FÁBULA DEL RICO ENGREÍDO
Era inmensamente rico. Con su dinero, estaba
convencido de que podía disponer de todo lo que se le antojase; y de hecho, así
era. Caprichoso en extremo, creía que la felicidad buscada residía en almacenar
objetos propios de coleccionistas, por el mero hecho de que los demás no
pudieran acceder a ellos. En su lujosa mansión almacenaba vasijas de oro,
jarrones antiquísimos, y toda suerte de joyas recamadas con piedras preciosas,
perlas y corales. Estos últimos eran su debilidad, por eso, estuvo muy atento a
una conversación entablada por varios marineros en un bar de un puerto
pesquero.
En ella, se hacían elogios de la belleza de unos
corales que se encontraban en las proximidades de unas pequeñas islas, situadas
a doscientas millas de la costa.
"Son de una belleza increíble", decía, uno.
"Más transparentes que las lágrimas" añadía, otro. "Esta misma
semana traeremos los más bellos" acordaron todos.
Al escuchar este comentario, nuestro hombre no se lo
pensó más. Decidió ganarles la delantera y ser el primero en hacerse con los
corales. Para ello, compró un velero en el puerto y se pertrechó de un equipo
de buceo y de unos pocos víveres, porque estaba convencido que en muy poco
tiempo lograría su objetivo. Sin embargo no fue así: sin brújula ni una idea
clara de a dónde debía dirigirse para encontrar las islas, estuvo a merced de
las olas y del viento durante varios días, en los que agotó víveres y
paciencia, hasta el punto de temer por su vida. Menos mal que unos marineros,
al ver el velero a la deriva, consiguieron rescatarlo.
Se dice que, a partir de entonces, el rico modificó
su proceder.
MORALEJA: Ser rico y creer que con el dinero puedes
conseguirlo todo, es un grave error.
Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez.

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