Sustentado sobre la base de una espléndida montaña, el risco sobresalía esbelto sobre la cordillera de la que formaba parte. Su figura, gallarda y arrogante, constituía, por su difícil accesibilidad, un reto imposible de conseguir para cuantos alpinistas soñaban con poder alcanzar su cima. A tan gran altitud, pensaban, el espectáculo que se podría divisar sería inigualable, pues sin tener que llegar a tan elevada altura, el paisaje de prados y de riachuelos que corrían a sus pies por la falda de la montaña, componían un paisaje de una plasticidad bucólica.
En invierno, como rey coronado, la nieve le vestía de armiño,
otorgándole una belleza sin par, como inigualable era su resplandor cuando en
los días de fuerte calor, refulgía como piedra preciosa.
Pese a este cúmulo de cualidades, el risco no era feliz; añoraba el don que
poseían otros: poder emitir sonidos. Envidiaba el chillido de las águilas que
merodeaban en sus proximidades, el acompasado susurrar de los cencerros del
ganado que pastaba a sus pies, o el débil tañido emitido por el campanario de
una lejana ermita. Él no se contentaba con el bufido del viento al golpear sus
salientes y a cada momento pedía al Ser Supremo la facultad que no poseía.
El destino quiso que un día, un movimiento sísmico sacudiera la cordillera
con notable intensidad, haciendo que el risco se desprendiera y en su caída
emitiera ―¡por fin!― sonidos en cada colisión que sufría contra otras rocas:
¡Crakkk!, ¡Broomm!, ¡Troommm!, a costa de irse dividiendo. Su último estruendo
se produjo cuando una pétrea muralla frenó en seco su descontrolada caída.
Desde entonces, enmudeció mientras contemplaba desolado cómo parte de su
estructura eran fragmentos desperdigados a medio camino entre el valle y
la cúspide privilegiada que ocupara. Ya era tan sólo un pequeño promontorio de
la montaña, sin que nadie reparara en su presencia.
MORALEJA: No quieras poseer los dones que la Naturaleza no te otorgó.

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