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domingo, 12 de octubre de 2025

 

EL YANTAR DE MÍO CID

Revista gastronómica

GUÍA MICHARLYN

 

MESÓN ASADOR CARLOS. Calle del Val, 6 bis. TRASPINEDO (Valladolid)  

 

No cabe duda de que este Mesón- Asador situado en un pueblecito cercano a la capital del Pisuerga, goza de una bien merecida fama en todo lo referente a una comida de Mesón y, especialmente, a los pinchos de lechazo, preparados sobre brasas de sarmiento que son una exquisitez en cuanto a sabor y punto de asado.

Completan la carta una multitud de deliciosos viandas, entrantes tanto fríos (tablas de ibéricos, escalivada con anchoas, ensalada de queso de cabra, etc.) como calientes (buñuelos de bacalao, rabas frescas, mollejas de lechazo, pulpo a la brasa, etc.). Entre los postres destaca la tarta de piñones tan conocida en esta tierra pinariega.

Elegir entre tan abundante oferta no fue tarea fácil para acompañar a los pinchos de lechazo, que eran el objetivo principal de nuestra visita a este establecimiento. En las fotografías podréis comprobar que la elección fue acertada.

En unas instalaciones bien cuidas, el trato del personal fue más que educado, esmerado y el precio estuvo en consonancia con lo degustado. Es decir, un lugar muy recomendado si el lechazo y demás alimentos a la brasa son de tu agrado.

 





















domingo, 18 de octubre de 2020

 PARÍS. ¡OH, LÀ LÀ!  (17)

 

 

………………………

Desde que me instalé en el apartamento de Giselle, la vida  se convirtió para mí en algo muy parecido a como había imaginado el Edén. Mi compañera repartía su tiempo entre el aprendizaje del español, las clases de ballet y otros quehaceres que tenían que ver con la actividad de bailarina para la que creía estar predestinada, y yo, sin tener que trabajar, me dedicaba a escribir. Visitaba y participaba  con mi escaso vocabulario francés en algunas tertulias literarias y, por qué no decirlo, tomaba más de un aperitivo con el que completar la reducida ración de comida que compartía con Giselle, muy dada a las ensaladas de todo tipo para mantenerse en su peso ideal. A partir de las seis de la tarde, cuando la mayoría de los franceses despejaban las calles camino de sus domicilios, era cuando mi preciosa anfitriona y yo, recorríamos, la Avenue Foch, la Place de L`Etoile y algunas de las avenidas que parten de ella, si la lluvia no lo impedía; en caso contrario, acurrucados en el sofá, charlábamos de cómo nos había ido la jornada o le recitaba los poemas que había compuesto. Ella los escuchaba, apoyando la cabeza sobre mi pecho, mientras la música de Tchaikovski, Brahms o Delibes nos envolvía con acordes románticos.

Los fines de semana, Giselle me mostraba barrios y zonas aledañas de la ciudad que hasta ese momento desconocía. A medida que el mes de mayo finalizaba, notaba por el tono de voz que su entusiasmo languidecía y se reemplazaba por una tristeza que, a pesar de su sonrisa y animosidad, era incapaz de ocultar. Con frecuencia expresaba en voz alta esos sentimientos que alteraban su paz interior:

—¿No te asaltará  la curiosidad por saber qué verdor mostrará le Bois de Boulogne, cuando te hayas ido? ¿Cómo será pasear sin mí por la Rue Saint Honoré? ¿Volveremos a estar juntos alguna vez?

Yo trataba de responder a sus interrogantes con palabras esperanzadas de un posible próximo encuentro, sabiendo que no decía la verdad. Giselle era una mujer de belleza y cualidades suficientes para hacer feliz a cualquier hombre, pero no a mí. Mi educación clásica influía hasta tal punto mi pensamiento, que pensaba que la mujer que me enamoraría habría de compartir conmigo todos los días de su vida. Desgraciadamente, la concepción de Giselle sobre la pareja era mucho más liberal que la mía, anteponiendo siempre el desarrollo de su vocación artística por encima del concepto de hogar que yo anhelaba. Por otra parte, pensaba que, el desgarro de nuestra separación, no ocasionaría en su interior ninguna herida, por profunda que fuera, que no cicatrizara en un corto espacio de tiempo, al término del cual, reharía su vida con otro hombre más acorde que yo con su peculiar manera de entender la vida.

A tres días de mi marcha, fuimos a “Les Deux Magots” con la intención de despedirme de mi amigo Gérad. Si me hubiera ahorrado este gesto que consideraba de buena educación, tampoco habría pasado nada. Gérard estaba amartelado con un muchacho bastante más joven que él. En actitud cariñosa departían intimidades en un rincón del salón. Cuando supo que quería agradecer su acogida por la amistad brindada, ni siquiera se puso en pie; agitó la mano y dijo Au revoir, mon ami, para seguir intercambiando miradas con su acompañante.

Tampoco fue mucho más efusiva la despedida con Jeremías. Después de intentarlo varias veces, por fin me cogió el teléfono y, de los cinco minutos que duró la comunicación, al menos cuatro los empleó en contarme su avanzado proyecto de convertirse en el futuro propietario de una brasserie. “La próxima vez que vengas por aquí, te invitaré a una cerveza”—me dijo entre risas—, deseándome, un bon retour.

Sin duda, la despedida más emotiva se produjo cuando fui a recoger los cuatro bártulos que permanecían custodiados en casa de madame Claudine. La mujer no pudo contener la emoción cuando supo que regresaba. Con ojos humedecidos me puso como ejemplo de joven responsable y educado. Me besó como quien besa a un nieto, asegurándome que siempre tendría sitio en su casa y que si tenía pensado volver, no me demorase en demasía. ”Je suis déjà trés vieux” . Con un nudo en la garganta, bajé pausadamente por las escaleras que, muchas veces, brincaba de dos en dos para no llegar tarde al trabajo. La brisa vespertina me ayudó a clarear la visión.

La mañana anterior a mi marcha, Giselle me comentó, que si quedaba algo que me hiciera ilusión visitar se lo dijera para complacerme.

—Sí. Me gustaría visitar el museo de Rodin—. Respondí de inmediato.

—Será bonito recordar—. Contestó Giselle—Solo he ido una vez.

No fueron las esculturas de Victor Hugo y de Honoré de Balzac las que más impresionaron a Giselle. Ni siquiera “El pensador” o “Los Burgueses de Calais”, sino que, ante la escultura de “El beso” permaneció estática varios minutos. Algo así quiso que sucediera entre nosotros cuando me besó en los jardines del antiguo “Hôtel Biron” y mucho más apasionadamente en la noche que precedió a mi vuelta.

“Siempre te querré” fue la frase que me repitió una y otra vez, aunque fiel a sus principios, no me acompañó al aeropuerto para no perder sus clases de ballet.

Cuando el avión sobrevolaba París rumbo a Madrid, me sentí libre como un pájaro, satisfecho con los logros conseguidos y esperanzado con lo que el futuro me tendría reservado.


FIN DEL CAPÍTULO PARÍS. ¡OH, LÀ LÀ!

 

 

 

 

 

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domingo, 11 de octubre de 2020

                                                     
                                             PARIS. OH, LÀ LÀ (16)

 

……………………

Giselle era meticulosa en todo lo que preparaba. Quizás llevada por la finura que debía imperar en todos sus movimientos cuando bailaba, padecía de una especie de deformación profesional, que le hacía buscar la perfección hasta en los más nimios detalles. De manera que, tan pronto tuvo en sus manos las entradas para la representación operística, me pidió que alquilara un esmoquin, pues según ella, la ocasión lo merecía. De su vestido no me quiso dar ningún detalle porque deseaba hacer de la sorpresa, otro motivo para que la velada resultara perfecta. Llegada la noche del día señalado, Giselle apareció vestida con un traje que realzaba, más si cabe, su escultural anatomía y su belleza, Lucía un vestido gris perla de generoso escote que intentaba ocultar, sin conseguirlo, un collar de perlas. Brillaban en la parte superior las lentejuelas que daban brillo también a la tela que cubría sus brazos. La largura de la falda terminaba por debajo de la rodilla lo que permitía admirar unas piernas preciosas  y, algo más, cuando se asomaban por una abertura inferior que confería al conjunto un aspecto desenfadado y juvenil a la par que elegante.

—¡Estás preciosa!—, exclamé

—Tú también estás muy atractivo—. Respondió, mirándose el espejo, con el bolsito de fiesta en sus manos.

Pocos minutos después, una vez que el taxi nos dejó en el teatro de la Ópera, pude admirar la belleza ornamental del edificio y minutos más tarde, empezada la representación, me di cuenta de la sensibilidad de mi acompañante cuando unas lágrimas se escaparon de sus ojos en el Primer Acto en el que Rodolfo, el poeta, entona a Mimí, la archiconocida aria “Che gélida manina”. Con su manina entre las mías, las lágrimas fluyeron incontenibles en el Acto segundo al escuchar, “Quando m´en vó”. Se conoce que en su interior, debió de cambiar su rol de Mimí por el de Musetta y yo, me convertí en Marcello, pasando de poeta a pintor. El descanso supuso una pausa y un deshago para Giselle que me comentó el dolor que sentiría Musetta paseando sola para atraer la atención de Marcello, cosa que consigue, aunque a ella no le ocurriría lo mismo conmigo.

Sensible como estaba, las lágrimas no cesaron en los Actos tercero y cuarto. En este último, la muerte de Mimí, hizo que empapara varios pañuelos.

—¿Sentirás tanto dolor como Rodolfo, cuando ya no esté a tu lado?—, me preguntó en el hall del teatro, cuando buscaba los lavabos para recomponer el maquillaje.

No supe qué contestar, porque, hasta entonces, no había sido muy consciente de todo el amor que Giselle sentía por mí. Claro, que no tanto como el que sentía por su carrera.

De regreso a casa me dijo que había elegido esta Ópera, porque, en el fondo, ambos éramos unos bohemios que habíamos elegido una profesión en la que difícilmente se triunfa y, salvo excepciones, no te da para vivir con holgura.

—Tienes razón—contesté—, pero se goza ejerciendo aquello que te satisface y eso es vivir.

Un achuchón y un beso fue la respuesta que me confirmó que ella sentía lo mismo.

 

domingo, 4 de octubre de 2020

                                              PARIS. OH, LÀ LÀ (15)


 

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Las satisfacciones personales no acabaron ahí. Sabiendo que mi inventado cursillo había concluido, Giselle me propuso irme a vivir con ella.

—Sería la mejor manera de aprovechar el escaso tiempo que nos queda de estar juntos—me razonó.

—No es mala idea, pero me comprometí con madame Claudine hasta final de mayo. Pienso que mi aportación económica le es muy necesaria.

—No problema, “Álvago”. Cumple con tu palabra pero dile que te han invitado unos amigos a pasar unos días fuera de París.

—De acuerdo, Giselle. Prepararé la mudanza. Ya ves que no te quito un capricho.

—Cierto, mon amour. Aún te voy a pedir otro, si es que te gusta la Ópera.

—¡Oh, sí! La Ópera me encanta—.Contesté para que, en este apartado artístico en que era lego total, no se sintiera defraudada.

—Pues entonces te invito a ver una representación de “La Bohème” de Puccini que actualmente está en cartel en el Palacio Garnier, un edificio que te asombrará por su grandiosidad. En cuanto a la obra, me parece por su tema muy apropiada para nosotros.

—Te lo agradezco muchísimo. Hoy, sin duda, es el día en que tienen lugar grandes acontecimientos.

—Y los que están por venir. Quiero que los momentos que nos restan por disfrutar juntos, sean inolvidables para ambos—. Me dijo, tomando mi mano suavemente.

Agarrados por la cintura paseamos hasta mi pensión. Ella se quedó en las proximidades del portal y yo comuniqué a madame Claudine mi intención de pasar unos días fuera de París, adelantándole el dinero de mi estancia hasta finales de mes en que vendría a recoger el resto de mis pertenencias. En la maleta introduje libros, mis escritos y la mayor parte de la ropa de la que disponía. En un taxi, Giselle y yo, pletóricos de pasión, nos dispusimos a pasar una pequeña Luna de Miel en el apartamento de la Avenida Foch.

Antes de acostarnos y, como había prometido, Giselle quiso que aquel día fuera inolvidable y a fe que lo consiguió. Antes de que el sueño hiciera acto de presencia, Giselle se calzó las mallas y con un ajustado corpiño que se remataba con un ligero tutú, bailó para mí una selección de melodías de “El Lago de los Cisnes” siguiendo la música de un vinilo que ella misma se encargaba de manejar. Jamás había visto tan de cerca una sílfide que evolucionara de manera tan delicada su escultural figura. Al doblar su cuerpo hasta la cintura, entendí que la representación de Giselle, en su papel de Odette, había concluido y me lancé a abrazarla, pero ella, sonriendo, me detuvo.

—No, ahora no. El vestido podría arrugarse.

Y me pidió colaboración para desvestirse.

—Jamás pensé que fuera una tarea tan gratificante desplumar a un cisne—pronuncié entre risas.

Ella se rió también de mi ocurrencia y apagó la luz antes de que iniciáramos otro tipo de danza.

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domingo, 27 de septiembre de 2020

  PARIS. OH, LÀ LÀ (14)

 

 

 


………………

Giselle estaba tan convencida como yo, de que nuestra relación no sería eterna.

—Dentro de unos días regresarás a España y, seguramente, el tiempo se encargará de apagar este fuego que ahora parece no tener fin. Soy consciente de ello, porque no tengo fuerza moral para retenerte a mi lado, ya que aunque te quedaras en París, yo no sacrificaría por nada del mundo mi sueño de llegar a ser una figura del ballet con lo que ello supone de cursillos, representaciones y viajes que me impedirían estar compartiendo mi vida contigo todos los días.

—Tienes razón, Giselle. Nadie sabe lo difícil que resulta compartir vocación y compañía—dije, como si mis palabras estuvieran expresando un pensamiento sincero—. Pero he de darte una buena noticia y es que ayer concluí mi cursillo en la Sorbona y dispongo de todas las fechas libres hasta mi marcha.

—¡Eso es maravilloso, mon amour! Podremos disfrutar a tope todo el tiempo libre que me permitan mis clases de ballet.

Giselle, extrajo de su bolso un ejemplar de “Le Monde” y, haciéndome cucamonas, me rogó que se lo leyera. Con mucha calma, para no equivocarme, lo leí dándole la mejor entonación de que, en ese  momento, era capaz.

PARÍS

 

Il n' est possible que de penser à toi 

te décrire dans un poème 

c' est impossible pour moi.

Fasciné par ton charme, je note dans la mémoire 

la beauté dont je prends plaisir et que je jouis, Paris, à te regarder.

J' évoque en milliers de clichés la gentillesse de la Seine et sa rive,

le calme glissement de l' eau qui me fait tomber amoureux 

en parcourant, d' une partie à l' autre, la ville du sort permanent.

Attiré à Montmartre je retrouve 

un nouvel esprit au Sacré-Coeur et à Montparnasse,

je plonge dans vieilles histoires de bohèmes littéraires.

J' adore l' Impressionisme de Musée d' Orsay 

et le vertige qui me produit regarder les coupoles dorées 

depuis la hauteur de la tour Eiffel.

Quelle rare perfection possèdent tes places et jardins!

Dis -moi qui t' a offert de l' étrange sortilège 

par lequel le voyageur, en te disant au revoir, rêve de te revoir.

Racconte-moi le secret pour ne pas mourir de mélancolie,

quand je ne serai pas là 

et accorde-moi la grâce d' être le virtuel et éternel promeneur de tes rues 

pour me souvenir pour toujours de tes aubes et demander que mon crépuscule 

soit, comme le tien, rosé, tenre, éternel.

 

—Ahora, recítamelo en español, deseo escuchar el original—me rogó como quien suplica que se otorgue un gran favor.

 

PARÍS

Solo es posible pensarte,

describirte en un poema

me resulta imposible.

Fascinado por tu encanto, anoto en la memoria

la belleza que gozo y  disfruto, París, al contemplarte.

Evoco en miles de instantáneas la lindeza del Sena y su ribera,

el tranquilo deslizar del agua enamorándome

al recorrer, de parte a parte, la ciudad de permanente hechizo.

Atraído en Montmartre recobro

un espíritu nuevo en el Sacré-Cœur y, en Montparnasse,

me sumerjo en viejas historias de bohemios literatos.

Adoro el impresionismo del Museo de Orsay

y el vértigo que me produce contemplar las cúpulas doradas

desde la altura de la Torre Eiffel.

¡Qué rara perfección poseen tus Plazas y jardines!

Dime quién te dotó del extraño sortilegio

por el que el viajero, al despedirse de ti, sueña con volver a visitarte.

Cuéntame el secreto para no morir de melancolía,

cuando ya no esté aquí

y concédeme el favor de ser el virtual y eterno paseante de tus calles

para recordar por siempre tus amaneceres y pedir que mi crepúsculo

sea, como el tuyo, rosado, tierno, eterno.

 

Esta vez, la lectura del poema resultó más entonada, porque se ajustaba al sentimiento con el que lo escribí. A su conclusión me besó de nuevo. Esa era la forma con que esta encantadora  mujer me premiaba cuando se satisfacían sus deseos. Otro beso más prolongado obtuve cuando firmé una dedicatoria al pie del poema escrito en uno de los diarios.

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domingo, 20 de septiembre de 2020

 

 

 

PARIS. OH, LÀ LÀ! (13)

 

                                        

 

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Presumiendo que en nuestra siguiente cita me solicitaría más versos y mi capacidad de creación no daba para tanto, copié poemas poco conocidos de Ronsard, Baudelaire  y Paul Claudel entre otros, modificándoles a posta para que el francés no resultara tan perfecto. Ya me encargaría yo de retener la copia después de leérselos para que no descubriera el engaño. Estando trabajando en tan ardua tarea, madame Claudine me avisó de que una señorita me solicitaba por teléfono. Era Giselle la que se encontraba al otro lado del hilo telefónico. Con voz entrecortada me dijo:

—Perdona si he molestado a madame Claudine. Cuando me diste su número de teléfono ya me advertiste que solo lo podía utilizar para llamadas de emergencia, pero no puedo permanecer más tiempo en silencio—Hizo un pausa para tomar aire—.”Älvago”, tu poema ha resultado ganador y viene publicado en “Le Monde”. Ya he comprado varios ejemplares.

La noticia me aceleró el pulso e hizo que, durante unos segundos permaneciera en silencio.

—“Álvago”, “Álvago”, escuché a Giselle, preocupada.

Oh, mon Dieu! Me siento un hombre totalmente afortunado. Esto hay que celebrarlo. ¿Qué te parece si hago una excepción y el domingo en vez de componer versos vamos a celebrarlo?

—¡Claro, mon chéri, te espero en Le pont des Arts a las doce. Ça te va bien?

—Me parece estupendo, Giselle. Allí estaré.

Madame Claudine no supo por qué grité nada más colgar el teléfono y mucho menos cuando elevé su cuerpecito del suelo. Les espagnols sont un peu fous—pronunció gesticulando, mientras agitaba sus piernas a escasa distancia del suelo.

Continuar con el inventado curso en la Sorbona, me era cada vez más difícil de ocultar y mucho más hacer creer a Giselle que los sábados y domingos eran sagrados para mí por dedicarlos por completo a estudiar y componer versos. Por eso, decidí dar por concluida mi estancia en la Sorbona, lo que llevaba consigo que a partir de ese momento debía cesar en mi actividad laboral. Conociendo el mal carácter de Monsieur Albert, estaba predispuesto a recibir cualquier contestación, por eso cuando al día siguiente le comuniqué mi decisión de que a partir del domingo, por motivos personales, no volvería  a trabajar en el restaurante, no me extrañó que respondiera:

Alors, je prépare le reglèment? Pense-y bien de peur de le regretter—.Arguyó, monsieur Albert, acostumbrado a ser él el autor de los despidos.

Je l´ai pensé très bien. L´esclavage a été aboli depuis longtemps—respondí arrogante, seguramente con una mala pronunciación.

Liberado del compromiso laboral, eché cuentas y comprobé que con el dinero que acababa de recibir y lo que conservaba, tenía más que suficiente para pasar sin agobios el mes de mayo e incluso para permitirme ciertos caprichitos. El primero de ellos sería invitar a comer a quien tanto se había preocupado para presentar mi trabajo a tiempo.

El domingo, Giselle, se presentó espectacularmente vestida. La temperatura se alió con ella para que su vestido de estampado floral, hiciera de su cuerpo un jardín de primavera. Radiante, corrió hacia mí en cuanto me divisó y con su acostumbrada pasión, no dejó ninguna zona de mi cuello o cara sin besar. Además de entregarme tres ejemplares de “Le Monde” en donde se publicaba mi poesía, extrajo de su bolso-saco un trofeo que había comprado para mí con una inscripción que decía: Au poète qui n´a jamais mieux chanté Paris.

Abrazados caminamos hacía uno de los mejores restaurantes de Saint Denis. La conversación que tuvimos después del café, fue altamente esclarecedora.

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domingo, 13 de septiembre de 2020

 

PARÍS. OH, LÀ LÀ! (12)

 


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Cuando miré el reloj, tuve que llamar, precipitadamente a madame Claudine, advirtiéndole que no iría a dormir, pues estaba de fiesta con unos amigos. Fue entonces cuando Giselle me ofreció el sofá en el que estábamos sentados para que pasara allí la noche. Sin embargo, cuando estaba retirando los cojines, cambió de opinión y me dijo:

—Esto no lo suelo hacer, pero no puedo permitir que pases la noche encogido. ¿Te gustaría mejor descansar junto a mí?

Con un beso confirmé la invitación, aunque descansar, lo que se dice descansar, no fue la principal tarea que realizamos. Al despertar a  la mañana siguiente, encontré sobre la mesita de noche una breve nota que decía: “Bonjour, mon amour, Gracias por la noche maravillosa que me has regalado. Tengo ensayo a las nueve. Esa es la razón por la que he tenido que marcharme, Cuando tú lo hagas, empuja la puerta. Nos vemos el jueves. Je t´aime.”

Apresuradamente me vestí, presentándome con dos horas de retraso en el trabajo, Mi orondo jefe, monsieur Albert, me recibió con cara de pocos amigos y entre una serie de improperios pude entender, que la próxima vez que llegara tarde, me podía considerar despedido. Debía de ser verdad, porque hacía días que el turco ya no trabajaba con nosotros después de una reprimenda similar.

Acabada la jornada laboral, madame Claudine debió de adivinar por mi aspecto que venía de una noche de francachela y me dijo: Le jeune monsieur a passé une bonne nuit? Sonreí y me tumbé en la cama intentando repasar los últimos acontecimientos, pero caí en un profundo sueño del que desperté al día siguiente con el tiempo justo para que no me echaran del trabajo.

A medida que se aproximaba el jueves, sentía hervir la sangre con una atracción por Giselle difícil de explicar. No era amor; era pasión, compañía y el deseo del descubrimiento continuo de experiencias que jamás pude imaginar. Aquella tarde, Giselle me esperaba a la puerta de “Les Deux Magots”. Con buen criterio me confesó que ella prefería hablar conmigo de literatura, antes que quedar sorda con las discusiones de Gérard y sus amigos.

—Me aturden las discusiones estériles y me irrita el humo del ambiente.

—Entonces, ¿no quieres que fume en pipa?—dije, sintiéndome aludido.

—No, “Álvago”, el aroma de tu tabaco va unido a ti y a los momentos maravillosos que estamos compartiendo. Por cierto, mi profesor hizo una traducción perfecta de tu poema. Ya lo he presentado y me han dicho que los trabajos premiados se publicarán este sábado o el domingo.

—Gracias, Giselle. Triunfar en París sería estupendo.

—Para mí ya has triunfado. Eres mi poeta preferido. Quiero que me recites tus versos. Recuerda que me lo habías  prometido.

En uno de los múltiples cafés que jalonan Los Campos Elíseos recité en sesión única buena parte del trabajo realizado en mis primeros meses de mi estancia en Francia. Mi encantadora y única oyente parecía fascinada y en esta, como en otras facetas de nuestra íntima relación, parecía no sentirse saciada nunca.

—¡Oh, “Álvago”! Léeme un otro más, por favor.

—Te lo tienes que ganar—dije, enfatizando la frase—. Un autor como yo no debe prodigarse.

Giselle poniéndose de pie, supo cómo hallar el modo de complacerme, Me cogió de la mano y me llevó a su apartamento situado no lejos de allí, concretamente en la Avenida Foch. El premio me pareció excesivo, si bien, pude llegar antes de medianoche a casa de madame Claudine.

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domingo, 6 de septiembre de 2020

     

 


PARÍS. OH, LÀ LÀ! (11)

 

 

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Tras despedirnos, la dulce sensación de aquel beso permaneció en mi mejilla durante mucho tiempo. A diario, pasaba mi mano por el lugar exacto en que ella posara sus labios, intentando revivir la suprema voluptuosidad de su gesto y preguntándome si la podría sentir de nuevo.

Pienso que a ella debió de ocurrirle algo parecido, pues cuando al jueves siguiente me presenté en “Les Desux Magots”, Giselle me estaba esperando y, haciéndome señas, me indicó que no me despojara del abrigo.

—Tengo una excelente noticia que comunicarte. Quizás lo mejor será que paseemos mientras te la cuento—.Me dijo, tomándome de la mano y empujándome literalmente hacia el exterior.

Giselle había sustituido su atuendo en tonos beige de la semana anterior por otro en el que los azules se combinaban con gusto exquisito. Una  pañoleta, con predominio de amarillos, envolvía sus hombros y se anudaba sobre el lado izquierdo de la cabeza, resaltando  el azul marino de una estilosa cazadora de botonadura lateral. Cubría la cabeza con una boina celeste por la que trataban de escaparse rizos dorados.

—¿Tan importante es lo que tienes que decirme?—pregunté inquieto.

—Lo es, mon chéri. Me he enterado que hace algunas fechas, “Le Monde” ha convocado un Concurso poético para extranjeros cuya edad no supere los treinta años. El tema obligado es París y la extensión tiene un límite de veinticinco versos. Debes darte prisa, porque el plazo de presentación concluye el martes próximo.

—Eso es estupendo, Giselle. Suelo llevar siempre conmigo, anotaciones, versos sueltos que luego voy hilvanando para componer un poema. Si tuviera algo de tiempo y sobre todo si hubiera alguien que me los corrigiera…

—No problema, “Álvago”. Uno de mis profesores de ballet es español y lleva mucho tiempo en Francia. Él no se negará a traducir el poema si se lo pido. Ahora lo que debes hacer es poner en orden tus ideas y escribirlas. Buscaremos un lugar tranquilo dónde realizarlo.

Mi preciosa acompañante era un torbellino. Me resultaba difícil imaginar que en un cuerpo, aparentemente frágil, pudiera haber concentrada tanta energía. Cogidos de la mano me llevó a un lugar conocido por ella que estaba situado en el barrio Latino. “Les trois souhaits” reunía las características idóneas para poder concentrarse en un ambiente en el que los susurros de parejas enamoradas apenas molestaban, Unas veces recordando, y otras, perdiéndome en los ojos de Giselle, si quería expresar belleza, fui componiendo versos animado por mi compañera que, de vez en cuando, acariciaba mi nuca o me atraía besándome cuando le apetecía. En ocasiones, pícaramente, la miraba pensativo como si estuviera falto de ideas, para que ella volviera a besarme y, satisfecho, volvía a la tarea. Un par de sándwich fue nuestro único alimento en las cuatro horas en las que permanecimos en el local, hasta que consideré que la obra estaba concluida.

Como dos tortolitos caminamos por calles y Avenidas hasta alcanzar la Plaza del Trocadero. Teniendo como fondo la Torre Eiffel, nos besamos acaloradamente y, hambrientos de comida y de deseo, Giselle me sugirió su apartamento para reponer fuerzas. En apenas cuarenta metros cuadrados dimos rienda suelta a nuestra pasión difícilmente contenida para no llamar la atención por la calle. Cuando conseguimos apaciguarnos, Giselle preparó una frugal cena y continuamos riendo y charlando hasta que la noche tejió sobre el cielo de París su manto estrellado.

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domingo, 30 de agosto de 2020




PARÍS. OH, LÀ LÀ! (10)



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Gérad, no sé si deliberadamente. Prefirió dejarnos solos. Los primeros momentos fueron de pocas palabras y de una gran cantidad de miradas y tímidas sonrisas. Tras recorrer varias calle, Giselle, me invitó a cruzar el Sena por Le Pont Neuf, la zona más romántica deParís, según ella. En la Rue de Rivoli encontramos acomodo en “Chez Gastón· una brasserie de altos vuelos, en la que presagiando el importe de la consumición tomé únicamente soupe aux oignons y de postre pastel de tiramisú, pretextando no tener apetito. Menos mal que mi compañera de mesa tomó una ensalada y café, con la disculpa de mantener la figura; figura que pude observar con todo detalle cuando al despojarse del abrigo contemplé su busto, perdiéndome durante unos instantes, en las redondeadas formas que dibujaba el suéter de color crema tostada, a juego con el gorrito de lana y el abrigo.

Durante el almuerzo, el diálogo fue banal, centrándose en nuestras respectivas actividades.

—Estoy haciendo en La Sorbona un curso sobre Literatura Clásica francesa—dije, mintiendo como un bellaco—. Mi deseo es triunfar como poeta y París me parece una ciudad de gran inspiración. De hecho, en los meses que llevo viviendo aquí, ya he compuesto varios poemas.

C'est merveilleux, “Álvago”! Tal vez así podríamos comentar sobre la obra de Ronsard, Hugo, Balzac. Dumas, Sastre, Proust…y sobre tu poesía.

—Te hablaré de quién más te guste—dije, marcándome un farol—. Proust es uno de mis favoritos.

Mencioné a Marcel Proust porque en Navidades, había adquirido En busca del tiempo perdido, título que, por cierto, sirvió de mofa a mi padre cuando vio que lo estaba leyendo—. “Parece que lo has escrito tú”—. Se atrevió a decirme.

—¿Me mostrarás alguno de tus poemas?—. Suplicó Giselle, adoptando un tono mimoso en su voz.

—No tengo inconveniente, aunque no me gusta mostrar mi obra a cualquiera, Pero no te preocupes, en ese apartado siempre hago excepciones con quien empatizo...

Giselle agradeció el cumplido con una amplia sonrisa, momento que aproveché para pasar al contraataque.

—Y tú ¿qué haces?

—Además de conocer tu idioma, voy a una Academia de ballet, porque tengo la ilusión de pertenecer al Ballet de la Ópera de París. Puede que en uno o dos años me permitan debutar como figurante. Soy una aventajada alumna.

Desconocía cuál era su dominio del ballet, pero en cuanto a belleza, elegancia y figura no cabía la menor duda de que aventajaría a sus competidoras. ¡Quién sabe los sacrificios que mi acompañante estaría haciendo para mantener un tipo tan escultural!

La ciudad se convirtió en un hermoso cuadro de dorados amarillos que evolucionarían más tarde en ocres, cuando abandonamos el local y caminamos en dirección a la Place de la Concorde e hicimos un buen tramo de Les Champs Élysées.

En un momento determinado, Guiselle se interesó por mis tendencias políticas.

—No quisiera ser indiscreta, pero me gustaría saber con qué tendencia política te sientes más identificado.

Respondí, imaginando lo que siempre quise ser y nunca llegué a conseguir, pero de alguna manera debía de impresionar con mis reducidos méritos a aquel monumento andante y el majestuoso Paseo se prestaba a la grandiosidad de mis fabulaciones.

—Soy un poeta revolucionario y opositor. En mis años de universitario cree un panfleto llamado “La Reforma” en que de manera sistemática, criticaba a Franco, no por dictador, sino por ostentar el poder. Para mí, el poder corrompe y siempre tomo partido por el bando opositor. En Francia confraternizo con el centro izquierda y, habitualmente, leo el periódico “Le Monde”.

Giselle guardó silencio y por un momento pensé no haber coincidido con su pensamiento político, sin embargo, unos pasos más adelante, se volvió hacia mí y me sorprendió besándome la mejilla mientras me decía:

—.Je suis une révolutionnaire
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domingo, 23 de agosto de 2020




PARIS. OH, LÀ LÀ!  (9)

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Los meses de febrero y marzo pasaron sin que ocurrieran grandes novedades cono no fueran las que originaba mi creciente deseo de que  llegara el jueves para poder encontrarme con Gérard, cosa que no siempre ocurría. Entonces, escuchando a unos y a otros, entendía lo que podía y sonreía a cualquiera que me buscara con la mirada, con la intención de que mi mutismo no supusiera el eliminarme del grupo. Después regresaba a casa de madame Claudine esperando vehemente que la semana pasara velozmente.

En la soledad de mi habitación, componía versos, escribía a casa relatando historias con desarrollo y final feliz, con la sana intención de que mi familia no estuviera preocupada por mí y también… pensaba en Cécile. Desde que nuestro intercambio epistolar fuera languideciendo por la distancia, para finalmente fallecer de muerte natural, no sabía nada de ella. ¿Seguiría viviendo en Versalles? ¿Habría encontrado el amor? Cuando estos pensamientos acudían a mi mente procuraba apartarlos, pues hacía tiempo que mi decisión de no reabrir heridas era firme, como también lo era evolucionar y aceptar lo que en cada momento la vida me ofreciera, a poder ser, con el menor sufrimiento posible. También intenté comunicarme con Jeremías, sin encontrar en él el apoyo que necesitaba en esos momentos. Al parecer, trabajaba sin apenas descanso, intentando reunir el dinero necesario para establecerse por su cuenta. El poco tiempo libre del que disponía lo empleaba en conocer chicas. Digo esto porque la última vez que intercambié cuatro palabras con él, una tal Sylvie había reemplazado a Florence como visitante de su nidito de amor.

Hay días en que parece que todos los astros se armonizan de tal manera que cualquier cosa que hagas se verá coronada por el éxito. Ocurrió una mañana de abril en la que unas tenues nubes no impedían que la luz inundara  París, dotándole de una especial claridad hasta entonces para mí desconocida. Aquel día añadí a mi particular forma de vestir, una gorra de paño de diseño escocés en tonos verdes que hacía juego con mi kilométrica bufanda y por si esto fuera poco, desde hacía poco tiempo me había provisto de una cachimba de espuma de mar. Yo no fumaba, pero el olor del tabaco aromatizaba mi alrededor y me confería un aire de intelectual bohemio, o, al menos, eso creía yo.

En “Les Deux Magots” me encontré con mi amigo Gérard acompañado de una espectacular señorita que no tardó en presentarme.

—Ella es Giselle. Ya le he dado referencias tuyas porque, además de otras actividades, estudia español. He pensado que sería interesante que ambos os conocierais y de ese modo, pudierais practicar en vuestras respectivas Lenguas.

Giselle era una mujer de extraordinaria belleza. La candidez de su rostro resplandecía al estar enmarcado con un tocado de aspecto muy parecido al de Marianne, la mujer que representa a la República Francesa, aunque sustituyendo el gorro frigio por otro hecho a ganchillo y decorado en su lado izquierdo con una escarapela confeccionada con la misma lana. Un abrigo beige de entretiempo dejaba entrever una delicada silueta y manifestaba un gusto exquisito con el complemento de un pañuelo de vivos colores, que recorriendo la parte superior del abrigo se anudaba, graciosamente, sobre su pecho.

Impresionado por su presencia solo pude musitar:

Enchanté—. Mientras intercambiábamos los protocolarios besos.

Los tres tomamos asiento junto a unos tertulianos que se distribuían alrededor de una mesa ovalada situada en un extremo de la sala. En aquellos momentos el ruido era ensordecedor como consecuencia de una acalorada discusión entre seguidores y detractores del general De Gaulle. Las ideas políticas alcanzaban a las crónicas de los escritores que tanto en “Le Figaro” como  en “Le Monde” habían expuesto en sus respectivos diarios, sus editoriales. Giselle situada a mi lado acercó su cabeza a mi oído para comentarme.

—“Álvago”, aquí no podemos hablar rien de rien. Voulez-vous que nous sortions d'ici?

Oui. Me parece bien—respondí—. Y si te parece oportuno, me gustaría que hablásemos en español. Tu idioma lo entiendo pero no lo domino.

—No problema. Pero cometeré fallos. No lo hablo bien.

—No te preocupes. Creo que nos entenderemos—pronuncié mirando sus ojos grisáceos.
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