jueves, 29 de octubre de 2020

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.PASAJES DE " LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (72)

CAPÍTULO V

El tío Caparras


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―Usted sigue tan ocurrente como siempre, don Constantino. Aunque nos cueste trabajo entenderlo, las enfermedades y penalidades de este mundo forman parte de la Divina Providencia y son un medio frecuente que el Señor emplea para que tomemos conciencia de nuestra fragilidad humana, y así recurramos a Él con mayor fervor, solicitando su ayuda. ―Hizo una pausa para cambiar de conversación―. Pero no he venido a hablar de enfermedades; simplemente ha ocurrido que pasaba por aquí y me he dicho: voy a echar una parrafada con el amigo Tino.

―Mire, don Matías ―se sinceró el abuelo―, hay un dicho de Topas que reza así: «Si un cura pregunta por ti, o quiere limosna o te vas a morir». Como de lo primero ya me encargo de que Petra rellene el cepillo, no me cabe duda de que estoy asistiendo a la última representación del verano en este pueblo. Desde que murió la Macrina y luego con mi enfermedad, he tenido mucho tiempo para pensar y noto que el tiempo se me acaba. Ya tengo dicho a mi hijo que en cobrando la paga de este mes, disponga lo necesario para encargarle a usted unas gregorianas para el bien de mi alma.

―Pero, ¿quién está pensando en morirse? Por favor, don Constantino, no sea tan agorero. Todavía tiene usted mucha salud y mucho que decir.

―Gracias por los ánimos ―respondió el abuelo―. Usted como cura no tiene precio, pero como médico tiene mal ojo. Cada uno se puede creer lo que quiera, pero yo cada día noto que tardo menos tiempo en orinar y más tiempo en comer; prueba de ello es que va por el tercer agujero que me han tenido que hacer en el cinto, para no ir perdiendo los pantalones por el camino.

―A veces se pasan malas rachas. Yo mismo ―dijo don Matías en tono comprensivo― tengo durante días un ardor de estómago que me impide comer, y por si fuera poco, he de consumir el vino consagrado, con lo que me retuerzo de dolor y se me pone un humor de perros; pero luego, gracias a Dios, tomo un poco de bicarbonato y todo vuelve a la normalidad.

―No compare su edad con la mía. Yo a su edad… Yo a su edad… bueno, en otra ocasión le contaré en qué me divertía yo a los cuarenta. Sin embargo, ahora…

El recuerdo del tiempo irremediablemente pasado, puso una nota de tristeza en el semblante de mi abuelo e inmediatamente, llevándose la mano a la cintura, hizo ademán de levantarse y dijo a su interlocutor―: Excúseme don Matías, pero tengo necesidad de orinar.

―Vaya con toda libertad. Ya vendré a visitarle sin prisa en otra ocasión y me cuenta lo que hizo a los cuarenta, a los cincuenta o lo que desee, y pasamos un buen rato charlando de lo divino y de lo humano.

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jueves, 22 de octubre de 2020

 

MIGUEL DELIBES SETIÉN (1920-2010)



 

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El pasado día 17, se ha cumplido el centenario del nacimiento de este sin par escritor vallisoletano. Hombre sencillo y afable con sus convecinos, recibió otra de las múltiples muestras de cariño con las que su ciudad ha querido homenajearle. Desde el domingo, una escultura que muestra a don Miguel paseando, paraguas y libros en mano, se puede admirar a la entrada del Campo Grande; parque, que en otro tiempo, en tantas ocasiones recorriera.

Licenciado en Comercio, fue profesor de Derecho Mercantil en su ciudad natal. Su afición por la caricatura le lleva a publicar sus dibujos en el periódico, "El Norte de Castilla", para posteriormente ser columnista del mismo y ocupar, años más tarde, los puestos de subdirector y director del mencionado diario del que dimitió (1963) por desavenencias con Manuel Fraga, por aquel entonces, Ministro de Información y Turismo.

La concesión en 1947 del Premio Nadal por su novela, "La sombra del ciprés es alargada" le lanza a una carrera literaria prolífica en títulos entre los que citaré: "El Camino", "La hoja roja", "Mi idolatrado hijo Sisí", "Diario de un cazador" (Premio Nacional de Narrativa),"Las ratas" (Premio de la Crítica), "Cinco horas con Mario". "La guerra de nuestros antepasados",  "Los santos inocentes", "Señora de rojo sobre fondo gris" (Un homenaje a su esposa, prematuramente fallecida) y un largo etcétera que concluye con su última novela "El hereje"(Premio Nacional de Narrativa).

Diez de sus publicaciones se convirtieron en películas y algunas de ellas fueron adaptadas como obras teatrales. Entre sus reconocimientos figuran los siguientes: Doctor honoris causa por las Universidades de Valladolid, Complutense de Madrid y Sarre (Alemania);  Premio de las Letras otorgado por la Junta de Castilla y León;  Caballero de las Artes y las Letras de la República Francesa; Premio Príncipe de Asturias 1982 y Premio Cervantes 1993.

Elegido Miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1973, fue relevante su aportación en vocablos de flora y fauna de los que era un gran conocedor por su pasión por la caza y la naturaleza.

Considerado como uno de los mejores escritores de la mitad del siglo XX su obra es una canto a la gentes que habitan en el medio rural del que se sentía enamorado. Gran defensor del medio ambiente y del equilibrio ecológico, en sus obras se percibe la defensa de los desfavorecidos, un compromiso ético reivindicador de una justicia social a los que añade una crítica sobre el progreso de técnicas de desarrollo incontrolado que amenazan al Planeta.

Su fallecimiento tuvo lugar el 12 de marzo de 2010  y como hijo predilecto de la ciudad, sus cenizas fueron enterradas en el panteón de Hombres Ilustres del cementerio vallisoletano, en las que por su expreso deseo, descansan junto a las de su esposa Ángeles de Castro, su gran amor y musa.

Fotografía del autor.

 

 


domingo, 18 de octubre de 2020

 PARÍS. ¡OH, LÀ LÀ!  (17)

 

 

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Desde que me instalé en el apartamento de Giselle, la vida  se convirtió para mí en algo muy parecido a como había imaginado el Edén. Mi compañera repartía su tiempo entre el aprendizaje del español, las clases de ballet y otros quehaceres que tenían que ver con la actividad de bailarina para la que creía estar predestinada, y yo, sin tener que trabajar, me dedicaba a escribir. Visitaba y participaba  con mi escaso vocabulario francés en algunas tertulias literarias y, por qué no decirlo, tomaba más de un aperitivo con el que completar la reducida ración de comida que compartía con Giselle, muy dada a las ensaladas de todo tipo para mantenerse en su peso ideal. A partir de las seis de la tarde, cuando la mayoría de los franceses despejaban las calles camino de sus domicilios, era cuando mi preciosa anfitriona y yo, recorríamos, la Avenue Foch, la Place de L`Etoile y algunas de las avenidas que parten de ella, si la lluvia no lo impedía; en caso contrario, acurrucados en el sofá, charlábamos de cómo nos había ido la jornada o le recitaba los poemas que había compuesto. Ella los escuchaba, apoyando la cabeza sobre mi pecho, mientras la música de Tchaikovski, Brahms o Delibes nos envolvía con acordes románticos.

Los fines de semana, Giselle me mostraba barrios y zonas aledañas de la ciudad que hasta ese momento desconocía. A medida que el mes de mayo finalizaba, notaba por el tono de voz que su entusiasmo languidecía y se reemplazaba por una tristeza que, a pesar de su sonrisa y animosidad, era incapaz de ocultar. Con frecuencia expresaba en voz alta esos sentimientos que alteraban su paz interior:

—¿No te asaltará  la curiosidad por saber qué verdor mostrará le Bois de Boulogne, cuando te hayas ido? ¿Cómo será pasear sin mí por la Rue Saint Honoré? ¿Volveremos a estar juntos alguna vez?

Yo trataba de responder a sus interrogantes con palabras esperanzadas de un posible próximo encuentro, sabiendo que no decía la verdad. Giselle era una mujer de belleza y cualidades suficientes para hacer feliz a cualquier hombre, pero no a mí. Mi educación clásica influía hasta tal punto mi pensamiento, que pensaba que la mujer que me enamoraría habría de compartir conmigo todos los días de su vida. Desgraciadamente, la concepción de Giselle sobre la pareja era mucho más liberal que la mía, anteponiendo siempre el desarrollo de su vocación artística por encima del concepto de hogar que yo anhelaba. Por otra parte, pensaba que, el desgarro de nuestra separación, no ocasionaría en su interior ninguna herida, por profunda que fuera, que no cicatrizara en un corto espacio de tiempo, al término del cual, reharía su vida con otro hombre más acorde que yo con su peculiar manera de entender la vida.

A tres días de mi marcha, fuimos a “Les Deux Magots” con la intención de despedirme de mi amigo Gérad. Si me hubiera ahorrado este gesto que consideraba de buena educación, tampoco habría pasado nada. Gérard estaba amartelado con un muchacho bastante más joven que él. En actitud cariñosa departían intimidades en un rincón del salón. Cuando supo que quería agradecer su acogida por la amistad brindada, ni siquiera se puso en pie; agitó la mano y dijo Au revoir, mon ami, para seguir intercambiando miradas con su acompañante.

Tampoco fue mucho más efusiva la despedida con Jeremías. Después de intentarlo varias veces, por fin me cogió el teléfono y, de los cinco minutos que duró la comunicación, al menos cuatro los empleó en contarme su avanzado proyecto de convertirse en el futuro propietario de una brasserie. “La próxima vez que vengas por aquí, te invitaré a una cerveza”—me dijo entre risas—, deseándome, un bon retour.

Sin duda, la despedida más emotiva se produjo cuando fui a recoger los cuatro bártulos que permanecían custodiados en casa de madame Claudine. La mujer no pudo contener la emoción cuando supo que regresaba. Con ojos humedecidos me puso como ejemplo de joven responsable y educado. Me besó como quien besa a un nieto, asegurándome que siempre tendría sitio en su casa y que si tenía pensado volver, no me demorase en demasía. ”Je suis déjà trés vieux” . Con un nudo en la garganta, bajé pausadamente por las escaleras que, muchas veces, brincaba de dos en dos para no llegar tarde al trabajo. La brisa vespertina me ayudó a clarear la visión.

La mañana anterior a mi marcha, Giselle me comentó, que si quedaba algo que me hiciera ilusión visitar se lo dijera para complacerme.

—Sí. Me gustaría visitar el museo de Rodin—. Respondí de inmediato.

—Será bonito recordar—. Contestó Giselle—Solo he ido una vez.

No fueron las esculturas de Victor Hugo y de Honoré de Balzac las que más impresionaron a Giselle. Ni siquiera “El pensador” o “Los Burgueses de Calais”, sino que, ante la escultura de “El beso” permaneció estática varios minutos. Algo así quiso que sucediera entre nosotros cuando me besó en los jardines del antiguo “Hôtel Biron” y mucho más apasionadamente en la noche que precedió a mi vuelta.

“Siempre te querré” fue la frase que me repitió una y otra vez, aunque fiel a sus principios, no me acompañó al aeropuerto para no perder sus clases de ballet.

Cuando el avión sobrevolaba París rumbo a Madrid, me sentí libre como un pájaro, satisfecho con los logros conseguidos y esperanzado con lo que el futuro me tendría reservado.


FIN DEL CAPÍTULO PARÍS. ¡OH, LÀ LÀ!

 

 

 

 

 

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domingo, 11 de octubre de 2020

                                                     
                                             PARIS. OH, LÀ LÀ (16)

 

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Giselle era meticulosa en todo lo que preparaba. Quizás llevada por la finura que debía imperar en todos sus movimientos cuando bailaba, padecía de una especie de deformación profesional, que le hacía buscar la perfección hasta en los más nimios detalles. De manera que, tan pronto tuvo en sus manos las entradas para la representación operística, me pidió que alquilara un esmoquin, pues según ella, la ocasión lo merecía. De su vestido no me quiso dar ningún detalle porque deseaba hacer de la sorpresa, otro motivo para que la velada resultara perfecta. Llegada la noche del día señalado, Giselle apareció vestida con un traje que realzaba, más si cabe, su escultural anatomía y su belleza, Lucía un vestido gris perla de generoso escote que intentaba ocultar, sin conseguirlo, un collar de perlas. Brillaban en la parte superior las lentejuelas que daban brillo también a la tela que cubría sus brazos. La largura de la falda terminaba por debajo de la rodilla lo que permitía admirar unas piernas preciosas  y, algo más, cuando se asomaban por una abertura inferior que confería al conjunto un aspecto desenfadado y juvenil a la par que elegante.

—¡Estás preciosa!—, exclamé

—Tú también estás muy atractivo—. Respondió, mirándose el espejo, con el bolsito de fiesta en sus manos.

Pocos minutos después, una vez que el taxi nos dejó en el teatro de la Ópera, pude admirar la belleza ornamental del edificio y minutos más tarde, empezada la representación, me di cuenta de la sensibilidad de mi acompañante cuando unas lágrimas se escaparon de sus ojos en el Primer Acto en el que Rodolfo, el poeta, entona a Mimí, la archiconocida aria “Che gélida manina”. Con su manina entre las mías, las lágrimas fluyeron incontenibles en el Acto segundo al escuchar, “Quando m´en vó”. Se conoce que en su interior, debió de cambiar su rol de Mimí por el de Musetta y yo, me convertí en Marcello, pasando de poeta a pintor. El descanso supuso una pausa y un deshago para Giselle que me comentó el dolor que sentiría Musetta paseando sola para atraer la atención de Marcello, cosa que consigue, aunque a ella no le ocurriría lo mismo conmigo.

Sensible como estaba, las lágrimas no cesaron en los Actos tercero y cuarto. En este último, la muerte de Mimí, hizo que empapara varios pañuelos.

—¿Sentirás tanto dolor como Rodolfo, cuando ya no esté a tu lado?—, me preguntó en el hall del teatro, cuando buscaba los lavabos para recomponer el maquillaje.

No supe qué contestar, porque, hasta entonces, no había sido muy consciente de todo el amor que Giselle sentía por mí. Claro, que no tanto como el que sentía por su carrera.

De regreso a casa me dijo que había elegido esta Ópera, porque, en el fondo, ambos éramos unos bohemios que habíamos elegido una profesión en la que difícilmente se triunfa y, salvo excepciones, no te da para vivir con holgura.

—Tienes razón—contesté—, pero se goza ejerciendo aquello que te satisface y eso es vivir.

Un achuchón y un beso fue la respuesta que me confirmó que ella sentía lo mismo.

 

domingo, 4 de octubre de 2020

                                              PARIS. OH, LÀ LÀ (15)


 

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Las satisfacciones personales no acabaron ahí. Sabiendo que mi inventado cursillo había concluido, Giselle me propuso irme a vivir con ella.

—Sería la mejor manera de aprovechar el escaso tiempo que nos queda de estar juntos—me razonó.

—No es mala idea, pero me comprometí con madame Claudine hasta final de mayo. Pienso que mi aportación económica le es muy necesaria.

—No problema, “Álvago”. Cumple con tu palabra pero dile que te han invitado unos amigos a pasar unos días fuera de París.

—De acuerdo, Giselle. Prepararé la mudanza. Ya ves que no te quito un capricho.

—Cierto, mon amour. Aún te voy a pedir otro, si es que te gusta la Ópera.

—¡Oh, sí! La Ópera me encanta—.Contesté para que, en este apartado artístico en que era lego total, no se sintiera defraudada.

—Pues entonces te invito a ver una representación de “La Bohème” de Puccini que actualmente está en cartel en el Palacio Garnier, un edificio que te asombrará por su grandiosidad. En cuanto a la obra, me parece por su tema muy apropiada para nosotros.

—Te lo agradezco muchísimo. Hoy, sin duda, es el día en que tienen lugar grandes acontecimientos.

—Y los que están por venir. Quiero que los momentos que nos restan por disfrutar juntos, sean inolvidables para ambos—. Me dijo, tomando mi mano suavemente.

Agarrados por la cintura paseamos hasta mi pensión. Ella se quedó en las proximidades del portal y yo comuniqué a madame Claudine mi intención de pasar unos días fuera de París, adelantándole el dinero de mi estancia hasta finales de mes en que vendría a recoger el resto de mis pertenencias. En la maleta introduje libros, mis escritos y la mayor parte de la ropa de la que disponía. En un taxi, Giselle y yo, pletóricos de pasión, nos dispusimos a pasar una pequeña Luna de Miel en el apartamento de la Avenida Foch.

Antes de acostarnos y, como había prometido, Giselle quiso que aquel día fuera inolvidable y a fe que lo consiguió. Antes de que el sueño hiciera acto de presencia, Giselle se calzó las mallas y con un ajustado corpiño que se remataba con un ligero tutú, bailó para mí una selección de melodías de “El Lago de los Cisnes” siguiendo la música de un vinilo que ella misma se encargaba de manejar. Jamás había visto tan de cerca una sílfide que evolucionara de manera tan delicada su escultural figura. Al doblar su cuerpo hasta la cintura, entendí que la representación de Giselle, en su papel de Odette, había concluido y me lancé a abrazarla, pero ella, sonriendo, me detuvo.

—No, ahora no. El vestido podría arrugarse.

Y me pidió colaboración para desvestirse.

—Jamás pensé que fuera una tarea tan gratificante desplumar a un cisne—pronuncié entre risas.

Ella se rió también de mi ocurrencia y apagó la luz antes de que iniciáramos otro tipo de danza.

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jueves, 1 de octubre de 2020

 


PASAJES DE "CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (71)

 

CAPÍTULO X

La Ambición

 

 

 

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A finales de mayo, Margarita recibió una carta de la Sección Femenina de Falange, donde se le indicaba que en el mes de julio debería incorporarse al castillo de la Mota, en Medina del Campo, para iniciar su prestación del “Servicio Social”. Aquella comunicación sirvió para que, con los preparativos, se fuera olvidando del asunto con Nacho y nuevas preocupaciones ocuparan su mente.

El impacto que causó en mi familia y en mí mismo el fallido noviazgo de mi hermana con Nacho, hizo que, a modo de reflexión dolorida, compusiera este ovillejo:

 

EL ENGAÑO

¿Quién puede herir la constancia?

Distancia.

¿Quién maltrata estando lejos?

Los celos.

¿Y quién causa desengaño?

Engaño.

 

Es conocido de antaño:

sobra toda conjetura,

de amores hacen ruptura,

distancia, celos o engaño.

 

En cuanto lo tuve terminado, se lo presenté a don Julián para que me diera su visto bueno, como hacía con todo lo que últimamente escribía.

Don Julián lo leyó con atención, y como solía hacer en ocasiones anteriores, alabó la composición. Sin embargo, esta vez no se deshizo en elogios, sino que me hizo sentar a su lado en el sofá, que ocupaba un lateral del cuarto donde me impartía clase. Alumbrados por una lámpara art decó, que perdía luminosidad a medida que la estancia se llenaba de humo, mi profesor reclinó la cabeza con la vista y el puro apuntando hacia el techo. Muy serio, me hizo reflexionar sobre mi futuro como poeta y los pasos que debía seguir si verdaderamente quería alcanzar la gloria con la que soñaba.

―Querido Álvaro ―comenzó diciendo―. Créeme que admiro tus composiciones y me agrada sobremanera la ilusión que demuestras al componerlas, pero ha llegado el momento de decirte que debes abandonar la forma actual por la que te guías y emprender un nuevo camino, que necesariamente ha de ser mucho más creativo. Hasta ahora has imitado a los grandes maestros de la poesía, como hacen los aspirantes a pintor, copiando cuadros de Goya o de Velázquez. Sabes bien que, aunque esas pinturas reproduzcan fielmente la obra de su autor, jamás podrán presentarse como propias ni podrán ocupar plaza en ningún museo. Más pronto que tarde, el artista debe dar el salto que le lleve a crear su propia obra. Para ti, ese momento ha llegado, y comprendo que no te será fácil abordar la empresa. ―Hizo una pausa y enderezó su postura para girar levemente la cabeza, mirarme fijamente a los ojos y continuar diciendo―: No debes preocuparte ni obsesionarte por esta circunstancia. En cualquier campo de la creación, incluido el mundo de la Ciencia, nadie parte desde cero. Existe un bagaje anterior que es el soporte sobre el que tenemos que construir y, a veces, sin poderlo evitar, copiamos en cierta medida de nuestros predecesores, pero las nuevas formas creadas, si aspiraran a la eternidad, deben tener el sello propio, la identidad de quien las rescató de la nada. Afortunadamente para ti, he visto que los modelos en los que te has inspirado han sido Machado, san Juan de la Cruz o Miguel Hernández, y has desestimado poetas de buena rima pero de dudoso interés poético, como Leandro Fernández de Moratín o Gabriel y Galán. Ahora tienes ante ti la ingente tarea de empaparte, entre otros, de todos los poetas del siglo de Oro, que son el pasado, así como los de la generación del 27, que son la actualidad sobre la que has de construir tu novedosa poesía: Alberti, Lorca, Salinas, Celaya, Guillén o Aleixandre son los más conocidos; algunos de ellos herederos de la inmensa sensibilidad de Juan Ramón Jiménez. Rebusca en bibliotecas la obra de autores no tan consagrados que, sin alcanzar la gloria de los anteriores, fueron capaces de crear una poesía auténtica, entre los que te cito a Fernando González Rodríguez, compañero mío y republicano, al igual que yo; pero sobre todos ellos, estudia la obra del dios emergente de la poesía actual: Pablo Neruda. Toma de cada uno de ellos lo mejor, y a partir de sus raíces, crece y evoluciona.

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domingo, 27 de septiembre de 2020

  PARIS. OH, LÀ LÀ (14)

 

 

 


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Giselle estaba tan convencida como yo, de que nuestra relación no sería eterna.

—Dentro de unos días regresarás a España y, seguramente, el tiempo se encargará de apagar este fuego que ahora parece no tener fin. Soy consciente de ello, porque no tengo fuerza moral para retenerte a mi lado, ya que aunque te quedaras en París, yo no sacrificaría por nada del mundo mi sueño de llegar a ser una figura del ballet con lo que ello supone de cursillos, representaciones y viajes que me impedirían estar compartiendo mi vida contigo todos los días.

—Tienes razón, Giselle. Nadie sabe lo difícil que resulta compartir vocación y compañía—dije, como si mis palabras estuvieran expresando un pensamiento sincero—. Pero he de darte una buena noticia y es que ayer concluí mi cursillo en la Sorbona y dispongo de todas las fechas libres hasta mi marcha.

—¡Eso es maravilloso, mon amour! Podremos disfrutar a tope todo el tiempo libre que me permitan mis clases de ballet.

Giselle, extrajo de su bolso un ejemplar de “Le Monde” y, haciéndome cucamonas, me rogó que se lo leyera. Con mucha calma, para no equivocarme, lo leí dándole la mejor entonación de que, en ese  momento, era capaz.

PARÍS

 

Il n' est possible que de penser à toi 

te décrire dans un poème 

c' est impossible pour moi.

Fasciné par ton charme, je note dans la mémoire 

la beauté dont je prends plaisir et que je jouis, Paris, à te regarder.

J' évoque en milliers de clichés la gentillesse de la Seine et sa rive,

le calme glissement de l' eau qui me fait tomber amoureux 

en parcourant, d' une partie à l' autre, la ville du sort permanent.

Attiré à Montmartre je retrouve 

un nouvel esprit au Sacré-Coeur et à Montparnasse,

je plonge dans vieilles histoires de bohèmes littéraires.

J' adore l' Impressionisme de Musée d' Orsay 

et le vertige qui me produit regarder les coupoles dorées 

depuis la hauteur de la tour Eiffel.

Quelle rare perfection possèdent tes places et jardins!

Dis -moi qui t' a offert de l' étrange sortilège 

par lequel le voyageur, en te disant au revoir, rêve de te revoir.

Racconte-moi le secret pour ne pas mourir de mélancolie,

quand je ne serai pas là 

et accorde-moi la grâce d' être le virtuel et éternel promeneur de tes rues 

pour me souvenir pour toujours de tes aubes et demander que mon crépuscule 

soit, comme le tien, rosé, tenre, éternel.

 

—Ahora, recítamelo en español, deseo escuchar el original—me rogó como quien suplica que se otorgue un gran favor.

 

PARÍS

Solo es posible pensarte,

describirte en un poema

me resulta imposible.

Fascinado por tu encanto, anoto en la memoria

la belleza que gozo y  disfruto, París, al contemplarte.

Evoco en miles de instantáneas la lindeza del Sena y su ribera,

el tranquilo deslizar del agua enamorándome

al recorrer, de parte a parte, la ciudad de permanente hechizo.

Atraído en Montmartre recobro

un espíritu nuevo en el Sacré-Cœur y, en Montparnasse,

me sumerjo en viejas historias de bohemios literatos.

Adoro el impresionismo del Museo de Orsay

y el vértigo que me produce contemplar las cúpulas doradas

desde la altura de la Torre Eiffel.

¡Qué rara perfección poseen tus Plazas y jardines!

Dime quién te dotó del extraño sortilegio

por el que el viajero, al despedirse de ti, sueña con volver a visitarte.

Cuéntame el secreto para no morir de melancolía,

cuando ya no esté aquí

y concédeme el favor de ser el virtual y eterno paseante de tus calles

para recordar por siempre tus amaneceres y pedir que mi crepúsculo

sea, como el tuyo, rosado, tierno, eterno.

 

Esta vez, la lectura del poema resultó más entonada, porque se ajustaba al sentimiento con el que lo escribí. A su conclusión me besó de nuevo. Esa era la forma con que esta encantadora  mujer me premiaba cuando se satisfacían sus deseos. Otro beso más prolongado obtuve cuando firmé una dedicatoria al pie del poema escrito en uno de los diarios.

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jueves, 24 de septiembre de 2020

 

 

PASAJE DE"LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (71)

CAPÍTULO V

El tío Caparras


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Un «buenos días, don Matías», con que le saludó Josefa la del Epifanio, le devolvió al mundo real y le hizo recapacitar sobre qué estrategia concreta sería la adecuada para que el éxito coronara su empresa. Durante unos cuantos minutos más, su mente sopesó entre un acercamiento rápido e íntimo u otro distante y meramente protocolario, hasta que finalmente optó por actuar como las palomas que divisaba desde su casa. Las veía acercarse a beber en el abrevadero cercano al trinquete; volar de rama en rama, cerciorándose de la ausencia de peligro en cada aproximación, hasta conseguir su objetivo. Así haría él: visitas que en un primer momento fueran de contenido intranscendente, análisis posterior de la confianza del enfermo y, una vez ganada ésta en un diálogo sincero y confiado, surgirían de manera natural temas de mayor enjundia, entre los que tendrían cabida, los escatológicos.

Entrada la mañana, cuando calculó que Petra habría concluido con el arreglo de su señorito, abandonó el tocón desperezándose después, a cubierto de miradas indiscretas, tras un chopo centenario, y recorrió con paso decidido los escasos doscientos metros que le separaban de la casa de mi abuelo, con el sol dorándole la resuelta frente, mientras la sombra de sus brazos en la espalda sujetando el breviario, se deslizaba tras él sobre el asfalto de la carretera.

Llamó a la puerta por dos veces, por pura cortesía, y sin esperar respuesta se adentró en el comedor, donde encontró al abuelo sentado en una silla, con un echarpe sobre los hombros y el sombrero cubriéndole la cabeza. Tenía la radio puesta. Los ojos entornados delataban no estar prestando mucha atención a la melodía; sencillamente, estaba haciendo tiempo hasta la hora de las noticias, que le ponían al tanto de lo que ocurría en España y en el mundo, porque de lo que acaecía en el pueblo y su comarca, Petra le informaba puntualmente.

―¿Cómo le va, don Constantino? ―dijo el sacerdote en tono jovial.

Abriendo los ojos, el abuelo contestó sin vacilar:

―Jodido, muy jodido, don Matías. En llegando a viejo valemos menos que el burro del Pirracas que lleva más de un mes queriéndolo vender y no encuentra comprador.

―¡No compare usted! Para el Señor, toda criatura tiene un valor incalculable, porque para Él todos somos sus hijos.

―No se lo discuto ―apostilló el abuelo―, pero de un tiempo a esta parte, parece que se ha olvidado de mi existencia. Soy yo, más bien, el que se acuerda de Él cuando me vienen los escozores, y no precisamente para darle las gracias.

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Fotografía de Santos Pintor Galán

                                                  

domingo, 20 de septiembre de 2020

 

 

 

PARIS. OH, LÀ LÀ! (13)

 

                                        

 

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Presumiendo que en nuestra siguiente cita me solicitaría más versos y mi capacidad de creación no daba para tanto, copié poemas poco conocidos de Ronsard, Baudelaire  y Paul Claudel entre otros, modificándoles a posta para que el francés no resultara tan perfecto. Ya me encargaría yo de retener la copia después de leérselos para que no descubriera el engaño. Estando trabajando en tan ardua tarea, madame Claudine me avisó de que una señorita me solicitaba por teléfono. Era Giselle la que se encontraba al otro lado del hilo telefónico. Con voz entrecortada me dijo:

—Perdona si he molestado a madame Claudine. Cuando me diste su número de teléfono ya me advertiste que solo lo podía utilizar para llamadas de emergencia, pero no puedo permanecer más tiempo en silencio—Hizo un pausa para tomar aire—.”Älvago”, tu poema ha resultado ganador y viene publicado en “Le Monde”. Ya he comprado varios ejemplares.

La noticia me aceleró el pulso e hizo que, durante unos segundos permaneciera en silencio.

—“Álvago”, “Álvago”, escuché a Giselle, preocupada.

Oh, mon Dieu! Me siento un hombre totalmente afortunado. Esto hay que celebrarlo. ¿Qué te parece si hago una excepción y el domingo en vez de componer versos vamos a celebrarlo?

—¡Claro, mon chéri, te espero en Le pont des Arts a las doce. Ça te va bien?

—Me parece estupendo, Giselle. Allí estaré.

Madame Claudine no supo por qué grité nada más colgar el teléfono y mucho menos cuando elevé su cuerpecito del suelo. Les espagnols sont un peu fous—pronunció gesticulando, mientras agitaba sus piernas a escasa distancia del suelo.

Continuar con el inventado curso en la Sorbona, me era cada vez más difícil de ocultar y mucho más hacer creer a Giselle que los sábados y domingos eran sagrados para mí por dedicarlos por completo a estudiar y componer versos. Por eso, decidí dar por concluida mi estancia en la Sorbona, lo que llevaba consigo que a partir de ese momento debía cesar en mi actividad laboral. Conociendo el mal carácter de Monsieur Albert, estaba predispuesto a recibir cualquier contestación, por eso cuando al día siguiente le comuniqué mi decisión de que a partir del domingo, por motivos personales, no volvería  a trabajar en el restaurante, no me extrañó que respondiera:

Alors, je prépare le reglèment? Pense-y bien de peur de le regretter—.Arguyó, monsieur Albert, acostumbrado a ser él el autor de los despidos.

Je l´ai pensé très bien. L´esclavage a été aboli depuis longtemps—respondí arrogante, seguramente con una mala pronunciación.

Liberado del compromiso laboral, eché cuentas y comprobé que con el dinero que acababa de recibir y lo que conservaba, tenía más que suficiente para pasar sin agobios el mes de mayo e incluso para permitirme ciertos caprichitos. El primero de ellos sería invitar a comer a quien tanto se había preocupado para presentar mi trabajo a tiempo.

El domingo, Giselle, se presentó espectacularmente vestida. La temperatura se alió con ella para que su vestido de estampado floral, hiciera de su cuerpo un jardín de primavera. Radiante, corrió hacia mí en cuanto me divisó y con su acostumbrada pasión, no dejó ninguna zona de mi cuello o cara sin besar. Además de entregarme tres ejemplares de “Le Monde” en donde se publicaba mi poesía, extrajo de su bolso-saco un trofeo que había comprado para mí con una inscripción que decía: Au poète qui n´a jamais mieux chanté Paris.

Abrazados caminamos hacía uno de los mejores restaurantes de Saint Denis. La conversación que tuvimos después del café, fue altamente esclarecedora.

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jueves, 17 de septiembre de 2020

                 DESTELLOS EN LA NOCHE               

 



Tienes tal embrujo, noche,

que los recodos del alma

saben bien que pones calma,

de atardeceres, el broche.

No puede haber más derroche

ni más pura fantasía

que, presenciar tras el día,

destellos de luz brillantes

como lejanos amantes

soñando la cercanía.

 

En noche se me convierte

la tarde si no te veo

y siento como el deseo

de tanta pensar quererte

es solo miedo a perderte

o temor a que el ocaso

se entretenga, o dé un mal paso,

retrasando que amanezca.

¡No hay noche que no merezca,

contemplarla a cielo raso!

 

Fotografía de Maribel Diez Salgado.