FÁBULA DE LA MODELO JUICIOSA
Pronto sus padres comprendieron que la inclinación y
la habilidad de su hijo para el dibujo, era excepcional, y decidieron enviarle
a las academias de los más prestigiosos maestros de pintura de la época. El
muchacho, llevado de su afición, puso tanto interés y esfuerzo que, al cabo de
unos años, en plena juventud, era ya un artista muy reputado que se ganaba la
vida retratando a quien tenía el poder adquisitivo suficiente para permitirse
este capricho. A su taller acudían artistas, próceres de la política y de la
banca, nuevos ricos, miembros de la realeza y todo abad u obispo que se viera obligado por su
rango a que su retrato se añadiera a la larga lista de sus predecesores.
Un día solicitó sus servicios un riquísimo
comerciante, para que inmortalizara en un lienzo el retrato de su joven hija.
La muchacha, sin ser excesivamente hermosa, poseía un rostro agraciado y era
muy sensata y juiciosa. En los días en que posó para Renzo, le cautivó con su
conversación, pues demostraba tener, pese a su juventud, una madurez impropia
de su edad, y lo que era más importante: transparentaba un alma noble y una
gran pureza de intención. Auxiliadora de pobres y visitadora de enfermos, la
dulzura de su voz encantaba al pintor, que dilataba cuanto podía la frecuencia
de sus pinceladas para poder disfrutar el mayor tiempo posible de aquel
fascinante coloquio con su modelo, mientras notaba que, día a día, iba ganando
su corazón.
Cuando ya no le fue posible prolongar por más tiempo
los encuentros, mostró a la joven el retrato, quedando ésta sorprendida porque,
según sus propias palabras: "La mujer del cuadro supera con creces en
hermosura a la que me mira cada mañana en el espejo". A lo que Renzo respondió: "Intento captar no sólo el cuerpo, sino
el alma de quien retrato. Así veo yo a la mujer del cuadro que me ha enamorado".
Cuentan las crónicas que el comerciante, sumamente
satisfecho con el buen trabajo del pintor, no tuvo inconveniente en otorgarle
la mano de su hija.
MORALEJA: La verdadera hermosura de las personas,
radica en su interior.
Ilustraciones de Manuel Malillos Rodríguez

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