jueves, 7 de febrero de 2019


CONVERSACIONES CON ÓSCAR (XII)

 




Hace unos días se concedían los "Premios Goya" que, como todos sabemos, viene a ser la versión españolizada de los "Óscar" estadounidenses, sin que falte la consabida alfombra y un desfile de actrices y actores que exhiben con orgullo las última tendencias o extravagancias de la moda.

En esta ocasión, el premio a la mejor película recayó en "Campeones", cuya impresión dejé plasmada en este mismo blog con fecha 22 de abril de 2018. Aunque no es una película complicada sino más bien entretenida con situaciones que mueven a la sonrisa y a la profunda reflexión, el tema tratado es de tan elevada altura moral y de tal valor formador y educativo, que el Jurado ha visto con buenos ojos que fuera la ganadora. Justo premio.
Sin embargo, la película que se ha alzado con 7 estatuillas y ha resultado ser la vencedora de esta Gala, ha sido "El Reino". Creo que con gran criterio, Rodrigo Sorogoyen ha sido galardonado como mejor director entre todas las cintas presentadas, siendo también muy merecido el premio de mejor protagonista a Antonio de la Torre, así como que Luis Zahera se llevara el Goya por el de mejor actor de reparto.

"El Reino" cuenta una historia de plena actualidad en España como es la de la corrupción en los partidos políticos, fácilmente identificables, pero que el director omite, sin duda para evitar un sinfín de demandas.

Manuel (Antonio de la Torre) ostenta un elevado cargo autonómico en un partido político y sueña con llegar a serlo también a nivel nacional. Sin embargo, unas filtraciones le inculpan en una trama de corrupción junto a Paco, su mejor amigo. Esta acusación hace que Manuel sea expulsado del "reino" al que aspiraba y del que únicamente se salva Paco. Los amigos le traicionan y pretenden que asuma toda la responsabilidad, pero Manuel ayudado por su mujer e hija, luchará lo indecible contra ese hábito de corrupción que resulta ser una compleja red de favores e inmoralidades.

Como ven, un thriller actual, retrato de la vida misma, algunos de cuyos episodios hemos podido contemplar durante años, sin más que visionar los informativos.

A destacar el ritmo vertiginoso impuesto a algunas de sus escenas, como marca el guión, acompañada de una música trepidante a cargo de Olivier Arson, que fue merecedora de otra estatuilla.

En esta ocasión, no me atrevo a recomendarla a todos los públicos. Únicamente para aquellos a los que les apasione la política tienen en este film ocasión para imaginar de qué partidos se trata, aunque la adivinanza no resulta nada complicada de resolver.


jueves, 31 de enero de 2019


RESULTADO DE UNA EXPERIENCIA

Picado de curiosidad, probé el domingo con la publicación de un microrrelato, lo bueno que sería conocer de mis lectores la continuación de una historia que bien podría haber concluido con los puntos suspensivos, perdiéndome, eso sí, cuál sería su final en cada una de vuestras cabezas.

A todos di cancha para que plasmarais vuestro propio desenlace. A los que lo hicisteis, os agradezco el esfuerzo que supone abrir vuestra íntima reflexión, exponiéndola al juicio de los demás.

Yo me mantuve como un lacónico observador que daba las gracias al colaborador con un "Me encanta", sin emitir frase alguna de la que pudiera derivarse que estuviera más de acuerdo con la opinión de unos que de otros. Pido perdón por tan escueta forma de comportarme que no es la habitual en mí, pero que en esta ocasión consideré ser la correcta.

Os quiero felicitar, porque vuestras conclusiones abrieron ante mí un abanico inmenso de posibilidades que me servirán de aprendizaje cuando, en otra ocasión, al escribir un relato, no me agobie pensando, que solo existe una única manera de provocar el desenlace. Quedé también impresionado por la excelente capacidad redactora de algunos escritos que (no me duelen prendas al decirlo) superaban en calidad literaria a la del propio microrrelato.

En cuanto a los finales posibles, he detectado una mayor inclinación al perdón y a la reconciliación entre los escritores masculinos, en contraposición a la de los femeninos, más proclives a que la protagonista diera portazo a la relación. Ni  por un momento se me ha pasado por la imaginación que seáis las féminas más rencorosas que los hombres; lo que ocurre, a mi modo de ver, es que, en este caso, la burlada era una mujer. Estoy seguro que de ser el hombre el engañado, la respuesta masculina a favor de la ruptura hubiera sido mucho más contundente.

Creo que la experiencia ha sido muy positiva para interrelacionarnos y para saber más de nosotros mismos, lo cual es un gran logro cuando el conocimiento personal en la mayoría de los casos no es posible. La diversidad de opiniones nos enriquece a todos. Ya veis, que hasta la fotografías que ilustran ambas publicaciones, realizadas sobre un mismo edificio, resultan diferentes según quién haya sido el autor,  la luminosidad del día o el ángulo elegido.

Quizás en otra ocasión repita la experiencia. Si es así, espero seguir contando con vuestra ayuda. Hasta entonces, sigamos creciendo...

Fotografía del autor.


jueves, 24 de enero de 2019


Crónicas de mi Periódico              24 de enero de 2019

 DESHUMANIZACIÓN

Los que soportamos en la mochila del tiempo unas cuantas décadas vividas, nos hemos convertido, sin quererlo, en consumados espectadores de cuanto sucede a nuestro alrededor. Las prisas por llegar a tiempo para resolver cualquier cuestión se han ido sustituyendo por la meditación, la contemplación y la inevitable comparación con tiempos precedentes.

Nunca me ha gustado el dicho:"Cualquier tiempo pasado fue mejor". Para mí, el mejor tiempo es el que vivo. Como dice Pablo Milanés en su canción: "Yo no te pido"..." El pasado no lo voy a negar y el futuro algún día llegará". Queriendo, pues, ser un hombre de mi tiempo, me es inevitable no comparar los modos de vida pretéritos con los actuales; en esta comparación, las relaciones sociales son tan diferentes que inclinan la balanza de mis preferencias a situaciones pasadas. Por ejemplo, lo que sucedía en nuestra vivienda habitual cuando cada quien conocía y saludaba a todos los miembros que compartíamos un mismo número de portal. Entonces, los vecinos formábamos parte de una pequeña comuna, que establecía lazos de comunicación constantes. Cada uno sabía la vida y milagros de los demás miembros y si existía algún problema común, se resolvía en pocos minutos en el portal del inmueble, con los más mayores sentados en sus propias sillas.

Otro tanto se podía decir del comercio, obligatoriamente, de proximidad. ¡Cuántos catarros no me habré curado con el ungüento que me preparaba el farmacéutico de mi propia calle! Bastaba que horas antes, mi madre le comentara: "Que el niño me tose, don Leonardo", para que el boticario preparara en breve tiempo una fórmula magistral con la que me embadurnaban el pecho. "En unos días no le bañe—recomendaba aquel mago de las pócimas—, el efecto del mentol es progresivo".

¿Y qué decir de la compra de comestibles? Cruzabas la calle y el tendero te proporcionaba todo aquello que tu madre te había escrito en una hojita. Jamás llevabas dinero, pues el importe de la compra quedaba anotado en un libro de tapas gruesas que, días más tarde, el propio dueño de la tienda de ultramarinos se encargaba de tachar cuando alguno de tus progenitores saldaba la deuda. La confianza y la absoluta seriedad eran la característica de la transacción comercial.

Los nuevos tiempos nos han traído junto con el innegable progreso, una deshumanización evidente. El pequeño comercio se las ve y se las desea para poder competir con los monstruos que, apostados en el alfoz de las ciudades, te ofrecen en una misma nave, productos tan dispares como alimentos, ropa, electrodomésticos, libros, menaje de cocina, utensilios de jardinería, etc., etc. Después de llenar el carrito con un surtido variado, obedientes, hacemos cola para dejar menguada nuestra cuenta bancaria cuando nuestra tarjeta de plástico queda apresada en la "bacaladera". Da igual que nos corresponda la caja 6 o la 14, nunca repetirás con el mismo empleado, ni llegarás a memorizar su nombre aunque lo lleve escrito sobre su pecho.

Mientras tanto, el centro de las ciudades se va vaciando de este comercio cercano y humano en el que saludábamos y nos saludaban por nuestro nombre.

Mención aparte merece la atención en las oficinas bancarias, que hacen ímprobos esfuerzos para que vayamos aprendiendo el lenguaje de las máquinas robotizadas, guardando celosamente a sus empleados de todo trato con la clientela. Será, tal vez, para que no te encariñes con ellos y no sufras cuando en el próximo ERE, el empleado deje de pertenecer a la Entidad. Los Bancos, ya se sabe, siempre miran por nuestro bien.

No es cierto que "cualquier tiempo pasado fue mejor", pero, sin duda, era más humano.

Fotografía de Luis Ayuso



domingo, 20 de enero de 2019


PASAJES DE "CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (53)
 CAPÍTULO VII
La sanación

Tener que volver al Colegio puede ser muy gratificante, pero sólo el primer día. Una vez que has saludado a tus compañeros, colocado en el pupitre tus pertenencias y tomado contacto con las canchas de deporte, sientes las nostalgias de los días pasados y te resulta difícil soportar las monótonas charlas de negras sotanas coronadas por rostros que pueden pasar horas y horas sin esbozar una sonrisa. ¿Hay que ser serio o tener un carácter avinagrado para explicar Matemáticas? ¿Todos los profesores de Biología padecen úlcera en algún tramo del tubo digestivo y por eso arrojan con ira de su boca palabras como: cardias, píloro, duodeno... como si fueran causantes de su malestar? De regreso a mi actividad estudiantil, solía reflexionar sobre éstas y otras cuestiones en vez de estar atento a lo que el profesor decía, hasta que el experto jesuita de turno acababa por descubrir algo sospechoso en mi mirada, que le llevaba a interrumpir mis profundas cavilaciones y de paso también su explicación, e interpelarme:
―¡Álvaro! ¿Quiere usted atender y dejar de contemplar las musarañas?
Tenía razón. Me había pillado en mi particular universo y, aunque hacía propósito de retomar la explicación, de nuevo, las musarañas, o mejor, una musarañita delicada y dulce llamada Cécile, aparecía ante mí ocupando con sus ojos todo el encerado, sin percatarme de que el jesuita se encontraba ahora cerca del luminoso ventanal, desde el que una voz con puntero amenazante me volvía a sacar de mi estado contemplativo:
―¡Por el Amor de Dios, Álvaro! ¿Quiere usted atender, de una vez?
Las risas de mis compañeros y un: “está enamorado”, nítidamente emitido por algún “gracioso”, me advirtieron de que no todos mis condiscípulos eran igual de prudentes que Daniel. Seguramente, mi cuaderno de clase, en el que aparecía escrito, en todos los estilos caligráficos, tamaños y colores posibles, el nombre de Cécile, había pasado de mano en mano. La noticia de mi “enamoramiento” corrió como la pólvora, propagándose rápidamente en mi Colegio, hasta alcanzar el cercano de las Carmelitas y llegar al poco tiempo al de las Teresianas, donde estudiaba Cécile.
Daniel, molesto porque en clase le llamaran “el cuñado” cuando le veían junto a mí, me advirtió:
―Debes ser más discreto. A mí no me importa que me llamen “cuñado”, pero piensa en mi hermana. No quiero que Cécile esté en boca de nadie. A partir de ahora procuraremos no pasar tanto tiempo juntos.
Esta conversación supuso para mí un duro revés. Pensar en el alejamiento del único amigo en que podía confiar, me angustiaba; pero mucho más me importaba que su decisión espaciara las ocasiones en que podía ver a Cécile.
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jueves, 17 de enero de 2019



PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS"(53)
CAPÍTULO III
La casa del abuelo
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Quizás hubiera continuado hablando, pero una necesidad acuciante le hizo decir:
―Y ahora con vuestro permiso, me retiro al excusado, que necesito gotear.
Petra, que venía de la cocina con una fuente de chuletas, las depositó rápidamente sobre la mesa y se apresuró a ayudarle.
―Señorito Tino, déjeme que le acompañe, no siendo que «entavía» se tropiece, se rompa un brazo y me vea en la obligación de sujetar lo que nunca llegué a tocar a mi difunto marido.
Al oír a Petra, Jeremías me propinó un puntapié por debajo de la mesa, se sonrió y, guiñándome un ojo, ocultó su cara en el plato, nuevamente vacío.
―¡Ay! ―grité, al sentir la zapatilla en la espinilla.
Margarita, que notó el trajín que nos traíamos, preguntó:
―Mamá, ¿qué es lo que pasa?
A lo que respondió mi madre, ligeramente ruborizada:
―Margarita, acábate las judías, que se te están quedando frías.
Mi progenitor, que hasta entonces había estado en un segundo plano, no pareció muy preocupado por la precaria salud del abuelo, ya que inmediatamente ordenó el reparto de las chuletas,
―A mí, Consuelo, ponme solamente dos, porque con el plato de judías que me he metido, tal vez me produzcan flatulencia.
Luego, una vez hubo probado el exquisito sabor de la ternera, tomó la palabra para indicarnos, cómo se podía haber evitado esta situación:
―Está claro que mi padre se ha descuidado ―comenzó a decir―. Tenía que haber ido al médico al notar los primeros síntomas y no poner como excusa falta de tiempo, por atender a mi madre.
Luego, levantando la cabeza, mientras troceaba el segundo filete, se dirigió a nosotros como si estuviera impartiendo una magistral conferencia en el Colegio Notarial:
―Al toro hay que cogerle por los cuernos. Un hombre resuelto como yo, hubiera afrontado el problema desde el primer momento, con la misma resolución con la que me enfrenté a esos bárbaros comunistas en el frente de Teruel. Esconder la cabeza entre las alas es propio del avestruz y no conduce a nada. Los problemas, cogidos a tiempo, suelen tener solución; dilatar en el tiempo la espera, cruzándose de brazos, soñando con que se resolverán por sí solos, es una quimera, una táctica equivocada, y no digamos si se trata de temas de salud. ¿No te parece, Consuelo?
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jueves, 3 de enero de 2019


CONVERSACIONES CON ÓSCAR (XI)



Confieso que, en las ocasiones en que voy al cine, elijo una proyección exenta de dramatismo o de violencia, que ni de cerca ni de lejos, trate el tema de nuestra Guerra Civil, tan recurrente en la cinematografía española, y que, a ser posible, la  Sala esté equipada con sonido envolvente Dolby Atmos. Como ya los telediarios se encargan de ofrecernos una concatenación de noticias a cual más desagradable, al cine acudo para ver y escuchar algo distinto, es decir, películas de las que por su amenidad o calidad tenga constancia previa de que me divertirán o enseñarán sin defraudarme.

Animado por las favorables críticas de la película francesa "Sobre ruedas" ("Tout le monde debout") asistí dispuesto a concluir el año, cinematográficamente hablando, con buen pie. Y debo decir, que el acierto fue pleno. Con un guión muy sencillo, Franck Dubosc, que es a su vez director primerizo y protagonista de la cinta, ha construido una sucesión de fotogramas amables, románticos y tiernos que dan paso a una sucesión de momentos gratos, enormemente divertidos, salpicados de gags de fondo absolutamente limpio que hacen que la hora y cuarenta y siete minutos de visionado transcurran en un santiamén.

Como dije antes, la sinopsis no es nada complicada: Jocelyn, un atractivo empresario, ligón  compulsivo(Franck Dubosc) se ve sorprendido, sentado en la silla de ruedas de su recién fallecida madre, por una espectacular vecina (Caroline Anglade) a la que trata de seducir desde su falso estado de minusválido. Las cosas se complican cuando invitado por este pivón, descubre que su hermana es realmente minusválida. Desde entonces tendrá que seguir fingiendo su papel...¡No cuento más!

Es una delicia ver la interpretación de los protagonistas, principalmente de Florence (Alexandra Lamy) que desprende ternura y sensibilidad a raudales. El reparto está magníficamente completado con la actuación de Elsa Zylberstein y Gérard Darmon.

Muy a tener en cuenta es la normalizada visión que de la minusvalía hace el director, sin presentarlo como una fatal manera de sobrevivir; muy por el contrario, es un canto a la adaptación y a la superación de aquellos que, por diversos motivos, sufren algún tipo de incapacidad.

El final, totalmente previsible, no resta credibilidad a esta excelente historia, que os recomiendo ver para iniciar el Nuevo Año con renovada ilusión.

jueves, 27 de diciembre de 2018


NUNCA PENSÉ QUE TENDRÍA...

Tenía que escribiros. Era justo que me disculpara por los cientos de felicitaciones recibidas con motivo de mi cumpleaños, a los que respondí escuetamente. Con un "Me encanta" despaché a los que plasmaron sus comentarios en mi muro y con un emoticón de dos encendidos corazones, a los que me felicitaron por messenger.

No fue justo responder tan tacañamente a quienes se molestaron en alegrarme la vista y el corazón con frases tan emotivas. No, no fue justo, pero debo decir en mi defensa, que tuve que recurrir a tales argucias, ante la incesante lluvia de toques de entrada con el que, continuamente, me  avisaba el ordenador. Eso, sin contar las intercaladas llamadas telefónicas de parientes, allegados y amigos que no frecuentan las Redes Sociales.

Esperando ser comprendido y perdonado, he compuesto para todos los que me escribieron y, para los que por diversas causas no pudieron hacerlo, este poema en sextinas hernandianas que lleva el título con el que encabezo el escrito.

Nunca pensé que tendría
en las Redes tal aprecio,
pues sin querer ser un necio
presuntuoso y vacío,
fui capitán de navío
por un día, de mi pecio.

Me olvidé de los achaques,
se me olvidaron las penas,
con tres pastillas apenas
pasé muy feliz jornada
sin sentir de madrugada
setenta y un nochebuenas.

"El amor todo lo puede"
es un dicho conocido
que eleva a todo nacido
hasta la más alta cota,
y compone el alma rota,
del que va haciendo camino.

En apenas unas horas
recibí tantas llamadas
que se asustaron mis hadas
al verme tan bien querido
por un tráfico fluido
que, a veces, eran riadas.

Sintiéndome desbordado
el pulso se me alteraba
de manera que no daba
con la tecla que quería,
mientras la mano me ardía
del lío que se formaba.

Agobiado, sin reflejos,
solo ponía "Me encanta"
como al gallo que no canta
por estar en la cazuela,
y eso puede ser que duela
al que mis rimas aguanta.

Por eso pido perdón
escribiendo este poema,
ya que el corazón me quema
si por agobio hice daño:
quizás, el próximo año,
ya no tenga este problema.

A todos os doy las gracias
por tomaros el trabajo
de escribirme ¡qué carajo!
sin obtener la respuesta.
¡Se me cayeron en fiesta
los palos de mi sombrajo!



jueves, 20 de diciembre de 2018



PASAJES DE "CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (52)
CAPÍTULO VI
La ilusión
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―Ponlos a tu gusto ―sugirió a Tinín― así nos sorprendes.
No sería el único en sorprendernos, pues tía Gertru adelantó el horario de la merienda para poder fisgar a gusto y tener algo de lo que comentar en sucesivas tertulias. Podíamos haber tenido más sorpresas, pero mi madre, escarmentada por la desafortunada actuación de Petra del día anterior, poniendo por excusa su dolor en la rabadilla, le prohibió llevar peso para que pudiera recuperarse de la ciática y, de esta manera, fuera tata Lola la encargada de servirnos la bebida.
Mi hermano, que estaba deseoso de entrar en acción, empezó la sesión de baile con un bolero. Al comienzo, nos emparejamos según la lógica. En un ambiente tan romántico, no era de extrañar que Nacho sujetara a Margarita como si temiera que fuera a escaparse. Goyita hacía lo propio con Daniel, bailando de puntillas para equilibrar estaturas y arrimándose a él tanto como le permitía su anatomía. Sin embargo, entre Cécile y yo dejábamos correr el aire, porque así podíamos contemplarnos. Cada mirada era un motivo de embelesamiento. Al cabo de un rato, supongo que a Daniel, se le acabaría la paciencia o las fuerzas de mover tan pesada carga y sugirió un intercambio de parejas. A todos nos pareció buena la idea porque comprendimos que la abnegación tiene también sus límites. Bailé con mi hermana varios tangos, en los que además de enseñarme algunos pasos, se pegó materialmente a mí para susurrarme al oído: “Así es como tienes que bailar con Cécile, ¡pasmado!”. Más tarde, resultó inevitable el emparejamiento con Goyita, que en esos momentos había aliviado su peso tras perder varios litros de sudor que afloraban en cara, manos y en el amplio cerco que difuminaba el estampado del vestido debajo de los sobacos. Como veía que el baile continuaba y Nacho no deseaba remojarse en la sauna andante, propuse que bailáramos sueltos a los compases de sevillanas, rumbas y la socorrida conga que hizo temblar la tarima, hasta el punto de recibir una advertencia de los vecinos del piso de abajo por medio de Domi. Este pretexto parecía perfecto para saciar la curiosidad de nuestra portera. Sabíamos que nuestra fiesta estaría en boca de todo el vecindario en menos de veinticuatro horas.
El receso obligado hizo que nos sentáramos a reponer fuerzas, sin que pudiéramos evitar la compañía de tía Gertru y de mi madre, que en honor a la verdad, se vio en la necesidad de acompañar a su parienta. Comprendimos que en ese momento se había terminado la intimidad, el guateque y las pocas “medias noches” que no había acaparado nuestra simpática Goyita.
―Este ejercicio del baile resulta muy apropiado para mantener la línea ―afirmó, tía Gertru, toda convencida.
―¿Qué línea? ―pregunté con descaro, viendo las redondeadas formas de su vientre y de su pechera.
―Pues hijo, ¡la que tenemos! ―respondió―. Habrás de saber que todavía estoy de buen ver. ¡Ay, si una quisiera! Pero muerto mi Cesáreo, para mí los hombres ya no existen.
Escuchando las simplezas de tía Gertru, un tanto cansados y deseosos de poder hablar de nuestras cosas, dimos por acabado el guateque y fuimos a acompañar a nuestros amigos a su casa. El esperado beso de Cécile me compensó el tener que ir con Goyita hasta su domicilio, en tanto Nacho y Margarita “se perdían” entre la niebla que empezaba a caer.
―A las nueve y media estaremos en el portal―. Me aseguró Margarita, tomando del brazo a Nacho.
―El año no ha podido empezar mejor―, dije a mi hermana una hora más tarde, cuando subíamos en el ascensor, sin darme cuenta de que lloraba ante la inminente marcha de Nacho.
―Será para ti, guapo, será para ti ―me respondió.
 Evidentemente era mi mejor empiece de año en toda mi vida, y aquella noche ni de lejos quise acordarme del conocido dicho gitano: “No quiero ver a mis hijos con buenos principios”.





domingo, 16 de diciembre de 2018

PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (52)

CAPÍTULO III
La casa del abuelo
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―La vida del hombre ―comenzó a decir―, va de los veinte a como mucho los sesenta. Antes de los veinte, eres un ser dependiente, un mero observador de la vida; no tienes barba ni dinero, en condiciones. Apenas cumples los sesenta ya comienzan los achaques. Las bronquitis son cada vez más frecuentes, la reuma te invade manos y pies a la vez que vas perdiendo la afición por las mujeres. ¡Todo son calamidades! Si comes mucho, la gota, y si no comes, la anemia. Cuando no te duele el bazo, te duele el espinazo. El matasanos va siendo uno más de la familia y en cada visita te va añadiendo una pastilla o un jarabe a la larga lista de potingues que tienes que tomar, hasta convertirte en una botica ambulante. Llegado ese momento, que es en el que actualmente me encuentro, lo sensato es hablar con don Matías e irle encargando unas gregorianas.
Se emocionó tanto que tuvo necesidad de alcanzar el vaso de agua con su temblona mano, para beber dando sorbitos, como un jilguero en una charca.
A Tinín le hizo gracia la peculiar forma de beber del abuelo, e inocentemente preguntó:
―Abuelo, ¿por qué bebes a poquitos?
―Mira hijo: se orina como se bebe. De joven me bebía un vaso de una vez y orinaba a chorro. Ahora según me ves beber, así orino: a poquitos como dices tú.
A mi padre no le parecieron bien las explicaciones tan explícitas del abuelo sobre las diferentes formas de miccionar, y respetuosamente argumentó:
―Padre, no debería usted dar tantos detalles. Tinín todavía es pequeño para comprender la fisiología humana.
―Puede que lo sea ―respondió el abuelo―, pero los niños captan todo y el tiempo pasa tan rápido que, antes de lo que te imaginas, este mocoso será don Constantino. Lo que tenga que saber de la vida, que lo aprenda en casa, mejor que se lo enseñen de mala manera por ahí.
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jueves, 13 de diciembre de 2018


AUTO SACRAMENTAL DE NAVIDAD

En la tarde de ayer tuvo lugar en el Paraninfo de la Universidad de Valladolid, con una espectacular asistencia de público, que abarrotaba el recinto,  el tradicional Auto Sacramental de Navidad.

Tras unas palabras de salutación pronunciadas por el Rector Magnífico de la Universidad, D. Antonio Largo Cabrerizo y de las del Hermano Mayor de de la Hermandad, D. Francisco Javier Sánchez Tabernero, el eximio músico y escritor, D. Joaquín Díaz Díaz González, realizó la Lectio Brevis titulada: "Del Temor a la Alegría".

En la segunda Parte, el coro Vox Vitae, interpretó un excelente Concierto para la Navidad con piezas propias del Tiempo de Adviento y Navidad.

Tanto el orador como los componentes del coro fueron largamente aplaudidos, cautivados por la belleza del texto y por la musicalidad de las voces.

Os adjunto el Programa y una breve reseña curricular de los actuantes.



domingo, 9 de diciembre de 2018


SOBRESALTO

Tardó mucho tiempo en conciliar el sueño. Fue al baño para intentar romper la dinámica del desvelo, pero resultó inútil. Tras media hora de clavar la mirada en la luz que se colaba por los resquicios de la persiana, volvió a levantarse y encendió la televisión. Comprobó que la programación era aún más aburrida que en horas de amplia audiencia. Por un momento, cerró los ojos y creyó llegado el momento del sueño. Al acostarse la recibieron unas sábanas frías y un incipiente dolor de cabeza. Cambió de postura unas cuantas veces más y repasó el último episodio vivido aquella misma tarde con Josema. 

Nunca debió de suceder una cosa así. Quizás la intolerancia mutua abortó el diálogo de buena voluntad que pone fin a todas las desavenencias, pero el hecho fue que seis meses de besos encendidos y de futuras promesas de vida en común, se deshicieron en un instante.
Todo empezó por una discusión banal que fue adquiriendo dimensiones insospechadas a medida que el enfrentamiento verbal continuaba. De un tema se pasaban a otro con una celeridad sorprendente. De las cuotas del coche adquirido a medias al recuerdo del nefasto fin de semana por culpa de una mala elección del restaurante; de la familia del uno a las peculiaridades de la familia de su pareja; de la sentida falta de cariño a los celos infundados…

Josema fue el primero en tomar una determinación tajante: “¡No aguanto más. Mañana me voy a Madrid y acepto el trabajo que me ofrecieron!”, “Cómo si quieres ir al fin del mundo—respondió ella—, para mí ya no supones nada”.

Lourdes vio cómo la niebla de diciembre engullía la espalda de Josema y llena de rabia esperó en la marquesina del autobús, el vehículo que le acercaría a su casa.

Las seis de la mañana y salvo pérdidas de conocimiento puntuales, Lourdes continuaba esperando la claridad de la mañana. Encendió la radio y escuchó en media hora, no menos de tres veces las consecuencias de unas elecciones y los destrozos parisinos de los “chalecos amarillos”. Estos mantras tampoco tuvieron el efecto somnífero pretendido. De repente, el locutor añadió una desgraciada noticia al “bucle” de las ya emitidas: “Debido a la espesa niebla, un vehículo se ha salido de la vía en la N-VI a la entrada de Madrid. Su único ocupante, un joven de veinticuatro años, ha resultado muerto”.

Un grito desgarrador inundó todos los espacios de la casa y, Lourdes se desplomó sollozando sobre la alfombra. Cuando consiguió salir del shock, se apresuró a llamar a Josema. Los tonos de llamada se sucedían y nadie contestaba. Volvió a intentarlo de nuevo y, cuando estaba a punto de desmayarse, una voz somnolienta atendió su llamada.
“Son las siete de la mañana. Qué haces llamándome a estas horas—contestó Josema.
“Perdóname. He tenido un terrible presagio. Más tarde te lo explicaré todo. Te quiero”.
“Yo también a ti, cariño. Mañana hablamos y hacemos planes. Ahora, duérmete”

jueves, 6 de diciembre de 2018


LA REFORMA
Crónicas de mi Periódico             6 de diciembre de 2018

PANES Y PECES

Hoy he estado pescando en el Mediterráneo, concretamente en Santa Pola. Clavadas en las rocas del espigón, mis cañas apuntaban al Este. Mi pensamiento también. Sin poder evitarlo, imaginaba a los migrantes que habían conseguido tomar tierra en Malta y que pronto serán reenviados a España y pensaba en la tripulación del pesquero “Nuestra Madre Loreto” que ¡por fin!, podría reanudar su tarea y regresar a nuestra patria, a ser posible, antes de que llegue la Navidad.

Mientras mandatarios del G-20 discutían en Argentina cuestiones muy importantes, los vecinos de Santa Pola se reunían en la Plaza de la Glorieta para pedir el inmediato regreso de familiares y amigos. Era un grupo numeroso, seguramente un G-200 que clamaba justicia y sentido común.

Olvidados del mundo, esta tripulación había sido abandonada a su suerte. Su pecado: haber cumplido con la regla más elemental de la navegación marítima cual es el recoger a náufragos, antes de que perecieran sin remedio en esa fosa común en la que se convertido nuestro mar Mediterráneo.

Cada vez estoy más convencido de que el mundo está loco. O para ser más exactos, sus dirigentes. Se erigen en salvadores del mundo y no son capaces de preocuparse por la vida de seres indefensos. Alguien debería recordarles que volver la espalda a los desfavorecidos de este mundo les desacredita. Hoy, hay pan y peces para todos, con tal de que ellos no atesoren todo el pan y con sus flamantes yates, destruyan todos los peces del planeta. Están convencidos de que “el pez grande se come al chico” y ellos son peces gordos.

Momentáneamente, la alegría, aunque tarde, ha regresados a los santapoleros que ya han dispuesto el recibimiento adecuado a estos héroes de la mar. No faltará el vino espumoso y sobre todo la pólvora de las grandes celebraciones. Más de uno estará pensando en reservar parte de la misma y arrojarla cuando algún político oportunista se sume a la fiesta. Quizás un cohete en el lugar en que la espalda pierde su nombre, sería un lugar adecuado. Es la misma espalda que han estado contemplando durante diez días interminablemente angustiosos.





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