PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (57)
CAPÍTULO IV
Conociendo el pueblo
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La leche no se parecía en nada
a la que puntualmente, cada mañana, Julián el lechero, con su jumento y su
tartana, nos llevaba a nuestra casa de la calle del Regalado.
Más de una vez, cuando tata
Lola observaba al hervirla que sólo una débil telilla ascendía en el cuece
leches, le faltaba tiempo para recriminarle al día siguiente:
―Julián, otra vez te han visto «bautizando»
las garrafas en el Caño Argales.
A lo que Julián respondía con una pícara
sonrisa:
―Allí enjuago las garrafas
después del reparto; sólo las enjuago.
No tardaron en bajar a
desayunar mis padres, un tanto cariacontecidos. Por su
aspecto deduje que se encontraban contrariados, sobre todo mi padre, que al
tiempo que untaba con mantequilla unas rebanadas de pan, dirigiéndose a Petra,
le ordenó:
―Tienes que hablar cuanto antes
con un carpintero. A pesar de haberlo intentado esta noche varias veces, me ha
sido imposible cerrar por completo la puerta de nuestra habitación, y como
puedes comprender, ¡así no hay quien tenga intimidad!
―No creo que el carpintero
quiera hacerse cargo de estas pequeñeces ―respondió Petra―; se lo diré a Cosme,
el de «la mueva no se mesa»: es un chico que entiende de todo.
―Díselo a quien quieras, pero
la puerta tiene que estar arreglada al mediodía ―concluyó mi padre, con la
autoridad de un Mariscal de Campo, mientras mi madre, mirándole de soslayo, no
comprendía las urgencias de su marido.
En el pueblo, raro era el
individuo o la familia que no tuviera mote o apodo. Unos se lo habían ganado a
pulso personalmente, como el «mecagüen» de mi tío Mariano; otros, como nuestro
«mulero», eran herencia de los antepasados, pero nunca había oído un mote tan
largo como el de «la mueva no se mesa» que ostentaba el arregla todo del
pueblo. No le sorprendió a Petra que, curioso, preguntara sobre el origen de
tan singular apodo, y la mujer, sin dejar su tarea en el fregadero, accedió a
contarnos la historia, esta vez sonriendo.
―Fue hace tan solo unos años
―comenzó a decir―, cuando Cosme se encontraba en el bar intentando arreglar la
cojera de una mesa y se le ocurrió decir: «con un pequeño calzo en esta pata
conseguiré que la mueva no se mesa» y aunque al darse cuenta del yerro,
inmediatamente se desdijo aclarando «quise decir, para que la mesa no se mueva»;
fue demasiado tarde, porque las carcajadas de los que miraban atrajeron la
atención del resto de la clientela, que sin ponerse de
acuerdo, entre risas y aspavientos, celebraron allí mismo el segundo bautizo de
Cosme. «Asín» son las cosas en los pueblos ―prosiguió Petra―; yo misma soy
Petra, la Tunanta ,
porque siendo muy niña, un domingo que me encontraba jugando en la calle, mi madre, asomándose a la ventana, me gritó: «Petra, no seas
tunanta y ven a peinarte, que ya han dado las todas y llegamos tarde a misa». A
Mercedes, la Busca
novios, que pasaba por allí toda emperifollada, le faltó tiempo para contar la
anécdota y hacerme de por vida la puñeta. ¡La muy pelleja…!
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Fotografía de Juli Garrido Velasco