domingo, 29 de marzo de 2020


LA JOVEN QUE QUERÍA SER FELIZ

Como sucede en la mayor parte de las veces, el encuentro entre dos personas en Facebook, resultó casual. Una muchacha de unos veinte años, solicitó amistad con un anciano que ya no cumpliría los ochenta y cinco.

Él aceptó el ofrecimiento de una forma mecánica, convencido de que se trataba de un error y de que al cabo de unos días, aquella jovencita acabaría por borrarle de entre sus contactos. Pero no fue así. Al poco tiempo, sorprendido, leyó un messenger de su nueva amistad en el que le comentaba que deseaba poder charlar con él, de vez en cuando, siempre que no le importunara.

"¿Por qué habrías de importunarme?—respondió el anciano. Apenas conservo amistades. Es cierto que hace años tuve varias, pero la edad de mis contactos era como la mía, muy elevada, y ahora casi no publican nada, no sé si por cansancio, falta de vista o, sencillamente, porque ya no están en este mundo".

"Sea cual sea el motivo—afirmó la interlocutora—, quizás, yo pueda llenar esos vacíos". El hombre, releyó la contestación y se apresuró a responder:

"¿Puedes contestarme a una curiosidad?  Me extraña que una mujer tan joven quiera dialogar con un anciano".

"Precisamente, eso es lo que busco. Deseo escuchar de los labios de un hombre maduro y reflexivo, testimonios de vida que me puedan servir de orientación para ser lo más feliz posible, ahora que tengo toda una vida por delante".

Durante varios meses, ambos mantuvieron larguísimos diálogos, interminables intercambios de mensajes que duraban hasta sobrepasar la media noche y que concluían con el ferviente deseo de reiniciar al día siguiente la conversación pendiente. Les dio tiempo para hablar de los sueños insatisfechos, de lo que pudo llegar a ser y nunca llegó a plasmarse en realidad, del verdadero enamoramiento, del goce y del dolor, de las pasiones juveniles y de los achaques que surgen con el paso de los años, de la amistad y el desengaño, del verdor primaveral y los ocres otoñales... Parecía que la joven no se cansaría nunca de preguntar y de indagar sobre cualquier conocimiento que le asegurara la felicidad futura, hasta que planteó al anciano una pregunta definitiva:
"Resúmeme en una pequeña frase, lo esencial, lo que subyace en todo los consejos que durante este tiempo he recibido de ti."

El anciano no lo dudó y le dijo:" [Ama y haz lo que quieras]. Es una frase de San Agustín. Hazlo y te irá bien"

Cuando la joven quiso responder al anciano, éste se había desconectado de la Red para siempre. Le pareció que no habría consejo que pudiera superar al último y de que ya era hora de que la muchacha comenzara, en solitario, a iniciar su andadura vital.

Fotografía de David Dubnistkiy


jueves, 26 de marzo de 2020



TRAS EL CIELO DE URANO

Fue en este mismo blog, el 1 de diciembre del pasado año, cuando publiqué una reseña sobre la presentación de este libro, acontecimiento que tuvo lugar en la Sala Revilla de nuestra ciudad. Su autor, Antonio José López Serrano, tuvo la deferencia de brindarme la oportunidad de que fuera yo quien presentara su nueva novela, hecho por que le estaré eternamente agradecido.

Y es que, Antonio José, es un escritor de reconocida valía, que recibió en el 2015 el Premio Miguel Delibes de narrativa por "Los hijos de Pelayo" primera parte de su trilogía "Los Caballeros de Valeolit". Autor de otras muchas publicaciones, el escritor cambia de registro con esta nueva novela, pasando de la novela histórica a un relato de Ciencia ficción asentado sobre unas bases científicas y en un relato futurista, seguramente, posible.

He querido que sea el propio autor el que nos anime con un pequeño texto, a la lectura de su novela:

"Tras el cielo de Urano es una novela de ciencia ficción en el sentido más clásico de la palabra. Su protagonista, Íñigo Cortés, capitán de un convoy de viajeros, sufre un accidente con toda su tripulación mientras se aprovisionaba en el planeta Urano. Los colonos, viajeros con destino al exoplaneta KOI-4878-01 de la Constelación del Cisne, no quieren regresar a la Tierra, por lo que el viaje continuará hasta alcanzar su objetivo. A lo largo del camino se encontrarán con múltiples obstáculos; unos proceden de los mismos compañeros de viaje, y otros se encuentran en la lejanía y la oscuridad que rige en las fronteras del Sistema Solar y más allá.

Mi pretensión cuando la escribí era la de contar una novela sencilla de conquista y de acción, de aventuras en el sentido más pleno y auténtico de la palabra. Ahora, cuando miro el resultado, creo que lo he conseguido con creces. Es un buen relato y una buena historia, y creo que lo es por mérito de los escritores de ciencia ficción que desde sus libros del pasado me han inspirado. De ellos es el éxito.

Creo que debo a Julio Verne el creerme la historia. Verne es un maestro buscando combinar la ficción con la realidad. Cuando el lector se sumerge tanto que percibe el relato como real, entonces la novela funciona. También debo a Asimov el interés y el deseo por hacer un relato bien fundamentado desde el punto de vista científico. No es un relato mágico, sino científico y cotidiano. Por eso, a los amantes de la ciencia ficción, pero no de la literatura fantástica, gozan con sus páginas, incluso me piden más, cosa que agradezco.

También debo a los clásicos como Galdós, Dickens o Hugo la necesidad de construir personajes profundos. La ciencia ficción no debe ser superficial, pues está construida por personajes  que sienten y padecen de verdad, que sufren, se enamoran y mueren en la cotidianeidad de la vida. No quise escribir un relato donde el protagonista fuera un ser invencible, al contrario, Iñigo Cortés es un hombre sensible y corriente que simplemente quiere ser cumplir con su deber, aunque le cueste la felicidad. Por eso el relato funciona, es clásico.

No abundan las explosiones, sino los sentimientos, las emociones y la vida.

Quizás por esa razón habrá una segunda parte... Algún día".




domingo, 22 de marzo de 2020



PASAJES DE "CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (66)
 CAPÍTULO X
La Ambición
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Una de aquellas tardes, en que dilucidaba en dónde se encontraba el complemento predicativo de una oración, apareció en la abigarrada habitación que ocupábamos una mujer de unos sesenta años, que tras pedir perdón por la interrupción, nos ofreció unos vasitos de limonada en una bandejita veneciana.
―La tarde se ha puesto muy calurosa. Tal vez la bebida os refresque un poco ―pronunció con un timbre de voz que era todo dulzura, tras apartar con delicadeza varios libros que le impedían depositar la bandeja sobre la desordenada mesa de trabajo.
―Rosario: te presento a mi delfín y futuro gran poeta, Álvaro ―anunció, don Julián, en un tono burlón.
―Encantado de conocerla ―dije, poniéndome de pie.
―Siéntate, hijo y no hagas caso de las chanzas de un viejo rimador de palabras ―respondió, dando un cariñoso pescozón a su marido.
Cuando la mujer hubo abandonado la habitación, don Julián hizo un encendido elogio de su mujer:
―Es una santa y siempre ha tenido conmigo una paciencia infinita. Al poco de conocernos, ya sentía por ella un amor indescriptible. Le gustaba oír de mis labios: “Tú eres mi mejor yo”, que le susurraba al oído sin mencionar que la cita no era mía, sino de Ortega y Gasset. Cuando nos hicimos novios, para no perderla, fingía ser un ferviente católico y le acompañaba a misa todos los domingos, hasta que, seguro de su amor, le confesé que mi devoción era fingida, pues era un republicano convencido y además agnóstico. Ella se quedó por unos momentos pensativa, para decirme a continuación: “Tú también eres para mí mi mejor yo, pero no vuelvas a engañarme. Te acepto con tus virtudes y defectos. Respetaré tus creencias como tú has de respetar las mías”. Y seguimos cogidos de la mano, como si nada hubiera ocurrido. “Puedo asegurarte ―mencionó don Julián con los ojos húmedos― que el mutuo respeto ha sido el secreto de nuestra felicidad. Desde entonces se da la paradoja de que, siendo un agnóstico, duermo abrazado a un Rosario del que rezo cada noche más de cinco Misterios, antes de coger el primer sueño” ―rió pícaramente.
Estas conversaciones con don Julián me hacían sentir un personaje de mayor edad de la que me otorgaban en mi familia, y sobre todo me evadían del ambiente enrarecido que se respiraba en casa como consecuencia de los continuos lloros de mi hermana. Sin embargo, para bien de nuestra familia, un hecho iba a ser providencial para que los dolos y lamentos fueran desapareciendo.
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jueves, 19 de marzo de 2020



PASAJES DE "LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS" (66)
CAPÍTULO IV
Conociendo el pueblo
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Cuando mi tío, tanteando el terreno, hizo intención de sentarse en el banco, fue cuando se dio cuenta de que yo estaba allí, acurrucado, intentando controlar las bascas, que no terminaban de desaparecer.
―¡Mecagüen …el derecho y el revés! ¡Mira quien está aquí! ¡Pero si es Alvarito! ¡No te jode…! Si llego a saber que venías a comer, de seguida hubiera dejao al Entrepierna , al Jacinto y al Veo Doble, que aunque no te lo creas, soplan más que yo.
―No hagas caso, hijo ―saltó mi tía―; en asuntos del bebeteo, tenemos un campeón en casa.
Luego, sacudiendo de la falda algún grano de arroz escapado de la cuchara, insistió:
―Vamos… come… que ties que empapar.
―Con lo que me habéis dejao, poco empapo ―dijo Mariano, constatando una realidad palpable, pues Jeremías, sin descansar un minuto, continuaba engullendo como si la cosa no fuera con él.
 Luego volviéndose hacia mí, intentó adoctrinarme:
―Lo mejor que puedes hacer de mayor, Alvarito, es no casarte. El hombre es un gran ignorante que no sabe que la vida de casado es una trampa. Al principio, todos los días son fiestas: por la mañana, sólo ves buenas caras; al mediodía continúas con mejores comidas y en cuanti se tercia, aquí te cojo, aquí te mato, pero de que las dejas preñaas, se acabaron las fiestas y ya no eres persona; vas de acá para allá obediente, como un borrego; comes lo que te pongan, aunque sean gachas; de casa al trabajo y del trabajo a casa, sin rechistar para no disgustarlas. Si además, tienes que aguantar a su madre, ya ni te cuento. No es de extrañar que por no colgarse de una viga, algunos como yo, se vayan aficionando a la cantina, para darse de tanto en tanto, un desahogo.
―Tendrás tú queja, ¡desgraciao! Y yo, ¿con quién me desahogo? Si desde que me casé, soy una esclava para ti y el Jere­mías. ¡Maldita sea mi suerte! ¡Si hubiera hecho caso a mi madre!
―No mientes ahora a tu madre, que voy a comer y me puedo atragantar ―replicó mi tío―. Yo lo que quiero decir, es que al poco de casarnos, Lucía, lucía, ahora Lucía, se apagó.
―¡Mamarracho! No juegues con mi nombre, que con el tuyo lo tengo muy fácil. ¿O quieres que a partir de ahora, en vez de llamarte Mariano, te llame Mari-culo?
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Fotografía de Juli Garrido Velasco.



domingo, 15 de marzo de 2020


VERSOS  DEL TIEMPO NUEVO


Ahuyentados del sombrero,
se escapan mis versos sueltos
de ataduras, soliloquios
de mañana, tempraneros

En la copa de aquel árbol
se acicalan los jilgueros
sin saber que están las ramas
plenas de savia y deseo.

Me cubren de incertidumbre,
olores de aromas frescos
sobre la ropa que llevo
impregnada de otros tiempos.

Algaradas de colores
resuenan en los senderos
bordeando la cosecha,
entre trigales, linderos

Hay heridas que no sangran
y otras fluyen cual regueros;
por el camino, escondidos,
me asaltan los pensamientos

¡Ya llega la primavera,
verdores de campo eterno!
Otra vez podré ser joven...
¡Cómo pesan los recuerdos!


Fotografía de Torcuato Cortés


jueves, 5 de marzo de 2020


Crónicas de mi Periódico                    5 de marzo de 2020


"MÍ, NO COMPRENDER"


Aunque llevo muchos años intentándolo, debo confesar que hay miles de cosas que no llego a entender por más vueltas que las dé. Y no se piensen que me estoy refiriendo a asuntos propios  de la Transcendencia; ni mucho menos. Ni siquiera intento buscar una explicación comprensible a temas científicos de cierto calado, como pudiera ser el origen del Universo o el papel que desempeña en nuestra actividad vital cada porción del ADN. Las cuestiones que no entiendo son mucho más simples. "Mí, no comprender", por ejemplo, cómo una enfermedad cuya tasa de mortandad, dicen, es comparable a la de una simple gripe, produce el revuelo que está originando el COVID-19.

Aislar ciudades, provocar la paralización industrial, ver cómo la Bolsa se desploma en caída libre o cómo ante cualquier síntoma de padecer la enfermedad se establecen protocolos extraordinarios, no me parecen medidas normales. ¿Se actuará así para que no cunda el pánico? Puede ser, aunque creo que el pánico, se está propagando a mayor velocidad que el virus.

Sin tener que estar, por el momento, confinado en mi ciudad de residencia, he llenado el depósito de mi vehículo. La sorpresa al pagar ha sido grande. Cuando el barril de petróleo está bajando lo indecible, el litro de gasolina se reduce en milésimas de euro. "Mí, no comprender".  Las Arcas del Estado se aliviarán pensando que la factura que habrán de poner en la mesa de diálogo será menos onerosa, pues ya verán que lo de hablar, hablar y hablar, se convertirá en pagar, pagar y pagar para contentar.

Con la tricolor por bandolera y con varios miembros de la Corporación Municipal enjaezados de la misma manera, el Alcalde de Perpìñán ha recibido al nefasto Puigdemont y su troupe de seguidores venidos desde distintos lugares de la Unión Europea en donde viven idílicamente al resguardo de la acción de la justicia. "Mí, no comprender" cómo un político francés y por tanto chovinista, recibe con extrema cordialidad al que dice estar en territorios pertenecientes a la Cataluña del Norte. Ya veremos si cuando pidan la autodeterminación de esa porción de suelo francés, la actitud del regidor continúa siendo la misma, suponiendo que para entonces, se mantenga en su cargo.

Existen otras muchas cuestiones que no llego a comprender y que su sola enumeración haría este escrito interminable, tal es mi ignorancia, pero hay algunos que son pura contradicción como cobrarnos la bolsa de plástico del supermercado, en un deseo de que no contamines con este material el planeta. Entre tanto, las fábricas que las producen, no cesan en su fabricación.

En fin, no me quedará más remedio que seguir estrujándome el cerebro en busca de respuestas lógicas. Ya les digo de antemano, que no espero resolver la mayoría. A menos, de que me responda un político.

Fotografía de Santos Pintor Galán.


domingo, 1 de marzo de 2020


EL YANTAR DE MÍO CID
Revista gastronómica
GUÍA MICHARLYN

RESTAURANTE EL FIGÓN DE ARÉVALO . ARÉVALO (ÁVILA)

Es Arévalo, una ciudad que rebosa encanto. Con su casco antiguo declarado bien de interés cultural, destaca por poseer una gran cantidad de palacios e iglesias con el denominador común de estar construidos en el estilo arquitectónico llamado mudéjar castellano. Son dignos de mención también, el Arco de Alcocer, su castillo y la Plaza de la Villa que conservan la fascinación de otros tiempos: tiempos en los que contó con vecinos tan ilustres como Isabel  de Castilla o, años más tarde, con san Ignacio de Loyola. La historia de Arévalo, capital de la Moraña, es prolija en acontecimientos importantes, pues fue aquí donde se ratificó el Tratado de Tordesillas. Este y otros muchos sucesos históricos nos fueron gentilmente recordados en nuestras visitas al Museo de Historia de Arévalo y al Centro de Actividades del Mudéjar.

Poder visitar una ciudad y gozar de sus encantos arquitectónicos y gastronómicos en días de entresemana, es un placer reservado casi exclusivamente a jubilados, ya que el número de turistas escasea y hace que no te sientas agobiado por el personal y que la atención que recibes en los restaurantes tenga la eficiencia y el sosiego que uno desea.

Informados por las excelentes referencias que del restaurante "El figón de Arévalo" habíamos recibido, nos dirigimos a comer en él y, ciertamente, no quedamos defraudados.

Con la idea preconcebida de probar sus asados, y al ser cuatro los comensales, nos inclinamos por pedir dos raciones de cochinillo y un cuarto de lechazo. Eligiendo para abrir boca, unas croquetas caseras y una ración de "matrimonios" (anchoa sobre boquerón) que fueron más que suficientes. Solicitamos acompañar a los asados con una buena ensalada. La opinión que nos produjo degustar estos manjares fue inmejorable. Las raciones fueron generosas y se apreciaba el sabor que las carnes recibieron en el horno de leña. Para maridar estos asados, nos decantamos por un RESALSO roble 2018, que como muchos sabréis, es un tinto de la Ribera del Duero de las bodegas de Emilio Moro.

Tuvimos que hacer un esfuerzo (hay penitencias mayores) para tomar de postre un Ponche Segoviano, una torrija con confitura de naranja y un exquisito flan de queso; todo ello compartido.

                                                                                                                                                                         A lo largo del ágape, nos sentimos muy bien atendidos y, finalmente obsequiados, con un chupitos de cuidada presentación. El emplazamiento del Figón, lejos del casco histórico se puede considerar positivo, toda vez que el paseo de regreso para recoger el coche facilitó la digestión de tan consistente comida

Como el precio estuvo acorde con la calidad de los platos pedidos, recomiendo este restaurante si tenéis pensado desplazaros a conocer esta bella ciudad castellana.

jueves, 27 de febrero de 2020



JUAN EDUARDO ZÚÑIGA


Ha fallecido a los 101 años el escritor, crítico y traductor Juan Eduardo Zúñiga. Era un hombre con una personalidad muy acusada que ya puso de manifiesto en sus primeras novelas Inútiles totales (1951) y El coral y las aguas (1962) una alegoría de connotaciones mitológicas, traslación de la Grecia clásica al franquismo, a la que siguió Artículos sociales de Mariano José de Larra (1976).

Licenciado en Filosofía y Bellas Artes, fue un apasionado de la literatura rusa. Para ello estudió lenguas exóticas, desde el alfabeto egipcio hasta el ruso, el búlgaro y el rumano, haciéndose un especialista en Lenguas eslavas. Descubrió a Iván Turgueniev a través de Nido de nobles. Tanto este escritor como Chéjov, fueron sus escritores favoritos. En El anillo de Puskhin (1986), dentro del campo de la literatura romántica, realizó un compendio de sus conocimientos sobre escritores rusos y en Flores de plomo (1999) relató las últimas horas de Mariano José de Larra. Escribió tres novelas sobre la Guerra Civil en Madrid: Largo noviembre de Madrid (1980) La tierra será paraíso (1989) y Capital de la gloria (2004) publicadas en un solo volumen en el 2007. En ellas no aparece el campo de batalla sino la vida cotidiana, demostrando junto a su caudal literario, su compromiso social.

En la última década escribió libros de cuentos y publicó Desde los bosques nevados (2010) por el que obtuvo el Premio Internacional Terenci Moix y sus memorias en Recuerdos de vida (2019), una obra en la que relata cómo empezó en la literatura y en la que describe la caída de la monarquía, la proclamación de la república, la Guerra Civil y la posguerra. Por su concienzuda prosa se le concedió el Premio Nacional de las Letras en el 2016.

Pese a su longevidad, no fue un escritor prolijo en títulos y sí un productor de obras de gran calidad. Considerado como el mayor experto en literatura rusa y en lenguas eslavas, mimetizó hasta en su aspecto de mujik, al decir de Luis Mateo Díez, esta afición por un mundo que le apasionaba.

Descanse en paz este peculiar escritor, culto pero oculto, dotado de estilo propio.


domingo, 23 de febrero de 2020


EL CARNAVAL DE RAIMUNDO


Oculto tras la careta
te observo, Julieta mía,
es cierto que es una treta
en esta noche tan fría.

Me imagino que conoces
quién te fisga y quién te mira,
soy al que diste dos voces
por decirte que te admira.

Ya sé que no tengo dotes
de donjuán ni de hablador
pero a otros, siendo zotes,
les escuchas con ardor.

La cojera disimulo
y el oído no me rige
aunque al hablar no modulo,
todos dicen, se corrige.

Con mi disfraz de Almirante
seré pronto la atracción
de esta mujer tan distante
que no aprecia mi tirón.

Voy a decirle al momento
que soy yo, pues no me ha visto,
no quiero que lo que siento
me lo camufle el modisto.

—¡Julieta! soy yo, Raimundo,
que en noche de Carnaval
te vengo a ofrecer el mundo
porque no encuentro rival.

Raimundo no bebas tanto
ni me pidas relaciones
yo por ti no me decanto
marinero de salones.
Hoy solo quiero bailar
gozando los carnavales
y por la mañana hallar
hombres de amor eternales.

Como suele suceder
en materia de amoríos,
la presunción es creer
ser océanos y no ríos.

Y así termina la historia
de un amante obsesionado
con buscar amor y gloria
de Almirante disfrazado.

Fotograma de la película "La hija de Ryan"


jueves, 20 de febrero de 2020


DOÑA  MARCELA

Al acostarse, tenía por costumbre no cerrar por completo la persiana de su dormitorio. Así se dormía más tranquila, acompañada por la iluminación exterior que la hacía despertarse al alba, cuando las primeras luces de la mañana acariciaban su ventana. Sabía que disponía de al menos dos horas en invierno y más de cuatro en verano, para repasar sus recuerdos antes de que viniera Josefina, una cincuentona bonachona y sinsustancia, que le ayudaba en su aseo personal y en las tareas del hogar.
Este tiempo lo dedicaba a realizar sus primeras oraciones, a levantarse para aliviar la vejiga, acostándose de nuevo, convencida de haber obrado en recta conciencia, al conceder a Dios la primacía de sus actos matutinos antes de otorgar a su envejecido cuerpo la facultad de liberarse de una acuciante necesidad. Acurrucada en un extremo de la cama, con la vista inundada de luz y con el organismo en placidez extrema, rezaba por sus padres, por su hermana Jacinta fallecida en plena juventud y por toda una larga lista de parientes difuntos, necesitados, según su entender, de su intercesión para alcanzar la Gloria divina; Gloria de la que ya gozarían, con toda seguridad, sus progenitores y su propia hermana.
Pero para Simón, su marido, ni siquiera un Padrenuestro. Bastante hacía con depositar por los Santos sobre la marmórea lápida, un ramillete de flores que Josefina le ayudaba a afanar de otras tumbas de óbitos recientes y, eso, para que en el pueblo no dijeran que aún estaba resentida con el que fuera su suplicio durante veinticinco años menos tres meses. "¡Menos mal que no llegamos a celebrar las bodas de plata! ¡Hubiera sido un escarnio!—pensaba doña Marcela—. ¡Qué suerte tienen ahora las que se pueden divorciar! En aquellos tiempos te tenías que amolar con lo que te tocaba y a mi difunto le daba por tocar todo lo que llevara faldas con tal de que no fueran las mías—seguía repasando mentalmente la mujer—. Cuando le pillé en el pajar con la alguacila, le puse de patitas en la calle, pero a los dos días ya le tenía a la puerta de casa haciéndose el pobrecillo, pidiendo perdón y diciéndome zalamerías y como estaba enamorada, la tonta de mí le dejaba entrar y vuelta a empezar..."
Para cuando el reloj del ayuntamiento daba las nueve, cesaba en la revisión de todas las perrerías y desprecios que su marido le había infringido en vida y se situaba frente al mueble situado enfrente de la cama matrimonial. No importaba que el cuarto de baño dispusiera de agua corriente y ducha de plato; eso lo dejaba para más tarde, cuando Josefina le ayudara a enjabonar su espalda. Ella, siguiendo con una ancestral costumbre, vertía el agua fría de la jofaina en la pila del palanganero, para acto seguido lavarse primero la cara para conservarla tersa, y, a continuación la entrepierna, para que su frescura le recordara cuando, de joven, amortiguaba de esta manera la calentura de sus ocultas pasiones.
Después del aseo y del desayuno, se vestía con traje negro y velo de blonda y rezaba un par de rosarios haciendo tiempo para la Misa de doce, en donde, piadosamente, rogaba por todos los vivos y difuntos, exceptuando a Simón, su difunto marido. Si bien era cierto, que a raíz de la última confesión en la que don Víctor le recriminó su actitud inmisericorde, depositaba unas monedas en el cepillo de San Judas Tadeo, abogado de las causas perdidas, por si podía hacer algo por el alma del que la había estado engañando durante el matrimonio.
Tras la comida y la consabida cabezada, se sentaba cerca de la ventana y seguía dándole vueltas a cómo habiéndola requebrado el farmacéutico, fue a dar con Simón, el mozo más apuesto y sinvergüenza del pueblo y se decía: "Yo sí que no tengo perdón de Dios".
La noche la sorprendía meditando sobre el día en que le visitaría la muerte, acontecimiento que, a sus noventa años, sospechaba no tardaría en llegar  y sí Josefina invertiría su legado en la gran cantidad de Misas Gregorianas encargadas para el bien de su alma y sobre todo, si cumpliría su voluntad de ser enterrada en el panteón recientemente adquirido en el otro extremo del cementerio en el que descansaba su marido.

Fotografía de Teresa Soto.



domingo, 16 de febrero de 2020



PASAJES DE "CÉCILE. AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (65)
CAPÍTULO X
La Ambición

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A medida que discurrían los días, sus explicaciones hicieron que, a la par que aumentaban mis conocimientos sintácticos, mis fallos disminuyeran de calibre. Quizás fuera ése el motivo por el que, a partir de entonces, don Julián dedicara menos tiempo a repetir ejemplos gramaticales y más a hablar de lo que constituía su mundo actual y pasado; un mundo, que siendo real, parecía extraído del mejor libro de aventuras, en el que yo me sumergía cada vez que me relataba, con todo lujo de detalles, pasajes de su existencia pasada, con referencias constantes al amor y a la poesía, que para él venían a ser casi la misma cosa. En estas conversaciones, me sentía atrapado por la locuacidad de mi interlocutor y, escuchándole, creía estar leyendo en las páginas de ese libro de aventuras, el mensaje que en aquel preciso instante colmaba mis aspiraciones: entender y comprender los secretos de la vida, expresados literariamente, cuando no, enaltecidos bajo mil formas poéticas. En la forma de contarme sus anhelos, preferencias y, en definitiva, su modo de encarar la vida y aconsejarme, guardaba un cierto parecido con Madame Stéphanie. Como si se hubiera puesto de acuerdo con ella, mencionaba a santo Tomás de Aquino cuando aumentaba progresivamente la dificultad de los ejercicios sintácticos, repitiéndome: “A lo complicado debes llegar a través de lo sencillo”. También era curioso cómo, al igual que aquella, cuando me relataba acontecimientos pretéritos, los narraba con tanto apasionamiento que parecía estar viviéndolos de nuevo. Sin proponérselo, este hecho denunciaba mi apatía anterior, haciéndome consciente de que tenía que vivir con gran intensidad cada instante de mi actual juventud. Pensaba que cuando fuera mayor, yo también tendría que transmitir mis experiencias actuales a las generaciones futuras con igual claridad, aunque no necesariamente estuviera de acuerdo con el mensaje sesgado que, tanto madame Stéphanie” como don Julián, e incluso mi padre, dejaban entrever de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”; en ese punto, creía que a mí no me habría de suceder lo mismo.
Un buen día, me preguntó sorpresivamente:
―Estás enamorado, ¿verdad?
Y antes de que yo pudiera responderle, se anticipó diciéndome:
―Sé que tu contestación va a ser afirmativa, porque no se concibe un poeta que no esté enamorado, aunque el objeto de su amor no sea necesariamente una mujer. La poesía, la auténtica poesía, sólo puede brotar de un espíritu enamorado.
Yo le relaté mis sentimientos hacia Cécile, e incluso le mencioné mis episodios con Arancha, de la que había conseguido librarme gracias a la casualidad, y no porque hubiera tenido el coraje de mandarla a freír espárragos.
―A mí me ocurrió un hecho parecido cuando estudiaba en Madrid, en la Facultad de Filosofía y Letras ―me comentó pausadamente, tras reavivar el fuego que consumía su puro―. Por aquel entonces yo ya tenía echado el ojo a una compañera, que me atraía por su discreta manera de comportarse, y porque en alguna ocasión, cuando me sorprendía mirándola, ella bajaba la vista para luego volverme a mirar de nuevo. Ya te anticipo que esa mujer era Rosario, mi esposa, a la que un día de estos te presentaré, pues es tan tímida que cuando doy clase, ella se retira a su habitación a leer, que es su afición preferida. Pues bien ―dijo, exhalando una bocanada de humeantes vapores―, todos los días, por los pasillos de la Facultad, entre clase y clase, una jovencita se colocaba a mi lado haciéndose la encontradiza y me daba palique. No era fea ni tenía mala presencia, pero me molestaba sobremanera su compañía, porque no deseaba en modo alguno que mi amor platónico creyera que estaba comprometido. No sabiendo qué hacer para que no me acompañara más, aproveché que en su intrascendente conversación se interesara por la rama de Filosofía que yo estudiaba, para devolverle la pregunta con muy mala intención. Y tú ―le dije― ¿de qué rama estás colgada? Comprendo que la pregunta fue una grosería por mi parte, pero sirvió para deshacerme de tan pegajosa compañía. Me dolió lo que hice, pero me sentí liberado. En ocasiones hay que tomar decisiones no apetecibles: “El bien supremo del amor no puede estar cuestionado” ―enfatizó.
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