jueves, 12 de marzo de 2026

 

ZHALEH

 

El mes de marzo acababa de iniciarse, cuando Zhaleh, una bellísima mujer iraní, pudo pisar el aeropuerto de Madrid, tras una epopéyica escapada de sus “protectores”, que la habían utilizado como moneda propagandista por   medio mundo intentado hacer creer en numerosas Conferencias las bondades del Régimen iraní y cómo en su país, una mujer podría llegar a ser programadora informática.

Su elevado coeficiente intelectual y una fingida adhesión al Partido en el poder fue clave para que fuera designada integrante de una Comisión que habría de recorrer varios países europeos difundiendo una apertura intelectual femenina, a todas luces inexistente. La ocasión de eludir la tutela de sus patrocinadores se presentó tras una Conferencia impartida en la Sorbona de París, antes de que estallara el conflicto bélico del 28 de febrero. Desde entonces, su vida adquirió tintes de película policiaca. Permaneció varios días oculta en un diminuto apartamento, hasta que disidentes del Régimen iraní le proporcionaron documentación falsa y un pasaje para poder coger un vuelo que la trajera a nuestro país.

En la capital de España pudo, por fin, aspirar bocanadas de aire puro que  le insuflaron sensaciones de una felicidad durante tanto tiempo deseada. En Irán, país de nacimiento, la falta de libertad y el estúpido velo que cubría su cabeza desde la pubertad fueron razones más que suficientes para que pensara desde su época de estudiante en abandonar la jaula en que los ayatolás y otros esbirros del Régimen tenían oprimida a la población y, muy especialmente, a las mujeres.

Desde que estalló el conflicto desconocía lo que el destino habría deparado a su familia y le horrorizaba  pensar en las represalias que la Guardia Revolucionara podría tomar contra ellos.

Intentando tomar el pulso a la ciudad, se mezcló con el bullicio callejero, pudiendo observar una gran manifestación que revindicaba en el 8-M los derechos de la mujer. Encabezaba el grueso número de participantes una enorme pancarta en la que se podía leer: “NO A LA GUERRA”, sin que hubiera la más mínima referencia a la opresión y a la falta de libertades que durante muchos años estaba sufriendo la mujer iraní.

“Estas mujeres están confundidas”—pensó, refiriéndose a las manifestantes— y se propuso como primera tarea ejercer de auténtica activista en pro de los derechos igualitarios de las mujeres, sin que el falso feminismo intoxicara las mentes de quienes protestaban ignorando—quizás de manera maliciosa—, hacía quién deberían dirigir sus quejas.

La vida de Zhaleh, como difusora de la verdad, comenzaba a tener una gran tarea por la que luchar.

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