domingo, 29 de octubre de 2017



 
SEMINCI  2017

En la mañana del sábado, se ha hecho público el palmarés de la 62 Semana Internacional de Cine de Valladolid, SEMINCI, otorgando el máximo galardón: la Espiga de Oro, a la película de Tarik Saleh "The Nile Hilton Incident", que también ha conseguido el Premio al Mejor Director y al Mejor Guión. La película versa sobre la corrupción y el crimen en el Egipto prerrevolucionario.

El Fallo del .Jjurado Internacional de esta 62 edición, ha sido hecho público por boca de su portavoz, el guionista y director de cine Ray Loriga, que ha tenido que escuchar leves abucheos por parte de la crítica especializada, que daba como favorita a la cinta "The Party", que a la postre se ha tenido que conformar con un premio menor, la Espiga Arcoíris" y que ni siquiera obtuvo el Premio del Público que recayó en "L´Insulte" de Ziad Doueiri.

La Espiga de Plata fue para el largometraje de Choé Zhao, "The rider" que obtuvo también el de Mejor Actor (Brady Jandreu) y el Premio Pilar Miró al Mejor Nuevo Director. La cinta narra la historia real de una joven promesa del rodeo que sufre un accidente, que le impide alcanzar sus sueños.

Las películas, "L´Insulte", "The Party" y "La librería" (reseñada en este mismo blog el jueves), fueron las más taquilleras, en un festival que ha elevado hasta los 93.000, el número de espectadores, lo que indica el interés que suscita este Certamen, que se celebrará el próximo año del 20 al 27 de octubre, teniendo como país invitado a Colombia.

Para los cinéfilos, añado el Palmarés de esta 62 edición:

Espiga de Oro.

‘El incidente del Hilton Nilo’, de Tarik Saleh.

Espiga de Plata

‘El jinete’, de Chloé Zhao.

Premio del Público

‘El insulto’, de Ziad Doueiri (Sección Oficial) y 'Las dos sirenas', en Punto de Encuentro.

Premio Fipresci

‘Daha’, de Onur Saylak.

Mejor Actriz

Laetitia Dosch, por ‘Montparnasse Bienvenüe’. Agnieszka Mandat-Grabka, por ‘El rastro’

Mejor Actor

Brady Jandreau, por ‘The Rider’.

Mejor fotografía

‘Soy un rayo de sol en la Tierra’, de Ágnes Pádózdi.

Mención especial

‘Marea humana’, de Ai Weiwei.

Premio Miguel Delibes al mejor guion

‘El incidente del Nilo’, de Tarik Saleh.

Premio Pilar Miró al mejor director novel

Chloé Zhao, por ‘The Rider’.

Espigas a los cortometrajes

‘La mirada’, de Farnoosh Samadi, Espiga de Oro; y ‘Un hombre se ahoga’, de Mahdi Fleifel, Espiga de Plata.

Premios de Punto de Encuentro

‘Asco’, de Tereza Nvotová. Primer premio al largo; ‘Británicos por la gracia de Dios’, de Sean Dunn, Premio al mejor corto extranjero; ‘Matria’, de Álvaro Gago, Mejor corto español; y ‘La bella y la jauría’, de Kaouther Ben Hania, Mención especial del jurado.

Premios de Tiempo de Historia

‘La libertad del diablo’, de Everardo González, Primer premio; ‘Tierra natal’, de Ramona S. Díaz, Mención especial; y ‘Lo que le ocurre a ella’, de Krysty Guevara-Flanagan, Mejor corto documental.

DOC España

‘Verabredung’, de Maider Oleaga.

Premio de la Juventud

‘Daha’, de Onur Saylak (Sección Oficial) y 'La bella y la jauría' (Punto de Encuentro).

Castilla y León en corto

‘Vida y muerte de Jennifer Rockwell’, de Javier Roldán, y ‘Ya no te quiero’, de Francisco Hervada.

Espiga Arcoíris

'The Party', de Sally Potter.

Premio Sociograph

'El insulto', de Ziad Doueiri.

Premio Seminci Joven

'Sing Street, de John Carnet', y 'La gran enfremedad del añor', de Michael Showalker.

Premio Blogos de Oro

'El insulto', de Ziad Doueiri.

 

 

jueves, 26 de octubre de 2017

CONVERSACIONES CON ÓSCAR (VI)



LA LIBRERÍA

 Con esta estupenda cinta de Isabel Coixet (estreno mundial), proyectada tras la Gala Inaugural el pasado día 21, dio comienzo en Valladolid, la 62 Semana Internacional de Cine (SEMINCI), que con más de 350 sesiones, a lo largo de ocho días y medio, dará vida cultural a la ciudad y a España, pues no en balde es considerado por muchos, como el mejor Festival de Cine a escala nacional, aunque, desgraciadamente, carezca del seguimiento informativo del que otros gozan; pero a eso ya estamos acostumbrados en Castilla y León.

Volviendo a la película en cuestión, diré que es un film exquisito e intimista que atrapa la atención del espectador desde las primeras secuencias. La sinopsis es la siguiente: Corre el año 1959, cuando una joven y atractiva viuda, Florence Green (Emily Mortimer), se instala en una pequeña localidad de Inglaterra con la idea de realizar el sueño de su vida: abrir una librería. Cuando por fin consigue poner en marcha su pequeño comercio, se encuentra con la educada, pero hostil oposición, de buena parte de sus habitantes ante la novedad que supone la presencia de una librería en una zona que ha carecido, hasta esa fecha, de este tipo de establecimientos. Sin embargo, no todos serán dificultades para Florence, pues contará con el apoyo de Mr Brundish (Bill Nighy) y de la pequeña Cristine (Honor Kneafsey), que será una buena ayuda en la librería. Una historia así, forzosamente habría de tener un final feliz, y lo tiene. El esfuerzo y la constancia de la librera, se ve, a la postre, recompensado.

La película, basada en una novela homónima de Penélope Fitzgerald, es una apuesta personal de Isabel Coixet, que vio en el guión y, concretamente en la figura de Florence, muchas de las propias aspiraciones personales: la lucha de una mujer que se enfrenta en solitario con un mundo que le resulta indiferente, cuando no hostil. La elección de la protagonista de instalarse en esa pequeña población, no responde únicamente a su amor por los libros, sino por concederse la oportunidad de revivir el lugar en donde conoció el amor y fue feliz. Como vemos, todo un trasfondo de sublime romanticismo, estupendamente contado que cuenta con una ambientación muy acorde y una fotografía que es pura delicia.

Aunque desconozco cuál será la fecha de su proyección comercial, pienso que no ha de transcurrir mucho tiempo antes de que se anuncie su visualización en los circuitos cinematográficos. Por tanto, anotad este título y tenedlo bien presente a la hora de elegir un film sobrado de sensibilidad y buen gusto.


domingo, 15 de octubre de 2017

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PASAJES DE "CÉCILE, AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (39)
CAPÍTULO V
La Acogida
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Era evidente que el corazón de Daniel tenía unas dimensiones fuera de lo común. Me alegré de tener a alguien a mi lado dispuesto siempre a hacerte un favor, y lamenté no haberle conocido antes.
Lanzado como estaba, me atreví a sugerirle a mi amigo:
―En el caso de que Cécile acepte, no sabremos de qué hablar pues apenas nos conocemos ¿Qué te parece si le pedimos que salga hoy con nosotros y así vamos rompiendo el hielo? ―pregunte, interesadamente.
―Puede que sea una buena idea, ahora se lo diré a ver qué le parece.
Y fue a decírselo al salón, mientras yo me quedé en el cuarto, impaciente, mordiéndome las uñas, con el semblante de todos los colores como las casacas de los soldaditos de plomo, ensartado por el aguijón de la ilusión, como las mariposas al corcho, y romántico como si con el acompañamiento de un violín acabara de escribir una rima de Bécquer del libro de las Cien Mejores Poesías que permanecía abierto frente a mí. Al cabo de unos minutos Daniel me abrazó sonriendo:
―¡Todo listo, muchacho! ¡Todo listo! ¡Cécile ya se está arreglando! ¡Vamos a disfrutar lo que nos queda de este año!
Los tres anduvimos por la calle, charlando y riéndonos de las cosas más nimias. Nos deteníamos ante cualquier escaparate ojeando artículos que pudiéramos incluir en nuestra carta a los Reyes. Cécile cogía del brazo a su hermano, aunque, en ocasiones, si me separaba de ambos, me atraía hacia ella, soltándome cuando me tenía cerca. Pícaramente, repetí la maniobra al menos en tres ocasiones y en todas ellas obtuve el premio de sentir su mano sobre mi brazo, atrayéndome. Daniel, ajeno a estos movimientos, se esforzaba en señalar monumentos y lugares dignos de ser mostrados a Nacho.
―La Academia de Caballería es uno de los edificios más bonitos de esta parte de la ciudad ―dijo al alcanzar la Plaza de Zorrilla―, pero en la parte antigua se encuentran casi todos los monumentos.
―Está bien enseñarle arte ―sugerí―, pero no todo van a ser monumentos; también hemos de llevarle a las zonas típicas de tapeo y de eso tú sabes un rato. Y no hay que olvidarse de que Goyita ―dije, aviesamente―, necesitará rellenar de vez en cuando su tanque de combustible. No estaría de más, que ojeáramos algunas confiterías.
Ambos sonrieron, pero fue Cécile quien me regañó achuchándome el brazo y diciéndome con dulzura:
―Álvaro: no seas malo.
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Fotografía del autor.

domingo, 8 de octubre de 2017


PASAJES DE LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS(39)
CAPÍTULO II
La bienvenida
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Jeremías, tardó en aproximarse, pero finalmente, también besó a mi madre y a la tata, pasó por delante de mi padre, ignorándole, y deslizó la mano por la cabeza de Tinín, sin mirarle, porque su atención quedó atrapada ante el encanto de Margarita, a la que no se atrevió a besar. A mí me saludó con una sonrisa nerviosa, para volver otra vez la vista hacía mi hermana, más concretamente hacia los pequeños promontorios que delataban el desarrollo de la jovencita, preocupada de un tiempo a esta parte en llevar algún libro o carpeta que tapara esa parte de su cuerpo. No me sentí cómodo por la interesada mirada de Jeremías; creí por un momento ocupar el segundo lugar en las preferencias de mi primo para las futuras andanzas estivales. En aquellos momentos comprendí que Jeremías era mucho más hombre que yo; a mí no me terminaba de cambiar la voz, los pelillos del bigote, apenas se me insinuaban en las comisuras de los labios y lo que era más definitivo: las amigas de mi hermana me gustaban simplemente por su belleza y por ser mayores que yo, sin que hasta el momento me hubiera preguntado por qué ellas también, ocultaban su delantera con la carpeta de dibujo.
 Terminado el ceremonial de bienvenida, Lucía, ya más desenvuelta, sugirió:
―Primos: ¿Qué os parece, si nos vamos yendo a casa? Seguro que estáis deseando refrescaros.
Luego, dirigiéndose a su marido, con un tono de voz más autoritario, le conminó:
―Mariano: ¡No te quedes ahí plantado como un pasmarote y acarrea el equipaje!
 El tío Mariano tardó unos segundos en reaccionar. Venciendo la inercia, movió lentamente su cuerpo hacía las maletas, para finalmente mascullar unas palabras que nadie de los presentes alcanzó a entender. Con un gesto de cabeza, ordenó a Jeremías que le imitara, se colocó la boina y juntos agarraron los bultos de mayor tamaño. Los demás les seguimos, bastante aliviados de peso, hasta una tartana que el abuelo había dispuesto para que su familia no tuviera que humillarse desplazándose a pie por las angostas calles del pueblo, tragando polvo y sorteando boñigas, siempre cuesta arriba, hasta alcanzar su casa.
El pequeño trayecto se presentaba como un reto, un desafío más a mi capacidad de aguante, que tuve que soportar estoicamente con la garganta anhelante de agua fresca. Mariano, látigo en mano, dirigía desde el pescante el carromato, acompañado de Lucía. Los demás, un tanto hacinados, ocupábamos el recinto tartanero, sudorosos, rodeados de maletas, amparados del sol únicamente por un toldillo, en parte deshilachado. Detrás, caminaba Jeremías con el sombrero de paja ocultándole el rostro. Del pantalón, holgado de cintura, sujeto por un único tirante en bandolera, emergían unas piernas delgadas, musculosas y tostadas, siempre dispuestas a ejercitarse dando patadas a todo canto que se interpusiera en su camino. Con una vara de mimbre en la mano diestra se ayudaba para espantar las moscas, al tiempo que con la boca, imitaba el zumbido de los insectos que supuestamente defenestraba, para después añadir en cada ejecución: «Te maté, mosca asesina, ya no entrarás en mi “cosina”». Cada poco, levantaba la cabeza para asegurarse de que seguíamos sus movimientos, para luego continuar con los silbidos, simulando ignorarnos. La figura de mi primo me recordó en aquel momento, tal vez por la vara de mimbre o por la tonalidad de la piel, al imaginado gitano Antonio Torres Heredia, dirigiéndose a Sevilla a ver los toros, mientras, «a la mitad del camino, cortó limones redondos y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro». Este trocito del Romancero Gitano lo aprendí de memoria leyendo, a escondidas de mi padre, el libro que tenía oculto en la biblioteca, junto a otro de Miguel Hernández, detrás de varios volúmenes de poesías de José María Pemán.

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jueves, 5 de octubre de 2017

LA REFORMA
Crónicas de mi Periódico              5 de octubre de 2017

LIBRERÍA  OJANGUREN

Hace tan solo unos días, a punto de comenzar el otoño, estación en la que se produce la caída de las hojas, miles de ellas se han venido al suelo de repente. No me refiero a las poéticas y amarillentas hojas de los árboles, sino a las que formaban parte de un auténtico arsenal de buenos libros, que han dado vida y cultura a Oviedo desde el año 1856.

En septiembre, ha muerto de inanición, una magnífica librería a la que le temblaron las piernas, como a tantas otras, por un virus dañino bautizado como ANT (avance de las nuevas tecnologías), complicado con una patología severa producida por una bacteria propagada por las ondas en forma de e-books. Sin embargo, algunos expertos creen, que la verdadera causa del fallecimiento ha sido el germen actualmente más agresivo que se conoce, el AIDI (avance incontenible de la incultura).

Y es que, en el momento actual, nuestra sociedad está sufriendo una auténtica inversión en la escala de valores; inversión que arraiga con fuerza entre los más jóvenes que prefieren un video juego a un buen libro, sustituyendo la lectura apacible y educativa por el discurrir de horas y horas ante la pantalla del televisor o de la video consola. En general, se puede afirmar, que los educadores: padres y profesores, no somos capaces de inculcar a las nuevas generaciones el hábito por la buena lectura y como resultado, estamos asistiendo a la proliferación de mentes poco creativas, expertas en el conocimiento de la vida y milagros de cantantes o de jugadores de fútbol y tremendamente ignorantes en el aspecto cultural, lo que les está cerrando las puertas al conocimiento de un mundo interior rico y enormemente gratificante.

Esa inversión en la escala de valores de la que hablaba, conduce a creer que gastar 15 euros—precio medio de una novela—, parezca un dispendio, en tanto que para asistir a un concierto de un conjunto musical famoso, sea frecuente ver acampados durante varios días a cientos de jóvenes haciendo cola, provistos de una entrada cuyo precio nunca es inferior a 50 euros.   

También parece un avance social, que los libros de texto hayan de ser gratuitos, cuando este criterio debería aplicarse, únicamente, para los que verdaderamente carezcan de medios económicos que les impidan adquirirlos. Lo que no cuesta, no se valora. Os invito a que visitéis el blog de mi amigo, el escritor Antonio José López Serrano: https://topitocava.wordpress.com/ y leáis el artículo: ¿Libros de texto gratuitos? No, gracias.


Estos y otros hechos, conducen al goteo incesante de cierre de librerías, motivo que habría de llevarnos a la reflexión. Visitar con frecuencia estos establecimientos y adquirir su mercancía, es siempre la mejor inversión que podemos hacer, a corto, medio y largo plazo.

jueves, 21 de septiembre de 2017

PASAJES DE "CÉCILE.AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (38)
CAPÍTULO V
La Acogida

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En su habitación, Daniel me mostró una colección maravillosa de soldaditos de plomo, que compraba en una tienda de maquetas y luego él se entretenía en decorar con pinturas que abarcaban toda la gama de colores y tonos, formando ejércitos multicolores de distintas naciones. Me asombré del orden que imperaba en el cuarto ¡tan diferente al del mío! y me propuse en lo sucesivo, también en esta faceta, imitarle. Junto al armario, el estuche de un violín delataba su contenido.
―Desconocía que tocaras el violín ―le comenté al intuir el instrumento.
―Sí. En casa somos muy aficionados a la música ―me respondió sin dar mucha importancia a esta cualidad.
Tampoco faltaba, en la parte alta del armario, una exposición permanente de mariposas, que conservaba ensartadas en alfileres sobre una base de corcho. Cada una de ellas estaba perfectamente identificada con su nombre científico, en su correspondiente caja. En los estantes próximos a la mesa de estudio se encontraban los libros de texto y los de lectura. Entre estos últimos abundaban los de contenido religioso. Después de enseñarme varios, acabó por recomendarme uno que estaba seguro de que me encantaría: “Las Cien Mejores Poesías de la Lengua Castellana” de Marcelino Menéndez y Pelayo.
―¿Lo has leído? Si quieres te lo dejo, porque sé que eres un poeta en ciernes.
―¿No habrás dicho nada de esto en tu casa? ―pregunté, temeroso de que mi afición fuera conocida.
―Descuida, ya te dije un día que de lo que tú y yo hablemos, nadie se tiene por que enterar. Únicamente lo contaré cuando me autorices.
Animado por la confidencialidad demostrada, no tuve inconveniente en relatar a Daniel el plan que habían urdido en mi casa y que consistía en que fuera por unos días la pareja de la simpática Goyita, pretextando que conmigo ya había agotado todos los temas de conversación, y además, que ello supondría hacer una gran favor a mi hermana Margarita, para que no tuviera que renunciar a salir a solas con Nacho, contraviniendo la opinión de mis padres.
―Es muy comprensible que a tus padres no les parezca apropiado que Margarita y Nacho paseen solos ―razonó―. Date cuenta de que en esta ciudad nos conocemos todos y hoy por hoy existen prejuicios que en Francia no se dan. ¡Pero no te preocupes! Si lo crees necesario, no tengo inconveniente en ser el acompañante de Goyita. En cuanto a ti, puede que mi hermana Cécile no ponga reparos en venir con nosotros; aunque parece callada, cuando quiere habla por los codos, y creo que le has caído muy bien.
―¡Magnífico! ¡Me parece magnífico! Pero no me gustaría que Cécile se vea en un compromiso ―dije, temeroso.
―No te preocupes por esa cuestión. Ya me encargaré de decírselo y de convencerla. No creo que haya quedado con las amigas, y aún en ese caso, no le resultará difícil cambiar las fechas.

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jueves, 14 de septiembre de 2017

PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (38)

CAPÍTULO II
La  bienvenida
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El señor Facundo, impecablemente uniformado, indicó claramente al maquinista que no tuviera prisa en reiniciar la marcha; adelantándose al grupo, colocó el banderín bajo el sobaco izquierdo, agarró la empuñadura con la mano del mismo lado y aún pudo sujetar la gorra entre el pulgar y el índice, antes de iniciar una leve inclinación ante mi madre, dar la mano a mi padre y pronunciar solemnemente: «Don Álvaro… Señora… ¡Sean bienvenidos!»; dicho lo cual, se retiró discretamente, dirigiendo sus pasos hacia la cabecera del convoy, con la convicción de haber superado con nota la prueba protocolaria, amén de la función propia del cargo. Así, satisfecho, con gallarda apostura, se caló la gorra y desplegó el banderín. Al instante, el tren resopló varias veces, lanzando al impoluto ambiente impresionantes bocanadas de humo grisáceo, a las que siguieron otras de menores dimensiones, hasta que, como un coloso desperezándose del letargo, comenzó a avanzar lentamente, aumentando progresivamente el ritmo de sus latidos metálicos, al tiempo que menguaba de tamaño para, por último, desaparecer entre las encinas del «Cubeto», camino de Zamora.
El señor Rogelio, en su dilatada existencia, había visto partir muchos trenes y ahora filosofa, acordándose de los otros «trenes» que no supo coger a tiempo y que le hubieran proporcionado, tal vez, mejores oportunidades en su vida; por eso, medio impedido, repetía, mañana tras mañana, la misma frase, que pude oír nítidamente: «¡Ay, Señor, Señor…! ¿Será éste el último tren que pierdo?» Y se quedaba dormitando hasta el mediodía, cuando iba a buscarle la Edelina.
Lucía fue la siguiente en cumplir con el ritual de bienvenida. Con evidente alegría, corrió a abrazar y besuquear a mi madre, besó a la tata, estampó en nuestras angelicales caras dos sonoros besos por cabeza, pero, quizás por complejo de inferioridad o por respeto, se detuvo ante mi padre y musitó con un hilillo de voz: «primo…», bajando la cabeza. Detrás, Mariano, el Mecagüen, por lo común, resuelto vociferador, entrometido y mal hablado, permanecía inmóvil, sin saber qué hacer, temeroso de no dar la talla, sin duda deslumbrado ante nuestra «señoritinga» presencia. Primerizo en recepciones, con el gaznate seco por el aguardiente desayunado, la situación le desbordaba. Sujetaba, como señal de respeto, la boina entre las manos, dejando al descubierto en su cabeza torrada por el sol, un delator círculo de piel blanca. No pude por menos de acordarme de las explicaciones que el padre Olaberzábal nos hacía en clase de Ciencias, cuando señalando con un puntero las partes de que consta un volcán, declamaba, acompañando cada palabra con un ligero contoneo de su cuerpo: «Cámara magmática, cono volcánico, chimenea, cráter, lava, gas y cenizas, ¿queda claro?» concluía, mientras el extremo del puntero describía ondas en el aire al pronunciar «cenizas». El tío Mariano, llevaba en su calva dibujado el cráter de un volcán, del que salían como cenizas ondulantes, largos y escasos pelos que la brisa matutina movía sin rumbo fijo. Seguramente en su pecho, que haría las veces de cámara magmática, se fraguaban juramentos difícilmente reproducibles, que luego, por el cráter adventicio de su boca, arrojaba durante minutos, unas veces, uno tras otro, sin venir a cuento, o bien, dependiendo de las circunstancias, en un instante, propulsaba el exabrupto más contundente, pretendiendo con la fuerza del lanzamiento, alcanzar las esferas celestiales. Estas distintas formas de perturbar el santoral se correspondían fielmente con los tipos de volcán, «hawaiano» o «estromboliano», que el mismo Padre Olaberzábal me hizo aprender en otra de sus magistrales clases.
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domingo, 10 de septiembre de 2017


LA REFORMA

Crónicas de mi Periódico                       10 de septiembre de 2017   

LOS  EFECTOS  DEL  ALCOHOL

Tristemente, he tenido la oportunidad de convertirme en un improvisado reportero gráfico que ha podido captar las marcas que indican el recorrido efectuado por un vehículo conducido por un conductor ebrio que en la madrugada del pasado domingo, día 3, atropelló  en Santa Pola (Alicante) a tres jóvenes, segando la vida de uno de ellos de tan sólo 17 años de edad. Sus familiares y amigos no dejan de llorar su pérdida y en el lugar en el que tuvo lugar el accidente han elevado un improvisado altar con objetos personales y flores que recordarán, durante algún tiempo, a este joven deportista.

El tiempo, que casi todo lo borra, se encargará de ir apaciguando la rabia que ha producido este hecho en la villa marinera; no así para sus padres que lamentarán de por vida, como su proyecto de futuro más hermoso se ha frustrado por la acción de un irresponsable.

Desgraciadamente, este accidente no es un hecho puntual. Casi a diario, las noticias que dan cuenta de accidentes de circulación que terminan con víctimas mortales ocasionados por conductores que conducen bajo los efectos del alcohol o las drogas, suele ser habitual.

El consumo de estas sustancias entre la juventud es, actualmente, precoz y preocupante. Parece que no hubiera otro medio de divertirse que no fuera acudir a estas sustancias. No puedo ocultar mi desagrado cuando observo a jóvenes dirigiéndose a lugares previamente concertados, con sus bolsas repletas de botellas. Resulta fácil advertir, que algunos, son menores de edad.

Las consecuencias de estos comportamientos suponen, a corto plazo, el ingreso en el Servicio de Urgencias, de varios de estos incontrolados bebedores, con el consiguiente perjuicio para los que, sin buscarlo, deben de ser atendidos de sus dolencias. Después, la cartilla sanitaria de sus padres cubre, sin coste alguno, la atención que se les ha dispensado.

A largo plazo, los efectos son más perniciosos. Las enfermedades hepáticas y una amplia gama de psíquicas, hacen de estos individuos, seres muy pocos aptos para desempeñar cualquier tipo de trabajo, en una sociedad cada vez más competitiva. Su fracaso personal, es una rémora que les acompañará de por vida.

La solución de este grave problema no es fácil, pero parece evidente que la información desde edades tempranas en el propio hogar y en el centro en el que estudian, puede hacer que los futuros conductores sean conocedores de las graves consecuencias que conlleva conducir bajo el efecto de sustancias nocivas.

Muertes como las de este joven santapolero, no deberían repetirse.



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domingo, 27 de agosto de 2017

CONVERSACIONES CON ÓSCAR (V)


.Hace tan sólo dos días, ha tenido lugar en España,  el estreno de esta película de acción, cuyo fin no creo que sea otro que el de entretener. La sinopsis de la cinta, es la siguiente: Un agente de interpol, venido a menos, Michael Bryce (Ryan Renolds), recibe el encargo de proteger a un asesino a sueldo, Darius Kincald (Samuel L. Jackson), que en ocasiones anteriores ha intentado acabar con su vida. El motivo por el que Michael tendrá que ejercer, contra su voluntad, de guardaespaldas de Darius, radica en que este último es la única persona que puede testificar en el juicio que se sigue en La Haya contra un malvado dictador, interpretado por Gary Oldman. Desde Inglaterra, en donde se encuentran, hasta La Haya, sufrirán toda serie de contratiempos, puesto que el dictador intenta desde la cárcel, que sus secuaces eliminen a esta pareja. Paralelamente y en segundo plano, está los intentos de Michael de sacar de la cárcel, a la mujer de Darius, la bella Sonia (Salma Hayek).

Apenas he comenzado a visualizar la cinta, tuve la impresión de que se trataba de una película que ya había visto con anterioridad. Los diálogos groseros entre los protagonistas, con intención de resultar graciosos para el espectador, no cumplen con este fin y parecen repetición de otros entablados entre parejas de personalidades opuestas, que hemos tenido ocasión de presenciar, en numerosas ocasiones, en diferentes películas. Por otra parte, la aparición en la cinta de Salma Hayek, no parece justificada, salvo si lo que se pretendía era alegrarnos la vista con su presencia o defraudarnos con la utilización sexista que de ella se hace.

No todo, sin embargo, es negativo en esta inconsistente película. Las escenas de acción, están muy bien conseguidas, resultando espectaculares en algunos momentos, en los que desde la butaca, te sientes perseguido por los sicarios del dictador. La tecnología aplicada a la filmación de películas, es casi una constante de los nuevos tiempos y en esta ocasión, el resultado es excelente.

En resumen, una cinta floja de final previsible, a ratos entretenida, que divertirá a algunos; a mí, no. El precio de la localidad, quedó amortizado por las dos horas en las que disfruté de una temperatura muy agradable, en una tarde en el que el calor del exterior agobiaba.

jueves, 24 de agosto de 2017

PASAJES DE "CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (37)
CAPÍTULO V
La Acogida

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Completamente repuesto, entablé conversación con madame Stéphanie, respondiendo a la pregunta que había quedado en el aire:
―De momento, tenemos que hacer planes para ver qué lugares de la ciudad son los más interesantes para visitar, pues el novio de Margarita, mi hermana mayor, llegará en unos días. Precisamente venía a hablar con Daniel acerca de esta cuestión.
―No te será difícil encontrar museos y monumentos maravillosos ―argumentó la anfitriona―. Esta ciudad conserva todavía la huella de un pasado glorioso. Y por si fuera poco, hay rincones con mucho sabor y enormemente románticos.
La charla se continuó no menos de media hora, intercambiando opiniones sobre los temas más diversos. Charlotte y su madre se disputaban la palabra. Daniel y yo respondíamos cuando podíamos con frases más cortas; en cambio, Cécile permanecía en silencio, observándonos. Hasta este hecho, que contrastaba con la insulsa locuacidad de Arancha, era para mí un factor atrayente.
Casi al final, cuando Daniel me instaba a que fuera con él a su cuarto, madame Stéphanie me dijo solícita:
―No tengas ningún reparo en consultarme cualquier duda que tengas con el francés. Me haces un favor, porque así recuerdo la gramática, que la tengo un tanto olvidada. ¡Ah! y en lo sucesivo llámame simplemente Stéphanie, así me sentiré un poquitín más joven ―sonrió.
Cuando salí del salón, tuve la impresión de haber vivido unos momentos maravillosos e imborrables en mi existencia. A ello contribuyó la educación y el elegante porte de mis anfitriones, que .me habían hablado como un adulto, siendo la primera vez que me trataban así, lo que me hizo sentirme importante. También tuvo que ver, por qué no, la decoración de la estancia, con divanes y muebles auxiliares estratégicamente diseminados y coronados de búcaros de porcelana, cuando no de marcos de plata o de lámparas de sobremesa; el piano, adosado a la pared, cerca de la ventana, me agradó especialmente. Todo, absolutamente todo, desprendía buen gusto y glamour. Pero por encima de cualquier consideración, la presencia de Cécile fue clave para que aquella tarde resultara inolvidable. Algo dentro de mí me decía que la sensación era recíproca. Hay miradas que no engañan.


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domingo, 20 de agosto de 2017


 

En la pandilla de Juan, uno de sus componentes, Ceferino, siempre llevaba la voz cantante. Ya estuvieran echando la partida, viendo la tele o paseando, era raro que no diera la opinión de cualquier tema del que se hablara, por ajeno que le fuera, absolutamente convencido de que su punto de vista era el más acertado. Si la conversación atañía a temas personales, también lo suyo era, sin duda, lo mejor.

Cuando la cuadrilla iba de vinos, la voz autorizada de Ceferino, no tardaba en decir: “Este vino no está mal, pero el que tengo en mi bodega, le supera con creces. Se lo compré a un amigo que…”. Si en la conversación surgía el tema de los destinos veraniegos, Ceferino, parecía haberse recorrido el mundo entero al afirmar: “Nada es comparable al aire puro que se respira en el pueblo de mi cuñada; allí, ni siquiera los tísicos necesitan medicación…”. Tampoco se quedaba corto elogiando a su mujer: “¡Mira que he comido paellas en mi vida!, pero como las que hace mi mujer, ninguna. Yo creo que es el toque especial que da al rehogado…”. Por supuesto, tampoco olvidaba el autobombo: “Dibujo y pinto, bastante bien. Modestia aparte, he expuesto en varios Centros Cívicos con críticas muy elogiosas. No sé a dónde podría haber llegado si me hubiera dedicado en cuerpo y alma a la pintura, pero tampoco era cosa de humillar a mis compañeros de academia. Además…”

Los amigos de pandilla, escuchaban y callaban para evitar discusiones, porque en caso de contradecirle, sabían que Ceferino se alteraba, elevando el volumen con el que trataba de argumentar lo que, difícilmente, era defendible.

Un día, Juan, quiso invitar a sus amigos y esposas, para inaugurar el chalet que había  adquirido recientemente. El chalet, estratégicamente ubicado en la cima de una colina, era una edificación de dos alturas que poseía unas vistas maravillosas. En el sótano, además del garaje, Juan, había hecho construir una magnífica bodega, que causó la admiración de los visitantes. Las paredes, decoradas con cuadros al óleo, llevaban la firma de su mujer. “Son de Clara—dijo Juan, con toda sencillez— Estuvieron expuestos en Roma y París, pero estos, le parecieron tan apropiados para la bodega, que no quiso venderlos”. Al escuchar este comentario, Ceferino, enrojeció de envidia, máxime cuando el anfitrión, dirigiéndose a él le enseñó el muestrario de botellas que descansaban horizontalmente, esperando el turno de ser consumidas  y le dijo: “Cefe, tú que entiendes, elige el vino apropiado. Tienes de la Ribera del Duero, Rioja, Cigales, Toro, Rueda, Albariño… y si te gustan extranjeros, también encontrarás de Oporto, Burdeos, y aquel Tokaj de Hungría, de elaboración complicada, que por su dulzor, es pura ambrosía como vino de postre. Esas botellas, concretamente, las adquirimos en nuestro último viaje, en el que visitamos, además de los países balcánicos, aquellos otros que constituyeron el imperio austrohúngaro.” Ceferino, anonadado y abrumado, no supo siquiera cuál de ellos ligaría mejor con los entremeses y, para que no quedara al descubierto su ignorancia, prefirió que fuera Juan el que eligiera.

El plato estrella de la comida, una espléndida paella extraordinariamente presentada, hizo que un ¡Ohhhh! se escapara de la garganta de los comensales al contemplarla; exclamación que se prolongó al degustarla. El arroz estaba en su punto y los ingredientes le daban un sabor inigualable. “¿Cuál es el secreto de este maravilloso manjar?”—preguntó una de las invitadas. “No hay secreto—dijo, Clara, sin darse importancia—. Soy alicantina y lo vengo haciendo toda la vida al modo que me enseñó mi madre”. Ceferino, entre dientes, sólo acertó a decir: "No está mal", permaneciendo callado el resto de la comida y de la sobremesa, recapacitando en cómo, personas que le superaban en todos los campos en el que se creía un experto, no alardeaban de lo que poseían.

Parece ser, que lo visto y comido en esta jornada festiva, tuvo la virtud de hacer que, a partir de entonces, Ceferino, fuera más comedido en sus juicios.

 

jueves, 17 de agosto de 2017




 
PASAJES DE " LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (37)
CAPÍTULO II
La bienvenida
           Mi padre, alargando la cabeza por la ventanilla, nos aseguró que el pueblo seguía estando en su sitio. Haciendo de pregonero, leyó en voz alta el nombre del municipio, que se encontraba escrito con letras mayúsculas, impresas en el frontis lateral de la estación sobre auténtica cerámica talaverana, e inmediatamente movilizó al personal. Con suficiente antelación, había dispuesto las maletas, listas para la descarga, mientras nosotros, en fila, esperábamos pacientemente el desembarco. La maniobra fue un éxito, porque cada uno actuó según el plan previsto, entre otras cosas, porque el protocolo a seguir se repetía en cada parada y las indicaciones paternas eran muy parecidas: «Consuelo, Margarita, Lola: coged una maleta cada una sin haceros daño. Tinín: baja el primero. Alvarito: asegúrate que no nos dejamos nada en el vagón. Yo bajo con el niño, y cuando tome posición en el andén, me vais dando las maletas. ¡Deprisita! ¡No os durmáis!, el tren no espera».
 Con toda sinceridad he de decir que, aunque nuestra llegada no fuera el acontecimiento social más esperado del verano, al menos la estación no estaba desierta. Además del anciano señor Rogelio, al que su nuera, la Edelina, tan pronto hubiera desayunado, sentaba todas las mañanas en un banco del andén con el pretexto de «así, se distrae», nos esperaba la embajada enviada por el abuelo. Delante del repetido edificio ferroviario, abierto a los cuatro vientos, se encontraba, banderín rojo en ristre, el jefe de estación, señor Facundo; un poco más atrás, los primos de mi padre, Lucía y Mariano, y donde el escueto piso de cemento se continuaba con la tierra, el hijo de ambos, Jeremías, que con su carta, constituía la promesa de un verano distraído e inolvidable. Con él había jugado algunos días el pasado verano y aún así, me costó trabajo reconocerle, tal era el estirón que había experimentado, y sobre todo el cambio en sus facciones, ahora más angulosas y varoniles. «Parece un hombre delgadito», pensé, mientras me aseguraba de que todo el equipaje se hubiera descargado, en espera de los inevitables saludos, que no tardarían en producirse.
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