ZHALEH
El mes de marzo acababa de iniciarse, cuando Zhaleh,
una bellísima mujer iraní, pudo pisar el aeropuerto de Madrid, tras una
epopéyica escapada de sus “protectores”, que la habían utilizado como moneda
propagandista por medio mundo intentado hacer creer en numerosas
Conferencias las bondades del Régimen iraní y cómo en su país, una mujer podría
llegar a ser programadora informática.
Su elevado coeficiente intelectual y una fingida
adhesión al Partido en el poder fue clave para que fuera designada integrante
de una Comisión que habría de recorrer varios países europeos difundiendo una
apertura intelectual femenina, a todas luces inexistente. La ocasión de eludir
la tutela de sus patrocinadores se presentó tras una Conferencia impartida en
la Sorbona de París, antes de que estallara el conflicto bélico del 28 de
febrero. Desde entonces, su vida adquirió tintes de película policiaca. Permaneció
varios días oculta en un diminuto apartamento, hasta que disidentes del Régimen
iraní le proporcionaron documentación falsa y un pasaje para poder coger un
vuelo que la trajera a nuestro país.
En la capital de España pudo, por fin, aspirar
bocanadas de aire puro que le insuflaron
sensaciones de una felicidad durante tanto tiempo deseada. En Irán, país de
nacimiento, la falta de libertad y el estúpido velo que cubría su cabeza desde
la pubertad fueron razones más que suficientes para que pensara desde su época
de estudiante en abandonar la jaula en que los ayatolás y otros esbirros del
Régimen tenían oprimida a la población y, muy especialmente, a las mujeres.
Desde que estalló el conflicto desconocía lo que el
destino habría deparado a su familia y le horrorizaba pensar en las represalias que la Guardia
Revolucionara podría tomar contra ellos.
Intentando tomar el pulso a la ciudad, se mezcló con
el bullicio callejero, pudiendo observar una gran manifestación que revindicaba
en el 8-M los derechos de la mujer. Encabezaba el grueso número de
participantes una enorme pancarta en la que se podía leer: “NO A LA GUERRA”,
sin que hubiera la más mínima referencia a la opresión y a la falta de
libertades que durante muchos años estaba sufriendo la mujer iraní.
“Estas mujeres están confundidas”—pensó,
refiriéndose a las manifestantes— y se propuso como primera tarea ejercer de
auténtica activista en pro de los derechos igualitarios de las mujeres, sin que
el falso feminismo intoxicara las mentes de quienes protestaban
ignorando—quizás de manera maliciosa—, hacía quién deberían dirigir sus quejas.
La vida de Zhaleh, como difusora de la verdad,
comenzaba a tener una gran tarea por la que luchar.

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