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miércoles, 5 de agosto de 2026

 

PASIONES QUE NO CADUCAN



 

(Obra teatral en tres Actos)

ACTO PRIMERO

(Dos amigas se encuentran casualmente por la calle)

 

LOURDES— ¡Cuánto me alegra habernos encontrado! Desde esta mañana temprano he estado pensando en llamarte, pero no he querido hacerlo, no fuera a despertarte.

FLORA— ¿Y eso...?

LOURDES— Bien los sabes, Florita. A mí no se me olvidan los cumpleaños.

FLORA— ¡Calla, chica! Saber que he cumplido los setenta y cinco me deprime, y más en mi situación, pues desde que me dejó mi pobre Eulogio, vivo sola.

LOURDES— Eso nos sucede a muchas, y cada una pasa las penas como puede. Yo me entretengo mucho haciendo ganchillo.  

FLORA— A mí no me ocurre lo mismo. Hacer ganchillo no me divierte. Sin embargo, se me hace muy cuesta arriba no tener un hombre a mi lado. Pienso que todavía estoy de buen ver y que me quedan unos años para disfrutar del amor. Ya no va a ser como antes, pero el postre, aunque no sea tan abundante como el primer o segundo plato, siempre te deja un buen sabor de boca.

LOURDES— Pues estando tan apurada, la solución es que escribas a una Agencia Matrimonial, especificando las características que ha de poseer el aspirante.

FLORA—  No sería una mala idea. Pero soy tan tímida. Si tú me ayudaras...

LOURDES— Sí, mujer. Eso está hecho. A ver, ¿cómo te gustaría que fuera el hombre de tus sueños?

FLORA— Nada del otro mundo, no te vayas a creer que estoy para gigolós. Basta que sea de mi edad. Ni muy alto ni muy bajo. A ser posible, hogareño y sobre todo muy cariñoso.

LOURDES— Casi ná, hija. Si lo encuentras y tiene un hermano gemelo, me lo presentas y puede que nos arreglemos las dos. Ja, ja, ja.

FLORA— No estaría mal. Vamos, date prisa en escribir. ¡Es tan triste pasar las noches en soledad!

 

ACTO SEGUNDO

(Las dos amigas se vuelven a encontrar dos meses más tarde)

 

LOURDES— Flora, cariño, ¡qué ganas tenía de verte!

FLORA— Y yo a ti, Lourdes. Tengo muchas cosas que contarte.

LOURDES— ¿Recibiste contestación de la Agencia? Cuenta, cuenta...

FLORA— Ya lo creo que me escribieron. El primero que conocí era un jubilado que por tener tres años menos que yo, me dijo que no quería salir con viejas. ¡Él se lo perdió! El segundo pasaba de los ochenta y tenía un resuello tan profundo al respirar que si lo abrazaba, puede ser que le asfixiara. Así es que a ese lo despaché yo. Se ve que lo mejor estaba por venir.

LOURDES— Me tienes en ascuas. Dime, ¿qué pasó con el tercero?

FLORA— Pues que conocí a Tomás, un tío de los pies a la cabeza que, a las primeras de cambio, me agarró por la cintura y me dijo: "Tienes cuerpo de diosa. Como no consiga que me quieras, la vida para mí ya no tendrá razón de ser."

LOURDES— ¡Madre mía! ¿Eso te dijo? ¡Vaya tío! ¡Qué poderío!

FLORA— Una fiera, hija, una fiera. Aquel mismo día me llevó a bailar. En cada pasodoble me dejaba sin respiración, y en los tangos no sé cómo se las apañaba para besarme en la nuca. Como comprobé que con la bachata tampoco perdía energía, me ilusioné de tal forma que hasta la imagen de mi Eulogio, a quien Dios tenga en la Gloría, se me desvaneció de repente.

LOURDES— ¿Entonces, hubo lío?

FLORA— Pues sí, querida Lourdes. No estamos para perder el tiempo. Al poco ya nos fuimos a vivir juntos.

LOURDES— ¡Qué suerte, Florita! ¿No le preguntaste si tenía un hermano?

FLORA— ¡Anda ya, golosona! Haz como yo. Si quieres que te toque la lotería, tienes que jugar.

LOURDES— Pues creo que aún no es tarde. Escribiré a la Agencia.

FLORA— Que tengas mucha suerte, Lourditas.

 

ACTO TERCERO

(Las mujeres se vuelven a encontrar en Fase 3)

 

LOURDES— ¡Flora!

FLORA— ¡Lourdes, cariño! Por fin nos vemos después del confinamiento.

LOURDES— Cuéntame, ¿qué tal te va con Tomás?

FLORA— Una maravilla. Hemos estado tres meses como si estuviéramos en viaje de novios. Como ha hecho calorcito, todos los días nos tomábamos el aperitivo en la terraza y luego, por la tarde, salíamos a cantar para animar a los sanitarios. ¡Qué vozarrón tiene! Mi Tomás es una fuente de energía y estos tres meses se nos han pasado en un suspiro. ¡Cómo le gusta retozar! A veces hasta sacábamos tiempo para echarnos un julepe o un parchís, porque decía, con razón, que también había que tener activa la mente. Bueno y  tú, ¿escribiste a la Agencia?

LOURDES— Escribí y conocí a un tal Fermín. Por seguir tu ejemplo, nos fuimos a vivir juntos enseguida, no fuera a ser que se me escapara, pero con tan mala suerte que Fermín se puso enfermín y comenzó a toser. Le llevé al hospital y dio positivo en el bicho ese, pero como no estaba grave y con el estado de Alarma, le he tenido todo este tiempo en casa, cuidándole hasta que se ha recuperado. Quiera Dios que a ver si ahora podemos salir y divertirnos un poco.

FLORA— Anda que se te habrá quedado un cuerpo...

LOURDES— El cuerpo lo conservo intacto. Lo que sí que me han dicho es que tengo anticuerpos. Ese es el regalo que me he ganado a pulso.

FLORA— De lo malo, malo, algo has sacado de positivo. De todas formas, juega a la Primitiva que ya se puede. Ya verás como en eso tendrás suerte.

LOURDES— Te haré caso. Adiós, guapa.

 

(Mientras baja el telón, se oye a Lourdes decir en voz baja: "Te odio")

 

FIN

 

 


domingo, 28 de junio de 2026

 

EL LIGÓN CONFINADO

 


(Obra teatral en tres Actos, a representar cuando se pueda)

ACTO PRIMERO

El escenario está dividido en dos partes. En el lado izquierdo está Jorge en el salón de su casa, teléfono en mano, y en el lado derecho se encuentra Marisa sentada en un sofá.

 

Jorge— Voy a ver si tengo suerte y está disponible Marisa. (Llamando...)

Marisa—¿Diga?

Jorge—Hola, cariño. Soy Jorge. ¿Te acuerdas?

Marisa—¿Qué Jorge...?

Jorge—¡Qué Jorge va a ser! El que salió contigo este otoño.

Marisa—Es decir, el sinvergüenza que me dejó plantada el quince de noviembre. Aún  recuerdo la fecha ¡Estúpido!

Jorge— No te dejé plantada. Es que ese día era el "cabo de año" de mi abuela y tuve que ir a Misa.

Marisa—Después de la Misa, debiste de guardar el luto mucho tiempo, ¿no? Porque ya no te volví a ver el pelo.

Jorge—Era una abuela muy querida y no me parecía bien que en los siguientes días fuéramos de copas, a bailar, a divertirnos... Luego, ya sabes, que si las Navidades, que si Reyes, y ahora con el confinamiento... se fue pasando el tiempo y hoy me he dicho: "tengo que llamar a Marisa a ver qué es de su vida".

Marisa—Tienes un morro que te lo pisas. Si hubieras tenido una pizca de hombría me habrías dicho por qué me dejaste.

Jorge—Que no se trata de hombría. Las mujeres a veces no comprendéis los estados anímicos de los hombres.

Marisa— Mira, majo. No me vengas intentando justificarte. A mí la gente como tú no me va. Yo busco una relación formal y no un niñato caprichoso.

Jorge—Que no, Marisa, que no. Soy un tipo responsable, lo que pasa es que las circunstancias...

Marisa—¡Pero qué circunstancias!. ¿Te crees que he nacido ayer? Me has llamado porque estás más aburrido que una ostra. No soy tan tonta como te piensas.

Jorge—Te he llamado porque cuando podamos salir sin mascarilla. ya será otoño de nuevo y tal vez revivamos los momentos románticos del año pasado.

Marisa—Aunque en el otoño ya se pudiera salir sin mascarilla, yo si te viera, me la pondría por si acaso, en un arrebato, tuvieras intenciones de besarme de nuevo.

Jorge—¡Qué carácter! ¿Para ti no existe el perdón? Dicen que después de la Pandemia vamos a ser diferentes. Si te parece, para entonces, lo podríamos intentar de nuevo.

Marisa—¡Y un jamón con chorreras! ¡Una y no más, santo Tomás! No sé si me agarrará el virus, pero lo que está claro es que el que no me a agarrar más eres tú. ¿Te ha quedado clarito?

Jorge—Bueno, mujer. En estos días hay mucho tiempo para reflexionar, si piensas otra cosa, me llamas y ya está.

Marisa—Ni lo sueñes, amiguito. Que te vaya bien y que tengas mucha suerte en encontrar pareja, aunque sin conocerla, me da pena la pobrecilla. Piii, piii, piii...

Jorge—¡Me ha colgado!

 

ACTO SEGUNDO

(Ahora, en la parte derecha del escenario, está la habitación de Marta)

 

Jorge—(Llamando)

Marta—¿Síííí?

Jorge—¡Hola, cielo! ¡Qué haces?

Marta—¿Pero otra vez tú?

Jorge—Sí, bonita. Paso muchas horas en vela pensando en ti.

Marta—Pero ya te he dicho varias veces que no me vuelvas a llamar. Lo nuestro terminó.

Jorge—Más bien lo terminaste tú, porque en toda mi vida he pasado unas Navidades tan felices como estas últimas.

Marta—Ni yo unas tan aburridas. El caso es que como me dijiste que te había dejado la novia, me diste pena y quise que me acompañaras, pero, hijo mío, siento decirte que fue la equivocación de mi vida. ¡Eres un plasta!

Jorge— Yo sin embargo encontré en ti el apoyo que acompañó mi soledad.

Marta—Pues yo sufría viendo que te estabas ilusionando y no sabía cómo decirte que no sentía nada por ti.

Jorge—La verdad es que nunca pensé que me dejarías. Te veía tan cariñosa...

Marta—Querrás decir amable, porque no te di motivos para que pensaras otra cosa.

Jorge—El caso es que, cuando bailábamos tan apretaditos...

Marta—¡No me lo recuerdes, Jorge! Me dejaste los pies destrozaditos. Ya puedes ir a una Academia de baile, si quieres tener éxito con otra ingenua.

Jorge—Presiento que no voy a encontrar otra mujer como tú.

Marta—¡Que sí, hombre! Hay muchas mujeres en el mundo, además, ¿por qué no intentas volver con tu ex?

Jorge—¡Eso jamás! Después de conocerte a ti no hay otra que te iguale. Si no es contigo, no voy a salir con ninguna. Ya verás cómo me quedo soltero.

Marta—Ja, ja, ja. No será para tanto. Estoy convencida de que cuando acabe el confinamiento no vas a tener problemas. Nunca falta un roto para un descosido. Bueno, chaval, que tengas una buena tarde. Voy a ver si leo un poco.

Jorge—Gracias, Marta. Si eso, ya te llamo otro día.

Marta—Mejor no me llames, Jorge. No ahondes tu herida. Además ahora, por si las moscas, te voy a bloquear.  Que te vaya bonito. Adiós.

 

ACTO TERCERO

(A la derecha del escenario hay una joven en un balcón aplaudiendo a los sanitarios y moviéndose al ritmo de una música que anima a los vecinos)

 

Jorge— (llamando)

Inés— ¿Quién me llama?

Jorge—Buenas tardes, Inés. Hace varios días que  a las ocho te veo aplaudiendo a los sanitarios y le he pedido a tu vecino Rafa, el que pone la música, que me dijera tu nombre y me facilitara tu número de teléfono.

Inés—¡Qué sorpresa!

Jorge—Pues sí, Inés, es que me fijado lo bien que bailas. Lo mismo se te dan las rumbas que las sevillanas. Llevas el ritmo en las venas.

Inés—Pues sí, la verdad es que gusta mucho bailar,

Jorge— A mí me sucede lo mismo. Es mi pasión. Yo también me muevo con soltura.

Inés— Pues no he visto a ningún chico bailar en el balcón.

Jorge—Es que soy muy tímido. Mañana te saludo con la mano y me reconoces.

Inés—Vale. Me parece bien.

Jorge—La pena es que estemos confinados. Si no, podríamos salir.

Inés—Desde luego y también dar un paseíto.

Jorge—Eso está hecho, o mejor, eso estará hecho en cuanto podamos. Aunque pensándolo bien tú podrías salir ya. Eres una niña.

Inés—Guasón. ¿Ibas a hacer tú de papá?

Jorge—Por ti  hago lo que quieras, prenda.

Inés—Ja,ja,ja, Labia no te falta. Bueno, ya veremos.

Jorge—Si quieres, mañana te llamo y así matamos el tiempo. ¿Te parece?

Inés—De acuerdo. De cuatro a cinco es la mejor hora.

Jorge—Entonces, hasta mañana.

Inés— Bye bye,

Jorge— (Despidiéndose con la mano, mientras dice para sí) Otra que tengo en el bote. Esto es el no parar. ¡Cómo me harían mis padres tan guapo!

 

FIN

 


 

 

 

 

jueves, 7 de mayo de 2026

 

LA FOTO DESEADA

 

(Obra teatral en tres Actos)

ACTO PRIMERO

(Ernesto y Pepe, se encuentran por la calle)

 

ERNESTO— ¡Qué alegría, Pepe! ¡Cuánto tiempo sin verte!

PEPE— Lo mismo te digo, Ernesto. Creo que la última vez que nos vimos fue en la comida de Empresa, por Navidades.

ERNESTO— Sí, me acuerdo perfectamente, porque allí fui donde conocí a Mayte.

PEPE— Los amigos también lo recordamos. ¡Vaya manera de acapararla!

ERNESTO— La verdad fue que me dio muy fuerte al principio...

PEPE— ¿Qué me dices? ¿Ya no sales con ella?

ERNESTO— Bueno, seguimos saliendo, pero no con aquella pasión. Ya sabes que en la disco había poca luz y yo estaba un poquitín bebido. Me dejé llevar por el calentón y tomé una decisión un pelín apresurada. En días sucesivos pude comprobar que Mayte, a pesar de ser una mujer que me agradaba, tenía el cutis de la cara un poco... ¿cómo te diría yo?, imperfecto. Además ahora con la llegada de la primavera, le han aflorado unos granos que para qué.

PEPE— ¿Y?

ERNESTO— Pues que, en estas condiciones, evito besarla y ni siquiera me atrevo a presentarla a mis padres.

PEPE— Entonces, ¿qué piensas hacer?

ERNESTO— Si alguien le hiciera una buena foto y luego la retocara, tal vez se la mostraría a mis padres y tendrían una primera buena impresión de la chica.

PEPE— Tú verás. Yo creo que con eso no vas a arreglar el problema, pero de todos modos ya sabes que tengo una gran afición por la fotografía, y si es por hacerte un favor... pues cuenta conmigo.

ERNESTO— Gracias. Pepe. No se hable más. Ahora te doy su teléfono y mañana mismo le hablo de ti. Pretextaré que no me encuentro bien y te presentas por mí.

PEPE— Vale. A ver si tenemos suerte y sale un día luminoso.

ERNESTO— Casi es mejor que esté nublado. A menos luz, menos tendrás que retocar. Digo yo.

PEPE— No seas cruel, Ernesto. No creo que sea para tanto.

ERNESTO— Se ve que todavía no la has visto. Bueno, ya me dirás que tal se te ha dado.

PEPE— Descuida. Te tendré informado.

 

ACTO SEGUNDO

(Mayte y Pepe, pasean por el Parque)

 

PEPE— ¡Están las flores preciosas! ¿Verdad, Mayte?

MAYTE— Sí. La primavera viste los campos de colores y es muy romántica. Claro que a mí no me favorece.

PEPE— ¿Por qué dices eso?

MAYTE— En esta época del año, la cara se me pone imposible con multitud de granitos. Afortunadamente, solo me duran unos días. Menos mal que el dermatólogo me ha asegurado que en cuanto me case y tenga descendencia, es posible que no padezca esta fastidiosa alergia.

PEPE— Pues yo, la verdad, es que no te veo mal. Para mí la belleza radica en el interior y tú me pareces un rato hermosa.

MAYTE— Gracias, Pepe. Eres muy amable al acompañarme ahora que Ernesto está un poco pachucho. Lo que me ha sorprendido de ti es que hayas acudido a la cita con una estupenda máquina fotográfica.

PEPE— Te resultará extraño, pero siempre la llevo conmigo. Hay que estar preparado por si te encuentras con encuadres imprevistos.

MAYTE— ¿Te gustaría hacerme una foto?

PEPE— Me encantaría, pero hoy está el cielo nublado y no saldrías del todo bien. ¿Y si salimos mañana? Tal vez tengamos suerte y haya mayor luminosidad.

MAYTE— Mañana a lo mejor Ernesto se encuentra bien.

PEPE— ¡Quia! Le vi muy desmejorado. Ha debido coger un catarro fuerte y menos de una semana... ¿Te parece que salgamos estos días en busca de nuevos parajes? Así tendremos más oportunidades de obtener buenas fotografías; además, para ser sincero, me agrada tu compañía.

MAYTE— A mí también me resultas simpático y muy detallista.

PEPE— No se hable más, Mayte. Vamos a seguir paseando y mañana probamos suerte con la luz. Aunque para mí la suerte es charlar contigo.

MAYTE— ¡Adulador...!

 

ACTO TERCERO

(Una semana después, Ernesto y Pepe toman café en una terraza)

 

ERNESTO— He querido quedar contigo para poder ver las fotos que te encargué. Han debido de quedar muy bonitas, porque unas veces por estar el cielo nublado y luego cuando Mayte me dijo que también estaba acatarrada, se me ha hecho el tiempo eterno.

PEPE— Desde luego, está mal que yo lo diga, pero las fotos han quedado francamente bien. Mayte es muy fotogénica.

ERNESTO— A ver, a ver...

PEPE— Mira ésta qué preciosidad. Y aquí en esta otra de primer plano, está de ensueño.

ERNESTO— Pues es verdad, apenas se le notan los granos.

PEPE— A mí tampoco me molestaron cuando juntando nuestras mejillas nos hicimos un selfie. Mira qué bien salimos.

ERNESTO— Oye, oye, que es mi novia. No te pases.

PEPE— Era tu novia, amigo Ernesto. Ahora está loca por mí y yo por ella. No te he querido enseñar la mejor, una en la que nos estamos besando con pasión.

ERNESTO— ¡Pero tú eres un... robanovias! ¡Has traicionado mi confianza! ¡Te voy a...!

PEPE— No soy nada de eso, Ernesto. Simplemente he descubierto que Mayte es una mujer de una gran sensibilidad a la que despreciabas por su aspecto externo. Tú te la has perdido. Ahora voy a verla, me estará esperando. ¡Ah! He dejado la consumición pagada en compensación por los daños ocasionados.

 

(Mientras cae el telón, Ernesto se retuerce en sus asiento sin dejar de pronunciar improperios)

FIN

 


 

 

 

domingo, 22 de marzo de 2026

 

POR SAN BLAS, LA CIGÜEÑA VERÁS

 

(Obra teatral en tres Actos)

ACTO PRIMERO

(Reunión de amigos tomando unas cañas)

 

FELIPE— Me da pena que Cosme ya se haya marchado a casa, cuando todavía tenemos que tomarnos otro par de cañitas antes de despedirnos.

JUAN— De poco tiempo a esta parte le noto triste, sobre todo desde que lo dejó con Juli, o mejor dicho, desde que le dejó Juli.

FRAN— Eso es cierto. Se ha vuelto un poco huraño y poco hablador. Además, no sé de quién fue la idea de regalarle un libro de refranes. Ahora, como te descuides, te sentencia con uno de ellos.

PEPE— Es verdad. El otro día cuando le vi le dije: "¡Cómo por aquí tan temprano!" Y me contestó: "Al que madruga, Dios le ayuda".

FELIPE— Está claro que además de Dios, entre todos tenemos que ayudarle. Propongo que cada uno le presente una chica a ver si alguna le cae bien y conseguimos emparejarle.

FRAN— Eso me parece una buena idea. Se las iremos presentando de manera que, si con la primera no liga, que el siguiente de nosotros le presente otra y así hasta que logremos nuestro objetivo.

JUAN— ¿Qué os parece si nos volvemos a reunir dentro de dos meses y vemos los resultados?

TODOS— ¡De acuerdo!

 

ACTO SEGUNDO

(Dos meses más tarde, en casa de Felipe)

 FELIPE— Me apena deciros que parece que la tristeza de Cosme continúa. Ahora os cuento lo que me sucedió con él, aunque prefiero que antes, cada uno relate su experiencia.

PEPE— Yo fui el primero que le presentó a Patricia, una amiga de mi novia. Fuimos los cuatro a bailar a un local con poca luz y parece que se divirtió. Quedó con ella para el día siguiente y fue entonces cuando advirtió que la chica tenía la cara llena de granos además de descubrir que era un poco bisoja. Así que cuando le pregunté que cómo le había ido, únicamente me contestó: "De noche todos los gatos son pardos".

FRAN— Como Pepe me dijo que su estratagema no había tenido éxito, así como el que no quiere la cosa, le dije una mentira piadosa: que una vecina mía se moría por sus huesos y que deseaba conocerle. Dicho y hecho. Concerté la cita, pero debió darse cuenta de que la chica no sentía nada hacia él, por lo que en la primera ocasión en que nos vimos, me espetó: "Del dicho al hecho hay mucho trecho".

JUAN— Sabiendo lo que me contó Fran, mi táctica consistió en ponderar las virtudes de Clara, a la que vosotros conocéis bien. Le dije que era hermosa, noble de corazón, enamoradiza, de buena familia, de trato exquisito y que reunía todas las virtudes que cabe imaginar en una futura novia. Cosme aceptó de buen grado verse con ella, pero la experiencia no debió de resultar tan positiva como yo creía, pues pocos días después me comentó: No te creas, Juan, lo que te digan de una mujer. He comprobado con Clara que "no es oro todo lo que reluce".

FELIPE— Ahora os voy a contar de qué manera se me ocurrió motivarle. Sabiendo el poco éxito que tuvieron vuestras propuestas y que para todos los rechazos les aplicaba un refrán, decidí utilizar su propia manera de hablar y le dije: Mira, Cosme, has hecho bien en no querer comprometerte con ninguna muchacha, porque aunque "El que espera desespera", "Sobre gustos no hay nada escrito" y si ninguna te llenaba del todo, "Agua que no has de beber, déjala correr". Sabes de sobra que "Hombre prevenido vale por dos". A partir de ahora debes ser tú quien se preocupe de su porvenir. Aciertes o no en la elección, todo el mundo conoce que "No hay bien ni mal que cien años dure". Cosme agradeció mis indicaciones y se despidió, como no podía ser de otra manera, con un "El que no se consuela es porque no quiere". Desde entonces no sé nada de él.

 

TERCER ACTO

(Días después, Paco, Fran y Juan se están tomando el aperitivo cuando ven venir a Felipe todo acalorado)

 

FELIPE— ¡Notición, amigos! ¡Notición! Acabo de estar con Cosme.

TODOS— ¿Y?

FELIPE— Pues que he visto a Cosme del brazo de un pivón de cerca de dos metros.

PACO— ¡Cuenta! ¡Cuenta!

FELIPE— Pues nada, me la ha presentado y le he dado la enhorabuena porque era una chica sensacional. Eso sí, para contemplarla tenías que estar mirando al cielo; le sacaba más de una cabeza a Cosme. Me ha dicho que pasaría por aquí para saludaros y presentárosla. Al darse cuenta de que me había sorprendido la altura de su chica, me ha dicho en un aparte: Felipe, lo dice el refrán: "Por san Blas, la cigüeña verás" y yo con esta pienso anidar.

 

(Suena una estruendosa carcajada de todos los amigos mientras cae el telón)

 

FIN

  



 

jueves, 11 de diciembre de 2025

                                                     BODAS DE NADA

 

Cuando le dijeron que el jardinero había muerto, cerró el mirador acristalado que daba al jardín, echó la falleba y, cuarenta años después, dio por concluida la venganza por sus "bodas de nada".

De joven, se dejaba querer por el aroma de los almendros en flor, por la luna llena en las noches despejadas y por todo lo que consideraba digno de ser amado. También se dejó querer por un hombre alto y moreno que arribó como escribiente a la Notaría del pueblo. Ya fuera por la novedad de una mirada diferente, por los gestos refinados con los que acompañaba su pausado hablar o, simplemente, porque la llamada del amor alteraba su pulso y le entrecortaba la respiración, aquel hombre fue ganando su confianza hasta que la pasión derribó los últimos recelos que despertaba en su vida la presencia de un forastero del que no sabía nada.

En los primeros días de mayo acordaron la boda, para que en julio los jazmines compusieran el ramo de novia. Entre una fecha y otra, puso la intención y el alma en los preparativos, para que todo resultara perfecto. Enamorada, pensaba que la ceremonia y la vida entera junto al gallardo pretendiente, sería inolvidable.

En el día señalado, cuando llegó a la iglesia, estaban todos los invitados esperándola, menos el novio. Algo debía haberle ocurrido... Pero en vano aguardaron su llegada.

Las flores se marchitaron en el ramo inmaculado, y sintió que se le desgarraba el corazón después de desgarrar con sus uñas el traje de novia, cuando se desvestía. No quiso que nadie tocara por un tiempo las viandas del banquete, algunas ya dispuestas entre arcos florales en el jardín de su propia casa. Decepcionada, sin lágrimas con las que ocultar el porvenir esfumado y las habladurías que afirmaban que el fugado ya estaba casado, abandonó el pueblo para iniciar una nueva vida en la capital. Allí prosperó sin hacer concesiones a ninguna proposición masculina, hasta que, jubilada, regresó al pueblo, en el que todavía se recordaba el hecho y la copla que se cantaba por el suceso:

Una novia fue negada

en la villa que te acoge.

El asunto sobrecoge

pues fueron bodas de nada.

 

En la tranquilidad de su retiro, supo por medio de su sirvienta, que el hombre que la había abandonado, vagaba por el pueblo, pobre y sucio, en busca de algún trabajo. Sin pensárselo dos veces, ordenó que le contrataran como jardinero. A partir de entonces, observaba cada tarde, desde el mirador, cómo su antiguo amor, bastante deteriorado por el paso del tiempo, se encorvaba ante ella, hundiendo la azada en el surco en el que plantaba las flores más diversas, que en su momento adornarían las estancias de su casa. En todo este tiempo, no intercambió con él palabra alguna, ni siquiera cuando le abonaba el salario, pues lo hacía a través de la sirvienta. En varias ocasiones, el hombre dirigía su mirada hacia el mirador en actitud de súplica, pero sólo contemplaba el rostro de una mujer indiferente, que protegía su ropa con los encajes del vestido nupcial.

 

Después del óbito, ya nunca volvió a abrir el mirador, mandó destruir los amarillentos encajes y compuso e imprimió una redondilla que distribuyó por el pueblo y que decía así:

 

La novia que fue negada

por un cobarde huidizo,

se vengó de lo que hizo:

hacer de la boda, nada.

 

 

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