRIMERO
(Dos amigas se encuentran casualmente por la calle)

Lourdes—¡Cuánto me alegra habernos encontrado! desde esta mañana temprano he estado pensando en llamarte, pero no he querido hacerlo no fuera a despertarte.
Flora—¿Y eso...?
Lourdes—Bien los sabes, Florita. A mí no se me olvidan los cumpleaños.
Flora—¡Calla, chica! Saber que he cumplido los setenta y cinco me deprime y más en mi situación, pues desde que me dejó mi pobre Eulogio, vivo sola.
Lourdes—Eso nos sucede a muchas y cada una pasa las penas como puede. Yo me entretengo mucho haciendo ganchillo.  
Flora—A mí no me ocurre lo mismo. Hacer ganchillo no me divierte, sin embargo, se me hace muy cuesta arriba no tener un hombre a mi lado. Pienso que todavía estoy de buen ver y que me quedan unos años para disfrutar del amor. Ya no va a ser como antes, pero el postre, aunque no sea tan abundante como el primer o segundo plato, siempre te deja un buen sabor de boca.
Lourdes—Pues estando tan apurada, la solución es que escribas a una Agencia Matrimonial especificando las características que ha de poseer el aspirante.
Flora— No sería una mala idea. Pero soy tan tímida. Si tú me ayudaras...
Lourdes—Sí, mujer. Eso está hecho. A ver, ¿cómo te gustaría que fuera el hombre de tus sueños?
Flora—Nada del otro mundo, no te vayas a creer que estoy para gigolós. Basta que sea de mi edad. Ni muy alto ni muy bajo. A ser posible, hogareño y sobre todo muy cariñoso.
Lourdes—Casi , hija. Si lo encuentras y tiene un hermano gemelo, me lo presentas y puede que nos arreglemos las dos. Ja,ja,ja.
Flora—No estaría mal. Vamos, date prisa en escribir. ¡Es tan triste pasar las noches en soledad!

ACTO SEGUNDO
(Las dos amigas se vuelven a encontrar dos meses más tarde)

Lourdes—Flora, cariño, ¡qué ganas tenía de verte!
Flora—Y yo a ti, Lourdes. Tengo muchas cosas que contarte.
Lourdes—¿Recibiste contestación de la Agencia? Cuenta, cuenta...
Flora—Ya lo creo que me escribieron. El primero que conocí era un jubilado que por tener tres años menos que yo, me dijo que no quería salir con viejas. ¡Él se lo perdió! El segundo, pasaba de los ochenta y tenía un resuello tan profundo al respirar que si lo abrazara, puede ser que le asfixiara. Así es que a ese lo despaché yo. Se ve que lo mejor estaba por venir.
Lourdes— Me tienes en ascuas. Dime, ¿qué pasó con el tercero?
Flora—Pues que conocí a Tomás. Un tío de los pies a la cabeza que a las primeras de cambio me agarró por la cintura y me dijo: "Tienes cuerpo de diosa. Como no consiga que me quieras, la vida para mí ya no tendrá razón de ser."
Lourdes—¡Madre mía! ¿Eso te dijo? ¡Vaya tío! ¡Qué poderío!
Flora—Una fiera, hija, una fiera. Aquel mismo día me llevó a bailar. En cada pasodoble me dejaba sin respiración y en los tangos no sé cómo se las apañaba para besarme en la nuca. Como comprobé que con la bachata tampoco perdía energía, me ilusioné de tal forma que hasta la imagen de mi Eulogio, a quien Dios tenga en la Gloría, se me desvaneció de repente.
Lourdes—¿Entonces, hubo lío?
Flora—Pues sí, querida Lourdes. No estamos para perder el tiempo. Al poco ya nos fuimos a vivir juntos.
Lourdes—¡Qué suerte, Florita! ¿No le preguntaste si tenía un hermano?
Flora—¡Anda ya, golosona! Haz como yo. Si quieres que te toque la lotería, tienes que jugar.
Lourdes—Pues creo que aún no es tarde. Escribiré a la Agencia.
Flora—Que tengas mucha suerte, Lourditas.

ACTO TERCERO
(Las mujeres se vuelven a encontrar en Fase 3)

Lourdes—¡Flora!
Flora—¡Lourdes, cariño! Por fin nos vemos después del confinamiento.
Lourdes—Cuéntame, ¿qué tal te va con Tomás?
Flora—Una maravilla. Hemos estado tres meses como si estuviéramos en viaje de novios. Como ha hecho calorcito, todos los días nos tomábamos el aperitivo en la terraza y luego, por la tarde, salíamos a cantar para animar a los sanitarios. ¡Qué vozarrón tiene! Mi Tomás es una fuente de energía y estos tres meses se nos han pasado en un suspiro. ¡Cómo le gusta retozar! A veces hasta sacábamos tiempo para echarnos un julepe o un parchís, porque decía, con razón, que también había que tener activa la mente. Bueno y  tú, ¿escribiste a la Agencia?
Lourdes—Escribí y conocí a un tal Fermín. Por seguir tu ejemplo, nos fuimos a vivir juntos enseguida, no fuera a ser que se me escapara, pero con tan mala suerte que Fermín se puso enfermín y comenzó a toser. Le llevé al hospital y dio positivo en el bicho ese, pero como no estaba grave y con el Estado de Alarma, le he tenido todo este tiempo en casa, cuidándole hasta que se ha recuperado. Quiera Dios que a ver si ahora podemos salir y divertirnos un poco.
Flora—Anda que se te habrá quedado un cuerpo...
Lourdes—El cuerpo lo conservo intacto. Lo que sí que me han dicho es que tengo anticuerpos. Ese es el regalo que me he ganado a pulso.
Flora—De lo malo, malo, algo has sacado de positivo. De todas formas, juega a la Primitiva que ya se puede. Ya verás como en eso tendrás suerte.
Lourdes—Te haré caso. Adiós, guapa.

(Mientras baja el telón, se oye a Lourdes decir en voz baja: "Te odio")

FIN




domingo, 7 de junio de 2020


EN EL MADRID DE LOS 60 (IX)


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Afortunadamente, siempre iba provisto de algunos poemas por si tenía la ocasión de leerlos públicamente y esta circunstancia acababa de producirse. Un tanto acalorado, con el orujo haciendo su efecto y acompañado de un ligero temblor de piernas, acerté a pronunciar:

—Gracias, señores, por hacerme partícipe de su compañía. Leeré a modo de presentación y como homenaje a la ciudad que me ha acogido, un breve poema dedicado a Madrid. Por favor, eviten comparaciones con la canción de Agustín Lara—pronuncié con media sonrisa, para quitar solemnidad a la declamación.

MADRID

Te canto, Madrid, porque tu brisa
acaricia al soñador errante
venido para plantar en tu asfalto
semillas de fantasía.

Resuenan bajo el pálido cielo,
el ajetreado caminar de afanes
en miradas que son resplandores
de tardes azuladas, de dorados recuerdos
de otros pueblos y ciudades.

En tu urbe se cobijan
junto a la carne vencida,
la tierna suavidad del niño;
quimera y realidad caminan juntas
por Plazas y Avenidas
de un encanto inabarcable que enamora.

En los castizos recodos de callejas, las corralas
no han perdido el saber popular de artistas y de reyes
que quisieron perder o ganar su noche
en  las Cavas de La Latina.
Escucho en la Castellana trinar de pájaros
sacudiendo las conciencias del viandante incrédulo,
mientras que en el Retiro cruzan las barcas como naves
hacia el Nuevo Mundo de la orilla opuesta.

El Cielo y Madrid son la misma cosa
para el poeta que escucha en sus fuentes
cantos de Sirenas, arpegios rumorosos
u ocultas melodías del Manzanares
tendido a los pies de la Almudena.

Junto a la leyenda, el oso y el madroño
se yerguen como yo, intentando palpar
con las yemas de los dedos
la belleza que Madrid me ofrece.

Varios ¡Bravo! y un nutrido aplauso de los asistentes, premió mi actuación. A los pocos segundos, como si se hubieran puesto de acuerdo, reanudaron el guirigay de sus conversaciones como quien da paso al segundo Movimiento de una Sinfonía momentáneamente interrumpida y deduje por su actitud, que más que cautivados por mis versos, los tertulianos eran personas complacientes y educadas.

Don Gustavo, en un deseo de que mi presentación dejara en mí un grato recuerdo se apresuró a decirme:

—No has podido tener mejor debut. Se ve que tienes madera de gran poeta y es de justicia que tu obra sea conocida. Por eso, deseo ayudarte. Te recomiendo que escojas entre tus poemas aquellos que te parezcan de mayor calidad y me los hagas llegar. Yo se los entregaré a mi amigo César, un gran periodista y escritor al que, últimamente, por su delicado estado de salud no se le ve mucho por aquí, pero que goza de gran influencia en varios diarios de tirada nacional.

—¿César González Ruano?—Pregunté, curioso.

—El mismo—Afirmó don Gustavo—Pocos de nosotros tienen tanta influencia como él. Se los podría dejar también a un joven escritor, Francisco Umbral, pero aún no tengo mucha confianza con él. Con Camilo José Cela, ni me atrevo, tiene el ego muy subido. El que más confianza me da es César, sin duda.
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jueves, 4 de junio de 2020


REFLEXIONES CAROLINGIAS XLV


Los pájaros que más me distraen no son los que tengo en la cabeza.

Mi vecina Reme cuenta tan bien los chistes, que todos la conocemos por "La Graciosa". Hace unos días tuvo que poner una nota en el portal, ante la avalancha de gente que quería veranear en su casa.

La policía cree haber identificado al ladrón que robó a Sabina el mes de abril.

—Padre: Me acuso de que, durante el confinamiento, me he pasado la mayor parte del tiempo sin hacer nada útil.
—Estate tranquilo, hijo. Si no has visto mucha tele, no es pecado grave.

"Con todo el mundo usando mascarilla, me resulta muy difícil reconocer a la vieja del visillo"—Ha comentado el portero de mi casa, fisgón donde los haya.
" No está demostrado que el uso de mascarillas produzca en las orejas, el efecto "soplillo"—. Ha afirmado un alto cargo del Ministerio de Sanidad—. No obstante, nombraremos una Comisión de Investigación"—añadió.
De ningún modo desearía contagiarte. Te aseguro, querida, que antes de telefonearte, me echo gel desinfectante en las manos.
Soy el Alcalde de La Sagra de Montepaciego. ¿Alguien podría indicarme en qué fase se encuentra el pueblo hoy? Con el pueblo todavía sin asfaltar, no estamos para más desfases.
Lo diré una vez más: Quien nos informa sobre la Covid-19 no es Manuel de Falla.
Tengo la impresión de que, hasta la vida se ha puesto más carilla.
Papá, estos que cuentan los contagiados de cada día, ¿tampoco fueron a clase como yo? —¿Por qué lo dices, hijo?
— Es que no han aprendido a sumar.
Colectivos de vegetarianos y veganos ya han anunciado que cuando se descubra la vacuna de la Covid-19. no se la pondrán. "Como mucho, nos inyectaremos la veguna"—afirmaron.

Fotografía de María Teresa Álvarez.