PASAJES DE “CÉCILE, AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA” (114)
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CAPÍTULO
X
La
Ambición
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Don Julián lo leyó con atención, y como solía hacer
en ocasiones anteriores, alabó la composición. Sin embargo, esta vez no se
deshizo en elogios, sino que me hizo sentar a su lado en el sofá, que ocupaba
un lateral del cuarto donde me impartía clase. Alumbrados por una lámpara art
decó, que perdía luminosidad a medida que la estancia se llenaba de humo, mi
profesor reclinó la cabeza con la vista y el puro apuntando hacia el techo. Muy
serio, me hizo reflexionar sobre mi futuro como poeta y los pasos que debía
seguir si verdaderamente quería alcanzar la gloria con la que soñaba.
―Querido Álvaro ―comenzó diciendo―. Créeme que
admiro tus composiciones y me agrada sobremanera la ilusión que demuestras al
componerlas, pero ha llegado el momento de decirte que debes abandonar la forma
actual por la que te guías y emprender un nuevo camino, que necesariamente ha
de ser mucho más creativo. Hasta ahora has imitado a los grandes maestros de la
poesía, como hacen los aspirantes a pintor, copiando cuadros de Goya o de
Velázquez. Sabes bien que, aunque esas pinturas reproduzcan fielmente la obra
de su autor, jamás podrán presentarse como propias ni podrán ocupar plaza en
ningún museo. Más pronto que tarde, el artista debe dar el salto que le lleve a
crear su propia obra. Para ti, ese momento ha llegado, y comprendo que no te
será fácil abordar la empresa. ―Hizo una pausa y enderezó su postura para girar
levemente la cabeza, mirarme fijamente a los ojos y continuar diciendo―: No
debes preocuparte ni obsesionarte por esta circunstancia. En cualquier campo de
la creación, incluido el mundo de la Ciencia, nadie parte desde cero. Existe un
bagaje anterior que es el soporte sobre el que tenemos que construir y, a
veces, sin poderlo evitar, copiamos en cierta medida de nuestros predecesores,
pero las nuevas formas creadas, si aspiraran a la eternidad, deben tener el
sello propio, la identidad de quien las rescató de la nada. Afortunadamente
para ti, he visto que los modelos en los que te has inspirado han sido Machado,
san Juan de la Cruz o Miguel Hernández, y has desestimado poetas de buena rima
pero de dudoso interés poético, como Leandro Fernández de Moratín o Gabriel y
Galán. Ahora tienes ante ti la ingente tarea de empaparte, entre otros, de
todos los poetas del siglo de Oro, que son el pasado, así como los de la
generación del 27, que son la actualidad sobre la que has de construir tu
novedosa poesía: Alberti, Lorca, Salinas, Celaya, Guillén o Aleixandre son los
más conocidos; algunos de ellos herederos de la inmensa sensibilidad de Juan
Ramón Jiménez. Rebusca en bibliotecas la obra de autores no tan consagrados
que, sin alcanzar la gloria de los anteriores, fueron capaces de crear una
poesía auténtica, entre los que te cito a Fernando González Rodríguez,
compañero mío y republicano, al igual que yo; pero sobre todos ellos, estudia
la obra del dios emergente de la poesía actual: Pablo Neruda. Toma de cada uno
de ellos lo mejor, y a partir de sus raíces, crece y evoluciona.
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